lunes, 31 de marzo de 2014

Los escritores mexicanos y la guerra fría cultural. / Rafael Toriz







Una increíble novela de espías

 El mundo literario latinoamericano se vio sacudido con la noticia: la publicación de un documento inédito en el que se señala el patrocinio de la CIA en el principal semillero de escritores mexicanos. El caso expone a la luz una incómoda realidad, la relación subyugada de los creadores con los intereses estadounidenses. 

Por Rafael Toriz | 22/03/2014 | Diario PERFIL

En uno de sus más grandes momentos como estadista, el último dictador que el pueblo mexicano tuvo como la gente, Porfirio Díaz, expresó una frase digna de figurar en la bandera: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, definiendo en un tuit las convulsas relaciones entre el país más poderoso del mundo y su perenne vecino mancillado.
Por fortuna, no hay que haber leído a Eduardo Galeano para corroborar lo que todos los latinoamericanos conocemos: la injerencia de los estadounidenses en el subcontinente ha sido absoluta, ya sea poniendo o quitando gobiernos, a través de su inmenso influjo cultural o merced de sus incontables empresas, que gobiernan buena parte del planeta. Sin embargo, gracias a un artículo firmado por Patrick Iber en el blog de la Society for U.S. Intellectual History, trascendió que la Agencia Central de Inteligencia (la temida CIA, por sus siglas en inglés) fue la que apadrinó en secreto a los escritores mexicanos más destacados del siglo XX, y lo hizo a través del célebre Centro Mexicano de Escritores (CME), que durante más de cincuenta años se dedicó a dar estímulos económicos a algunos de los más brillantes autores mexicanos.
Siento precedente. En 1951, y bajo el comando de Margaret Shedd, se creó el Mexican Writing Center, que a finales de ese año sería conocido por su nombre definitivo y se dedicaría, desde entonces y hasta el primer lustro de este siglo, a dar becas a jóvenes escritores con fondos provenientes de la fundación Rockefeller. El primer consejo literario estuvo conformado por Julio Torri, Alfonso Reyes y Agustín Yáñez.


Inspirado en el Iowa Writers’ Workshop, el CME cobijó a los principales autores de la literatura mexicana del siglo XX, entre los que se cuentan nombres como Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Salvador Elizondo, Alí Chumacero, Juan José Arreola, Jaime Sabines, Luisa Josefina Hernández, Rosario Castellanos, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Inés Arredondo, Esther Seligson, Emilio Carballido, Ricardo Garibay, Jorge Ibargüengoitia y Vicente Leñero, entre otros.
De acuerdo con Iber, el CME, inspirado en el modelo del Iowa Writers’ Workshop, recibió subsidios desde el inicio de sus funciones por parte de la Farfield Foundation, una fachada de la CIA utilizada para realizar donativos a discreción con la finalidad de alentar diversas operaciones encubiertas. Posteriormente, el apoyo sería suministrado a través del Congress for Cultural Freedom, una institución que nacería con la finalidad de establecer una comunidad intelectual para promover los valores democráticos, combatiendo la pérfida amenaza del comunismo.
De acuerdo con Iber, la intención de fundar el CME estaría directamente relacionada con los intereses americanos, razón por la que a Juan Rulfo le habrían ofrecido algunas facilidades para comprar un terreno en el que pudiera escribir a sus anchas, con la finalidad de tener una figura de contrapeso ante la presencia descomunal de Pablo Neruda. Rulfo, lacónico como era, nunca volvió a publicar un carajo. Y no se sabe qué pasó con el terreno.
Revisando páginas por la web, resulta macabro conocer los testimonios sobre los becarios, que eran sometidos a un test de personalidad preparado con seguridad por una mente siniestra. Como muestra, vale reproducir la descripción de un informante sobre Vicente Leñero: “Inteligente. No hay pedantería ni rasgos de autosuficiencia. Más bien modesto. Inhibido. Escasos mecanismos de proyección e identificación. Evidentes elementos de inseguridad que muy probablemente están integrados a un núcleo conflictual más profundo”.





¿Fungió el CME como una penetración subterránea de los intereses estadounidenses en México? Así lo parece si nos atenemos al guión de esta novela de espías, que deja atrás cualquier teoría conspirativa digna de un novelista mediocre y pone en escena una atroz realidad simbólica: el corazón de la literatura mexicana fue patrocinado por una operación orquestada contra los enemigos del Imperio.
En opinión de Iber, la creación del CME ejemplifica “la capacidad de los productores culturales de utilizar la política de la Guerra Fría para favorecer sus propios esfuerzos”, algo que ya había sido notado por la investigadora de la universidad de Indiana Deborah N. Cohn en su libro The Latin American Literary Boom and U.S. Nationalism during the Cold War, donde relata la historia de la revista Mundo Nuevo, dirigida por Emir Rodríguez Monegal, en la que colaboraron los autores más señeros de la época (Sarduy, Marechal, Sartre, Parra) y que también recibió subsidios de la CIA, por lo que autores como Mario Benedetti, Julio Cortázar y Roberto Fernández Retamar, abiertamente procubanos, se rehusaron a colaborar en sus páginas. ¿Supieron los escritores implicados quién pagaba las cuentas? ¿Hubo genuflexión ante una potencia extranjera? Lo único cierto es que las intenciones de la CIA fracasaron como medio de control de la diplomacia cultural y dejaron algunos de los mejores libros de la literatura española del siglo pasado. A veces, el tiro sale por la culata.

Moraleja: si uno no sabe para quien trabaja, probablemente lo esté haciendo para la CIA.




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Dudas y certezas / MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ







Dudas y certezas
Domingo, 30 de Marzo de 2014

¿A quién creer? ¿A quien protegido por su condición legal de autoridad exhibe pruebas falsas de delitos o a quienes denuncian haber sido víctimas de malos tratos por miembros de la policía, tanto en la calle como en instalaciones policiales? A mí no me cabe ninguna duda, al más débil, siempre. Y el más débil es el agredido, el que tiene su defensa comprometida con pruebas y testimonios si no por completo falsos o de calidad, una desigualdad que constituye un abuso jurídico propio de regímenes policiacos como es el nuestro, como denuncian quienes no lo apoyan.
Y otra cosa que tengo clara: las de las UIP no son actuaciones individuales, son actuaciones institucionales, lo primero es una añagaza retórica que protege la impunidad de los abusos, el desorden, las actuaciones que denuncian en balde observadores internacionales que el Gobierno quiere lejos.
Ahora mismo hay una estrategia institucional de ceremonia de la confusión. No se sabe con exactitud cómo empezaron los incidentes de Madrid. Los foros policiacos arden, hablan de sacar las pistolas y de más mano dura. Sus intervenciones públicas dan asco. No se les puede decir nada. A una mujer que les exhibió una pancarta de Me dais vergüenza la han denunciado por todo lo que les ha venido en gana. Estaban fuera de servicio, de paisano y alterando el orden, tanto como la gente que ellos apalean por lo mismo. ¿Cuál es el delito o la falta cometida? Ninguna. Esa denuncia es un abuso y quienes deberían velar por la seguridad de todos los ciudadanos, en la Policía y en la Administración de Justicia, lo saben.
Está claro que de uniforme o de paisano pueden hacer con nosotros lo que les viene en gana, con impunidad. Hay que denunciarlo sin descanso.
El relato de Raquel Tenías, responsable de relaciones con los movimientos sociales y ciudadanos de IU de Aragón, es estremecedor. Ha publicado un vídeo en Vimeo -http://vimeo.com/90050369- en el que relata los malos tratos recibidos tras una detención arbitraria. Y aun hay quien habla de Estado de Derecho... bien es verdad que lo hace con la misma mala intención que cuando se refiere a la democracia.
Ahora se da la paradoja de que quienes piden comprensión no la tienen con aquellos de los que dicen ser sus iguales sociales. Repugnante lagrimeo victimista. Ahora se las dan de víctimas cuando, en cuanto pueden, nos tratan a patadas, como hemos tenido ocasión de comprobar por los documentos gráficos que por fortuna todavía corren en la Red. A patadas: esa es la consideración que nos tienen. Así no es posible la paz social, sino el miedo y el encono.


