domingo, 30 de noviembre de 2014

La corrupción es parte del sistema capitalista / Xavier Caño Tamayo





La corrupción es parte del sistema capitalista 

Corrupción es soborno. Que funcionarios y políticos profesionales se apropien de fondos públicos; que se manipulen o distorsionen datos e informaciones en concursos o negocios públicos en beneficio de corruptores y corrompidos; que se oculten y manipulen datos para no pagar impuestos; que empresas e individuos tengan ventajas y privilegios en la obtención de contratos y recursos públicos.


Hace unos días, en el Reino de España fueron detenidos más de 50 políticos, funcionarios y empresarios por esas prácticas corruptas organizadas. La mayoría, políticos del gobernante Partido Popular. La investigación intenta concretar quiénes cobraron comisiones de hasta 250 millones de euros en total por conceder contratos públicos. Es la Operación Púnica, pero ya hay otra en marcha, Enredadera…

En España hay unas 1.700 causas por corrupción con cientos de imputados. Nombres “ilustres” de la política, la empresa, las administraciones públicas, la burocracia sindical y las instituciones del Estado aparecen en la larga lista de cientos ya imputados, o que lo serán, en la corrupción que ocupa portadas día tras otro. Como Acebes (que fue ministro de Interior), Rato (exvicepresidente económico), Bárcenas (que fue tesorero del Partido Popular), Iñaki Urdangarin, (cuñado del rey Felipe VI), Cristina de Borbón (hermana del rey), Miguel Blesa (que fue presidente de Bankia), Jordi Pujol (presidente del gobierno autónomo de Cataluña más de 20 años).
Pero la corrupción no es sólo un problema español. En absoluto. Como muestra, en julio de 2003 se destapó una de las mayores tramas de corrupción de Europa. Eurostat, el servicio de estadística de la Unión Europea, había actuado durante años como empresa mafiosa. Doble contabilidad, contratos falsos, contratos inexplicables, aumento contable de costes, ofertas ficticias, fondos secretos, oscuros movimientos de docenas de millones de euros… Y hace unos días, el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación desveló que se firmaron 548 acuerdos secretos entre el paraíso fiscal Luxemburgo (miembro de la Unión Europea) y 340 grandes empresas ¡para evadir impuestos!, cuando era primer ministro de ese pequeño país el actual presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, y cuando el ministro español de economía, Luis de Guindos, era responsable financiero de la consultora PwC, una de las cuatro empresas que organizaron las trampas fiscales de cientos de multinacionales para no pagar impuestos o apenas pagar.

¿Cómo no ha de haber corrupción si el Fondo Monetario Internacional (FMI) contribuyó, tal vez ignorante pero imprudente e irresponsable, a grandes corrupciones? En la década de 1990 el FMI prestó a Rusia más de 20 mil millones de dólares sin controlar el destino de ese capital, y altos funcionarios del gobierno de Borís Yeltsin desviaron 500 millones de dólares, mientras respetables bancos estadunidenses aceptaban abrir depósitos con cantidades obscenas por políticos corruptos y delincuentes similares. Según el Congreso de Estados Unidos se ocultó por sistema el origen de esas fortunas. El Citibank abrió 350 cuentas secretas con dinero de origen inexplicable y la mafia rusa utilizó el Bank of New York para blanquear 10 mil millones de dólares. Bancos estadunidenses y europeos contribuyeron a blanquear más de 200 mil millones de dólares, fruto del saqueo del patrimonio público ruso tras ser privatizado. Rosa Jansen, exvicepresidenta del Tribunal de Utrecht, fue profeta al afirmar entonces que “estamos ante el nacimiento de la corrupción supranacional”. Y muy organizada, cabría añadir.
Lo anterior, contra la errónea idea de que la corrupción es propia de países poco desarrollados, además de recordar que en toda corrupción hay dos: corruptor y corrompido. Es evidente que la corrupción está muy a gusto en los países ricos. Así lo demuestran los numerosos escándalos estallados desde la década de 1990 de Eurostat, Enron, World Com, Parmalat y otras grandes empresas. O que el expresidente Bush y el exvicepresidente Cheney estuvieran bajo sospecha antes de ocupar la Casa Blanca. Y también que la mayoría de grandes empresas alemanas se hayan sentado en el banquillo de los acusados en los últimos años. O que Berlusconi utilizara en Italia su mayoría parlamentaria para aprobar leyes de inmunidad, que le permitieran escapar de condenas seguras por corrupción…

Lo cierto es que la corrupción ya es otro modo de acumulación de capital del neoliberalismo. Junto con la especulación financiera, la austeridad fiscal y la deuda como medio de dominio. Y se ha instalado en todo el mundo para quedarse… mientras haya capitalismo.

