martes, 23 de diciembre de 2014

Los miedos del futuro / Marcos Roitman




Los miedos del futuro 

El miedo forma parte del relato político. Su construcción procede de las entrañas del poder. Su objetivo controlar el desborde social. Es la mejor forma de evitar un cisma o una revolución. La Iglesia católica, por ejemplo, administra el miedo de sus feligreses, la condena eterna, ofreciendo absolución a los pecados bajo el secreto de confesión. El miedo a vagar en el limbo o sufrir la llama del infierno, es una manera eficaz de lograr el arrepentimiento, expiar culpas y donar propiedades como peaje para abrir las puertas de la gloria. El panóptico de Dios es absoluto. El descanso del alma está reservado a unos pocos elegidos. Asimismo, las sectas, sin excepción, practican el miedo como técnica de control. El temor a la venganza de un Dios castigador ha dado pie a concepciones milenaristas, guerras, matanzas, suicidios colectivos y asesinatos múltiples. Un miedo irracional donde sobresalen las profecías del fin del mundo, y la ira de un Dios, que cansado de la corrupción mundana empuña la espada justiciera, anunciando la extinción de la especie humana.



Lo apuntado para la Iglesia se puede extrapolar al sistema capitalista. Sus estructuras y organizaciones han favorecido políticas de terror y miedo, creando relatos catastrofistas, cuyo fin es desarticular una respuesta que ponga en cuestión el orden establecido. Las personas, las instituciones y la sociedad son objetivo de la política del miedo planificado. La administración del tiempo por venir da lugar a la construcción del miedo. La incertidumbre es el caldo de cultivo para acrecentar los miedos políticos. El miedo al otro, a la exclusión social y económica, a la sinrazón y el sinsentido, constituyen los principios sobre los cuales se levanta el edificio del miedo manipulador y paralizante.
Bajo la potencial amenaza de agresión de un otro, el miedo cobra vida. El otro puede pertenecer a la comunidad, delincuente común, o ser un extranjero, en ambos casos su presencia se visualiza como una amenaza. Desde tiempos inmemoriales el otro ha sido repudiado, aislado, y reprimido. Considerado un agente perturbador del orden se le persigue hasta su destrucción.
Se tiene miedo a morir en un atraco, ser violado, secuestrado, torturado, despojado de los bienes muebles, en definitiva, de padecer una acción violencia fuera de control. Para la antropología social, la criminología o la sociología, la delincuencia forma parte de causa de la conducta desviada y comportamientos anómicos que rechazan el orden establecido. Para calmar este tipo de miedo social, hoy día demandamos mayor vigilancia por parte de los cuerpos de seguridad del Estado, elevar las penas de cárcel o favorecer leyes de armas permisibles. Cedemos derechos a cambio de seguridad. Quienes administran, ensalzan y hacen un buen negocio de este miedo son las compañías de vigilancia privada, que ofrecen sus servicios a cambio de protección personalizada. Pero también hay miedos colectivos, organizados desde el poder. Miedo a una guerra nuclear, sufrir ataques terroristas, pandemias, crisis alimentarias, energéticas, bancarrotas financieras, etcétera. Cualquiera de los ejemplos puede motivar decisiones excepcionales cuyos efectos suponen una involución política, justificada por la necesidad de ajustar.



Por otro lado, la arquitectura del enemigo interno, como enemigo del Estado, se asienta en el miedo construido ideológicamente, trasformando al delincuente común en sujeto subversivo, terrorista o ser antisistema. Bajo una campaña sicológica, el miedo es inoculado a la población de manera constante, para mantenerlo activo.
Una de las campañas del miedo más recurrente y eficaz, utilizadas por la burguesía, los empresarios y las compañías trasnacionales, es el miedo al comunismo, el marxismo-socialista y las políticas sociales redistributivas. Su discurso es sencillo, el triunfo político de tales propuestas conlleva la aniquilación de la propiedad privada. Supone la es­clavitud del alma humana, el control de los sentimientos y la vida personal. En este contexto, el individuo muta en autómata, siendo controlado por un sistema totalitario donde la iniciativa privada y las libertades personales son un estorbo. Todos vestirán iguales y pensarán lo mismo. La iniciativa privada será perseguida. El mundo se vivirá en blanco y negro. Desaparecerá la alegría, sobrevendrá un tiempo de sufrimiento, dolor, escasez, dictadura, tristeza y mediocridad. Con este dibujo del tiempo por venir, se articulan acciones tendentes a combatir este futuro indeseable. El odio, la agresividad y la descalificación se adueñan del escenario. Odio al marxismo, socialismo y comunismo; agresividad hacia sus militantes, y descalificación a sus propuestas. Así se planifican las campañas de publicidad de la derecha en tiempos electorales. Cuando no obtienen resultados inmediatos, el miedo institucional se reorienta hacia estrategias complejas donde el golpe de Estado es la solución ofrecida para frenar el advenimiento de un futuro indeseado. El miedo se reconduce y canaliza bajo las cadenas del terror controlado. La sociedad es secuestrada en nombre de la salvación eterna.

Marcos Roitman

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