Me cuesta creer que esa gente bien alimentada y bien pagada trabaje solo por dinero o por gusto de pegar, pero me cuesta más que lo hagan por estar convencidos de que sirven a la sociedad... ¿A qué sociedad? Me cuesta ya mucho creer en algo relacionado con el poder, la autoridad, la ley en sus manos, los discursos oficiales, las sentencias, las órdenes... Veo en todo ello arbitrariedad, intención dolosa, voluntad de sometimiento y en el fondo de esa fuesa oscura fractura y descrédito social.
Ahora mismo, de haber alguna cohesión de clase, será de la que las UIP protegen porque las más desfavorecidas están desunidas, adrede. Hay provocadores y reventadores en las calles, es un clamor, y también los hay allí donde se pueden tomar decisiones que refuercen la oposición social al sistema y debiliten este. Ahora mismo los mayores beneficiarios de la violencia son quienes la ejercen de manera institucional, porque arrastran los votos de un miedo social instintivo.
La fractura social es evidente. La policía representa ahora mismo no al conjunto de los ciudadanos, sino solo única y exclusivamente a los intereses de la clase dominante que ejerce una violencia institucional y económica sin precedentes, a la que con cuajo llaman orden social... y con la inestimable ayuda de la mayoría de los medios de comunicación, cada vez más sectarios, que mienten y adoctrinan sin recato, como en los mejores tiempo de la prensa del Movimiento. Quien no esté con ellos, es un enemigo a abatir.



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domingo, 30 de marzo de 2014

Franz Kafka (Diarios)




“Progresivamente, intentaré agrupar lo que hay en mí de indudable, luego lo creíble, luego lo posible, etc. Es indudable mi avidez por los libros. No tanto por poseerlos o leerlos como por verlos, por convencerme de su permanente existencia en los estantes de una librería. Si en alguna parte hay varios ejemplares del mismo libro, cada uno de ellos me alegra. Es como si dicha avidez partiese del estómago, como si fuese un apetito descaminado. Los libros que yo poseo me dan menos gusto; en cambio me alegran ya los libros de mis hermanas. El deseo de poseerlos es incomparablemente menor, casi inexistente.”

Franz Kafka (Diarios)



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sábado, 29 de marzo de 2014

Periodismos (y 2) Gregorio Morán





La Vanguardia el 22 marzo, 2014 

SABATINAS INTEMPESTIVAS

El libro de Saviano resulta conmovedor en su evidencia. No sólo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta
Si mi intención en el primer artículo dedicado al periodismo se limitaba a mostrar una manipulación, enmascarada en un juego, sembrar desconcierto sobre el hecho más inquietante de la transición, el 23-F, el segundo capítulo y último de esta serie de acercamiento al periodismo que se hace hoy día pensaba dedicarlo al napolitano Roberto Saviano y su estremecedor libro sobre la cocaína titulado Cero Cero Cero (Anagrama).
Aunque a más de uno le llame la atención y para evitar esos comentarios que genera la ignorancia, debo contar algo de la cocina periodística. Por razones difíciles de entender pero muy fáciles de explicar, de un tiempo a esta parte los columnistas de opinión debemos entregar nuestros artículos el jueves para facilitar que puedan salir el sábado. Esa distancia de 24 horas, tan importante en un diario y que es lo que lo hace diferente de un semanario, puede tener consecuencias imprevisibles, como son las de este caso.
Cuando pensé en la serie y empecé con la manipulación sobre el 23-F no tenía ni idea de que el destino iba a poner ante mis ojos una oportunidad periodística única: la entrevista entre un chico de Cornellà de Llobregat, con la formación y la cultura de oídas de los pulpos en los garajes, y un tipo bragado, que sabe lo que es escribir, hablar y pelear en lugares inimaginables para un chaval formado en la España de la transición. Por cierto, con el detalle añadido, de que Roberto Saviano es cinco años más joven que nuestro colega autóctono, cosa que no se percibe en el aspecto físico; todo lo contrario, ser una vedette mediática ayuda a conservarse, ser un perseguido, multiplica tu envejecimiento. Tener una cultura es importante hasta para ser puta; y si me permiten la audacia, añadiría que en casos de oficios de riesgo, aún lo es más.
Una sorpresa. Jordi Évole entrevistaba a Roberto Saviano en Nueva York, en su condición de autor y de objetivo mafioso. Primera extrañeza que hacía chirriar la verosimilitud periodística: si la sala de grabación, con mesa de bar para seriales de bajo costo, sumado a la cámara en plano fijo, fue en Nueva York la empresa audiovisual nos ha tomado el pelo o ha perdido un montón de dinero, amén de hacer el ridículo. Aquello era Torrelodones, aunque reconozco que no tiene el mismo efecto publicitario que decir “New York”. Pero lo importante era el encuentro entre dos formas de hacer periodismo, el chico de Cornellà, el rey de la pregunta, frente al chaval envejecido a quien la vida ha enseñado a detectar a un simple a partir de la primera intervención estelar.
Fue un combate dialéctico patético y juro por mi honor que no conozco de nada a Évole, que jamás se cruzaron en nuestras vidas ni una brizna de hierba, que su estilo me cae bien porque representa una generación, más joven que la mía, y que carece de la emboscada maldad de los colegas de mi época que parecen recién salidos del convento o del consejo de administración. ¡Pero uno no hace “un viaje a Nueva York” para hacerle una entrevista a uno de los periodistas más interesantes y lúcidos del momento sin haberse leído su libro!