Xavier Caño Tamayo*/Centro de Colaboraciones Solidarias
*Periodista y escritor


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sábado, 29 de noviembre de 2014

Inmóvil / Samuel Beckett




Inmóvil / Samuel Beckett

Claro al fin fin de un día sombrío el sol brilla al fin y desaparece. Sentado inmóvil cara a la ventana cara al valle aquí tiempo normal girar la cabeza y mirarlo fijamente al sudoeste el sol que declina.
Incluso levantarse ciertas posiciones e ir a apostarse a la ventana oeste inmóvil a mirarlo fijamente el sol que declina y luego las luces del atardecer. Siempre inmóvil cualquier razón después de cierto tiempo a esta hora cara a la ventana abierta cara al sur en el pequeño sillón recto de mimbre. Los ojos miran fijamente sin ver el exterior hasta que primerísimo movimiento desde hace cierto tiempo se cierran aunque siempre sin ver al día siempre. Completamente inmóvil pues de nuevo calma absoluta en apariencia hasta que de nuevo se abren al día siempre aunque menos. Aquí tiempo normal girar la cabeza cien grados o casi y mirar fijamente el sol o desaparecido este último las luces que mueren.
Incluso levantarse ciertas posiciones e ir a apostarse a la ventana oeste hasta noche cerrada incluso ciertas tardes razón cualquiera mucho después. Los ojos pues se abren de nuevo al día siempre y se cierran de nuevo con un solo movimiento o casi. Completamente inmóvil pues de nuevo cara al sur al valle en este sillón de mimbre aunque en realidad visto de más cerca no inmóvil en absoluto sino temblando por todas partes. De más cerca saber detalle a detalle para llegar a este todo no inmóvil en absoluto sino temblando por todas partes. Pero primera vista en este día que muere completamente inmóvil en apariencia incluso las manos evidencia completa todas temblorosas y el pecho jadeando apenas. Las piernas una al lado de la otra fofas ángulo recto en la rodilla a la manera de esa antigua estatua viejo dios cualquiera que resonaba al alba y al atardecer. El tronco ídem rígido a plomo hasta la cima del cráneo visto de espaldas incluida la nuca por encima del respaldo. Los brazos ídem fofos ángulo recto en el codo los antebrazos a lo largo de los largos brazos del sillón justo lo suficiente de miembros y brazos de sillón para que en el extremo de éstos se apoyen los puños ligeramente apretados. Completamente inmóvil pues de nuevo calma absoluta en apariencia ojos cerrados los cuales vueltos a abrir una vez para anticipar a menos de tardar demasiado en tal caso noche cerrada o bien claro de luna o estrellas o ambos. Tiempo normal mirar fijamente la noche que cae el tiempo que emplee en esto desde este sillón estrecho o de pie junto a la ventana oeste inmóvil ambos casos.
Inmóvil saber mirando fijamente un objeto único como árbol o arbusto un detalle único si cercano el todo si bastante alejado el tiempo que tarde en desaparecer. Incluso en la ventana este ciertas posiciones para mirar fijamente sobre la ladera un punto cualquiera como la haya a cuya sombra antaño el tiempo que tarde en desaparecer. El sillón razón cualquiera siempre mismo sitio cara a la ventana cara al sur como si trabado al suelo cuando en realidad nada más ligero más móvil imaginable. U otra parte no importa qué abertura mirar fijamente nada decible nada sino el día que muere hasta la oscuridad total aunque en realidad seguro nunca nada de eso nada sino todavía menos luz donde menos parecía imposible. Completamente inmóvil pues durante todo este tiempo ojos abiertos primeramente luego cerrados luego abiertos de nuevo ningún otro movimiento ninguna clase de aunque en realidad seguro no inmóvil del todo cuando de repente en apariencia al menos el movimiento que hete aquí imposible de seguir más fuerte describir razón. El puño derecho abriéndose lentamente suelta el brazo del sillón arrastrando todo el antebrazo comprendido el codo y lentamente se eleva abriéndose siempre más y girando dextrórsum hasta que a medio camino de la cabeza titubea medio abierto temblando en suspenso en el aire. En suspenso como si inclinado a medias a regresar saber volver a caer muy lentamente cerrándose y girando en sentido contrario hasta donde y tal como partió ligeramente apretado al extremo del brazo del sillón. Visto aquí lo que viene ya no a medio camino sino casi devuelto antes de titubear temblando como si inclinado a medias etc. No a medias sino casi ya cuando a su vez la cabeza parte hacia delante hacia abajo hasta entre los dedos expectantes donde tan pronto como recibida y sostenida cae por su peso hacia delante hasta que al contacto con el brazo del sillón el codo ponga fin al movimiento y todo inmóvil de nuevo. Aquí un poco hacia atrás hasta el susodicho suspenso antes que la cabeza en auxilio como si la necesidad de los dedos más fuerte que la suya y hacia delante hacia abajo con un solo movimiento o casi hasta el choque codo-brazo del sillón. Completamente inmóvil pues de nuevo cabeza en la mano saber el pulgar sobre el borde externo de la órbita derecha el índice ídem izquierda y el corazón sobre el pómulo izquierdo más a medida que las horas transcurren contactos menores más o menos cada uno más o menos ora más ora menos según los menudos movimientos de las diferentes partes a medida que la noche transcurre. Como si en la oscuridad pupila cerrada no suficiente y más que nunca necesario contra el nunca nada de eso la muralla de apoyo de la mano. Dejarlo ahí completamente inmóvil o en tal caso palpar lado sonidos la escucha de los sonidos completamente inmóvil la cabeza en la mano al acecho de un sonido.

