sábado, 27 de diciembre de 2014

El pavo de Russell y la muerte del pensador / Diego Rasskin Gutman




El Principito en el asteroide B-612. Foto: GNU-FDL.



El pavo de Russell y la muerte del pensador

Lo encontraron muerto, sobre la cama. Allí estaba, como el Principito, envenenado por la serpiente. Ahora está en su asteroide, viéndonos con su ironía filosófica desde ese lugar silencioso y sutil, cuidando la rosa que tanto amaba, la rosa del conocimiento. Se llamaba Werner Callebaut y tuve el privilegio de haberle conocido y haber compartido risas y saberes en interminables conversaciones que nos llevaron de Austria a España, de Estados Unidos a Japón, de México a Francia. Este es mi pequeño homenaje.

Desde los principios del conocimiento la humanidad busca la congruencia; las gallinas también y los pavos. Especialmente el pavo de Russell, una famosa parábola del filósofo Bertrand Russell en donde, en una de las múltiples versiones, nuestro héroe, el pavo, encuentra día tras día que la vida es una delicia llena de parabienes, cuidados y alimentos por parte de su ama. Hasta que llega el 24 de diciembre. Ese día la granjera, en vez de traer el cuenco con las semillas y los gusanos que tanto le gustaban al señor pavo, lo enfila directamente con las manos, le retuerce el pescuezo, lo despluma y al horno.

La parábola de Russell es una crítica filosófica a la inducción como fuente de conocimiento. Imagínense. La inducción genera confianza en el pasado como explicación del presente y representación del futuro. Pero un día empieza la III guerra mundial y al día siguiente la vida en un refugio. Un día nos dicen que tenemos una enfermedad terrible y al día siguiente la vida en un hospital. Un día damos una curva con el coche, confiados en que todas las curvas que hemos dado hasta la fecha son y por tanto serán iguales y un camión nos embiste de frente. Un día el sol explota y todos muertos sin saberlo.
La filosofía del conocimiento busca preguntas sobre cómo nos enfrentamos a la ardua tarea de comprender el mundo y, para eso, elabora respuestas a las causas de todos los fenómenos naturales. Primero fue el animismo, después la mitología, seguida de la filosofía y de la religión. Cuando surgió la ciencia, allá por los años de la Ilustración, se creía que todo se alcanzaría gracias al razonamiento, nada de verdades absolutas o dogmas de fe, ni de palabras sagradas. En la Viena de principios de siglo, donde todo bullía, se estaba fraguando la cultura contemporánea de Occidente. En ese espacio de músicas de vals, muebles modernistas, ambiente de secesión, entre los cedros del laberinto barroco de los jardines del Augarten del distrito segundo, donde nació Arnold Schönberg a orillas del canal del Danubio para refundar la música, se dedican a hacer epistemologías científicas ni más ni menos que el círculo de Viena, der Wiener Kreis, una panda de filósofos que bebieron de los jugos de los Poincaré, Wittgenstein y Popper, con sus filosofías positivistas acerca de la realidad. Y de ese legado beben las fuentes del conocimiento de la ciencia moderna. El convencimiento de que la ciencia nomotética/deductiva nos lleva a saber cada vez más y mejor lo que pasa y lo que ocurre y lo que ocurrirá.




El problema de los tres cuerpos de Poincaré. Un sistema dinámico complejo.


Ciencia nomotética y deductiva. Proposiciones sobre la realidad, «leyes», acerca del comportamiento del mundo y, a partir de ellas, la deducción de las consecuencias. ¿Qué hay más científico que todo eso? Cuando jugamos al ajedrez experimentamos algo parecido: si juegas la india de rey sé que tarde o temprano avanzarás los peones de alfil y caballo, de manera salvaje contra mi enroque; si juegas la siciliana sé que quieres dominar la columna «c»; si tienes un peón pasado, sé que tengo que bloquearlo con un caballo; si sacas la dama temprano, sé que tengo que ir a molestarla desarrollando mis piezas. Toda esta nomotética me proporciona seguridad y me deja deducir qué hacer para enfrentar tus ideas. Pero un día te sacas un movimiento de la nada y me dejas frito; y el ataque a mi rey se confunde con un ataque por el ala de dama y la columna «c» ya no te importa y avanzas por el centro y el peón pasado que he bloqueado tan a gusto resulta que no deja que mi caballo juegue y estoy a tu merced con una pieza de menos y esa dama tempranera que salió a pasear resulta que está a salvo y termina en una casilla poderosa desde donde montará un contraataque letal.