No tenía, lo que se dice, ni puta idea. A mí me parece normal, no hay tiempo para todo, pero siempre hay alguien que te puede hacer unos folios dignos. Momentos estelares de la entrevista: cuando Saviano le dice que España es el centro de entrada de droga más importante de Europa. Silencio. Podía haber añadido Évole que el responsable del puerto de Barcelona, un tal José Mestre, principal empresario del puerto, si no me falla la memoria, gran capo y modelo del empresariado autóctono fue detenido con alijos alucinantes. Por cierto, ¿está en la cárcel o tiene beneficios penitenciarios? Nunca nadie ha vuelto a hablar de él.
Otra genialidad, lo de ETA. “Usted, dice el agudo Évole, pasa en su libro sobre el tema ETA como de puntillas”, cito de memoria. Hay que tener unos huevos blindados para que un tipo que no ha leído el libro, que no tiene zorra idea de ETA, no haya recurrido a los archivos para saber que hubo dos crímenes de ETA, ambos en Gipuzkoa, relacionados con la droga, sobre los que se pasó por encima hace ya muchos años, porque es un tema muy sensible para “la izquierda española” –Saviano dixit– . Le faltó añadir que no hay organización terrorista, nacionalista o islámica que no trafique con droga a unos niveles difíciles de seguir: sencillamente el trueque entre cocaína y material selecto –explosivos o armas–. Las historias del IRA irlandés son legendarias. ¿A qué se van a dedicar buena parte de los exreclusos etarras, tras más de quince años de cárcel? ¿A porteros de discoteca? ¿A jardineros del ayuntamiento?
La desgana de Saviano en la entrevista era tan palpable, tan evidente, que causaba cierta incomodidad visual. Para quien ha seguido la trayectoria del napolitano desde Gomorra –hablo del libro, no de la película– sabe que se trata de un tipo brillante capaz de improvisar un monólogo en la televisión italiana de casi una hora, sin cortes, y sin las torpezas de esas realizaciones hispanas que parecen aún un residuo de la TVE de los sesenta. ¿Pero, y ese momento en el que señala que la banca en general, y la española en particular, se salvaron gracias al blanqueo mafioso? Hostia, eso son palabras mayores. No permiten que te escaquees, o lo abordas o saltas de pregunta. ¡Imagínense que llega a preguntar el audaz reportero que citara alguna entidad de aquí, no a los bancos gringos con bandera pirata!



La única sonrisa de Saviano, desganada y un tanto sarcástica, le vino al relatar que para la mafia italiana nuestra costa mediterránea, de Catalunya hacia abajo, la denominan “La Costa Nostra”. Incluso precisó que hay 50 kilómetros construidos explícitamente con el blanqueo de la droga. Seamos sinceros, resultaba un tanto vergonzoso; uno se sentía como en los viejos tiempos, cuando había que cambiar de tema antes de que te cambiaran de programa.
Y sin embargo debo insistirles en que el libro de Saviano Cero Cero Cero resulta conmovedor en su evidencia. No sólo por todo lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. No es la audacia, eso que le ha obligado a vivir durante siete años en clandestinidad, 2.300 días con escolta, que a los chicos les parece como algo desdeñable, un incidente que le lleva a la gloria. Hay una generación de analfabetos funcionales, algo inédito en la historia de la humanidad, que sueñan con la gloria al precio que sea, pero con el mínimo esfuerzo; no servirían ni como sicarios, no saben lo que es el miedo, fuera de aquella noche que se pasaron con farlopa y alcohol y condujeron diez kilómetros con la izquierda en el volante y la derecha haciéndose una paja, rodeados de jaleadores.
Lo más desasosegante del libro último de Saviano es su reconocimiento de la derrota. Ellos han ganado, aunque sólo sea porque le jodieron la vida y para siempre, mientras el público asiste al espectáculo. ¡Cuándo matarán a ese cabrón con cara de funerario! ¡Qué tristeza da este libro fino y brillante y bien hecho, como un estilete!
El lunes de esta misma semana hubo un suceso común en la carretera que lleva a Taranto, en Apulia, el sur de Italia. Los sicarios mafiosos hicieron parar el coche que conducía Carla María Forlani, 31 años. La acribillaron a ella, a su acompañante Cossimo Orlando, de 43, y al niño de tres años que este llevaba en los brazos. El arzobispo de Taranto, Filippo Santoro, se mostró indignado porque pueda “matarse con tanta facilidad” y “sin piedad”, a mujeres y niños. Los adultos, ya se sabe, son siempre susceptibles de riesgos.



Ricardo Saviano, con media sonrisa, le decía a nuestro periodista local “los españoles no tiene conciencia de la mafia”. Hubiera sido necesario ilustrarle: nosotros hubiéramos escrito: “Carla M. F. y Cossimo O. fueron acribillados en una carretera secundaria”. ¡Imagínense lo que supondría llegar más lejos y precisar qué carretera, qué muertos y qué sospechosos! Te podría meter un puro uno de esos bufetes dedicados a cubrir cadáveres y pulir fortunas.

Gregorio Morán


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viernes, 28 de marzo de 2014

Presentación de "Para la tercera cultura" de Francisco Fernández Buey / Salvador López Arnal



Para Ramon Alcoberro, filósofo y generoso amigo

 Así escribía Sacristán en su presentación de mediados de los sesenta a la obra en prosa de Goethe traducida por José María Valverde:
 (...) no hace falta mucho más para comprender por qué el autor del 
Werther... llegó a ser consejero secreto a secas, luego noble, presidente del consejo y por último, parásito oficial del ducado, sin obligación siquiera de asistencia a las deliberaciones del gabinete.

Si se quería todavía una veracidad más brutal, proseguía Sacristán, se encontrará en la conversación del viejo Goethe con Soret.

Soret se permite decir que si Goethe viviera en Inglaterra lucharía, como fue en el caso de Bentham, para la supresión de los abusos sociales.  
Goethe le interrumpe.

“Pero, ¿por quién me toma usted? ¿Que yo tendría que buscar los  abusos y descubrirlos y hacerlos públicos? ¿Yo, que en Inglaterra habría vivido de esos abusos? Si yo hubiera nacido en Inglaterra, habría sido un rico duque, o mejor aún, un obispo con unas rentas anuales de treinta mil libras esterlinas".

Tras esta declaración, nadie puede llamarse a engaño si se ha tomado en serio, como honesta sentencia (y no como lo que es: terror ante la noticia de la decapitación de Luis Capeto) la "profunda" observación de Goethe en el Carnaval Romano -precisamente el Miércoles de Ceniza para mayor ambientación-, según la cual, "la libertad y la igualdad no pueden disfrutarse sino en el torbellino de la locura" (…)

Fuente y artículo completo aquí: http://www.rebelion.org/noticias/2013/10/175798.pdf


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El 22M, un expediente contra el Gobierno / Olga Rodríguez



Por el escenario instalado en Colón pasaron nuevos sujetos políticos, discursos frescos, exigencias necesarias, posiciones interesantes y muy legítimas.

Dentro de los parámetros del Gobierno, toca criminalizar el 22M, tergiversarlo, reducirlo a un episodio violento.



Es habitual que, en un contexto en el que crecen las desigualdades y la pobreza, los gobiernos tiendan a criminalizar las demandas y manifestaciones de la ciudadanía, con el objetivo de evitar que una enorme reacción popular termine expulsándoles. Es lógico que teman la movilización social. 

