viernes, 31 de enero de 2014

Dices tú de PedroJ y la libertad de expresión...





Historia de una columna / Javier Ortiz

El pasado sábado avisé en mi columna de El Mundo de que tenía la intención de dedicar hoy ese mismo espacio a contar cosas sobre Emilio Botín, gran patrón del BSCH.
En realidad, mi deseo no era tanto hablar de ese señor como de los avatares seguidos por un libro publicado recientemente por Ediciones Foca titulado El Poder. El libro, obra de un veterano periodista llamado Josep Manuel Novoa, aborda con mucho detalle y datos en mano la reciente historia del sector financiero español y, muy especialmente, de los métodos por los que don Emilio Botín y su camarilla ha conseguido hacerse con la parte del león de ese sector, logrando, entre otras cosas, que el Banco de España le haya regalado el Banesto, esquilmando a los pequeños accionistas del que fuera en su día principal banco de la península, ahora en trance de desaparición.
Había llegado a mi conocimiento que el libro en cuestión ha sentado tan rematadamente mal al señor Botín que ha puesto en marcha toda una operación de altos vuelos para silenciarlo. Huelga decir que, si así ha sido, es porque lo que cuenta el libro es verdad. En caso contrario, lo primero que habría hecho el poderosísimo banquero habría sido encargar a sus tropecientos mil abogados que pusieran una legión de querellas contra el autor del libro y contra su editor, reclamando incluso el secuestro judicial de la obra. En lugar de eso, lo que ha hecho don Emilio es montarun gabinete de crisis para asegurarse de que ni un solo medio de comunicación llame la atención sobre la existencia de la obra. Papel predominante en ese empeño corresponde a un miembro del gabinete de relaciones públicas del BSCH, de cuya catadura da cuenta el hecho de que sus propios compañeros lo apodan, no muy cariñosamente, el pequeño Goebbels. Me imagino que no hará falta detallar los métodos de que se está valiendo el mencionado gabinete de crisis para alcanzar sus objetivos: la influencia del BSCH en el mundo de los medios de comunicación –vía cartera de publicidad, patrocinios, accionariado, etcétera, etcétera– es sobradamente conocida.
Bueno, pues en éstas estaba ayer por la mañana, tomando notas para la confección de la prometida columna, sentadito al borde de la piscina y escuchando el excelente último disco de John Gorka, cuando de repente suena el teléfono. Me llamaban deEl Mundo. No diré quién: dejémoslo en que no era precisamente el chico de los recados. Pero en este caso ejercía funciones de tal: me comunicó que más me valía desistir de la idea de hablar de ese libro porque, si lo hacía, mi artículo jamás vería la luz. Me quedé de una pieza: en once años que llevo como columnista de El Mundo, jamás nadie me había dicho qué podía o qué no podía escribir. Argumenté eso, argumenté que mis opiniones son mías y llevan mi firma («Vete a contarle eso a Botín», fue la respuesta)... argumenté de todo, pero todo fue inútil.
Mi primer impulso fue seguir adelante pese a la amenaza y montar la zapatiesta. Pero ¿qué zapatiesta iba a montar? Ningún medio de comunicación medianamente importante se haría eco de lo ocurrido, porque Botín los tiene cogidos a todos por sus partes más íntimas.
De modo que decidí escribir la columna que incluyo bajo estas líneas, en la que hablo de todo esto pero sólo en el plano general, avisando explícitamente de que no entro en la explicación concreta de los motivos que suscitan la reflexión porque, sencillamente, no me dejan.
Escribir esa columna fue la primera decisión que tomé, referida al problema inmediato.
Pero no fue la única decisión que adopté ayer. La segunda, difícilmente excusable a la vista de que la cloaca del periodismo actual amenaza ya con engullirme también a mí, tendrá su traducción a la vuelta del verano.
Horas antes de que sucediera todo esto había anotado premonitoriamente en este Diario: «Todo lo que tenía que escribir, ya lo he escrito. Todo lo que tenía que odiar, ya lo he odiado. Todo lo que podía amar, ya lo he amado. Nada me queda por escribir.»
Bueno, pues parece que acerté. Creo que me ha llegado el momento de cambiar de profesión.
Por cierto que había escrito esas líneas tomando pie en mi libro Jamaica o Muerte. No deja de tener su punto de ironía que ese libro fuera presentado en su día al público por un periodista llamado Pedro J. Ramírez.
Bueno, pues ya está. Éste es el texto de la columna que hoy publica El Mundo:





