lunes, 30 de junio de 2014

Diez formas distintas de manipulación mediática- Noam Chomsky




Diez formas distintas de manipulación mediática


Noam Chomsky elaboró la lista de las “10 Estrategias de Manipulación” a través de los medios. En su libro “Armas Silenciosas para Guerras Tranquilas” Chomsky hace referencia a ese escrito en su decálogo de las “Estrategias de Manipulación”.




1- LA ESTRATEGIA DE LA DISTRACCIÓN.
El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción, que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes.
La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología o la cibernética.
“Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas’)”.




2- CREAR PROBLEMAS Y DESPUÉS OFRECER SOLUCIONES.
Este método también se denomina “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el que demande las medidas que se desea hacer que se acepten. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el que demande leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad.
O también: crear una crisis económica para hacer que se acepten como manes necesarios el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.




3- LA ESTRATEGIA DE LA GRADUALIDAD.
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta con aplicarla gradualmente, con cuentagotas, por años consecutivos. De esa manera las condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) se impusieron durante las décadas de 1980 y 1990
Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo masivo, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que habrían provocado una revolución si se hubieran aplicado de una sola vez.




4- LA ESTRATEGIA DE DIFERIR.
Otra manera de hacer que se acepte una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato.
Primero porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido se podría evitar. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y aceptarla con resignación cuando llegue el momento.




5- DIRIGIRSE Al PÚBLICO COMO A CRIATURAS DE POCA EDAD.
La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discursos, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental.
Cuanto más se pretende engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ésta tuviese 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestión, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)”.




6- UTILIZAR EL ASPECTO EMOCIONAL MUCHO MÁS QUE LA REFLEXIÓN.
Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un cortocircuito en el análisis racional, y finalmente en el sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…




7- MANTENER AL PÚBLICO EN LA IGNORANCIA Y LA MEDIOCRIDAD.
Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la mas pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposible de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.




8- ESTIMULAR AL PÚBLICO A SER COMPLACIENTE CON LA MEDIOCRIDAD.
Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…



9- REFORZAR LA AUTOCULPABILIDAD.
Hacer creer al individuo que sólo él es el culpable de su propia desgracia debido a la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se minusvalora y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. ¡Y sin acción no hay revolución!



10- CONOCER A LOS INDIVIDUOS MEJOR DE LO QUE SE CONOCEN ELLOS MISMOS.
En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y los que poseen y utilizan las elites dominantes.
Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológica. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que éste se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.


Noam Chomsky. Filósofo, activista, autor y analista político estadounidense. Es profesor emérito de Lingüística en el MIT y una de las figuras más destacadas de esta ciencia en el siglo XX. Reconocido en la comunidad científica y académica por sus importantes trabajos en teoría lingüística y ciencia cognitiva.



***

domingo, 29 de junio de 2014

Lidia Falcón: “Me colgaron de los brazos y me rompieron el abdomen a puñetazos”





Lidia Falcón: “Me colgaron de los brazos y me rompieron el abdomen a puñetazos”


Sergi Tarín

Una bolsa de golosinas y una bebida isotónica. Con estas herramientas afronta Lidia Falcón (Madrid, 1935) el relato de los instantes más duros. Lo hace en un reservado de un céntrico hotel de Valencia. En breve está prevista su intervención en una mesa redonda de Amnistía Internacional sobre el Día Mundial de la Tortura. “Es la primera vez que voy a entrar en detalle”. Licenciada en Derecho, Arte Dramático y Periodismo y Doctora en Filosofía. Con cerca de 40 obras publicadas (entre ellas Viernes y 13 en la calle del Correo), es una referencia del feminismo español.
Tras un sorbo al líquido naranja, la mano temblorosa cae sobre la falda. “Bueno, qué se le va hacer”, libera Falcón un suspiro y se propulsa en una narración hacia las cloacas de la dictadura y dos de sus protagonistas más turbios: el comisario Roberto Conesa (implicado en el asesinato de Las Trece Rosas) y Antonio González Pacheco, Billy el Niño, de quien han solicitado su extradición a Argentina para ser juzgado por los crímenes del franquismo.

En su conferencia ha anunciado que tratará momentos temibles de su vida. ¿Son confesables en esta entrevista?
Deberían serlo y debería haberlo dicho mucho antes. Tantos camaradas que han sufrido también la tortura, hay una parte, como yo, que no lo contamos con detalles. Nos detuvieron, nos torturaron y ya está. Y que la gente imagine o piense lo que quiera. Y no sé si hemos hecho bien, pero debe ser que no queremos repetirlo por no revivirlo. Pero algunos compañeros me convencieron de que es aleccionador contarlo con detalle.
Entonces…
Teníamos una relación política y amistosa con Eva Forest y Alfonso Sastre. Vivían en Madrid y nosotros en Barcelona. Compramos un piso céntrico en Madrid porque tenía el propósito de montar un despacho en la capital. Era el verano de 1974. Teníamos que hacer obras y Eva Forest nos aconsejó que Antonio Durán, un habilísimo albañil [del Partido Comunista], nos hiciera una pequeña construcción que no podía verse por fuera porque la recubría de azulejos y parecía que no había puerta. Se abría con unas ventosas. Quedaba un hueco dentro. La verdad es que no pensaba que me sirviera, pero Eva insistió mucho. Entonces, desde Barcelona, le envié el dinero y las llaves de la casa.
¿Llegó a ver el piso?
Nunca. En agosto de ese año la Guardia Civil detuvo, a tiros, a dos etarras en el País Vasco. Al registrarlos encontraron una agenda con el 13 de septiembre marcado: “Rolando, 2:15-2:30”. Y el 13 de septiembre explosionó un carga enorme en la cafetería Rolando de Madrid, enfrente de la Dirección General de Seguridad, en la calle del Correo. Hubo 13 muertos y 84 heridos. La policía relacionó aquello con la detención de los etarras, que convenientemente interrogados explicaron que en Madrid tenían una cabeza de puente que ellos llamaban “La loca”, “la tupamara” y “Vitia” [se trataba de Eva Forest]. Y que habían estado en Madrid y ella les había alojado en pisos francos. Uno de ellos era el mío.



¿Cómo se fraguó el atentado?
La llamaron operación Caperucita Roja porque era meterse en la boca del lobo. Convenció a la cúpula etarra, que estaba en Burdeos, que después del asesinato de Carrero Blanco, que había sido una acción tan exitosa, había que hacer otra todavía más espectacular. ¿Qué podía ser? Volar la Dirección General de Seguridad en Madrid. Forest realizó una prospección, pero la vigilancia era férrea. Entonces se percató de que los policías iban a la cafetería Rolando, que estaba enfrente. Cuando llegaron los activistas de Francia, los llevó a ver la cafetería y al día siguiente colocaron la carga. Nosotros estábamos en Barcelona completamente en la inopia.
¿Cómo se produjo su detención?
El 16 de septiembre, tras interrogar a los etarras, la policía detuvo a Eva Forest. Le abrieron el bolso y, entre otras muchas, sacaron las llaves de mi casa. “Son de la casa de Lidia Falcón y Eliseo Bayo”, contestó. Inmediatamente llamaron a la Jefatura de Barcelona para que nos detuvieran. Después de registrar mi despacho sin encontrar nada, a la una de la madrugada nos metieron en dos coches. Eliseo y mi hija en uno. A mí en otro. Mi hijo, que tenía 16 años, lo detuvieron y lo tuvieron tres días en la Jefatura de Barcelona. No nos dijeron adónde nos llevaban ni porqué. Condujeron toda la noche y casi a las 10 de la mañana llegamos a Madrid, a la Dirección General de Seguridad. Como entrabas por la calle del Correo, vi la cafetería destrozada. El edificio estaba en ruinas. Entonces sí que pensé que nos matarían.
¿Relacionó su detención con el atentado?
Aún no. Pero teníamos mucha inquietud. No sabíamos nada. Ni que habían detenido a Eva. Primero me bajaron a los calabozos, que eran medievales, auténticas mazmorras, sótanos de piedra con arcos. Había arriba un tragaluz por el que veías la calle y los pies de la gente. En la primera celda estaba Eva. Con una alegría sin igual me dice: “Pero Lidia, ¿qué haces aquí? Tú no tienes nada que ver con esto”. Tampoco sabía que ella estuviera relacionada con el atentado.
¿Cuándo lo supo?
Nos subieron a interrogatorios. La primera cosa es que aparece un policía enorme, un gigante, y dice: “¡Aquí está una de las asesinas!”. Y con una guía de teléfonos me da un golpe en la cabeza. Después me llevaron al médico. Dije que había tenido una pequeña inflamación hepática aquel verano. Acto seguido me pasaron al interrogatorio con Billy el Niño y el comisario Conesa y otro que no recuerdo. Todo parecía normal. Me sientan en una silla y me preguntan por Eva Forest. Siempre es larguísimo. Hay un reloj allí y vas contado los minutos. Mientras los entretienes va pasando el tiempo. Era una ingenua porque no tenían ningún tiempo tasado. Creía que respetarían el plazo de los tres días, pero estuve nueve.