El pasado verano, sin ir más lejos, el Fondo Monetario Internacional publicó un informe sobre España, en el que señalaba dos aspectos que podrían “comprometer el esfuerzo de reforma”. Cuando dice reforma, leáse más recortes. Esos dos aspectos eran: la tensión social y un cierto debilitamiento del bipartidismo.

Para evitar que crezca la ‘tensión social’, las protestas, las manifestaciones, no hay mejor estrategia que la de intentar estigmatizarlas. Y eso es lo que lleva haciendo el Gobierno desde hace tiempo: El 15M fue un movimiento de perroflautas y antisistema, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca es el entorno de ETA, y ahora las Marchas de la Dignidad son violentas y neonazis. El país se tambalea, se empobrece de forma vertiginosa, y ante ello las autoridades refuerzan sus estrategias para mantenerse en el poder. Nada nuevo en la historia.

Ahora bien, a la hora de informar y de analizar la actualidad hay que tener en cuenta el contexto político y económico en el que nos encontramos y asumir que las fuentes de información oficiales no son suficientes para saber qué está pasando. Quien crea que los mensajes procedentes de las autoridades no deben ser cuestionados y contrastados estará haciendo un flaco favor al periodismo.



Dentro de los parámetros del Gobierno, toca criminalizar el 22M, tergiversarlo, reducirlo a un episodio violento. Se presentan multas contra los organizadores de las marchas, se les abre expediente, e incluso se muestran pruebas falsas para inculpar a los manifestantes.

A veces hay contextos que entendemos mejor si los observamos con cierta distancia. 
Cuando las fuerzas de seguridad egipcias dispersaron la enorme manifestación de Tahrir en 2011 entendimos que allí había un problema con la libertad de protesta. Cuando los medios egipcios silenciaron o minimizaron las revueltas, comprendimos que había un déficit en la libertad de información. Cuando las autoridades de El Cairo arrestaron a activistas, blogueros y manifestantes lo interpretamos como un intento de criminalizar las movilizaciones.

 Si algún integrante de las fuerzas de seguridad de un país árabe se pasea por las televisiones mostrando pruebas falsas- armas- para inculpar a manifestantes, lo interpretaríamos como síntoma del deterioro de su Estado de derecho.
Somos capaces de percibir la represión y los recortes de libertades en territorios ajenos. La reacción de las calles fuera de nuestras fronteras puede llegar a parecernos algo lógico y, según el caso, legítimo y necesario. La prensa estará incluso dispuesta a barnizar de una pátina romántica determinadas desobediencias extranjeras, como ocurrió con Túnez, Egipto o más recientemente Ucrania. Pero cuando se trata de las nuestras, la cosa cambia.

Aquí aún nos creemos que esto es un Estado de derecho donde todos somos iguales ante la ley, donde las fuerzas de seguridad se comportan siempre de forma ejemplar y donde las autoridades nunca mienten, ni roban, ni abusan del poder para enriquecerse.

Partir de esa base es fallar estrepitosamente en el análisis de la actualidad. Este país se encuentra en un punto de inflexión que han venido a observar incluso integrantes de la OSCE, como antes lo hicieran en Grecia, para vigilar el experimento al que nos están sometiendo y ver hasta dónde llega la capacidad de aguante de la gente, de la calle.

Por el escenario instalado en Colón el 22M pasaron discursos frescos, exigencias necesarias, posiciones interesantes y muy legítimas. Hablaron mujeres y hombres, desempleados, excluidos sociales, activistas, afectados por los recortes. Pero eso no interesó a buena parte de la prensa.




Todas esas personas fueron elegidas en asamblea por las Marchas de la Dignidad para intervenir en público. Representaban el sentir de la movilización, en la que participaron miles y miles de ciudadanos. Pero sus palabras no se consideraron noticiables. Sin embargo, lo que un grupo de jóvenes, algunos encapuchados, hizo después de la concentración sí fue tratado como algo de remarcable actualidad.

Se ha cogido la parte por el todo: se señala la violencia protagonizada por un grupo minoritario para concluir que el 22M debe ser expedientado y estigmatizado. Pero a las ya habituales cargas policiales contra manifestantes pacíficos se las llama orden.

A los eslóganes que se corean en las protestas reivindicando derechos los tachan de antisistema. Pero los discursos oficiales que tratan de convencernos de que la pobreza es inevitable son una llamada a la responsabilidad.

Salirse del arcén de una autovía y ocupar parte de la calzada en una marcha de protesta hacia Madrid es uno de los motivos por los que la Delegación del Gobierno abre expediente contra los organizadores de las Marchas de la Dignidad. Pero seis millones de parados, una brecha entre ricos y pobres récord en la UE y los recortes drásticos en servicios sociales y en libertades no son suficiente para que podamos abrir expediente al Gobierno.

 Mientras las Marchas de la Dignidad estudian impulsar una nueva movilización para exigir derechos fundamentales, el Gobierno intenta neutralizarlas. Cuenta para ello con grandes aliados. Las consecuencias de semejante estrategia pueden ser impredecibles. La historia nos muestra trágicos ejemplos de lo que ocurre cuando las manifestaciones no sirven, cuando las palabras no cuentan, cuando los intereses de la gente no importan, cuando las exigencias no son escuchadas.



La violencia que el Estado está ejerciendo sobre nosotros, convenciéndonos de que merecemos vivir con nuestros derechos menguados y nuestras libertades recortadas, ha provocado ya efectos devastadores en una parte importante de la población, víctima de la exclusión social y la pobreza. Que ante ello algunos de los principales afectados reaccionen en vez de resignarse, convirtiéndose incluso en nuevos sujetos políticos, es una magnífica noticia para la democracia.
El carácter multitudinario y heterogéneo del 22M simboliza la presentación de un expediente contra el Gobierno. Un buen comienzo.



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jueves, 27 de marzo de 2014

MARINA GARCÉS / “No nos salvaremos solos” / Irene G. Rubio



Hablamos con la filósofa (Barcelona, 1973) sobre su libro ‘Un mundo común’.