El gran Poder

Ya se saben ustedes lo de los tres famosos poderes definidos por Montesquieu: que si el legislativo, que si el ejecutivo, que si el judicial. Hace algunas décadas –en plan inicialmente tirando a metafórico–, se empezó a hablar también del cuarto poder, en alusión a la influencia de la Prensa sobre los asuntos del Estado.
Pues bien: vayan olvidándose ustedes de todas esas antiguallas.
Ya no existe más que un poder real: el Poder. El Poder con mayúsculas. El Poder por antonomasia. El Poder que lo amalgama todo. Un Poder que puede sobornar parlamentarios, comprar gobernantes, enfeudar jueces y alquilar periodistas a tanto la docena.
La doctrina marxista clásica analizaba cómo la clase económicamente dominante se las arreglaba para que las instituciones del Estado y los aparatos de creación de la opinión pública actuaran en última instancia a su servicio. Se suponía que el conjunto funcionaba a través de un complejo entramado de relaciones sutiles, no fácilmente desvelables.
Todo ese rollo ha periclitado. En el momento presente, el tropel dominante pedalea no ya en el mismo pelotón, sino incluso en el mismo equipo. Según los días –y a veces según las horas–, la misma gente puede tomar decisiones políticas, financieras o mediáticas, sin cambiar ni de ocupación ni de sede, porque no son sino diferentes negociados de la misma Dirección General: a las 10, proteger a tal político corrupto –hoy por ti, mañana por mí–; a las 12, echar la persiana a un banco –y ahí se las arreglen los pequeños accionistas–; a las 18, decidir qué debe decir o dejar de decir la Prensa... Tan ricamente. Son meros cambios en el orden del día de la misma ocupación.
A veces se enfadan entre ellos. Porque el uno quería 50 y se ha llevado sólo 45. O porque aspiraba a figurar en el puesto 3 del ránking y lo han dejado en el 5. Pero no atribuyamos cualidad a la cantidad: son los mismos perros con los mismos collares.
Pertenezco al gremio de los que se supone que deberíamos contar todo eso. Audaz suposición. A la mayoría tanto le da: pregunta qué es lo que tiene que escribir o decir, lo dice, cobra y calla. Y a los pocos que aún quisiéramos seguir fieles al mandato fundacional de la profesión –que si la verdad, que si Agamenón, que si su porquero– sólo nos queda una aparente opción: callar o que nos callen.
Hay quien sostiene que cabe una tercera vía: contar lo que ocurre, pero manteniéndose en el plano de la pura teoría, sin descender al relato de enojosos ejemplos prácticos. Sin mencionar quién, cómo y con qué trampas se hace de oro.
Es lo que he hecho yo hoy: hablar del Poder omnímodo establecido, sin mencionar el botín.




Javier Ortiz



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jueves, 30 de enero de 2014

Cánovas, la propiedad, y el derecho de las superioridades humanas…






LA GRANDE ESCUELA DE CÁNOVAS DEL CASTILLO.

La Restauración borbónica de 1874 había puesto fin al agitado período que entre 1814 y 1873 conoció en España la monarquía constitucional de Fernando VII, la vuelta de la monarquía absoluta bajo el mismo Fernando VII, el regreso de la monarquía constitucional bajo la rama liberal de los Borbones, la larga sucesión de guerras civiles carlistas promovidas, en connivencia con la Iglesia, por la rama absolutista de esa misma dinastía, la dictadura liberal del general Espartero, la dictadura liberal-conservadora de Narváez, el protectorado liberal del general Prim, la Revolución de 1868, la efímera Primera República española de 1873. El arquitecto de la monarquía constitucional borbónica restaurada fue don Antonio Cánovas del Castillo.

Como Bismarck diseñó para el Imperio de Guillermo II en 1871 una estructura constitucional no sólo firmemente anclada en la grosse Sammlung, sino, al propio tiempo, equilibrante y conservadora ella misma de esa mezcla de poderosas fuerzas sociales dispares, así también Cánovas trató de basar su edificio constitucional en una especie de “gran unión” a la española. La monarquía alfonsina restaurada estaba explícitamente concebida por el político conservador como un lugar en el que cabían, desde luego, los liberales, formando una “grande escuela”, iban a estar de acuerdo –y el grueso de ellos lo estuvo- en lo esencial. Y lo esencial era esto:



“Lo que más principalmente ha de dividir en lo sucesivo a los hombres, sobre todo en nuestras sociedades latinas… no han de ser los candidatos al trono, no ha de ser siquiera la forma de gobierno, ha de ser más que nada esta cuestión de la propiedad. La propiedad, representación del principio de continuidad social; la propiedad, en que está representado el amor del padre al hijo, y el amor, y el amor del hijo al nieto; la propiedad, que es desde el principio del mundo hasta ahora la verdadera fuente y la verdadera base de la sociedad humana; la propiedad… se defenderá con cualquier forma de gobierno, con todos los que real y verdaderamente defiendan la propiedad… se creará una grande escuela, se creará un grande y verdadero partido, que, aun cuando entre sí tenga divisiones profundas, como todos los partidos las tienen, estará siempre unid por un vínculo, por un fortísimo lazo común.”
(Antonio Cánovas del Castillo, Discurso sobre la Internacional (…) Más adelante puede leerse: “Nosotros queremos… la propiedad individual y condenamos la propiedad colectiva; nosotros creemos que la propiedad colectiva es pura y simplemente la barbarie, el retroceso, ni más ni menos”)

Unas páginas antes, en el mismo discurso, Cánovas había aclarado muy bien qué significado social y político general daba él a la “propiedad”:

“La propiedad no significa, después de todo, en el mundo, más que el derecho de las superioridades humanas; y en la lucha que se ha entablado entre la superioridad natural, entre la desigualdad natural, tal como Dios la creó, y la inferioridad que Dios también ha creado, en esa lucha, triunfará Dios y triunfará la superioridad contra la inferioridad.”




La Restauración borbónica de 1874 estaba, pues, concebida por su principal inspirador como un régimen socialmente asentado en las capas “naturalmente superiores” de los propietarios, y dispuesto sólo a dar juego a las fuerzas políticas que creyeran en la “desigualdad natural, tal como Dios la creó”. Para jugar a ese juego, Cánovas contó enseguida con la adhesión del grueso de los liberales españoles, dirigidos por Sagasta. Para sostener lo más firmemente posible su régimen político en la rala capa social de los propietarios, y mantenerlo y defenderlo de la barbarie de los que Dios creó inferiores, Cánovas contaba inicialmente con tres robustos contrafuertes dispuestos a manera de barreras protectoras: el carácter puramente constitucional –no parlamentario- de la monarquía, un amplio y ramificado sistema caciquil de compra de votos y amaño de elecciones, y finalmente, el sufragio censitario.