¿Cómo era Billy el Niño?
Le gustaba pegar y gritar. Era el que actuaba. El comisario Conesa estaba sentado y miraba. Otro iba escribiendo. Billy me decía que mi hija, de 18 años, también estaba en los calabozos y que allí podía encontrar novio. Fue casi lo primero, el saludo. Al cabo de horas, me puso en pie y me cogió de un brazo y me sacudió. Eso fue después lo más visible, cuando era lo menos importante, porque una parte del brazo se me puso negra. El primer puñetazo fue al hígado. Cuando intenté protegerme, me cogieron los brazos y los sujetaron para darme más puñetazos en el hígado. Esto se prolonga un tiempo que ya ni sé. Cuando se cansaron, me ataron los brazos y me colgaron de algo que tenían allí preparado para seguir pegándome. El abdomen fue lo peor. Me rompieron algún músculo, alguna capa que protege el intestino. Una de las veces me desperté en el suelo. Me estaban echando agua. Y el médico me estaba tomando la tensión y decía: “déjenla descansar”.
¿Esto el primer día?
Esto se repite y se repite. Se cansan ellos. Los tres primeros días eran continuos. Después ya eran cuatro o cinco horas y te bajaban a la celda y te dejaban allí. No te daban nada de comer ni beber. Cuando pasaron los tres días y pensaba que todo acabaría, me suben y me encuentro con el juez militar. En vez de que te sacaran de la detención y te llevaran al juzgado, el juez se personaba allí.
Dice que Billy el Niño gritaba mucho. ¿Qué le decía?
“Asesina, nos has querido matar” y “estos monstruos que quieren deshacer España”. Era un gasto inútil. No sabía nada. Yo, desde luego, me vi muerta. Cuando perdía el conocimiento era estupendo. Cuando te despertabas y veías gritando a los tres, pensabas que no tenía fin. Eran impunes. Una de las veces ya no me pudieron subir andando y lo hicieron a rastras. Y ya no me colgaron porque casi no valía la pena. No tenían donde darme.




¿Qué secuelas le han quedado?
Al colgarme de los brazos se rompieron los tendones supra espinosos. Los dolores eran grandes. Los médicos no sabían qué hacer y optaron por las operaciones. Los tengo con muchas limitaciones. He hecho cinco años de rehabilitación. La primera operación fue a los dos años: tenía rotos unos tejidos, decían que era un hernia abdominal. De esa parte tengo tres intervenciones. La última, una cicatriz que va de lado a lado.
¿Por qué se decide ahora a contar todo esto?
Porque ha pasado el tiempo. Por consejo de algunos compañeros.
¿Se plantea repetir el testimonio ante la jueza María Servini y adherirse a la querella argentina contra los crímenes del franquismo?
Tendría que haberlo hecho ya. Debo hacerlo. Muchos compañeros han insistido y me han facilitado el nombre de los abogados. Lo haré en septiembre.



***

sábado, 28 de junio de 2014

Francisco Casavella sobre Kurt Vonnegut.





Las palabras que cito a continuación son del poeta catalán Gabriel Ferrater. Se recogieron en una entrevista para el libro “Infame Turba”:

“El escritor intenta traducir su experiencia, y ésta puede ser diferente para cada cual. Yo, desde luego, practico muy poco la poesía política, pero una persona para quien la política tenga importancia en su vida, en su experiencia personal, pues me parece muy bien que la traduzca en poesía. El caso más notable es el de Louis Aragon, que no escribió más que tonterías en verso antes de que los alemanes invadieran Francia. Durante la invasión escribió poemas estupendos, y cuando los alemanes se marcharon, dejó de hacer poemas tan buenos. En aquel momento, para Aragon lo importante era la cuestión patriótica y política de la Resistencia. Por otra parte, desde luego, es mal negocio que los alemanes tengan que invadir Francia para que Louis Aragon escriba buenos poemas”.




Es un negocio nefasto. Pero no nos engañemos, la literaratura en todas sus facetas se alimenta de la experiencia, y a lo largo del tiempo, la magnitud de esa experiencia, sus circunstancias, si no dan una literatura superior, sí ayudan al menos a que ésta sea más intensa. Y más interesante. La Segunda Guerra Mundial, la mayor catástrofe de todos los tiempos, generó de modo inmediato infinidad de memorias, descargos de conciencia, reclamaciones por aniquilación e interpretaciones poéticas, guiadas siempre, no nos olvidemos, por las circunstancias de los nuevos intereses geopolíticos. Tantas fueron, que llevaron al hastío. Muchos lectores, en el nivel cultural más alto, añoraron enseguida otro tipo de literatura que extraviase su imaginación y alimentase su inteligencia con armas menos destructivas que las del recuerdo bélico. Sin embargo, esas nuevas formas crearon depósitos que se llenarían muy pronto de aquella experiencia inolvidable, la Segunda Guerra Mundial. Y aunque siguiera sin ser un buen negocio el estallido y culminación de la más grande de las tragedias, de algún modo fue una suerte para los lectores que permaneciera en ciertos novelistas la necesidad de esa catarsis narrativa cuando se diese la oportunidad formal y política de ser expresada.




Ahora que veo lo escrito, me doy cuenta de que es tal el absurdo de lo que acabo de escribir, tan irresoluble el conflicto que se plantea entre horror, vida y literatura, tan irreconciliable con el sentido común, que es una tontería. Pero no tengo más remedio que continuar.

Según los expertos, la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias marcaron el fin de la Edad de Oro de la narrativa estadounidense. Tras el conflicto, los grandes nombres mueren o decaen. Poco a poco, descreída de sí misma, de su vigor, de su capacidad para desentrañar el sentido trágico de la vida, la novela americana deja de ser ingenua y directa y se vuelve astuta e irónica. El posmodernismo aparece lentamente y fluctúa a la baja del interés del público. Como ocurre siempre, ésa es sólo una de las historias posibles: pese a seguir la misma ruta cultural de sus congéneres, alguno de esos novelistas sigue aportando cierta grandeza y habla de modo directo a un público mayoritario que los lee con avidez pese a su calidad y a lo intrincado de sus tácticas narrativas. O gracias a ellas. Porque esas novelas vuelven a hablar de la guerra, de la experiencia de la guerra. La primera de ellas es “Trampa 22”, un retrato judío, heredero de la mejor picaresca, de “El buen soldado Scheik”, de Kafka y de los “stand-up comedians” que recitaban sus peroratas en los cafés bohemios del Village en los 50. Su autor, Joseph Heller, antiguo piloto de bombarderos durante el conflicto en el frente italiano, escribe una de las sátiras más divertidas y patéticas de la historia de la literatura. Su estructura espiral, de un chiste sobre otro, hasta llegar una y otra vez hasta el callejón sin salida que es reflejo del callejón sin salida burocrático, esconde, una y otra vez también, la necesidad de narrar un suceso: la muerte de un soldado en brazos de otro. El éxito y el reconocimiento literario de “Trampa 22” fueron instantáneos.





En 1969, la historia se vuelve a repetir con “Matadero Cinco”, de Kurt Vonnegut, polémico autor que empezó su carrera como escritor “pulp” de ciencia-ficción. La coincidencia del empleo de numerales en el título no es la única entre las dos novelas. Vonnegut desea también narrar un suceso de la Segunda Guerra Mundial, y desde las primeras páginas nos explica su dificultad para contarlo, la necesidad que tiene de contarlo y lo absurdo que puede resultar contarlo. Empieza con ese dilema y ya no tiene más remedio que continuar.

¿Qué es lo que Vonnegut nos quiere contar en “Matadero Cinco”?

El 13 de febrero de 1945 tiene lugar uno de los acontecimientos más desconocidos de la guerra: aviones británicos y americanos bombardean la ciudad alemana de Dresde. El enclave no posee otro interés que no sea su pintoresca belleza arquitectónica; no hay en las proximidades fábricas de armamentos, nada que justifique una intervención de tipo estratégico. Dresde es bombardeada en parte como represalia por la utilización sobre Londres de los proyectiles V1 y V2 (origen esto último, por cierto, de otra gran novela: “El arco iris de gravedad”, de Thomas Pynchon). Dresde es bombardeada también para coaccionar la rendición del mando alemán, un caso parecido al posterior de Hiroshima y Nagasaki. La bella ciudad de Dresde es destruida, en fin, por otra de las terribles operaciones absurdas que toda guerra trae consigo. En el bombardeo murieron 135.000 personas. No sobrevivió casi ninguno de los habitantes de la ciudad. De los pocos supervivientes, y por otro absurdo, la mayoría eran prisioneros estadounidenses que estaban encerrados en los sótanos de los mataderos municipales. El futuro escritor Kurt Vonnegut era uno de ellos.


¿Y cómo quiere contar, cómo puede contar, Vonnegut esa masacre?
Pues por el método espiral, como si no le quedase otro remedio que dar vueltas en torno a la bibliografía de un personaje que ha creado ante los ojos del lector. Se llama Billy Pilgrim. El lector saltará en el tiempo y se enterará de muchos sucesos de la vida de Pilgrim, anteriores y posteriores al bombardeo: sus éxitos y sus desgracias personales y, sobre todo, su bendita locura, hasta que el mismo relato del bombardeo, y la reflexión sobre la magnitud del horror que produjo, queden como escondidos entre los absurdos que forman su vida, cualquier vida.