Foto: Álvaro Minguito


Hablas del estallido de la burbuja individual. ¿Cuáles serían las causas de este proceso?
¿Qué ha pasado en el primer mundo? Pues que ha llegado la crisis. No sólo eso: se ha intensificado el cambio climático y la interdependencia planetaria en la que ya no hay una gestión individual de los riesgos. Eso, multiplicado por la crisis económica, nos ha devuelto la experiencia directa de la vulnerabilidad y de la precariedad de la vida. Se trata de una experiencia dolorosa, de pérdida de autosuficiencia, de seguridades y de garantías, pero a la vez es un redescubrimiento de la interdependencia, de que no nos salvaremos solos en esta sociedad. Entonces podemos lamentarnos, o podemos defendernos, y de ahí muchas de las reacciones defensivas, reactivas, nuevas formas de buscar trincheras y seguridades en las que defenderse de esa exposición a los otros… Pero también podemos intentar construir desde ahí una política que asuma realmente ese vivir en común como un problema común.
Planteas un punto de partida distinto al de muchas tradiciones políticas. No hay que crear comunidad: ya vivimos en un mundo común y somos interdependientes. Tenemos entonces que plantearnos qué nos separa pero, también, cómo vivir juntos…
El individuo es una categoría relacional, no existe sin sus relaciones, y sus relaciones no vienen después, son lo que nos compone. Es desde ahí desde donde yo digo: ya estamos implicados. Lo que pasa es que vivimos negando esa implicación, construyendo una ficción de autosuficiencia. Y entonces, claro, la colectividad es un problema. Un problema siempre imposible de resolver o que se proyecta en figuras extrañas de vida reconciliada, orgánica, en común… un imaginario de la comunidad como algo que nos recogería, que armonizaría ese juego de distancias. Yo creo que el compromiso empieza en el hecho de reconocer que ya vivimos implicados, que ya vivimos en esas relaciones de interdependencia que nos vinculan los unos a los otros y que eso es a la vez la base de lo mejor y de lo peor que podemos ser.
Entonces el compromiso, siguiendo lo que decías, no sería tanto una elección como un descubrirse comprometido.
El compromiso político se ha pensado desde el imaginario de individuo soberano sobre su conciencia del mundo: el intelectual comprometido, el militante… El individuo que ha entendido las cosas y decide, elige comprometerse… ¡No hay elección! En todo caso podemos negarlo. Nos podemos intentar proteger de esa exposición y de esa implicación con la vida en común, pero elección no hay: estamos ya comprometidos. Devolver esa raíz del compromiso como algo que no depende de una elección sino de una aceptación y de una toma de posición para mí es distinto. Y abre todo un campo de politización que desplaza los imaginarios políticos tradicionales de la izquierda.
Hablas de nuevas formas de politización que tenemos que aprender a reconocer. ¿Po­drías dar algún ejemplo?
Hoy vemos en muchos planos de la vida lo que yo llamo formas de politización que no son explícitamente reconocibles como movimientos o como luchas, que son las dos maneras como normalmente reconocemos lo político. Pero, ¿qué pasa cuando hay gente que plantea otras maneras de consumir, de producir, que está transformando las maneras de cómo trabaja o cómo toma decisiones, cuando hay maneras incluso de sustraerse a la lógica del trabajo y del dinero por unas vías que no son las de la victimización o las de la competición…? Son fenómenos que no necesariamente pasan por una conciencia de politización de la vida, de adhesión a un movimiento, sino que se reapropian de la dignidad de la vida. Pero si tú preguntas, mucha gente te dirá: “No, yo no estoy haciendo política”. Eso es casi lo más esperanzador de hoy, no tanto los movimientos, que si los miramos sólo en términos de número, conquistas, victorias… la desproporción con los efectos del sistema y del poder es enorme.Y en cambio sí creo que, como en una sociedad paralela y a la vez infiltrada, que va creciendo, que se va reapropiando de sus propias condiciones de vida, están pasando cosas muy interesantes.

Hay una especie de fascinación o forma de entender lo político como ruptura, como comentas en el libro. Quizás por eso no se ve lo político en lo cotidiano.
Ése es otro de los imaginarios típicos del pensamiento revolucionario: el acontecimiento, ese tiempo y espacio que interrumpe todo y permite pensar en un nuevo comienzo. En nuestros tiempos eso ya no se concibe en el sentido de los movimientos revolucionarios del siglo XIX, que pensaban en términos históricos la posibilidad de volver a empezar. Ahora lo pensamos más bien en una lógica de interrupción que nos hace muy esclavos de la excepcionalidad. La pregunta es cómo se relacionan esos momentos de interrupción –las plazas del 15M, por ejemplo– con su continuidad, con sus maneras de infiltrarse en la vida cotidiana y transformarla. No tanto con la durabilidad del movimiento, porque ésa es la otra trampa: “Las plazas no duraron” –claro, ¿qué vamos a hacer, estar todos los días ahí?– sino cuáles son sus efectos y, a la vez, cómo nos relacionamos con lo que ha abierto ese acontecimiento en cuanto a posibilidades. Y cómo no vivir esperando el siguiente acontecimiento. Porque si estamos hablando de reapropiarnos de la vida, eso pasa cada día durante 24 horas.
Quizás somos un poco yonquis del chute de energía que brindan esos momentos de ruptura…
Claro, pero eso se traduce en unos términos de satisfacción / frustración y de éxito / derrota que nos van en contra. Las cosas pasan a muchos niveles, en muchos momentos y en tiempos distintos. Está el tiempo de la interrupción, de la novedad, de la emocionalidad, de lo colectivo… pero también están los momentos de lo invisible, de lo cotidiano, de lo continuo. Están los momentos de romper, están los momentos de durar y de continuar, y también los momentos del antagonismo y de la frontalidad. Tenemos que apren­der a manejar esta multiplicidad de lógicas, de momentos y de espacios.
Apuntas que la revolución es también un problema del pensamiento, una idea que se impone como necesaria cuando se entreabre su posibilidad. ¿El 15M ha entreabierto esa posibilidad?
Sí. Para mí la irreversibilidad de los procesos de lucha o de transformación social está en lo que aprendemos, que es lo que nos transforma realmente. Obvia­mente con sus conquistas y sus logros objetivos, pero lo que se juega realmente es lo que yo llamo reaprender a ver el mundo. Si no hay ese salto cognitivo, ético, político que nos permite aprender a vernos y a ver el mundo, conquistar otros puntos de vista desde donde ver y vernos en relación con lo que pasa y en relación con quienes vivimos son procesos muy estériles.
Es lo que defines como el descubrimiento de nuestra capacidad de poder hacer.
Aprender es eso: darnos la capacidad de hacer, de pensar y de decir de otra manera. Y ese aprendizaje no es sólo un catálogo de competencias, como se dice ahora en la enseñanza oficial, sino que es realmente una capacitación para vivir y para pensar de otra manera.

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Dos caras de la cultura
“En nuestro tiempo, la cultura sirve para muchas cosas al poder: para crear adhesión, reactivar la economía, crear participación canalizada en la vida social, reforzar aún más esa representación de la vida como un catálogo de gustos, opciones, estilos de vida, modas… de los cuales tú eres uno en el menú y escoges y puedes variar, y no pasa nada. Todo es posible y no pasa nada. El desafío es romper y agrietar eso, ver que la cultura tampoco es indemne, que deja su rastro y su huella, y que lo que hagamos, expresemos, consumamos y compartamos a nivel cultural nos hace ser quien somos y nos hace articular unos mundos u otros. Y no todo es posible, no todo se puede elegir, y no todo es un catálogo de variedades por el que podemos ir pasando como si fuese el pasillo de un supermercado”.



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miércoles, 26 de marzo de 2014

A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis) de Ethan y Joel Coen.




La indignidad en moto / José Sarrión Andaluz








Lunes, 24 de Marzo de 2014

Ayer presencié un atropello. Un motorista arrolló a un ciudadano en un paso de peatones, arrojándole al suelo (no llegó a pasarle por encima), e inmediatamente aceleró para perderse en la lejanía.

A los agricultores Juan Antonio y María, los padres de Eli,
que tuvieron la dignidad de venir caminando de Córdoba a Madrid.