Tan eficaces se mostraron en el desempeño de sus tareas funcionales los dos primeros, que pronto pudo prescindirse del último: antes que Suecia y Austria, antes que Holanda y Bélgica, antes que Italia y el reino de Prusia, los súbditos del reino de España disfrutaron de sufragio universal masculino a partir de 1889. Cánovas y Sagasta –y luego, sus sucesores- se turnaron educadamente en el poder, trocando a intervalos consensuados con el monarca sus respectivos puestos en el gobierno y en la oposición, y convocando a conveniencia las elecciones. Papel esencial desempeñaban aquí los “muñidores de elecciones”, los ministros encargados de organizar el corrompido proceso que había de llevar con esmerada precisión –caciques económicos locales, secretarios de Ayuntamiento, Guardia Civil y gobernadores civiles provinciales mediante- al resultado previsto de antemano, en punto a reparto de escaños entre las fuerzas políticas parlamentarias.



En 1907, Unamuno describía sumariamente así el proceso por el que se formaba un parlamento en ese régimen constitucional, y la consiguiente composición social y humana del mismo:

“Masas enteras de campesinos ignoran quién gobierna… Están convencidos de que todo se obtiene por el valimiento del cacique… Todo eso envía al Parlamento un montón de grandes propietarios o de criados de ellos, de señoritos ignorantes, de sportsman incultos, de niños góticos, de ricachos empedernidos y sobre todo, de insignificantes que están a merced de la voluntad del que manda”.



Antoni Domènech (El eclipse de la fraternidad).

miércoles, 29 de enero de 2014

Edward P. Thompson y La formación de la clase obrera en Inglaterra. / Josep Fontana





Josep Fontana
Universitat Pompeu Fabra


Escritor, historiador, teórico de una izquierda no dogmática, luchador por la paz… Edward P. Thompson fue todo esto conjuntamente, de modo que ninguna de estas actividades se explica si se prescinde de las otras. Su obra de historiador, por ejemplo, sólo puede entenderse a la luz de su vida y de sus ideas políticas.
En cuanto a su vida, me limitaré a reproducir algunas de las cosas que nos dijo en ocasión de una entrevista que le hicimos en Barcelona. “Procedo de una familia que se mantenía alerta en el campo de la política internacional. Mi padre tenía conexiones con Nehru y otros dirigentes del Congreso Nacional Indio; mi madre las tenía con el Líbano, de modo que me eduqué en medio de un ambiente que tenía plena conciencia del imperialismo. Era demasiado joven para tener una actividad política en la época de la Guerra civil española, pero mis amigos mayores, y los amigos de mi hermano, estaban profundamente preocupados por ella, de modo que al empezar la Segunda guerra mundial, cuando tenía alrededor de quince años, era ya por disposición un antifascista convencido, y fueron estas convicciones las que me llevaron uno o dos años más tarde al partido comunista”.
La influencia familiar más importante fue la de su hermano mayor, Frank, sobre quien se ha publicado una nueva biografía, A Very English Hero. Ingresado a los 19 años en el Partido Comunista, por la influencia de Iris Murdoch, Frank participó en la Segunda guerra mundial en el Servicio Británico de Operaciones Especiales y murió en extrañas circunstancias en Bulgaria en junio de 1944, a los 24 años de edad. Edward heredó de Frank un ideal de democracia social antifascista que pretendía construir un mundo nuevo en la Europa de posguerra; un ideal que sobrevivió por breve tiempo antes de que la guerra fría lo liquidase.








Era algo parecido en espíritu a lo que había sido el Frente Popular español, reforzado por la experiencia de la resistencia contra el fascismo. “Pienso, decía Edward, que en 1945 había otra alternativa a la degeneración en dos bandos que produjo la guerra fría”.
Tras haber combatido en Italia, Edward regresó a Inglaterra para dedicarse a la enseñanza de adultos: “Fui a enseñar al Yorkshire, al norte, en Halifax. Donde no solo enseñé, sino que aprendí mucho. Este fue un proceso absolutamente necesario, el de aprender de mis clases: aprender actividad política y una cierta humildad que el intelectual necesita siempre.”
“Me comprometí con el movimiento de la paz de aquel tiempo, sobre todo durante la guerra de Corea (…), y mantuve mucha actividad en el Partido Comunista hasta 1956. En 1956 Dorothy –su esposa- y yo, con otros historiadores y un grupo de amigos creamos un periódico de discusión en el seno del Partido Comunista británico. Después de la insurrección de Hungría decidimos que no tenía sentido continuar, y fuimos empujados a marchar por los propios dirigentes”.
No pensaba por entonces dedicarse a la historia. Hijo y hermano de poetas, se proponía desarrollar una carrera literaria. Hasta que en 1955 publicó William Morris: de romántico a revolucionario, un libro todavía primario, que reescribiría por completo años después, y descubrió accidentalmente que quería convertirse en historiador.
Comenzó a trabajar en la Universidad de Leeds, en los “extramurals”, los cursos de extensión universitaria abiertos al público ajeno a la universidad, y pasó más adelante al Centro para el Estudio de la Historia Social de la Universidad de Warwick. De hecho nunca pretendió hacer carrera académica y nunca llegó a tener una plaza fija de funcionario universitario.
Cuando recibió el encargo de escribir un libro sobre los orígenes del movimiento obrero británico, que se publicaría en 1963 con el título de La formación de la clase obrera en Inglaterra, decidió incorporarle las experiencias vividas en el Yorkshire, a la vez que lo que había aprendido en las conversaciones con los trabajadores que le explicaban los recuerdos de sus padres. Supo, por ejemplo, que aunque las leyes dijeran que estaba prohibido que trabajasen en las fábricas los niños de menos de siete años, seguían haciéndolo, de modo que, cuando llegaba a la fábrica un inspector, ponían a los niños en grandes cestas y los subían al techo. La formación de la clase obrera en Inglaterra resultó ser un libro profundamente innovador en su planteamiento de la noción de clase como una relación, y en su interés por los mecanismos de formación de una conciencia colectiva, así como por el rechazo explicito de entender el marxismo como “un cuerpo autosuficiente de doctrina, completo e internamente consistente, que se concreta en un conjunto de escritos”: una doctrina que da todas las respuestas y nos ahorra adentrarnos en las complejidades del pasado.