No contento con eso, Vonnegut parece pedir ayuda e introduce en su novela a personajes de sus obras anteriores: el Howard Campbell de “Madre Noche”, el señor Rosewater de “Dios le bendiga, Mr. Rosewater” y, el mejor de todos ellos, el amargado escritor de ciencia ficción Kilgore Trout, la persona que Vonnegut pudo haber sido y quien con sus novelas baratas, en las que los saltos en el tiempo son una obsesión, proporcionará al desventurado Billy Pilgrim de postguerra un refugio seguro en el planeta Tralfamadore, lugar en el que nuestro protagonista afirma haber pasado una larga temporada después de su abducción por los muy desarrollados tralfamadorianos. En Tralfamadore  conocen cada momento de la existencia, cada uno de los instantes de cualquier vida está registrado, y del mismo modo que sabemos la fecha de nuestro nacimiento sabemos la de nuestra muerte. Nada, al fin, es inquietante y nada presagio de un horror más allá del horror habitual de la vida de cada ser humano.




En la película ¡Quiero vivir!, un cliente le hace a Susan Hayward, una chica alegre, la siguiente y rotunda afirmación: “La vida es absurda”. Entonces ella responde: “¿Respecto a qué?” Desde su nube, Billy Pilgrim podría contestar: “Respecto a la guerra y respecto a Trafalmadore”.

Finalmente, ¿qué piensa el autor de este prólogo sobre lo que se oculta tras esa reticencia narrativa de Vonnegut, de ese parecer no desear contar lo que en realidad siente absoluta necesidad de contar?
Que existen horrores en la guerra y maldades en sus agentes que hacen dudar de la imprescindible ilusión del libre albedrío para siempre. Pero no tenemos más remedio que continuar dibujando esa geografía de espirales si no queremos acabar en los tralfamadores que las vicisitudes de la vida nos reservan, sea o no un buen negocio vivir para contarlas y no nos quede más remedio que continuar.

Francisco Casavella (Prólogo a “Matadero Cinco”)


***

viernes, 27 de junio de 2014

Discurso de David Foster Wallace en la ceremonia de graduación del Kenyon College





Discurso de David Foster Wallace
en la ceremonia de graduación
del Kenyon College

(Versión completa, traducida pobremente por mí, de la desgrabación de la cinta original)

ESTO ES AGUA.

Saludos y felicitaciones a la generación 2005 del Kenyon College.

Érase dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo, que los saludó y les dijo, "Buenos días, muchachos ¿Cómo está el agua?" Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó, "¿Qué demonios es el agua?"

Esto es algo común al inicio de los discursos de graduación en Estados Unidos: el empleo de una pequeña parábola con un fin didáctico. Esta costumbre resulta ser una de las mejores convenciones del género y la menos mentirosa, pero si te has empezado a preocupar de que mi plan sea presentarme como el pez sabio y viejo que le explica a los peces jóvenes lo que es el agua, por favor no lo hagas. Yo no soy el pez sabio y viejo. El punto de la historia de los peces es, simplemente, que las realidades más importantes y obvias son a menudo las más difíciles de ver y explicar. Enunciado como una frase, por supuesto, suena a un lugar común banal, pero el hecho es que las banalidades en el ajetreo diario de la existencia adulta pueden tener una importancia de vida o muerte, o así es como me gustaría presentarlo en esta mañana despejada y encantadora.
Por supuesto que el principal requisito en un discurso como éste es que hable sobre el significado de la educación en Humanidades y que intente explicar por qué el título que están a punto de recibir posee un verdadero valor humano en vez de ser una mera llave para la simple remuneración material. Así que mencionaremos otro lugar común al inicio de los discursos, que la educación en Humanidades no es tanto atiborrarte de conocimiento como “enseñarte a pensar”. Si son como yo fui alguna vez de estudiante, nunca hubiesen querido escuchar esto, y se sentirán insultados cuando les dicen que precisaron de alguien que les enseñara a pensar, porque dado que fueron admitidos en la universidad precisamente por esto, parece obvio que ya sabían cómo hacerlo. Pero voy a hacerme eco de ese lugar común que no creo sea insultante, porque lo que verdaderamente importa en la educación –la que se supone obtenemos en un lugar como éste– no vendría a ser aprender a pensar, sino a elegir cómo vamos a pensar. Si la completa libertad para elegir acerca de qué pensar les parece obvia y discutir acerca de ella una pérdida de tiempo, les pido que piensen acerca de la anécdota de los dos peces y el agua y que dejen entre paréntesis por unos segundo vuestro escepticismo acerca del valor de lo que es obvio por completo.



Les voy a contar otra de estas historias didácticas. Había dos personas sentadas en la barra de un bar en la parte más remota de Alaska. Uno de ellos era religioso, el otro ateo y ambos discutían acerca de la existencia o no de dios con esa especial intensidad que se genera luego de la cuarta cerveza. El ateo contó, ‘mirá, no es que no tenga un real motivo para no creer.  No es que nunca haya experimentado todo el asunto ese de dios, rezarle y esas cosas. El mes pasado, sin ir más lejos, me sorprendió una tormenta terrible cuando aún me faltaba mucho camino para llegar al campamento. Me perdí por completo, no podía ver ni a dos metros, hacía 50 grados bajo cero y me derrumbé: caí de rodillas y recé “Dios mío, si en realidad existes, estoy perdido en una tormenta y moriré si no me ayudas, ¡por favor!”. El creyente entonces lo mira sorprendido: ‘Bueno, eso quiere decir entonces que ahora crees! De hecho estás aquí vivo!”. El ateo hizo una mueca y dijo: “No, hermano, lo que pasó fue que de pronto aparecieron dos esquimales y me ayudaron a encontrar el camino al campamento…”.

Es fácil hacer un análisis típico en las Humanidades: una misma experiencia puede significar cosas totalmente distintas para diferentes personas si tales personas tienen distinto marco de referencia y diferentes modo de elaborar significados a partir de su experiencia. Dado que apreciamos la tolerancia y la diversidad de creencias, en cualquiera de los análisis posibles jamás afirmaríamos que una de las interpretaciones es correcta y la otra falsa. Lo que en sí está muy bien, lástima que nunca nos extendemos más allá y nos proponemos descubrir los fundamentos del pensamiento de cada uno de los interesados. Y me refiero a de qué parte del interior de cada uno de ellos surgen sus ideas. Si su orientación básica en referencia al mundo y el significado de su experiencia viene ‘cableado’ como su altura o talla del calzado, o si en cambio es absorbida de la cultura, como su lenguaje. Es como si la construcción del sentido no fuera realmente una cuestión de elección intencional y personal. Y más aún, debemos incluir la cuestión de la arrogancia. El ateo de nuestra historia está totalmente convencido de que la aparición de esos dos esquimales nada tiene que ver con el haber rezado y pedido ayuda a dios. Pero también debemos aceptar que la gente creyente puede ser arrogante y fanática en su modo de ver. Y hasta puede que sean más desagradables que los ateos, al menos para la mayoría de nosotros. Pero el problema del dogmatismo del creyente es el mismo que el del ateo: certeza ciega, una cerrazón mental tan severa que aprisiona de un modo tal que el prisionero ni se da cuenta que está encerrado.




Aquí apunto a lo que yo creo que realmente significa que me enseñen a pensar. Ser un poco menos arrogante. Tener un poco de conciencia de mí y mis certezas. Porque un gran porcentaje de las cuestiones acerca de las que tiendo a pensar con certeza, resultan estar erradas o ser meras ilusiones. Y lo aprendí a los golpes y les pronostico otro tanto a ustedes.
Les daré un ejemplo de algo totalmente errado pero que yo tiendo a dar por sentado: en mi experiencia inmediata todo apuntala mi profunda creencia de que yo soy el centro del universo, la más real, vívida e importante persona en existencia. Raramente pensamos acerca de este modo natural de sentirse el centro de todo ya que es socialmente condenado. Pero es algo que nos sucede a todos. Es nuestro marco básico, el modo en que estamos ‘cableados’ de nacimiento. Piénsenlo: nada les ha sucedido, ninguna de vuestras experiencias han dejado de ser percibidas como si fueran el centro absoluto. El mundo que perciben lo perciben desde ustedes, está ahí delante de ustedes, rodeándolos o en vuestro monitor o en la TV. Los pensamientos y sentimientos de las otras personas nos tienen que ser comunicados de algún modo, pero los propios son inmediatos, urgentes y reales.

Y, por favor, no teman que no me dedicaré a predicarles acerca de la compasión o cualquiera de las otras virtudes. Me refiero a algo que nada tiene que ver con la virtud. Es cuestión de mi posibilidad de encarar la tarea de, de algún modo, saltear o verme libre de mi natural e ‘impreso’ modo de operar que está profunda y literalmente auto centrado y que hace que todo lo vea a través de los lentes de mi mismidad. A gente que logra algo de esto se los suele describir como ‘bien equilibrado’ y me parece que no es un término aplicado casualmente.