Ayer presencié un atropello. Un motorista arrolló a un ciudadano en un paso de peatones, arrojándole al suelo (no llegó a pasarle por encima), e inmediatamente aceleró para perderse en la lejanía. Su compañero,  que pasó a pocos segundos después, también pasó de largo acelerando. Decenas de policías contemplaron el suceso impasibles, sonrientes a veces. ¿Cómo es posible? La explicación es aún más chocante para un ciudadano biempensante: porque ambos motoristas eran policías municipales de Madrid, y el contexto, los minutos posteriores al 22-M. Empecemos por el principio.
Durante la jornada del sábado, no menos de un millón de personas nos desplazamos a Madrid a reclamar una salida justa a la crisis, para que no la paguen los de siempre. Cientos de miles de personas colapsaron el Paseo de la Castellana y el del Prado, de Atocha a Colón. Todos a cara descubierta, en ambiente casi festivo, con niños correteando y personas mayores llorando de emoción. Mi amigo, el periodista Alejandro Mora, me hace una observación inteligente: “¿te das cuenta de que hay 1.700 agentes guardando el Congreso y la sede del PP, y en la Biblioteca Nacional no hay un triste bedel?”. Es cierto. Un millón de los que el gobierno llama “radicales” está pasando junto a nuestro mayor tesoro cultural, con las puertas de su jardín de par en par, y la trata con veneración. Juan Antonio añade inteligentemente: “el enemigo del pueblo no es la cultura, son los políticos”.




Una de las personas que estaban en el 22M era mi admirable amigo Javier Couso, un hombre que ha dedicado su vida a hacer justicia por el atentado que sufrió su hermano, el cámara de Telecinco asesinado por un misil norteamericano José Couso. Una de las incontables lecciones que nos ha enseñado, y explicación de fondo de los motivos de la muerte de su hermano, tiene que ver con la relación entre la verdad y el poder, con la función de los medios de comunicación para revelar o esconder la violencia contra el pueblo. “Fue la lección que aprendieron los americanos de la Guerra de Vietnam” – suele explicarnos en sus conferencias- “y desde entonces los poderosos han ido aprendiendo a controlar la información que llega a la sociedad”. Volviendo ayer de Madrid y revisando las cabeceras digitales, volvía a mi cabeza su lección.
A pesar de las evidencias fotográficas, que muestran una movilización no inferior al millón de personas, el supuesto diario progresista El País nos hablaba de 50.000 personas en las marchas. Un buen motivo para llamarlo, como hace mi querido maestro Salvador López Arnal, el “diario global-imperial”. El mismo diario destaca que “los manifestantes llegados a pie no superaban los 2.000”. ¿Les parece poco? Tengamos en cuenta que la planificación inicial se realizó para que partieran 50 personas por marcha, ni uno más. Recordemos que es preciso ofrecer alojamiento a los marchantes (siempre en suelos de polideportivos, excepto cuando personajes como Ana Botella lo impedían), garantizar una alimentación (bocadillos o sopas que hacían los vecinos de cada pueblo por el que fueron pasando las marchas), asegurar unas mínimas garantías de salud… Por ello la organización se esforzó en que la mayoría de las personas se concentraran en acudir a la convocatoria del mismo 22 de Marzo, y no tanto en las Marchas. Sólo el exceso de compromiso (perdón por el oxímoron) ha provocado que la gente se saltara los requerimientos de la organización y se alcanzaran más de 2.000 personas caminando en la carretera. Y yo me pregunto, ¿qué necesidad de ofrecer esta cifra con ese tufo a desprecio de El País? ¿El número invalidaría en algo la justicia de sus reivindicaciones? ¿A alguien, al contemplar Il quarto stato de Pellizza da Volpedo, se le ocurriría exclamar “no sobrepasaban los cincuenta”?
En todo caso, mi principal motivo de preocupación no es la guerra de cifras y desinformaciones en torno al 22M. Lo que me ha descorazonado ha sido la increíble ausencia de un tratamiento informativo acerca de la brutal escalada represiva que se vivió ayer en la ciudad de Madrid, con contadas excepciones, como la del diario en que nos encontramos. Todos los medios coinciden en señalar que hay 50 policías heridos (más tarde se ha precisado que se trata de heridas leves). Trataré de exponer la visión de los hechos como los vivimos el pequeño grupo con el que me encontraba: un jardinero jubilado, un abogado padre de familia, una estudiante y yo.
Al finalizar el acto central del 22M, y tras escuchar a los oradores de las distintas regiones y sectores profesionales participantes en la movilización, una orquesta ejecutó magistralmente desde el escenario la bellísima novena sinfonía de Beethoven. Durante la ejecución de la obra, poco antes de las 20:30 h., comenzamos a escuchar disparos de proyectiles de goma policiales desde muy lejos, procedentes de la Calle Génova, lugar de la sede del Partido Popular y situada inmediatamente detrás de la Plaza de Colón, donde nos encontrábamos. Creíamos confiados que las cargas no llegarían. Si el sentido común dicta que el origen de las mismas debe hallarse en alguna provocación aislada, la misma lógica nos dice que difícilmente podrán cargar contra el público de Colón, tan lejano a cualquier contingente policial y afanado en disfrutar del genio de Bonn entre llamadas de teléfono de personas que trataban de dirigirse a los autobuses de vuelta a sus ciudades. Sin embargo, a medida que el concierto avanzaba, las cargas descendían por Génova en nuestra dirección. Dos piezas después, la orquesta interpretó el Himno a la Libertad de Labordeta, y no faltamos quienes comenzamos a corear. Triste ironía: este himno fue la banda sonora de los primeros golpes de porra y proyectiles de goma que llegaron a Colón, primero detrás de la estatua, después avanzando hacia el escenario por el sur, tomando la esquina con Goya.



El caos se produjo instantáneamente. Personas y pancartas volaban. Activistas de la PAH, bomberos “quemados” con los recortes, jornaleros sin tierra, trabajadores de Coca-Cola despedidos, profesores de la Marea Verde, mineros asturianos, todos corrían de un lado a otro mientras los músicos continuaban tocando, como una versión de Tarantino de la orquesta del Titanic. Los primeros en salir son los padres de niños pequeños, con sus hijos llorando en brazos. Las personas mayores se resisten más a abandonar, a pesar de nuestra insistencia: “mucho hambre he pasado yo para que me echen éstos ahora a mí”, nos dice una octogenaria de Carabanchel. Un cura obrero se encuentra en primera fila ante los antidisturbios, tratando de separarlos de los manifestantes. Sólo repetía “animales, son unos animales”. Pienso en Mamen Domínguez, profesora universitaria y miembro de la Marea Verde, que está embarazada y se encontraba en la movilización. ¿Estará bien? ¿Qué ocurre si le alcanza una pelota? Entre el desorden encontramos a otro gran maestro, el Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid Jorge Fonseca, quien tan bien conoció la represión por la dictadura de su patria natal Argentina, tratando de documentar las cargas con el móvil. Diego Cañamero, que no es ningún novato en la represión policial, observaba con los ojos como platos el espectáculo. También José Coy, el murciano que logró una dación en pago tras una huelga de hambre en su parroquia y ahora ha sido uno de los principales impulsores de la Columna del Levante. Alguien nos dice que Cristina Cifuentes ya advirtió que haría cumplir la ley. Desde el escenario, alguien le recuerda: “le recordamos a la policía que están irrumpiendo en un acto perfectamente legalizado que aún no ha finalizado”. En ese momento comprendemos lo obvio: la ley ha dejado de existir para la policía.
Tras su irrupción en Colón, los antidisturbios continúan cargando tanto hacia el Paseo de la Castellana como hacia el Paseo del Prado. Conscientes de nuestra inseguridad física y jurídica, y con la intención de alcanzar nuestros autobuses, bordeamos los Jardines del Descubrimiento, entre furgones de antidisturbios que nos observan con chulería y poses rocambolescas, que parecen sacadas de alguna película. Bromeamos: “si parecen Robocop”. Giran la cabeza hacia nosotros, y nos damos cuenta de que alguien tan ridículo no tiene reparos en abrirte la cabeza.