Su trabajo en el terreno de la investigación histórica se interrumpió después de 1975, cuando inició un largo compromiso con el movimiento por la paz, ligado sobre todo a las campañas antinucleares, a las que dedicó, entre 1980 y 1985, una serie de libros (Opción cero, Nuestras libertades y nuestras vidas, La guerra de las galaxias…).
Mientras permanecía entregado a estas actividades se estaba gestando en la universidad un cambio político y cultural de la mayor importancia. Contribuyeron a ello la frustración de los movimientos izquierdistas del 68 y el desengaño ante el aplastamiento de la llamada “primavera de Praga”, a lo que muy pronto se iban a sumar los efectos de una crisis económica, iniciada con el alza de los precios del petróleo en los años setenta, y la subida al poder de gobiernos de una derecha dura, como los de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, empeñados en liquidar la fuerza de los sindicatos y del movimiento obrero.
Esta campaña contrarrevolucionaria, que se proponía combatir las ideas avanzadas que habían inspirado los movimientos de los años sesenta, se reflejó en Gran Bretaña los esfuerzos por transformar la enseñanza de la historia, eliminando cualquier rastro de la espléndida tradición de una historia social progresista. La propia señora Thatcher no dudó en expresar sus objetivos ante la Cámara de los Comunes: “En lugar de enseñar generalidades y grandes temas, ¿por qué no volvemos a los buenos tiempos de antaño en que se aprendían de memoria los nombres de los reyes y las reinas de Inglaterra, las batallas, los hechos y todos los gloriosos acontecimientos de nuestro pasado?”.
Como ha escrito Geoff Eley, el cambio que se produjo en el instrumental teórico y metodológico de los historiadores fue paralelo al agotamiento de las esperanzas políticas de la izquierda. Lo primero que se hundió fue una amalgama de fórmulas que pasaban fraudulentamente por marxismo, aunque tenían poco que ver con lo que escribió realmente Marx, reducido aquí a unas cuantas citas de textos canónicos que se utilizaban para deducir todas las respuestas, sin necesidad de investigar la realidad.
El giro metodológico de estos años había llevado a que se olvidara al Thompson historiador, que quedaba como el representante de una vieja forma de escribir historia, socialmente comprometida. Su reaparición con Costumbres en común (1991) inquietó al mundo académico, sobre todo por la firmeza con que reafirmaba sus puntos de vista, a la vez que dejaba en evidencia a aquellos viejos compañeros que habían abandonado los principios para acomodarse a los nuevos tiempos.



Combatía, por ejemplo, la pretensión de abandonar el viejo léxico derivado del conflicto social, con términos como ‘feudal’, capitalista’ o ‘burgués’, para reemplazarlos por otros como ‘preindustrial’, ‘tradicional’ o ‘modernización’, que eran tan ambiguos como los anteriores, pero que servían para describir un supuesto “orden sociológico autorregulado”, eliminando la idea misma de conflicto.
El fallecimiento de Thompson en 1993 se produjo cuando aún no se habían sedimentado las reacciones ante Costumbres en común, sin dar tiempo al inicio de la campaña que se intuía que iba a desencadenarse contra el libro. Eso explica el generoso alivio del mundo académico, que se apresuró a convertirle en un gran historiador que había brillado en los años sesenta y en los primeros setenta, como representante de unas tendencias historiográficas y unos proyectos políticos de “socialismo humanista”, que habrían caducado por completo. Despedían así a un testigo incómodo de su pasado, que hubiera podido echarles en cara su acomodamiento.
Uno de los pocos que no había renunciado a sus viejas ideas ni había hecho penitencia por su pasado, Eric Hobsbawm, supo reconocer la grandeza de un historiador que “tenía la capacidad de producir cosas que eran cualitativamente diferentes de las que escribíamos los demás y que es imposible medir con la misma escala. Llamémoslo simplemente genio”.
Regresar hoy a La formación de la clase obrera en Inglaterra debe servir para recordarnos, a partir de los orígenes del movimiento sindical, hasta qué punto fue, y sigue siendo, necesaria la actuación colectiva para transformar las condiciones de vida de los hombres y las mujeres.



Josep Fontana es Catedrático emérito de Historia Económica de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. Entre sus obras destacan La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820, Ariel, Barcelona, 1971, y Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945, Pasado & Presente, Barcelona, 2011.