1975

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viernes, 28 de noviembre de 2014

La persecución de Julian Assange / John Pilger




La persecución de Julian Assange 

El asedio de Knightsbridge es una farsa. Desde hace dos años, la exagerada y costosa presencia de la policía rodeando la embajada ecuatoriana en Londres no ha servido más que para hacer ostentación del poder del Estado. Su presa es un australiano acusado de ningún delito, un refugiado de una repugnante injusticia cuya única seguridad es el albergue que le ha dado un valiente país sudamericano. Su verdadero crimen es haber iniciado una oleada de revelación de verdades en una era de mentiras, cinismo y guerra.

La persecución a Julian Assange debe terminar. Incluso el gobierno británico cree claramente que debe terminar. El 28 de octubre, el viceministro de asuntos exteriores, Hugo Swire, dijo en el Parlamento que la fiscal sueca “sería bienvenida” en Londres y que “se le facilitaría absolutamente todo”. El tono era de impaciencia.

La fiscal sueca, Marianne Ny, ha rechazado venir a Londres para interrogar a Assange sobre su presunta conducta sexual inapropiada en Estocolmo en 2010, aunque la ley sueca lo permite y el procedimiento es rutinario tanto en Suecia como el Reino Unido. La evidencia de amenaza a la vida y libertad de Assange por parte de EEUU –en caso de que salga de la embajada- es abrumadora. El 14 de mayo de este año, los expedientes judiciales de EEUU revelaron que se había “puesto en marcha” una “investigación multifacética” contra Assange.

Ny nunca ha explicado adecuadamente por qué no viene a Londres, tampoco las autoridades suecas han explicado nunca por qué se niegan a dar a Assange la garantía de que no van a extraditarle a EEUU en virtud de un acuerdo secreto establecido entre Estocolmo y Washington. En diciembre de 2010, el Independent revelaba que los dos gobiernos habían hablado de su extradición a EEUU antes de que se emitiera la Orden Europea de Detención (OED).

Quizá el hecho pueda explicarse considerando que Suecia, en contra de su reputación como bastión liberal, se ha acercado tanto a Washington que ha permitido hasta “entregas extraordinarias” secretas de la CIA, incluyendo la deportación ilegal de refugiados. La entrega extraordinaria y posterior tortura de dos refugiados políticos egipcios en 2001 fue condenada por el Comité de las Naciones Unidas Contra la Tortura, Amnistía Internacional y Human Rights Watch; la complicidad y duplicidad del Estado sueco aparecen documentadas en exitosos litigios civiles y en los cables de WikiLeaks. En el verano de 2010, Assange había estado en Suecia para hablar de las revelaciones de WikiLeaks sobre la guerra de Afganistán, en la cual Suecia tenía soldados bajo el mando de EEUU.

Los estadounidenses están persiguiendo a Assange porque WikiLeaks expuso sus épicos crímenes en Afganistán e Iraq: la matanza al por mayor de decenas de miles de civiles que habían tratado de ocultar; y su desprecio por la soberanía y el derecho internacional, como demostraban vívidamente sus cables diplomáticos filtrados.

Por su parte, al revelar cómo los soldados estadounidenses asesinaban a civiles afganos e iraquíes, el heroico soldado Bradley (ahora Chelsea) Manning obtuvo una sentencia de 35 años de reclusión tras soportar más de mil días en unas condiciones que, según el Relator Especial de la ONU, implicaban tortura.

Pocas dudas hay de que a Assange le espera un destino similar si EEUU le pone las manos encima. Las amenazas de captura y asesinato se han convertido en la moneda corriente de los extremistas políticos en EEUU tras la disparatada calumnia del vicepresidente Joe Biden de que Assange era un “ciberterrorista”. Cualquiera que dude del tipo de dureza que puede esperar no tiene más que recordar al aterrizaje forzado del avión del presidente bolivariano del pasado año, cuando creyeron equivocadamente que en él iba Edward Snowden.