En este contexto sucede el hecho que da título a este artículo. Una nueva carga, ahora en la Plaza de Alcalá, nos obliga a apretar el paso: muchos ciudadanos corren descontroladamente. Doblamos la esquina y un joven asustado cruza el paso de peatones, con el semáforo aún en rojo. Es arrollado por la motocicleta de un policía municipal madrileño, que le derriba al suelo. La velocidad no es inferior a 80 km/h. El horror nos acongoja: el policía no se ha detenido, sino que ha acelerado y desaparece por la Calle Alfonso XIII. Otro policía motorizado aparece detrás: tampoco se detiene. Los nacionales observan impasibles. El horror nos hace gritar: “asesino, asesino”. Un ciudadano (figurará seguramente en las listas de radicales) da a nuestra indignación un uso práctico, y ha alcanzado a darle una patada a la parte trasera de la segunda moto en plena marcha, logrando desvencijar una pieza de plástico. Ojalá en el oscuro departamento donde se diseñen los presupuestos de los antidisturbios, alguien concluya que los 300 € del arreglo bien se podrían haber ahorrado si los agentes no atropellaran impunemente a ciudadanos. No espero una lógica más humana a estas alturas.
En otra rotonda, en lo que hace unos minutos era una apacible terraza, dos chicas yacen en el suelo, esposadas boca abajo, con sendos agentes sobre ellas. Después de lo visto, no podemos evitar pararnos. El dueño del local sale por la puerta a exigir a los antidisturbios tranquilidad. Éstos lo meten a empujones con sus escudos, e irrumpen en el local porra en alto, ante los gritos de las camareras y los clientes arrinconándose. Mientras tanto, en la terraza, otros cuatro antidisturbios guardan su extraño castillo imaginario. Un hombre a mi derecha no puede evitar gritar: “¡pero si somos personas!”. Uno de los antidisturbios saca su porra y golpea con todas sus fuerzas una mesa de la terraza, provocando un ruido atronador. Estamos a un metro exacto de distancia. El siguiente golpe será para nosotros. Nos alejamos aparentando tranquilidad: otros 30 antidisturbios están tomando el resto de la acera y nos observan.
Al llegar a Atocha, comprobamos que está desolada. 30 furgones policiales desvanecen mi secreto deseo de comerme un bocadillo de calamares en El Brillante. Escuchamos cargas en dos direcciones. Los 500 autobuses de Andalucía se encuentran en fila y los pasajeros protestan a los policías, que n les dejan acceder a los mismos. Un jornalero con chispa le dice “te cambiaba la porra por un azadón a ver si ibas a aguantar”. Mientras, un municipal informa a un taxista como quien comenta el partido: “hay una sentada ahí detrás y están dando palos”.
Cada esquina, cada rotonda, cada calle del centro de Madrid ha sido tomada por 1.700 antidisturbios protegidos por un Gobierno que asegura que los radicales han tomado Madrid.
Me recuerda a un pensamiento que me asaltó cuando los Guardias Civiles entraron a revisar nuestro autobús diciendo “éste es un control para ver si hay armas en el vehículo”. Sólo se me ocurría pensar: “pues las tres vuestras”. De la misma manera, 1.700 radicales tomaron ayer Madrid, montados en furgones policiales y pertrechados con armas que pagamos todos, a sueldo de los españoles y bajo mandato de quienes nos roban.
El objetivo político se ha logrado: sobre una movilización de un millón de personas, familiar y pacífica, los telediarios hablan de violencia y disturbios. En los próximos días contemplaremos un duelo entre dos versiones de lo sucedido. Una será la de los medios de comunicación. Otra, la del millón de personas que estuvo allí y lo podrá contar, en directo a sus vecinos, o a través de las redes sociales. De la credibilidad que como sociedad otorgamos a una u otra versión dependerá el futuro que tendrá la democracia.

La luz del día
después de un estallido
penetrará
al fin
en esta oscuridad.

(Poema, probablemente de Shelley, que el filósofo Manuel Sacristán encontró arañado con las uñas en un calabozo durante el franquismo)




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martes, 25 de marzo de 2014

Las necesarias Marchas de la dignidad. / Vicenç Navarro











Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Pensamiento Crítico” en el diario PÚBLICO, 25 de marzo de 2014

Este artículo señala el significado histórico de la marchas de la dignidad, que han generado la mayor movilización que se ha visto en Madrid y en España.

Durante este fin de semana, más de dos millones de ciudadanos procedentes de todos los pueblos que constituyen España confluyeron en Madrid (donde está la sede central del Estado español) para protestar contra un Estado que no les representa y que está imponiendo unas políticas públicas a la población que están dañando enormemente el bienestar y calidad de vida de las clases populares, sin que exista ningún mandato popular para que se realicen (puesto que no estaban en el programa electoral de los partidos gobernantes), y, por lo tanto, carentes de legitimidad democrática. Tales políticas de austeridad y reducción, cuando no eliminación, de derechos sociales, laborales y políticos, han respondido a las instrucciones de la Troika (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional), dominada por intereses financieros que configuran unas políticas que benefician predominantemente a la banca junto a otros establishments financieros, así como a grupos económicos, mediáticos y políticos que, en la práctica, gobiernan el país. El Manifiesto de estas marchas representa un documento de denuncia a este Estado, denuncia procedente predominantemente de las clases trabajadoras de las distintas partes del país que constituyen el eje de la España real, pluricéntrica, laica, democrática, con una diversidad social y nacional que la enriquece, unidas ahora frente a un Estado que domina y asfixia a los distintos pueblos de España.
Predeciblemente, el gobierno del Partido Popular, el más reaccionario de los existentes en la Europa Occidental y uno de los más corruptos, con una sensibilidad política que, según el panorama político europeo, corresponde a la ultraderecha, está desmontando el ya escasamente financiado Estado del Bienestar español, redistribuyendo la riqueza a favor de los poderosos a costa de las clases populares, y reduciendo incluso más la calidad del sistema democrático español, ya en sí muy insuficiente debido a la Transición inmodélica de la dictadura a la democracia que se hizo bajo el enorme dominio de las fuerzas conservadoras, herederas de las que controlaban el Estado dictatorial. El partido gobernante, continuador de estas fuerzas, carece de sensibilidad democrática y está recentralizando y empobreciendo (de un modo nunca visto antes durante el periodo llamado democrático) su Estado del Bienestar, todo ello al servicio de unos intereses financieros y económicos minoritarios y particulares, y a costa de los intereses generales de la población.
La denuncia del Estado resultado de la Transición, punto central de las marchas