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Vuelo de brujas y Las pirañas. / Miguel Sánchez-Ostiz





El otro día hablaba de Vuelo de brujas, ese pequeño cuadro de Goya que está desde hace unos años en El Prado y que sirvió para ilustrar la cubierta de Las pirañas. Me he acordado de él leyendo el Luis Buñuel, de Max Aub. ¿Qué tiene que ver? Nada. Las cosas más sugerentes se unen por azar. Tal vez porque Aub intenta en ese libro explicarse a Buñuel, a sí mismo y de paso explicar una época: leerle es una invitación a echar a andar por el mismo camino (a cierta edad… convengamos).
Al personaje que aparece en Vuelo de brujas se lo llevan por el aire tres «brujos» tocados de capirotes. Resulta enigmático porque no tiene detrás ninguna página reconocible.  Lo interpretas como te viene en gana. Podría decir que al igual que le sucede al protagonista de mi novela se lo llevan todos los diablos y que por eso resulta apropiado. Sin embargo me interesa más, mucho más (y así se lo hice ver inútilmente a Gimferrer) porque me parece más próximo a lo que se cuenta en la novela, el personaje de abajo, el que lleva un paño o una sábana por encima de la cabeza y no sabe por dónde va. Siniestra gallina ciega la de la propia vida, me digo a carcajadas, perseguido por brujas, brujos y demonios, propios y ajenos. Buena imagen del ir dando tumbos, a trancas y barrancas, sin saber muy bien para dónde vas, en el invierno y en la noche, escura. Unos van de manera envidiable como flecha a la diana (Carlos Castilla del Pino), otros como mejor pueden.




 Escribí Las pirañas entre finales de los años ochenta –los fabulosos eitis de Juanito Ganbela y sus amigos– y comienzos de los noventa (del pasado siglo). Se publicó en diciembre de 1992, cuando la farra del felipismo estaba a punto de despeñarse, entre fastos, bombos, platillos y serios anuncios de borrascas inminentes: hedonismo paleto, champán Beluga (las botas, nos hemos puesto las botas) y pichicata, corrupción, desvergüenza, arrebuche, el país se quitaba el pelo de la dehesa, decían, importaba la vidita, también decían con desparpajo, contaba el llegar, a como fuese, la ventaja inmediata, el situarse, el olvidar que aquel seguía siendo el país de los vencedores y los vencidos y ya lo era de los nuevos demóKratas, los nuevos ricos (de los viejos mejor no hablar) y los nuevos nuevos… De aquellos polbos estos cienos, insisto, aunque para qué, como no sea para darme el gusto: el arrebuche, la corrupción, las almas muertas y vendidas, los pesebristas, los felones, los chulos… no son los mismos, son peores. Los ves –a los tiempos y a sus protagonistas– como algo irredimible, una enfermedad de verdad incurable… Como si estuviéramos desahuciados. Unos por un motivo, otros por otro. No sé si ahora podría escribir una novela como aquella, me falla el entusiasmo y me faltan las fuerzas, a ratos el asco y la irritación me sobran, por no decir que se me ha hecho tarde, tal vez por eso lo intento de nuevo… y a ver qué sale.

Miguel Sánchez-Ostiz





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martes, 28 de enero de 2014

Elly Strik






Durante su trayectoria, Elly Strik (La Haya, Países Bajos, 1961) se ha interesado especialmente por aquellos artistas visionarios que han sondeado los umbrales de la naturaleza humana, como James Ensor o Francisco de Goya.






Sus trabajos, por lo general dibujos sobre papel con grafito y óleo que se caracterizan por una ejecución elegante y limpia, exploran el potencial de los procesos de metamorfosis física en paralelo al propio proceso de creación artística (un proceso que es, por naturaleza, transformador). Strik nos confronta con formas y figuras de apariencia mutante que encarnan y despliegan distintos estados del ser, generando un intenso efecto de extrañamiento que desborda la mirada de los espectadores.

A partir y a través de ellas, la artista holandesa parece sugerirnos que la construcción de la identidad es siempre un proyecto inacabado y que el proceso creativo constituye, en última instancia, un acto de reproducción individual por el que el artista es capaz de subvertir las leyes naturales.







En palabras del historiador del arte Jean-Christophe Ammann: "La obra de Elly Strik posee un potencial de metamorfosis. Retoma lo que dijo Duchamp: que todo artista es su propia novia y toda artista es su propio novio".





En su interés por desvelar los elementos que cifran y evidencian la naturaleza híbrida de todo individuo, la operación de disección de la identidad que lleva a cabo resulta aparentemente amenazante; pero tras el choque inicial, hay un momento en el que el carácter perturbador de sus obras se desvanece y éstas empiezan a funcionar como objetos totémicos que nos invitan a mirar y confrontarnos con lo desconocido.







Concebida ex profeso para las salas del Museo Reina Sofía, Fantasmas, novias y otros compañeros es la primera exposición en España de Elly Strik. La muestra, que combina obra nueva y trabajos anteriores de esta artista e incluye alrededor de 100 obras.




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Pete Seeger (1919-2014)










http://es.wikipedia.org/wiki/Pete_Seeger


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lunes, 27 de enero de 2014

Raymond Chandler, citas de: “A mis mejores amigos no los he visto nunca” (y 5)







Uno escribe en un estilo que ha sido imitado, hasta plagiado, al punto que uno empieza a parecer un imitador de sus imitadores. Así que uno tiene que ir donde ellos no puedan seguirlo.

Tenemos la memoria tan atestada de experiencias y emociones que todas nuestras percepciones están sobrecargadas por una pátina de recuerdos.