Cuando se vayan los hombres, las piezas se extrañarán de no encontrar manos que las muevan, les fallará a ellas también el método nomotético. Las piezas asistirán inmóviles al paso del tiempo y hasta las moscas ocasionales que se habían posado una y otra vez sobre cada una de ellas hasta chupar la última gota de grasa de las incontables manos que las tocaron en los últimos años acabarán por desaparecer. El escenario quedará vacío. Numerosos tableros con sus piezas dispuestas para la contienda, encerrando toda la complejidad de miles de años de historia, en la penumbra de un teatro sobre el que el polvo se adueñará de los días. La dama negra toserá irremediablemente y la dama blanca solo podrá hacer una mueca seca de asentimiento, ya no podrán enfrentar sus movimientos poderosos sobre las casillas. Los alfiles derramarán una lágrima de pena. Las torres mirarán aún con cierta medida de esperanza más allá del escenario por si volviesen los hombres. Los caballos intentarán saltar, pero será inútil. Los reyes quedarán paralizados: tanta soledad les dejará aterrados. Los hombres se habían ido. Todo quedará tal como lo habían dejado.






Tableros solitarios. Los hombres se han ido. Foto: Diego Rasskin.

Esos hombres que se van sin avisar, sin apenas molestar son infinitos borgianos. Porque hay infinitos borgianos e infinitos más ásperos, tendenciosos. Estos últimos, si se los dejan solos, son capaces de encogerse y acabar en nada. Se dicen a sí mismos que son infinitos, pero en realidad tienden a contraerse (infinitamente) y acaban siendo un cero, solos, agotados, muertos por su propia ensoñada e irreal tendencia. Así son la mayoría de los hombres. Los infinitos borgianos, en cambio, se aprestan a la concupiscencia: cuando se encuentran (allá, en el infinito, claro está) se amalgaman en una orgía numérica de proporciones pantagruélicas y su estado de despreocupación es tal que desafía toda descripción humana de la felicidad.
Werner fue uno de estos infinitos borgianos. Qué duda cabe. Lo supe desde el día, hace ya diecisés años de esto, en que, sentado frente a mí escuchando a Serge Gainsbourg en medio de las laderas ondulantes que flanquean el margen derecho de las orillas del Danubio, donde mueren los Alpes y comienzan a deslizarse los bosques de Viena, me dijo con esa seriedad de niño con la que se vestía cada día:

—¿Y si el universo no es congruente?

El filósofo en su salsa. Yo me revolví en la silla. Jamás había escuchado semejante afirmación. Aterrado por la simple posibilidad de que lo que acababa de decir pudiese poseer una simple brizna de verdad, le respondí:

—¿Pero qué dices, profesor? ¡Estás planteando que pudiera no haber leyes generales, que no exista la posibilidad para la predicción, que el conocimiento es solo fenomenológico, aquí y ahora! ¿Dónde quedan entonces el círculo y la ciencia nomotética?

Werner movió sus ojos profundamente azules a ritmos diferentes debido a ese estrabismo, sutil pero evidente, detrás de sus gafas de sabio. Su sonrisa delataba una sabiduría exagerada, monumental; demasiado conocimiento, demasiado pensamiento, demasiada reflexión. Nada que no se pudiese reificar con varios Krügels de cerveza seguido de un Vogelbeerschnap. Era entonces cuando el conocimiento pasaba a ser uno con uno mismo y ya no había mucho más que preguntar (ni que responder, después de todo, ¿a quién le importaba que el universo no fuera congruente?), solo disfrutar el momento, el presente sin conocimiento. Podíamos hablar de Lakatos y de Feyerabend, de Kant y de Schopenhauer, de Nietzche y de Marx, deDarwin y de Einstein con la misma naturalidad con la que, acto seguido, me proponía huir a Montana e hincharnos a comer helados Ben and Jerry’s. Todo tomaba sentido detrás de su sonrisa de Principito.




Werner, con su sonrisa inconfundible, en 2010. Savoir vivre. Foto: Diego Rasskin.

Werner se acostó, como había hecho todos los días de los últimos veinte años, en su pequeño piso alquilado, donde escondía su alma de proletario del saber. A pesar del conocimiento, a pesar de toda la epistemología de la ciencia, de la cerveza y del Schnapps, la noche le sorprendió, como a toda la humanidad del pasado, presente y futuro, convertido en el pavo de Russell.




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