Y dado el entorno en el que ahora nos encontramos es adecuado preguntarnos cuánto de este re-ajuste de nuestro marco referencial natural implica a nuestro conocimiento o intelecto. Es una pregunta difícil. Probablemente lo más peligroso de mi educación académica –al menos en lo que a mí respecta– es que tiende a la sobre intelectualización de las cosas, que me lleva a perderme en argumentos abstractos en mi cabeza en vez de, simplemente, prestar atención a lo que ocurre dentro y fuera de mí.

Estoy seguro de que ustedes ya se han dado cuenta de lo difícil que resulta estar alerta y atentos en lugar de ir como hipnotizados siguiendo el monólogo interior (algo que puede estar sucediendo ahora mismo). Veinte años después de mi propia graduación llegué a comprender el típico cliché liberal acerca de las Humanidades enseñándonos a pensar: en realidad se refiere a algo más profundo, a una idea más seria: porque aprender a pensar quiere decir aprender a ejercitar un cierto control acerca de qué y cómo pensar. Implica ser consiente y estar atentos de modo tal que podamos elegir sobre qué poner nuestra atención y revisar el modo en que llegamos a las conclusiones a las que llegamos, al modo en que construimos un sentido en base a lo que percibimos. Y si no logramos esto en nuestra vida adulta, estaremos por completo perdidos. Me viene a la mente aquella frase que dice que la mente es un excelente sirviente pero un pésimo amo.
Como todos los clichés superficialmente es soso y poco atractivo, pero en realidad expresa una verdad terrible. No es casual que los adultos que se suicidan con un arma de fuego lo hagan apuntando a su cabeza. Intentan liquidar al tirano. Y la verdad es que esos suicidas ya estaban muertos bastante antes de que apretaran el gatillo.



Y les digo que este debe ser el resultado genuino de vuestra educación en Humanidades, sin mentiras ni chantadas: como impedir que vuestra vida adulta se vuelva algo confortable, próspero, respetable pero muerto, inconsciente, esclavo de vuestro funcionar ‘cableado’ inconsciente y solitario. Esto puede sonar a una hipérbole o a un sinsentido abstracto. Pero ya que estamos pensemos más concretamente. El hecho real es que ustedes, recién graduados, no tienen la menor idea de lo que implica el día a día de un adulto. Resulta que en estos discursos de graduación nunca se hace referencia a cómo transcurre la mayor parte de la vida de un adulto norteamericano. En una gran porción esa vida implica aburrimiento, rutina y bastante frustración. Vuestros padres y parientes mayores que aquí los acompañan deben de saber bastante bien a qué me estoy refiriendo.





Pongamos un ejemplo. Imaginemos la vida de un adulto típico. Se levanta temprano por la mañana para concurrir a un trabajo desafiante, un buen trabajo si quieren, el trabajo de un profesional que con entusiasmo trabaja por ocho o diez horas y que al final del día lo deja bastante agotado y con el único deseo de volver a casa y tener una buena y reparadora cena y quizá un recreo de  una o dos horas antes de acostarse temprano porque, por supuesto, al otro día hay que levantarse temprano para volver al trabajo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa. No ha tenido tiempo de hacer las compras esta semana porque el trabajo se volvió muy demandante y ahora no hay más remedio que subirse al auto y, en vez de volver a casa, ir a un supermercado. Es la hora en que todo el mundo sale del trabajo y las calles están saturadas de autos, con un tránsito enloquecedor. De modo que llegar al centro comercial le lleva más tiempo que el habitual y, cuando al fin llega, ve que el supermercado está atestado de gente que como él,  que luego de un día de trabajo trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento. El lugar está lleno de gente y la música funcional y melosa hacen que sea el último lugar de la tierra en el que se quiere estar, pero es imposible hacer las cosas rápido. Debe andar por esos pasillos atiborrados de gente, confusos a la hora de encontrar lo que uno busca y debe maniobrar con cuidado el carrito entre toda esa gente apurada y cansada (etc. etc. etc., abreviemos que es demasiado penoso) y al fin, luego de conseguir todo lo que necesitaba, se dirige a las cajas que, por supuesto, están casi todas cerradas a pesar de ser la hora pico, y las que están funcionando lo hacen con unas demoras colosales, lo que es enojoso, pero esta persona se esfuerza por dejar de sentir odio por la cajera que parece moverse en cámara lenta, quien está saturada de un trabajo que es tedioso, carente de sentido de un modo que sobrepasa la imaginación de cualquiera de los aquí presentes en nuestro prestigioso colegio.




Bueno, al fin esta persona consigue llegar a ser atendida, paga por sus provisiones y escucha que le dicen ‘que tenga un buen día’ con un voz que es la de la muerte. Luego tiene que cargar todas sus bolsas en el carrito que tiene una rueda chueca e insiste en irse para un costado y hace que el camino hasta el auto lo saque de quicio; luego tiene que cargar todo en el baúl y salir de ese estacionamiento lleno de autos que circulan a dos por ahora buscando un lugar libre ¡y todavía queda el camino a casa!, con un tránsito pesado, lento y plagado de enormes 4x4 que parecen ocupar toda la calle, etc. etc. etc.

Todos aquí han pasado por esto, claro. Pero aun no es parte de vuestra rutina de graduados, semana a semana, mes a mes, año a año. Pero lo será. Y cantidad de otras tareas fastidiosas y sin sentido aparente que les esperan. Pero no es este el punto al que me refiero. El punto es que estas tareas de mierda, insignificantes y frustrantes son las que permiten escoger qué y como pensar. Ya que debido al tránsito congestionado, o a los pasillos atiborrados de gente con carritos, o a las larguísimas colas, tengo tiempo para pensar y si no tomo una decisión consiente acerca de cómo pensar, de a qué prestar atención, me sentiré frustrado y jodido cada vez que me vea en estas situaciones. Porque el ajuste natural me dice que estar situaciones me afectan a MI. A MI hambre, a MI fatiga, a Mi deseo de estar en casa y me hace ver que toda esa gente se mete en MI camino. Y ¿quiénes son, después de todo? Miren qué repulsivos son, que caras de estúpidos portan, esa mirada de vacas, no parecen humanos, y que enojosos y groseros son hablando en voz alta por sus celulares todo el tiempo. Es absolutamente injusto e incordiante que me encuentre ahí, entre ESA gente.

Y, claro, además, como pertenezco a una clase de gente socialmente más consiente, gente de Humanidades, me parece terrible quedar atrapado en el tránsito de la hora pico entre esas tremendas 4x4, esos autazos de 12 cilindros que desperdician egoístamente sus tanques de 80 litros de un combustible cada vez más escaso, y puedo asegurar que las calcomanías con los slogans más religiosos y patrióticos están pegados en vidrios de los más enormes, llamativos y egoístas de los vehículos, conducidos por los más horrendos personajes (aplausos y respondiendo a esos aplausos) –este no es un ejemplo de cómo debemos pensar, ojo! –, conductores detestables, desconsiderados y agresivos. Y también puedo imaginar cómo nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos van a acordarse de nosotros por derrochar el combustible y probablemente joder el clima, y pensar en lo egoístas y estúpidos que fuimos por permitirlo y como nuestra sociedad consumista es detestable, etc., etc., etc.

Ya pescaron la idea.





Si yo escojo pensar así cuando me encuentro atrapado en el tránsito o en los pasillos de un supermercado, bueno, a la mayoría nos pasa. Porque este modo de pensar es tan automático, tan natural y establecido que no implica ninguna chance ni elección. Es el modo automático en que percibo la parte aburrida y frustrante de la vida adulta, cuando me dejo ir en automático, inconscientemente, cuando me creo el centro del mundo y que mis necesidades y sentimientos inmediatos determinan las prioridades de todo el mundo, que creo gira a mi alrededor.

La cosa es que, claro, hay otras maneras por completo diferentes de pensar acerca de estas situaciones. En ese transito entorpecido, con vehículos que dificultan mi avance, puede que, en una de esas horrorosas 4x4, haya un conductor que luego de un horrible accidente de tránsito se haya sentido tan acobardado que el único modo de volver a manejar es sintiéndose protegido dentro de uno de esos tanques. O que aquella camioneta que corta mi paso imprudentemente, esté conducida por un padre que lleva a su hijo enfermo o accidentado y se apura por llegar a una guardia médica, o que está en una situación más urgente y legítima que la que yo me encuentro, y que en realidad yo soy el que se mete en SU camino.

O puedo elegir pensar y considerar que todos los que nos encontramos en esa larga cola del supermercado estamos tan aburridos y nos sentimos tan mal como me siento yo y que algunos de ellos probablemente tengan una vida más tediosa y dolorosa que la mía.

De nuevo, por favor, no crean que estoy dando consejos moralistas, o que sugiero el modo en que tienen que pensar ustedes, o que señalo cómo se espera que ustedes piensen. Porque esto que les describo es muy difícil. Requiere de mucha voluntad y esfuerzo y, si son como yo, algunos días no lo lograrán o simplemente se dejarán llevar por la comodidad y falta de ganas.