Estrictamente hablando la cantidad de producción no significa nada. Un escritor se revela en una sola página, a veces en un solo párrafo. Un no escritor puede llenar todo un estante, puede alcanzar una especie de fama, en ocasiones puede inventar una trama que lo hará parecer de lo que es en realidad, pero al fin se desvanece y es nada.

La moneda del elogio se ha devaluado tanto que no queda nada que decir sobre un libro realmente bueno.

Yo soy de los que creen que usted se equivoca por completo. Pienso además que el hecho de que usted puede salirse con la suya no prueba que tenga razón. (En una carta a Hitchcock)

Era un buen aire fresco, tranquilo y reconfortante, y por un momento no quise saber nada de la raza humana. Unas pocas bocanadas de aire limpio que no hubiera respirado ningún mentiroso o criminal. Era todo lo que quería.

Estaba muerta ahora, y podía tomarla por lo que me pareció la primera vez que la vi, y lo que hizo y por qué lo hizo podía dejárselo a los solemnes idiotas que lo explican todo y lo saben todo.

Últimamente me descubren hablando solo con frecuencia. Dicen que no es tan grave, mientras uno no se responda. Yo no solo me respondo, sino que discuto y me enojo.


Si uno tiene talento suficiente, puede arreglárselas, hasta cierto punto, sin agallas; y si tiene suficientes agallas, puede arreglárselas, hasta cierto punto, sin talento. Pero no se puede salir adelante sin uno u otro.

He perdido afinidad con mi medio. Los Ángeles ya no es mi ciudad, y La Jolla no es nada más que un clima y una cantidad de cortesías sin sentido. Fui a una fiesta hace una semana y, Dios santo, había un hombre con un esmoquin a cuadros y otro con uno de moaré rosa. Y hoy en la tienda de Dutch Smith he visto uno de color pardo. Este país está en la cresta de una ola de prosperidad, todo el mundo gana buenos sueldos y todos están endeudados hasta las orejas por las compras a plazos. Dios los ayude si el rearme se hace más lento. No tengo sobre qué escribir. Para escribir sobre un lugar hay que amarlo u odiarlo o las dos cosas por turnos, que es generalmente el modo en que se ama a una mujer. Pero hay un sentimiento de vacío y aburrimiento… y eso es fatal. Fui el primer escritor que escribió con realismo sobre el sur de California. Ahora, la mitad de los escritores del país están describiendo el smog. Los Ángeles se ha vuelto para mí una puta barata.

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José Emilio Pacheco (1939-2014)




José Emilio Pacheco (1939-2014)


La diosa blanca

Porque sabe cuánto la quiero y cómo hablo de ella en
              su ausencia,
la nieve vino a despedirme.
Pintó de Brueghel los árboles.
Hizo dibujo de Hosukai el campo sombrío.

Imposible dar gusto a todos.
La nieve que para mí es la diosa, la novia,
Astarté, Diana, la eterna muchacha,
para otros es la enemiga, la bruja, la condenable a la hoguera.
Estorba sus labores y sus ganancias.
La odian por verla tanto y haber crecido con ella.
La relacionan con el sudario y la muerte.

A mis ojos en cambio es la joven vida, la Diosa Blanca
que abre los brazos y nos envuelve por un segundo y se marcha.
Le digo adiós, hasta luego, espero volver a verte algún día.
Adiós, espuma del aire, isla que dura un instante.

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Copos de nieve sobre Wivenhoe

Entrecruzados
caen,
se aglomeran
y un segundo después
se han dispersado.
Caen y dejan caer
a la caída.
Inmateriales
astros
intangibles;
infinitos,
planetas en desplome.



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Mar eterno

Digamos que no tiene comienzo el mar
Empieza donde lo hallas por vez primera
y te sale al encuentro por todas partes

José Emilio Pacheco.


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domingo, 26 de enero de 2014

Madrid, esos cielos. / Miguel Sánchez-Ostiz





Madrid, esos cielos y esas luces. El jueves a la tarde un grupo de represaliados del franquismo montaba guardia en la Puerta del Sol con sus pancartas y banderas republicanas, “¡Por la Tercera!”, sí, y cuanto antes, que para muchos será demasiado tarde.  Ayer, ya anochecido, no muy lejos de allí, en la calle de la Escalinata, plaza de la Ópera, un nutrido grupo de jóvenes exhibía  una bandera nazi y coreaba a brincos un siniestro “¡Y Hitler volverá!”. Si yo lo vi, también lo vio la policía que patrullaba la zona. El extenso centro de la ciudad está, como el de todas,  bien poblada de maderos y de matones. Hace unos años, pocos, pateaba Madrid sin descanso: Peatón de Madrid (2003), como si no lo hubiera escrito. Se me han ido pasando las ganas. ¿Agorafobia? Pues sí, qué pasa. A cierta edad… al menos este escenario de la vida ya fue. En las persianas cerradas de viejos comercios castizos –los de la estampa y la bobería costumbrista de “las tiendas color canela”, tan resultona ella–, veo el anuncio de más cierres, de más pájaros negros gañendo su Nevermore. Todo muy alegre. Eso sí, me suelo quedar embobado con las luces del atardecer, con ese cielo azul de las mañanas de invierno y con algunas calles del viejo Madrid en las que parece que voy a oír la voz de Edgar Neville diciendo: “¡Luz, cámara… acción!”. No creo que pudiera repetir el entusiasta patear de hace unos pocos años  de no poder estar con algunos amigos nuevos, gente generosa y cálida grande el número/ No es, mas basta para sentirse acompañado/ A la distancia en el camino. A ellos/ Vaya así mi afecto agradecido. Un gozo. Hasta el más misántropo sabe de ese gozo y del don del trato. Poema de los dones. Borges.



