lunes, 24 de noviembre de 2014

Thomas Wolfe, “Especulación” (1938)





“(…) John tuvo la impresión de que estaban todos arruinados: le pareció que incluso cuando reían y gritaban y se daban espaldarazos los unos a los otros, en el fondo de todos anidaba la conciencia de su propia ruina. Y no les importaba, porque estaban ebrios y locos y enamorados de la muerte.

Pero bajo la apariencia luminosa y feliz, la penuria de sus planes, la mezquina pobreza de sus vidas era ya evidente para todos. La vida se reducía cada vez más a unos pocos gestos estériles y confusos: construir otra casa fea y cara y comprar un coche y afiliarse a un club de campo, para luego construir otra casa más grande y más fea y más cara, comprar un coche más caro y afiliarse  a un club de campo más grande y más caro; todos estaban inmersos en esa rutina, efectuando todas las repeticiones de una idiota monotonía, construyendo nuevas casas, nuevas calles, nuevos clubes de campo con frenética prisa y salvaje extravagancia; pero el alimento que saciaba su apetito no estaba en ninguna parte, ni la bebida que calmaba su sed. Eran como ardillas muertas de hambre, desoladas y perdidas, que corrían impetuosamente en una rueda giratoria dentro de su jaula. Y eran conscientes de ello, lo sabían.

Una oleada de energía ruinosa y destructiva se había estancado en su interior. Habían despilfarrado fabulosas sumas en calles inútiles y puentes, habían derribado los antiguos edificios públicos, el juzgado y el ayuntamiento, para levantar otros nuevos de quince plantas de alto y lo bastante grandes para satisfacer las necesidades de una ciudad de un millón de habitantes; habían aplanado las colinas y perforado las montañas construyendo magníficos túneles pavimentados, con dos carriles para los coches y relucientes ladrillos; túneles que desembocaban en la mismísima Arcadia de la vida salvaje. Era algo loco, exasperante, ruinoso. Habían derrochado las ganancias  de toda una vida para hipotecar las de toda la generación venidera; se habían arruinado a sí mismos, a sus hijos, a su ciudad y nada podría detenerlos.

El pueblo entero ya no les pertenecía, ellos ya no eran sus dueños: todo estaba hipotecado por quince millones de dólares, bajo propiedad de un grupo empresarial del Norte. Incluso las calles por las que caminaban habían sido vendidas. Y aún así  no dejaban de comprar, comprar, comprar, firmando papeles que exigían el pago equivalente al rescate de un reino a cambio de unos pocos metros de suelo, volviendo a vender al día siguiente a otros hombres enloquecidos que empeñaban sus vidas con la misma jactancia y la misma inconsciencia. En papel, sus ganancias eran fabulosas, pero su boom ya había terminado, sólo que nadie era capaz de darse cuenta. Se tambaleaban bajo el peso de unas obligaciones que ninguno podrá cumplir. Pero seguían comprando. (…)




Corría ya el mes de julio de 1929, el año fatal que trajo la ruina a millones de personas en todo el país. Pero entonces estaban ebrios de triunfos imaginarios, lanzando gritos y empujones entre el tumulto polvoriento de la batalla, sufriendo la derrota justo donde creían que el triunfo sería aún más grandioso, al punto que el panorama desolador y yermo de su ruina no aparecería con claridad ante ellos hasta varios años más tarde.”


Thomas Wolfe, “Especulación” (1938)


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