Pero puede pasar que, si están atentos los suficiente como para darse a ustedes mismos la opción, podrán escoger una manera distinta de percibir a esa gorda, de ojos muertos, sobre maquillada que no deja de gritar a su hijito en la fila. Quizá ella no es siempre así. Quizá lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que muere de cáncer en los huesos. O quizá esta señora es la misma que ayer ayudó a tu señora a resolver ese horrendo trámite en el Registro Automotor mediante un simple acto de gentileza. Claro, sí, nada de esto es lo habitual, pero tampoco es imposible. Todo depende de lo que uno elija pensar. Si estás seguro de saber exactamente cuál es la realidad y estás operando en automático como me suele suceder a mí, entonces no dejarás de pensar en posibilidades enojosas y miserables. Pero si en realidad aprendes a prestar atención, te darás cuenta de que en realidad hay otras opciones. Vas a poder  percibir ese atestado, caluroso, y lento infierno no solo como significativo, sino como algo sagrado, consumido por las mismas llamas que las estrellas: amor, comunión, esa unidad mística que hay bien en lo profundo de las cosas.

No afirmo que esta mística se necesariamente verdadera. Pero lo que sí lleva una V mayúscula es la Verdad de que puedes decidir cómo te lo vas a tomar.

Esto, yo les aseguro, es la libertad que otorga la educación real. Aprender a cómo estar bien balanceado. Y cada uno decidir qué tiene y qué no tiene sentido. Decidir conscientemente qué es lo que vale la pena venerar.




Y he aquí algo raro, pero que es verdad: en las trincheras del día a día de la vida de un adulto, no existe el ateísmo. No hay tal cosa como la ‘no-veneración’. Todo el mundo es creyente. Y quizá la única razón por la que debamos cuidarnos al elegir qué venerar, cualquier camino espiritual –llámese Cristo, Allah, Yaveh, la Pachamama, las Cuatro Nobles Verdades o cualquier set de principios éticos– es que, sea lo que sea que elijas, te devorará en vida. Si elegís adorar el dinero y los bienes materiales, nunca tendrás suficiente. Si elegís tu cuerpo, la belleza y ser atractivo, siempre te vas a sentir feo y cuando el tiempo y la edad se manifiesten, padecerás un millón de muertes antes de que al fin te entierren. En cierto modo, todos lo sabemos. Esto fue codificado en mitos, leyendas, cuentos, proverbios, epigramas, parábolas, en el esqueleto de toda gran historia. El verdadero logro es mantener esta verdad consiente en el día a día. Si elegís venerar el poder, terminarás sintiéndote débil y necesitarás cada día de más poder para no creerte amenazado por los demás. Si elegís adorar tu intelecto, ser reconocido como inteligente, terminarás sintiéndote un estúpido, un chasco, siempre al borde de ser descubierto. Pero lo más terrible de estas formas de adoración no es que sean pecaminosas o malas, es que son inconscientes. Son el funcionamiento por default.

Día a día nos vamos sumergiendo en un modo cada vez más selectivo acerca de a qué prestar atención, qué percibir como bueno y deseable, sin siquiera ser consientes de lo que estamos haciendo.

Y el mundo real no te va a desalentar en este modo de operar, porque el así llamado mundo real está esculpido del mismo modo, dinero y poder que se regodean juntos en una piscina de miedo y odio y frustración y ambición y adoración al YO. Las fuerzas de nuestra cultura dirigen a estas fuerzas en pos de las riquezas, confort y libertad individual. Libertad para ser los señores de nuestro diminuto reino mental, solitarios en el centro de la creación. Este tipo de libertad es muy tentadora. Pero hay otros tipo de libertad pero justo del tipo de libertad que es el más precioso no vas a escuchar mucho en este mundo que nos rodea, de puro desear y conseguir.

La libertad que importa verdaderamente implica atención, conciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en miríadas de insignificantes y poco atractivas maneras, todos los días.

Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por default, el constante sentimiento de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.

Yo sé que esto que les digo puede sonar poco divertido y que roza en lo grandilocuente  espiritual en el sentido que un discurso de graduación debe sonar. Lo que quiero que rescaten, del modo en que yo lo veo, es el tema de la V mayúscula de Verdad, dejando fuera todas las linduras retóricas. Ustedes son libres de pensar como quieran. Pero por favor, no tomen este discurso como a un sermón de esos con el dedito apuntando acusatoriamente. Nada de esto tiene que ver con moralidad o religión o dogma ni con las grandes preguntas luego de la muerte.

La V mayúscula de Verdad se refiere a la vida ANTES de la muerte.

Es acerca de los valores que implica la real educación, que no tiene nada que ver con el acumular conocimiento y sí con la simple atención, atención a lo que es real y esencial, tan oculto en plena vista a nuestro alrededor, todo el tiempo, que tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos, una y otra vez: Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua.

Es inimaginablemente arduo de llevar a cabo, estar consientes y vivos en el mundo adulto, día a día. Lo que trae a colación otro gran cliché archisabido: la educación ES un trabajo para toda la vida. Y comienza ahora.

Les deseo que tengan más que suerte!




***

miércoles, 25 de junio de 2014

Los tabúes de Podemos / Miguel León






Los tabúes de Podemos 

1. Introducción: el tabú y el poder del lenguaje
Hemos tardado demasiado en escribir sobre Podemos, pero nuestro silencio tiene por lo menos dos razones: por un lado, la necesidad de estar seguros de poder escribir sin ser excesivamente arrastrados por las filias y fobias personales; y, por otro, cierta voluntad de no interferir, puesto que, a pesar de los pesares, entreveíamos que algo de bueno podía tener todo aquello.
Millón y pico de votos después, incluso si la irrelevancia de Podemos no está definitivamente conjurada porque unas elecciones europeas son lo que son, resulta ineludible, para quienes no debemos lealtad a un aparato sino sólo a nuestras convicciones, intentar hacer un balance serio, crítico, de la situación en la que nos encontramos. Esta es, no lo ocultamos, una crítica de Podemos, pero una crítica que parte del respeto a sus votantes y del reconocimiento de la audacia (vamos a asumir aquí su lenguaje) de sus promotores.
Pero ha habido algo más que audacia. Podemos ha cosechado un primer éxito gracias a la astucia, la habilidad técnica y el trabajo eficaz de politólogos profesionales que han cocinado exitosamente esta primera fase y de profesores que han aderezado la mezcla con su puntito ególatra y teatral (que comparten, es cierto, con muchos docentes vocacionales). En ese sentido, sólo en ese, estamos ante un despliegue de leninismo que venía haciendo falta. Pero es un leninismo pobre en su sustento y limitado en su extensión. Y de eso es de lo que queremos hablar apuntando a una cuestión simple pero crucial, que son los tabúes de Podemos.
En Tótem y tabú, Freud compara los rasgos del tabú tal y como se presenta en las sociedades arcaicas con ciertas características de la neurosis, que es, para entendernos, el mínimo común denominador que comparten todos los individuos razonablemente locos que produce la sociedad capitalista como caldo de cultivo de patologías. Uno de ellos, el que nos interesa aquí, es el poder que se atribuye a las palabras-tabú, términos proscritos porque evocan algo, indeterminado, que pende sobre nosotros como una amenaza de castigo. Precisamente Juan Carlos Monedero escribió un libro titulado El Gobierno de las Palabras, una lectura de la que hemos de confesar que nos queda poco más que su amenidad, su espíritu didáctico, y la sensación de que el bueno del profesor no tenía ni la más remota idea de lo que quería decir acerca del lenguaje como eje de la política.
Los términos políticos que no utilizamos porque son tabú forman el rastro que deja el poder desnudo que funda un determinado orden social, sirviéndose normalmente de nuestra reacción contra él. Y existen varias vías por las que esas palabras nos gobiernan: nos gobiernan cuando las decimos y cae sobre nosotros el castigo esperado; nos gobiernan también cuando respetamos la prohibición o la quebramos con la boca chica, como el niño que acusa al otro de haber dicho “hijo-de-y-lo-que-sigue” para así decir y no decir “hijo de puta”; nos gobiernan, por último, cuando las empleamos colectivamente en los momentos permitidos, los carnavales de la izquierda (sean debates de televisión o manifestaciones anodinas).