Es más que suficiente para regresar de manera fugaz. La ciudad se me ha ido haciendo antipática, veo hostilidad, malos modos, mucho lapo de “¡Caballero!” que denuncia al jebo y a la jeba, arrebuche, mucho empujón, calles y barrios hechos gueto de castas, lugares donde ya no tienes sitio, donde estás de más o donde estorbas, y es que eso, a cierta edad insisto, se huele… a todo te acostumbras y a lo que es forzoso, enseguida. Como lo veo y lo siento, lo escribo. A cada cual su feria. Madrid, luces y sombras… esos cielos.

Miguel Sánchez-Ostiz


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sábado, 25 de enero de 2014

Raymond Chandler, citas de: “A mis mejores amigos no los he visto nunca” (4)






ODIO LA PUBLICIDAD. Casi siempre es deshonesta y siempre es estúpida. No creo que signifique nada en absoluto. No se consigue hasta que uno es “famoso”, y lo que se obtiene entonces hace que uno se odie a sí mismo.

Dele a alguien un nombre prestigioso y ya está a medio camino de ser un imbécil.

¿Por qué las mujeres escriben libros tan corrientes? Su poder de observación de la vida cotidiana es espléndido, pero nunca parecen desarrollar ningún color.

“…es un hombre tan sabio que sabe que por superficiales que puedan y accidentadas que sean la mayoría de las amistades, la vida es un asunto bastante sombrío sin ellas”.

Al menos los intelectuales no dan las cosas por sentadas.

¿Quiero ganar el Nobel? Qué diablos, les dan el premio Nobel a demasiados mediocres para que me interese.  

No se puede escribir sólo por haber leído todos los libros.

Tuve una infección en la garganta que fue muy divertida porque me dio la ocasión de probar una inyección de penicilina, cosa maravillosa que lo hace sentir a uno casi como si Dios estuviera de parte de los buenos, después de todo. Habíamos empezado a dudarlo. (1949)

Es el combate de todos los hombres de principios honestos por ganarse la vida con decencia en una sociedad corrupta. (…) Es un combate imposible; no se puede ganar. Todos son pobres; siempre serán pobres. Cómo podrían ser otra cosa.

Cosa extraña los ojos. Piense en el gato. El gato no tiene nada para expresar la emoción salvo un par de ojos y una ligera ayuda de la oreja. Pero piense en el amplio espectro de expresión de que es capaz un gato con medios tan pequeños. Y después piense en la enorme cantidad de caras humanas que usted debe de haber visto que no tenían más expresión que una patata pelada.


“Supongo que la debilidad, y hasta la tragedia, de escritores como Hemingway es que el tipo de material con el que trabajan exige una inmensa vitalidad; y un hombre deja atrás su vitalidad sin, lamentablemente, dejar atrás su furioso interés en ella. Lo que escribe Hemingway no puede ser escrito por un cadáver emocional. La clase de cosas que escribe Connolly sí, y así es. Tiene sus méritos. Por momentos es bueno, pero no es necesario estar vivo para escribirlo.”


“Y al mencionar la psiquiatría destruiría al instante, al menos para mí, todo el efecto de cualquier afirmación franca que pudiera haber arriesgado, porque considero la psiquiatría 50 por ciento de cháchara, 30 por ciento de fraude, 10 por ciento ignorancia y el restante 10 por ciento jerga a la moda para decir lo mismo que ha venido diciendo el sentido común durante cientos y quizás miles de años, si tenemos el valor de leerlo.”



Supongo que usted conoce la historia del escritor que se exprimía el cerebro buscando cómo mostrar, del modo más sucinto posible, que un hombre maduro y su esposa ya no estaban enamorados. Al fin se le ocurrió. El hombre y su esposa suben a un ascensor y él se deja el sombrero puesto. En una parada intermedia sube una mujer y él de inmediato se quita el sombrero. Eso es buena escritura cinematográfica. Yo habría escrito una escena de cuatro páginas. Lo que hizo ese tipo requería unos pocos segundos.

Un maestro de escuela que tuve hace mucho decía: “Sólo se aprende de los mediocres. Los realmente buenos están fuera de nuestro alcance; no podemos ver cómo logran sus efectos” Hay mucha verdad en ello. 


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viernes, 24 de enero de 2014

António Lobo Antunes: “Nadie escribe como yo. Tampoco yo”







