viernes, 26 de diciembre de 2014

Erri De Luca (Los peces no cierran los ojos)





-Te lo voy a decir una vez y ya es demasiado: enjuágate las manos en mar antes de poner el cebo en el anzuelo. El pez nota el olor, rehúye el bocado que viene de tierra. Haz exactamente lo que veas hacer, sin esperar a que nadie te lo diga. En el mar no es como en el colegio, no hay profesores que valgan. Está el mar y estás tú. Y el mar no enseña nada, el mar hace, y a su manera.

Escribo en italiano sus frases y todas juntas. Cuando las decía eran escollos separados con muchas olas entre medias. Las escribo en italiano; sin su voz pronunciándolas en dialecto suenan apagadas.

Empezaba a menudo con una “y”. En el colegio nos enseñan que no se empieza un período con una conjunción. Para él, la frase era la continuación de otra que había dicho una hora, un día antes. Hablaba poco, con anchos espacios de silencio, mientras despachaba las tareas de una barca de pesca. Para él se trataba de un único razonamiento, que de vez en cuando se desprendía de su boca con la “y”, letra que al escribirla dibuja un nudo. Aprendí de su voz a empezar muchas frases con una conjunción.

Veía algo bueno en mí, niño de ciudad que en verano acababa en la isla. Bajaba a la playa de los pescadores, me pasaba las tardes mirando el ajetreo de las barcas. Con permiso de mamá, podía montar en una de las más largas, con remos gruesos como árboles jóvenes. A bordo no hacía casi nada, el pescador se dejaba ayudar en algunas maniobras y me había enseñado a mover los remos, el doble de grandes que yo, permaneciendo de pie y empujándolos con mi peso con los brazos extendidos y en cruz. Muy despacio, la barca se desplazaba e iba moviéndose. Aquel resultado me hacía mayor. El pescador necesitaba en ciertos momentos mis pequeñas fuerzas en los remos. No dejaba que me acercara a los anzuelos, a los sedales largos con el plomo de profundidad. Eran instrumentos de trabajo y no estaban bien en manos de un niño. En tierra firme, en Nápoles, en cambio, sí que estaban, y de qué manera, los instrumentos y las horas de trabajo en los niños.

Me dejaba echar el ancla. Yo había llegado a los diez años, una maraña de infancia enmudecida. Diez años era una meta solemne, por primera vez se escribía la edad con doble cifra. La infancia acaba oficialmente cuando se añade el primer cero a los años. Acaba, pero no ocurre nada, uno se queda dentro del mismo cuerpo de crío atascado de los demás veranos, revuelto por dentro e inmóvil por fuera. Tenía diez años. Para decir la edad, el verbo tener es el más preciso. Estaba en un cuerpo encapullado y sólo la cabeza intentaba forzarlo.




Tras terminar la escuela primaria con un año de adelanto, en aquel verano ya había salido del primer curso de la escuela media. Por fin se admitía el bolígrafo, se libraba uno del babi negro, ya nada de tintero, plumilla ni papel secante, llamado “carta zuca” en dialecto, papel chupón.

Me notaba la cabeza cambiada y creía que a peor. A la edad en la que los niños dejan de llorar, yo, por el contrario, empezaba. La infancia había sido una guerra, a mi alrededor morían más los niños que los viejos. Nada en su época era un juguete, por más que se la jugaran tenazmente. Yo me había librado, pero debía merecerme el tiempo.

Permanecía encerrado en la infancia, cual seca ama de cría tenía el cuartito donde dormía bajo los castillos de libros de mi padre. Se alzaban desde el suelo hasta el techo, eran torres, caballos y alfiles de un tablero colocado en vertical. Por la noche, entraba en los sueños el polvillo del papel. En la infancia a los pies de los libros, los ojos no conocían las lágrimas. Jugaba a ser soldadito, el día era el turno de ir y venir en el escaso espacio de la garita…”


Erri De Luca, (Los peces no cierran los ojos)


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