De nuevo cito a Juan Carlos Monedero, que siempre insistía: realmente tienes una idea clara de lo que quieres decir cuando puedes poner un ejemplo. La Guerra Civil y la represión franquista garantizaron que el término “comunista” estuviera proscrito, la Transición convirtió esa prohibición despótica en un tabú, que podía ser quebrado colectivamente por un PCE reducido a folclore mientras que el sistema político, en la práctica, convertía la represión despótica franquista en ley y resucitaba, con fondos de la CIA, el PSOE como buque insignia de la izquierda (tendremos tiempo de volver sobre el palabro). Y ahí comienza el largo desaprendizaje político que a duras penas comenzó a rehacerse, siempre a trompicones, cuando el insigne José María Aznar decidió que España podía declararle la guerra a Irak.
El reflejo verbalizable de los tabúes son los significante vacíos (salió, por fin, Laclau, referente intelectual explícito de los promotores de Podemos). Éstos son palabras que se han desgastado con el uso igual que las monedas y que pueden significar tantas cosas que realmente no significan nada. Son palabras que sirven, básicamente, para que uno diga lo que no quiere decir y crea llegar a un consenso cada vez que se produce una derrota. Los significantes vacíos son útiles políticamente en la medida en que los llenamos, y si no son como un barco de cáscara de nuez que no lleva dulce miel sino, en el mejor de los casos, nada.
Confundir este punto es uno de los grandes errores históricos de la izquierda tardo-franquista (desde 1975 hasta ahora) y por eso la Constitución de 1978 está llena de significantes vacíos que el PCE aplaudió con las orejas porque creía ver en ellos una posibilidad de transformación social al mismo tiempo que comulgó con ruedas de molino, a veces sin saberlo, cada vez que la derecha y los poderes fácticos nos colaban una palabra con connotaciones claras. Entre los primeros, “Estado social y democrático” (art. 1), “pueblo” (ibid), “nación” (art. 2), “nacionalidad” (ibid), “autonomía” (ibid), “partidos políticos” (art. 6), “derechos fundamentales” (art. 15-29), “derecho al trabajo” (art. 35), “planificación” (art. 38), “vivienda digna y adecuada” (art. 47), etc.; entre los segundos, “Monarquía” (art. 1), “indisoluble unidad” (art. 2), “instrumento fundamental de participación política” (art. 6), “deber de trabajar” (art. 35), “los poderes públicos garantizan y protegen [la economía de libre mercado] y la defensa de la productividad” (art. 38), etc.



Mientras no llenamos de sentido los significantes vacíos, éstos contribuyen a reproducir los tabúes con los que conectan. El caso del término “partido” es muy ilustrativo. Durante el franquismo, y sobre todo a partir del declive de la “familia” falangista, “partido” era un término proscrito, asociado al PCE. En la Transición, sin embargo, se rescata vaciado de contenido para convertirlo en “instrumento fundamental de participación política” y, por esa vía, en aparato del Estado y válvula de control frente al descontento. El PCE no pudo o no quiso oponerse a ese vaciamiento y el término “partido” ha terminado convirtiéndose en tabú, haciendo aquí también que los descontentos asuman como ley los mandatos de la antigua voluntad despótica.
El tabú que recae sobre la palabra es un fetiche y por tanto funciona como una trampa. Igual que el viejo blasfemo de La Vida de Brian, podemos violar las prohibiciones creyéndonos muy radicales y sin evitar que nos lluevan piedras. Frente a eso siempre cabe la opción defendida por el difunto Agustín García Calvo: desprendernos de cada uno de los términos que el poder ha dejado inservibles por unos u otros motivos. Pero esa es una solución para iluminados. La otra vía, potente sin duda, es la de pelear los significados, y decir que democracia no es eso sino esto, donde “esto” puede no ser todavía un significado pero es un sentido acompañado de una práctica [1].
La justificación de esa estrategia es clara: allí donde hay un tabú o un significante vacío hay sin duda poder, pero el poder no está en el término sino en las relaciones que lo atraviesan. Quienes ocupan una posición privilegiada nos gobiernan con el lenguaje porque temen el significado de ciertas palabras (comunista, por ejemplo) y se benefician de la elasticidad de otras muchas (democracia, pueblo…). Con las primeras, viejas y nuevas, nos inventamos a nosotros mismos. Con las segundas disputamos la hegemonía (salió el término gramsciano, otra muleta teórica confesa de los promotores de Podemos) a quienes la detentan. Al hacerlo estamos, desde luego, rompiendo el tabú, pero de una forma muy peculiar: por una parte, es una ruptura colectiva, y no el absurdo brindis al sol de un viejo blasfemo; por otra, es una ruptura que se sale de los cauces establecidos y disputa los significantes vacíos llenándolos de contenido, diferenciándose por tanto de un estallido de carnaval. En resumen, lo que se hace es ignorar el tabú y tomar posesión del vocabulario.



Es por estos motivos que resulta tan interesante, tan crucial, prestar atención a los tabúes de Podemos, ya que éstos son prueba de que Podemos pretende ignorar el tabú respetándolo, y pretende tomar posesión del vocabulario sin acabar con su flacidez. Podemos tiene muchos tabúes, pero nosotros vamos a centrarnos, en lo que sigue, en los cuatro que consideramos fundamentales.

2. Primer tabú: “Partido”
Podemos no es un partido, es un método. Podemos no es un partido, es una multitud (primera muleta teórica implícita: Antonio Negri) de círculos ciudadanos. En rigor, Podemos ahora mismo es una nebulosa tras la cual se puede entrever cierta forma definida. Para analizar esa nebulosa debemos asumir que estamos tomando en consideración la información que ellos proporcionan sobre sí mismos, pero lamentablemente puede haber más que aquello que Podemos deja ver: en 1982 Felipe González también se recorrió España en autobús y también daba la impresión de ir con lo puesto. Hecha esa advertencia, lo cierto es que dar un voto de confianza a los promotores de Podemos en lo que se refiere a la transparencia no es suficiente para echar por tierra el análisis que aquí presentamos.
Por lo que sabemos, Podemos es en primer lugar sus promotores, bien organizados y con tareas bien distribuidas, apoyados en una red de contactos de tamaño medio (todos o casi todos se conocen en persona) que hacen el trabajo cotidiano. En segundo lugar, Podemos es un aparato y una base militante modestos (los de Izquierda Anticapitalista), que han sido fagocitados con a saber qué consecuencias negativas (las positivas son el salto de la irrelevancia a la notoriedad, yendo más allá de lo soñado en Francia por el NPA y Besancenot) [2]. En tercer lugar, Podemos es sus círculos, más o menos numerosos y más o menos homogéneos, más o menos solapados según el caso al remanente de las asambleas generadas por el 15M (todo depende del municipio y hasta del barrio), a las bases militantes de IA y a las distintas mareas. Por último, Podemos es sus votantes, un millón y pico, robados con más razón al PSOE (y hasta al PP) que a IU, y eso sin duda hay que celebrarlo porque contribuye, con sus múltiples límites, a inclinar la balanza institucional [3]. Ahora bien, decíamos que esta nebulosa en realidad esconde una forma definida, que es sin duda la del partido.
El primer indicio son las primarias cocinadas. No queremos decir que hubiera tongo, sino que no hacía falta. La elección de Pablo Iglesias como cabeza de lista era inevitable, y la inteligente abstención de Juan Carlos Monedero le dejaba de hecho sin el único rival de peso en lo escénico. Además, varios de los candidatos a las primarias gozaban de visibilidad previa dentro de los actos de presentación de la iniciativa y/o formaban parte de la selección propuesta por Pablo [4]. Por último, el propio Pablo Iglesias reconoció en una entrevista con Público [5], y este ha debido ser uno de sus pocos renuncios, no solamente que conocía en persona a la mayoría de los candidatos que salieron sino además que lo que realmente le sorprendió es ¡que probaran suerte tantas personas!