ANTONIO JIMENEZ BARCA

Afuera, la tarde en Lisboa es gris y fría, con un aguacero feo que parece no cansarse nunca de ladrar. Dentro, en su casa de barrio pobre, como él dice,  António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), rodeado de libros por todas partes, de frases de escritores anotadas en la pared, fuma sin parar, sonríe a menudo, bromea, invita a grappa y echa la ceniza, invariablemente, en la cajetilla vacía del Marlboro light. Se nota que está contento. Hace dos años,  el escritor portugués, candidato eterno al Nobel y autor de un puñado de obras maestras por las que cualquier novelista mataría —Fado Alejandrino, Esplendor de Portugal, El orden natural de las cosas, Manual de inquisidores, En el culo del mundo...— recibió a este corresponsal en la mesa pequeña del rincón donde se sienta a trabajar día tras día con el ánimo por los suelos, debido a que, según él, probablemente no iba a terminar ningún libro más. Desde entonces ha escrito dos novelas o, como él dice con su sonrisa irónica, “dos cosas”. De ahí la sonrisa de quien no se concibe sino escribiendo. En España se publica ahora Sobre los ríos que van(Random House), en la que narra su paso por el hospital en 2007 para operarse de un cáncer que superó. La experiencia, eso sí, está descrita a la manera alucinada, intensa y poética de este escritor dueño de un universo propio. Por eso, además de enfermeras, médicos, aparatos, pastillas y un paciente llamado Lobo Antunes a merced del destino y del tic-tac del reloj de la muerte, el protagonista soberano es la infancia.
Pregunta. Así que acabó superando usted la crisis creativa.
Respuesta. Es que los comienzos de los libros son terribles. Recomenzar, recomenzar… A veces me entretengo escribiendo a la manera de Scott Fitzgerald o Gómez de la Serna o copio páginas de otros para aprender. Copio, qué sé yo, de Balzac. Así aprendo.
P. ¿Pero aún necesita aprender? ¿Todavía no está seguro de su escritura?
R. Mire: yo después de los cánceres ya no miento. Yo sé que nadie escribe como yo. Tampoco yo. El reto es llegar cada día más lejos, cada día hacerlo mejor, llegar más cerca. Observe el teatro de Chejov: asombra que en unas pocas frases aparentemente sencillas como “tengo frío” o “por fin he llegado”, pueda transmitir tanta gama de sentimientos. Todo a base de trabajo: tengo fotocopias de sus manuscritos, y están llenísimos de correcciones.
P. En este Sobre los ríos que van aparece, a la par que la enfermedad y la sombra de la muerte, la infancia. ¿Por qué?
R. Mi intención era… Bueno, no tenía ninguna intención, solo que no me apetecía hablar de la muerte. Me apetecía hablar de la vida. Yo no soy crítico, ni teórico de la literatura, así que no puedo responder bien a esa pregunta. Pero tal vez sea por eso. Para mí la infancia es la salud, la vida, la alegría, la esperanza… Pero no sé explicarlo bien. Simplemente tenía que ser así. Cuando escribes, tienes la sensación de que es inevitable que sea así.
P. Habla como si los libros ya estuvieran escritos antes de escribirlos…
R. Sí, como estatuas enterradas en el jardín que hay que desenterrar, y luego limpiar y limpiar. Quizá un libro sea una eficaz, sola y larga palabra.
P. Y usted, ¿salió distinto del hospital?
R. Seguí siendo el mismo. Pero hay cosas que de repente me empezaron a gustar muchísimo. El sol, por ejemplo, un día de sol, un día bonito, el hecho mismo de estar aquí, hablando los dos. Estar vivo es un privilegio, un azar y un privilegio. Aunque, ¿Sabe lo que más me impresionó del hospital?



P. ¿Qué?
R. La inmensa dignidad de la gente, de los enfermos de la planta de oncología. Todos eran príncipes. Era un hospital del Estado, así que había gente pobre, portándose con una dignidad de aristócratas, con coraje, nunca les oí una queja, a nadie oí rogar, o pedir “sálvame”. La gente aguantaba callada, sonriendo, saludándote, deseándote que mejoraras, muchos de ellos con metástasis por todas partes. Sabías que se iban a morir, y se morían sin quejarse, sin miedo. Yo he visto a gente borrarse de miedo en la guerra. Y el espectáculo de la cobardía es horrible. Vi a un teniente así: todos los oficiales le daban puntapiés y le insultaban, y el tipo no hacía otra cosa que llorar. La cobardía, físicamente, es fea. Te reduces a un ser miserable, despojado de toda dignidad de hombre.
P. En la guerra colonial usted estuvo quince meses ¿Qué significaron?
R. No sé decirle. Quizás usted y yo, todos, nacemos con una idea que no nos abandona nunca. Yo no tengo certidumbres, ni respuestas. Sólo escribo libros. Me gustaría que cambiaran el mundo, pero no van a cambiar nada. Aunque tal vez sean una compañía, un placer para algunas gentes. Yo solo soy un chico que escribe libros y espero morir con la misma inocencia. Al fin y al cabo, somos muy inocentes. Viene un médico, te dice que te vas a curar, que vas a mejorar, y te lo crees…
P. En este libro dice que su madre curaba todo con una aspirina
R. Ójala estuviera mi madre con su aspirina….
P. ¿No ha pensado alguna vez se acabó, ya no escribo más?
R. Pero ¿cómo voy a pensar eso? Si hay tanto por escribir…. De cualquier forma, esto quedará en algún momento interrumpido. Definitivamente interrumpido.
P. En Portugal es muy conocido también por sus crónicas en semanarios y periódicos…
R. Eso solo lo hago porque pagan bien. A la gente le gusta porque son como piscinas para niños. Es imposible ahogarse. Los libros, en cambio, están hechos para que se ahoguen. Comencé a hacer esas crónicas junto a mi amigo José Cardoso Pires, a quien extraño mucho.
P. Siempre habla mucho de sus amigos.
R. La amistad es como el amor: instantánea y absoluta. Conoces a alguien y te conviertes en su amigo suyo de la infancia, aunque ya tengas cuarenta años. Para mí es el sentimiento más importante.
P. ¿Más que el amor?
R. ¿Y qué es el amor? ¿Usted lo sabe?
P. Bueno, yo solo soy el que hago las preguntas.
R. Qué cómodo eso. ¿Por qué no cambiamos?





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