Las Marchas de la dignidad denunciaron estos hechos, exigiendo una democracia real, con el desarrollo de instituciones representativas junto a formas de participación directa de la ciudadanía, incluyendo el derecho a decidir de los pueblos. Esta es la España popular y republicana, heredera de todas las luchas que hicieron posibles los avances políticos y sociales del país y que se expresaban a lo largo del territorio español a través de movimientos sociales que gozaron y gozan de gran apoyo popular. La enorme simpatía y apoyo que las marchas tuvieron a lo largo de estos días (ignorados por los medios), reflejan claramente el sentido popular.
El otro partido al que el sesgado sistema electoral convierte, junto con el PP, en partido mayoritario, es decir, el PSOE, respondió a las marchas de manera distinta según cuál fuera la posición jerárquica de cada miembro en el aparato de aquel partido. Sus bases populares apoyaron en su mayoría las marchas, las denuncias que realizaron y las demandas que exigieron. La dirección y las élites gobernantes del partido intentaron, de forma oportunista, apoyar la marcha, olvidando, sin embargo, que las marchas los incluían en su denuncia, pues muchas de las políticas que denunciaban se habían iniciado durante su mandato, incluyendo el cambio de la Constitución que exigía como primera prioridad el pago de la deuda, una deuda escandalosamente alta como consecuencia del comportamiento especulativo de la banca, favorecida, por cierto, por las políticas del Banco de España, como toda la evidencia científica existente muestra. Es extraordinario que la dirección del PSOE no haya hecho ninguna autocrítica del gobierno socialista presidido por Zapatero, uno de los presidentes más impopulares (en el momento de su retirada) que haya tenido España, siendo uno de sus vicepresidentes el que ahora es el actual secretario general del partido, una situación que no variará con un nuevo cambio de personajes, pues la mayoría de posibles sucesores fueron parte –a distintos niveles– de aquel aparato, compartiendo sus políticas.



Como era de esperar, la hostilidad por parte del gobierno PP y las declaraciones de adhesión (oportunistas) del equipo dirigente del PSOE han sido las notas más visibles en los medios de información y persuasión del establishment español que, además de ignorar el contenido del manifiesto (el documento más importante que se ha escrito en estos últimos años y que marca una pauta de cambio en las fuerzas progresistas del país), se han centrado en los actos violentos ocurridos, los cuales han sido sumamente minoritarios y han favorecido que se desviara la atención mediática hacia la periferia, dejando de lado lo esencial de las marchas.
El significado histórico de las marchas
Estas marchas, unas de las más grandes que hayan tenido lugar en Madrid, tal como han indicado muchos medios extranjeros, son un movimiento histórico que establece un antes y un después. Eran la España real, la España de los distintos pueblos, hermanados en su denuncia de un Estado que no es su Estado, que es un Estado impuesto a la población, que ha perdido legitimidad, y que ha vendido su soberanía a los intereses financieros y económicos que continúan optimizando sus intereses a costa de los de las clases trabajadoras, que están sufriendo en sus propias carnes las consecuencias de su codicia. Estos más de dos millones, y muchos otros que les vitorearon durante las marchas, están de acuerdo con el eslogan del 15M “no nos representan”. Ellos son los herederos de la España republicana que luchó por la democracia y la justicia social durante la II República, que los golpistas fascistas interrumpieron con un golpe de Estado que triunfó gracias a la ayuda del nazismo alemán y del fascismo italiano, sin cuyo apoyo jamás habrían vencido. Son también los herederos de los que lucharon en la resistencia antifascista contra la dictadura, una de las más crueles que existió en Europa en el siglo XX (por cada asesinato político que cometió Mussolini, Franco cometió diez mil), y son también los herederos de los que con su continua presión han ido mejorando la tan insuficiente democracia española. No es por casualidad que el mismo gobierno, el mismo Estado y el mismo establishment político y mediático del país que están imponiendo las políticas que generaron las protestas, y que niegan a los pueblos el derecho a decidir, sean prácticamente los mismos que diseñaron en su día un sistema electoral que es escasamente proporcional y que permite que un partido que solo consiguió el apoyo del 30% del voto del censo electoral tenga mayoría absoluta en las Cortes españolas. Representan las mismas fuerzas que han sido responsables del enorme retraso social de España, y son los mismos que ahora quieren reprimir físicamente y psicológicamente a las voces críticas que, con dignidad, les muestran lo que son: los herederos de aquellos que dominaron la dictadura y la Transición.
El agotamiento final de la inmodélica Transición
Estas marchas y su composición muestran claramente el agotamiento y fin de la inmodélica Transición, simbolizada por la muerte de uno de sus protagonistas, Adolfo Suárez, en las mismas fechas en las que han ocurrido las marchas, y que, veremos, será utilizada por el establishment españolista para poder promover una idealización de la Transición para neutralizar la popularidad que hoy tienen los críticos de dicha Transición, incluyendo las marchas del 22M.


De ahí la enorme importancia de unas de las mayores marchas que se han visto en la capital del Reino (que contó, por cierto, con una gran simpatía y el apoyo de las clases populares de la ciudad de Madrid), que mostraron las enormes causas comunes existentes entre los distintos pueblos de España frente a un adversario común. El respeto y la estima por la diversidad no dificultaron, todo lo contrario, facilitaron el espíritu de camaradería y hermandad de las marchas. En la de Catalunya, una de las mayores marchas, se pudieron ver los componentes más arraigados en las clases populares, que compaginan sus luchas sociales con la defensa de la identidad catalana (tales como los Yayoflautas, el Procés Constituent, la PAH, y otros), y que no tienen porqué dividir y separar, sino, todo lo contrario, aunar al pueblo catalán con los otros pueblos de España, con los cuales hay tantos lazos de hermandad, no solo por los lazos familiares, sino también por una lucha común frente a este Estado que, para máxima ofensa, definió y todavía los define como la anti España. Es obsceno que las derechas, que están haciendo tanto daño a los distintos pueblos de España, se presenten como las que representan a España. Ellas, que han vendido la soberanía a la Troika, como antes la vendieron a Hitler y a Mussolini, se presentan como las defensoras de España.
Pero el reto ya no son ellas. Su comportamiento es coherente con toda su historia. El reto es continuar esta unidad, dentro de la diversidad, para conseguir un nuevo sistema democrático en el que los intereses particulares queden supeditados a los generales, con una alianza de todos los movimientos sociales y partidos políticos para establecer una democracia real en la que el derecho a decidir, sea al nivel que sea, se convierta en la práctica común del sistema. Y las marchas del 22M, continuadoras del 15M, son los inicios de este cambio.




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