El segundo indicio es el reciente anuncio de la creación de un equipo técnico que se encargará de sintetizar y elaborar las propuestas presentadas por los círculos de cara a la gran Asamblea Ciudadana que se celebrará en otoño. La carta de Pablo Iglesias [6] dice: (1) que “le han pedido” que presente un equipo; (2) que hay una semana para presentar candidaturas; (3) que el equipo tiene que estar compuesto por 24 personas; (4) que el perfil de esas personas tiene que demostrar fehacientemente su capacidad para asumir la tarea que se enfrenta. Los entusiastas de Podemos aplaudirán el gesto de “democracia interna” y obviarán: (1) que se presenta como técnico un proceso de enorme enjundia política; (2) que la medida de lo que es un grupo fehacientemente capaz de asumir la tarea que hay que enfrentar la da precisamente el extraordinariamente eficaz grupo promotor; (3) que en una semana es imposible formar con seriedad un grupo alternativo de 24 personas, porque si lo hubiera ya se habría puesto a trabajar y, tal vez, otro Podemos hubiera surgido al mismo tiempo; (4) que por todo ello es evidente que hasta los que somos escépticos asumimos que el proyecto sólo puede funcionar como hasta ahora si el grupo promotor sigue allí, legitimado o no (es innecesario y hasta puede que torpe hacerlo así) por unas nuevas primarias. Deducimos de todo ello, al menos de forma provisional, que esto no es más que nada un chulesco desafío a los sectores descontentos de IA que creen, y seguramente se equivocan, que pueden hacerlo mejor.
El tercer indicio deriva del segundo, y es el papel reservado a los círculos por el momento. La idea de los círculos deriva de un excelente diagnóstico del límite de las asambleas: se genera mucha información, muchas ideas muy buenas, y no hay quien elabore todo ese flujo y, sobre todo, le dé un objetivo. Además hay mucha gente, demasiada, y la “muestra” de los sectores movilizados que proporcionan las asambleas es mucho más grande de lo necesario si de lo que se trata es de captar las mejores ideas gestadas en estos años de aprendizaje político y, al mismo tiempo, de ver hasta dónde puede llegar el leninismo flácido de los promotores. Los trescientos círculos son un excelente primer filtro natural que, por ejemplo, ha contribuido a dar forma al programa y también a medir la potencial reacción negativa, por parte de los votantes de Podemos ajenos a los círculos, al intento de dar a Jorge Verstrynge un papel visible. En suma, Podemos articula de forma notablemente eficaz la multitud de los círculos como un general intellect y es, para entendernos, la expresión práctica más acertada de las ideas políticas de ese Antonio Negri que decidió, y perdonen la expresión, pasarse a Marx por la piedra (estaba en su derecho, por supuesto).
Si, hasta donde sabemos, los círculos y las bases de IA con su aparato precario hacen el trabajo militante, la financiación deriva del crowdfunding [7] (derivaba, porque ahora reciben dinero público y están financieramente atrapados por el Estado, como toda organización integrante del sistema de partidos), y hay una cúpula que tiene que asumir la tarea crucial de elaborar y sintetizar ese trabajo, ¿qué es lo que diferencia exactamente a Podemos de un partido? Alguien nos dirá que la ausencia de aparato, y responderemos que precisamente eso es lo que va a cambiar desde ahora hasta las elecciones autonómicas, ya que ese equipo técnico diseñado por los promotores de Podemos y refrendado por las primarias tiene que asumir la tarea de dar forma a los elementos esenciales de un esquema orgánico capaz de garantizar a nivel local y autonómico que las primarias sean tan vistosas, legitimadoras e inofensivas como en el caso de las elecciones europeas. Para entendernos: tendrán que garantizar (es lógico que así sea) que no se cuele nadie que no es bienvenido, es decir, nadie que no esté dispuesto a trabajar ciegamente en la dirección en la que diga el grupo promotor.
Podemos no emplea el término partido porque es un significante vacío que ha adquirido, en el régimen de la Transición, un significado aborrecible. Podemos no emplea el término partido, pero tampoco llena realmente de contenido “ciudadano”, ni “círculo”, ni siquiera “método de participación”. Podemos conseguirá demostrar que es posible hacer elecciones primarias abiertas sin poner realmente en peligro la estructura de poder de un partido si se tiene una buena estrategia de comunicación y los medios para llevarla a cabo (y la televisión juega un papel crucial). Esto no contribuirá a democratizar el espacio público sino que reforzará el papel de los medios de comunicación convencionales como instrumentos de control social.
Podemos se comporta como un partido sin decir que es un partido, y por tanto respeta el tabú en su lenguaje y lo reproduce en la práctica. Tal vez Podemos podría reconocer que es un partido y, a partir de ahí, disputar el significante partido para hacernos comprender por qué motivo, y con qué límites y variaciones, es necesario calcar los métodos de “la casta”. Es más, podrían tal vez decirnos por qué, con qué límites y hasta cuándo hemos de asumir que el grupo promotor ha de marcar el rumbo. Eso sería más honesto y audaz (no sabemos si más astuto) que el recurso perpetuo a las primarias cocinadas.



3. Segundo tabú: “Izquierda”
Podemos no dice que es de izquierdas aunque lo sea evidentemente. Podemos utiliza significantes vacíos y dice “ciudadanos”, “sentido común”, “patriota” (cada vez menos), “decente” (como la gente a la que Monedero dedica su curso de política)… Podemos habla de “arriba” y “abajo”. Recientemente en televisión Pablo Iglesias habló de “casta” y un tipo del PSOE se rebotó, negó que hubiera casta, y terminó, con tono siciliano, dándole a Pablo la bienvenida y pidiéndole respeto [8]. Podemos habla de “arriba” y “abajo” porque “izquierda” y “derecha” son palabras que remiten, es verdad, a la lógica parlamentaria. Tomar en consideración el eje de poder es imprescindible. Añadiríamos que, desde su lenguaje, también hay un “arriba” y un “abajo” entre esos que se presentan como “los de abajo y a la izquierda”, y si tal cosa es inevitable estaría bien que se explicara.
Podemos tiene entre sus apoyos a célebres intelectuales de la izquierda (sí, izquierda) que critican el “error histórico” que cometió la izquierda (sí, izquierda) al regalarle palabras como “Estado de derecho” a la derecha. Al mismo tiempo decide regalarle al PSOE el término “izquierda”. ¿No sería más importante intentar llenar de contenido ese significante vacío en vez de camuflarlo, en el mejor de los casos, con el plural “izquierdas”? Lo de ser plurales, por cierto, sí podíamos regalárselo a la derecha, y nosotros trabajar por no serlo; tal vez así conseguiríamos dejar atrás los tiempos en los que la derecha vota unida y las izquierdas a sus partidos (nótese que todo son plurales).
Podemos ha obviado el término izquierda y se lo ha regalado al PSOE precisamente para poder disputarle terreno al PSOE. Alguien considerará por eso mismo que la maniobra ha sido un éxito, y nosotros le responderemos que hasta ahora Podemos lo único que ha hecho, en rigor, es ganar cinco diputados en el Parlamento Europeo. Todo lo demás, todas las victorias cotidianas, son hasta ahora fruto del esfuerzo realizado por otros y que Podemos quiere fagocitar. Podemos ha ganado cinco diputados y le ha disputado terreno al PSOE precisamente en las instituciones, en ese espacio partidista que pervierte inicialmente el término izquierda. Podemos esquiva el término izquierda y con ello puede creer que se lo apropia, cuando lo que hace es legitimar las instituciones que lo vacían de contenido.




4. Tercer tabú: “Ideología”
Lo dicho en el punto anterior nos lleva al tercer tabú, que es la ideología. Podemos no tiene ideología, sino “sentido común”. Podemos no tiene ideología sino círculos y una reivindicación genérica de los derechos humanos. Podemos responde a los puños en alto con las palmas abiertas porque Podemos quiere “pueblo detrás” (las palabras nos gobiernan, querido Juan Carlos). Podemos quiere “pueblo detrás” pero no hace un sólo esfuerzo por definir qué es el pueblo o por organizarlo como sujeto político. Podemos no organiza un sujeto político sino círculos: grupos de discusión espontáneos que recogen ellos solos transcripciones abreviadas de sus discusiones y las ponen al servicio de científicos sociales técnicamente competentes.
Podemos piensa que la ideología es sólo una cuestión de conciencia y que los significantes vacíos ayudan a transformarla. Podemos cree que la ideología es sólo una cuestión de conciencia y no presta apenas atención a los hábitos concretos (también en nuestra forma de hablar). Podemos cree que la forma de avanzar en la apropiación del significante “democracia” son las primarias cocinadas y el general intellect. Podemos quiere combatir la ideología de la clase dominante con una ideología fofa que ha convencido a votantes del PSOE y del PP. La ideología que Podemos pretende no tener tiende a parecerse a la ideología de la clase dominante. A eso Podemos lo llama contrahegemonía.
Podemos no cree que la gente sea tonta. Podemos se ha dado cuenta de que la gente es lista y no lo sabe, y defiende con su práctica que es mejor así porque el “pueblo” vota en primarias cocinadas (lo astuto, por supuesto, es que las primarias estén cocinadas) y se reúne en asambleas que funcionan como grupos de discusión. Podemos busca, más allá de los círculos, votantes a los que no les importe la revolución, siempre y cuando se la hagan otros, que de momento no son realmente ni Podemos ni los círculos que piensan en voz alta, sino otros sujetos a los que Podemos interpela indirectamente. El pueblo va detrás.
Podemos critica a IU y pretende hacer lo mismo que IU: subir como la espuma a cuenta del descontento. Podemos es más astuto y ágil. A IU, en las instancias donde importa, le sobra grasa y le falta materia gris. IU tiene la ideología poco más que en el nombre; Podemos, en el nombre, tiene la traducción libre del eslogan de Obama, el lema de la campaña de promoción de la selección española en el último mundial y una respuesta inteligente, firme, al “sí se puede” coreado en las pequeñas victorias cotidianas en las que Podemos, como tal, no participa, pero de las que Podemos quiere alimentarse a través de las personas implicadas en movimientos sociales que participan en los círculos. El pueblo, ya lo dicen, va detrás.
Podemos es una marca. IU aspira a ser marca. Los dos aspiran a ser homologables con otras “marcas” tras las cuales puede que no haya nada o puede que sí (Syriza, Front de Gauche, ¿un NPA o un Movimiento 5 Estrellas, pero bien hecho?), pero para ambos son sólo eso: marcas. Podemos no tiene ideología sino “ilusión”; la del 82, para ser más exactos [9].
Podemos es una marca magnífica y prometemos invitar una cerveza a quien nos revele cuáles eran las otras opciones. Es más: si nos confirman o desmienten (es sólo una suposición) que hubo un mínimo de trabajo de campo (encuestas o grupos de discusión, por ejemplo) para tantear qué nombres tenían la mejor valoración, serán dos cervezas. Si nos lo cuenta uno de los alumnos que han estado picando datos para los sondeos, ofrecemos una cerveza más. También Carolina Bescansa [10], que es la máxima fuente autorizada, puede decidir respondernos.



5. Cuarto tabú, “Clase”
Podemos es de izquierdas y no lo dice. Podemos no dice que es comunista porque probablemente no lo es. Podemos tampoco es anarquista y desde luego no dice serlo. Podemos es una iniciativa de politólogos que no comprenden de qué manera sus conocimientos son una herramienta de control social. O de politólogos que lo comprenden demasiado bien. Podemos es intelectual pero sin pasarse. Podemos, desde luego, no es marxista, pero ni siquiera marxiano. Podemos es un Antonio Negri atravesado. Podemos no comprende el punto de vista de la clase obrera [11], ni siquiera cuando quien lo explica, con mucho cariño, es el Nega [12].
Podemos no habla de clases (en plural) sino de casta (en singular). Podemos dice “capitalismo” puntualmente y en voz baja, como si estuviéramos en 2007 y la palabra correcta todavía fuera “sociedad post-industrial”. Podemos considera revolucionario reducir la jornada laboral de 40 a 35 horas semanales, como si las 40 no fueran como mínimo 45 y las 35 no fueran a ser 40 o 45. Podemos no entenderá que digamos que como poco habría que plantear las 20. El lenguaje económico de Podemos está lleno de significantes vacíos y conceptos con carga ideológica (del enemigo): “I+D”, “nacionalización”, “productivo”, etc. Podemos cuenta con al menos un economista competente y eso tampoco nos inspira necesariamente demasiada confianza.
Podemos no ha visto un sindicato en su vida. Muchos afiliados a los sindicatos tampoco han visto en su vida un sindicato. Nosotros tampoco lo hemos visto, pero sospechamos que el sindicato de verdad va, igual que el pueblo en Podemos, “detrás”, y la única diferencia es que la cúpula del sindicato, esa que tomamos erróneamente por el sindicato, en contadas ocasiones representa al sindicato. Podemos, por contra, sí representa a sus votantes. O tal vez no, puesto que en realidad Podemos no es un partido, no es de izquierdas, no tiene intención de representar al 15M y no tiene ideología. La ideología que Podemos pretende no tener le hace criticar a Izquierda Unida y le regala el término “comunista” al PCE. A eso Podemos también lo llama contrahegemonía.
Podemos quiere utilizar el significante vacío “pueblo” y no hace apenas nada por conseguir que “pueblo” signifique “clase”. Entre otras cosas, porque regala la “clase” a los sindicatos (a los de mentira) y a un léxico económico que no significa apenas nada. Podemos no ha visto en su vida un sindicato pero ni siquiera sabe por dónde empezar a buscar (o tal vez es que no le interesa). Podemos quiere nacionalizar las grandes empresas y no sabría por dónde empezar. Podemos podría encontrarse a partir de 2015 con una situación como la de la Corrala Utopía en Sevilla y podría tomar una decisión parecida a la que tomó la Consejera de Vivienda, pero si las cosas no cambian mucho el resultado será el mismo: cuando tome esa decisión, independientemente de que la consideremos acertada o no, lo más probable es que no haya ni pueblo ni clase detrás. Mejor dicho: no habrá pueblo porque no habrá clase. Y no estará detrás porque nunca estuvo realmente delante. Y seguirá habiendo casta.



6. Conclusión: la amenaza del politólogo-fontanero
“Partido”, “izquierda”, “ideología”, “clase”. Cuatro tabúes del régimen en descomposición. Cuatro tabúes de la casta acongojada. Cuatro tabúes de un Podemos exultante en una sociedad neurótica perdida. Nuestra responsabilidad, dada nuestra capacidad de hacer una crítica política no mediada por intereses de aparato, era señalarlos.
Podemos ha obtenido hasta el momento victorias tácticas que, más allá de sobrevaloraciones o minusvaloraciones interesadas, sin duda hace a los promotores merecedores de reconocimiento y a sus votantes de nuestra felicitación y nuestro respeto. Esas victorias tácticas dependen de las virtudes de Podemos, que son varias, pero están limitadas por sus defectos, algunos de los cuales hemos intentado apuntar en estas páginas. Pablo Iglesias lo hace fenomenal en la televisión si “fenomenal” significa robarle votos al PP sin hacer nada para cambiar el hecho de que esos votantes son “sociológicamente del PP”.
Podemos se enfrenta, como solución política potencial, a una triste paradoja: sólo puede funcionar correctamente si durante un largo período de tiempo sus promotores actuales marcan el rumbo como hasta ahora, pero eso mismo significa que hay muchas posibilidades de que Podemos sufra un descalabro supino en cuanto tenga que hacerse cargo de las consecuencias de un juego institucional cuyas reglas no están en condiciones de cambiar ni tampoco de seguir.
El gran problema, y la repercusión que eventualmente tenga este texto tal vez dará sobrada prueba de su existencia, es que los principales promotores de Podemos no van a querer o poder ver cuál es el problema porque llevan toda su vida actuando de la misma manera frente a las instituciones, por interés o por negligencia. Los promotores de Podemos no han conseguido adquirir jamás una conciencia crítica acerca de las repercusiones políticas que tienen sus conocimientos técnicos cuando los ponen en juego en su militancia. Podemos es un fontanero frente a un sistema político en declive visto como una tubería rota. Podemos cree que ese punto de vista le dota de un poder extraordinario, y es cierto, pero no se da cuenta (queremos pensar bien) de que el ejercicio de ese poder tiene efectos reaccionarios. La pervivencia interesada pero profundamente equivocada de estos tabúes revela que Podemos es, cuesta creerlo pero es cierto, una solución autoritaria, represiva, a las catástrofes políticas sufridas durante el último siglo.
El reto, repetimos, tiene un enunciado simple pero una solución tan compleja que diríamos que es imposible: Podemos tiene que dejar de ser Podemos si realmente quiere contribuir a la transformación política radical de nuestro país. Mientras eso no suceda, o mientras no nos convenzan de que estamos equivocados (y ojalá fuera así), nuestra posición es clara: si no hemos trabajado gratis para otros partidos no vamos a trabajar gratis (ni cobrando) para ellos, que ya nos conocemos.


Notas:
[1] A este respecto nos remitimos a un artículo publicado hace tiempo: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=163890
[2] La comparación NPA – IA/Podemos es suficientemente suculenta como para merecer un artículo propio. Limitémonos a señalar que Besancenot también salía en la tele y adquirió notoriedad por esa vía, que el NPA también surgió de una especie de “operación coleta” que hizo que de un día para otro un montón de estudiantes movilizados contra Bolonia que eran “de izquierdas” pero sin afiliación pasaran a ser militantes de la nueva organización, también probaron suerte por primera vez en las elecciones europeas… No cabe duda, al menos de momento, de que Podemos se ha beneficiado de circunstancias más favorables y, tal vez, de mejores cerebros.
[3] Si bien el daño orgánico a IU ha sido bestial y, por lo menos a nivel autonómico, si no es a escala federal, la organización ahora se encuentra, si no cambian mucho las cosas, ante el dilema de elegir entre la fusión prácticamente incondicional con Podemos o la irrelevancia. Y es algo que celebramos con tanta moderación como los 5 diputados que se han ganado nuestros colegas politólogos.
[4] Teresa Rodríguez (segundo puesto en la candidatura) ya habló en el Teatro del Barrio (http://youtu.be/vNOsg6KF3Ts) y Pablo Echenique (quinto puesto) lo hizo en la presentación de la segunda fase (http://youtu.be/6bfPGdRwtYY). Los candidatos propuestos por Pablo Iglesias (http://blogs.publico.es/pablo-iglesias/857/cinco-candidats-para-ganar/) eran los restantes Lola Sánchez (cuarto puesto), Carlos Jiménez Villarejo (tercer puesto) y Tania González (sexto puesto, entrará en el Parlamento cuando el ex-fiscal dimita).
[7] Y habría que darle una vueltecita a eso de que los promotores vean lógico y normal que un simpatizante que decide donarles 1.000 euros (su sueldo, en el mejor de los casos, si el votante-tipo que busca Podemos es, como mucho, un mileurista) reciba a cambio… ¡una cena con los promotores! Por otra parte, la información hecha pública por Podemos en su web muestra que la donación media son 20 euros.
[9] Nuestro aborrecible Ministro de Desmantelamiento de la Educación Pública, José Ignacio Wert, publicó en su momento un análisis de la campaña electoral del PSOE de 1982; lean y comparen: “No puede dejar de mencionarse la magnífica organización de la campaña del líder, que recorrió casi toda España en un autobús especial a lo largo de los veintiún días. Los detalles rituales estaban calculados sagazmente para evitar situaciones comprometidas. Así, al final de las intervenciones de Felipe González, una niña o niño le hacía entrega de un ramo de rosas, con lo que se conseguía un efecto emocional… y se evitaba la posibilidad del saludo con el puño cerrado. «La Internacional» desapareció de la fonoteca del PSOE y en su lugar un jingle («Hay que cambiar») y una composición de música electrónica provocaban los efectos de entrada y salida” (dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/250505.pdf).
[11] Utilizamos el término pensando en la expresión “working-class perspective”, empleada por Harry Cleaver, marxista y trotskista, en Una lectura política de El Capital. Lo decimos por si acaso alguien creyera ver sobre su cabeza la sombra amenazante de un piolet.





***