Según los documentos publicados por Snowden, Assange ocupa uno de los lugares más altos en la “lista de la cacería”. La oferta de Washington para atraparle, según se expone en algunos cables diplomáticos australianos, “no tiene precedente en escala y naturaleza”. En Alexandria, Virginia, un gran jurado secreto se ha pasado cuatro años tratando de inventar un delito por el que procesar a Assange. Pero no es fácil. La Primera Enmienda de la Constitución de EEUU protege a editores, periodistas y denunciantes. Barack Obama, como candidato presidencial en 2008, elogió a los denunciantes de conciencia como “parte de una democracia sana y a los que hay que proteger de represalias”. Sin embargo, bajo la presidencia de Obama han sido procesados más denunciantes que bajo el resto de presidentes estadounidenses juntos. Incluso antes de que se anunciara el veredicto del juicio de Chelsea Manning, Obama había declarado culpable al denunciante.
“Los documentos publicados por WikiLeaks desde que Assange se trasladó a Inglaterra”, escribía Al Burke, editor de la página online Nordic News Network, toda una autoridad en los múltiples giros y peligros a que se enfrenta Assange, “indican claramente que Suecia se ha sometido constantemente ante las presiones de EEUU en materias relativas a los derechos civiles. Hay muchas razones para creer que si Assange pasa a ser custodiado por las autoridades suecas, estas podrían entregarle a EEUU sin la debida consideración a sus derechos legales”.



Hay indicios de que el público y la comunidad jurídica suecos no apoyan la intransigencia de la fiscal Marianne Ny. La prensa sueca, en otro tiempo implacablemente hostil con Assange, ha publicado titulares como “¡Por el amor de Dios, vete ya a Londres!”.

¿Por qué no quiere ir? Y más en concreto, ¿por qué no permite que los tribunales suecos accedan a los cientos de mensajes SMS que la policía extrajo del teléfono de una de las dos mujeres implicadas en las acusaciones de conducta sexual inapropiada? Ny dice que no está obligada legalmente a hacerlo hasta que haya una acusación formal y haya interrogado a Assange. Entonces, ¿por qué no le interroga?

Esta semana, el Tribunal de Apelación sueco decidirá si ordena a Ny que entregue los mensajes SMS; o si el asunto irá al Tribunal Supremo y al Tribunal Europeo de Justicia. Siguiendo con la farsa, a los abogados suecos de Assange se les permitió sólo “revisar” los mensajes SMS, que tuvieron que memorizar.

Uno de los mensajes de una de las mujeres deja claro que no quería que se presentaran cargos contra Assange, “pero la policía no estaba dispuesta a rendirse”. Se quedó “conmocionada” cuando le arrestaron porque ella “sólo quería que se hiciera una prueba [VIH]”. “No quería acusarle de nada” y “fue la policía la que orquestó los cargos”. (En la declaración de un testigo, se la cita diciendo que se había sentido atropellada por la policía y otros”.)

Ninguna de las mujeres afirmó que Assange la hubiera violado. Así es, ambas han negado haber sido violadas y una de ellas lo ha manifestado en un tweet: “No me violó”. Resulta evidente que fueron manipuladas por la policía y que se ignoraron sus deseos, digan lo que digan sus abogados ahora. En verdad que son víctimas de una saga digna de Kafka.

En cuanto a Assange, su único juicio ha sido el enjuiciamiento en los medios de comunicación. El 20 de agosto de 2010, la policía sueca abrió una “investigación por violación” e inmediatamente –e ilegalmente- comunicó a los tabloides de Estocolmo que había una orden de arresto de Assange por la “violación de dos mujeres”. Esta fue la noticia que recorrió el mundo.

En Washington, un sonriente secretario de defensa, Robert Gates, dijo a los periodistas que el arresto “me parece una muy buena noticia”. Las cuentas de Twitter asociadas al Pentágono describían a Assange como “violador” y “fugitivo”.

Menos de veinticuatro horas después, la Fiscal Jefe de Estocolmo, Eva Finne, asumió la investigación. No malgastó tiempo en cancelar la orden de arresto diciendo: “No creo que haya ninguna razón para sospechar que cometió violación”. Cuatro días más tarde, desestimó también la investigación por violación diciendo: “No hay sospecha alguna de delito alguno”. Caso cerrado.

A continuación entra en acción Claes Borgstrom, un político de alto perfil del Partido Socialdemócrata que entonces era candidato en unas inminentes elecciones generales en Suecia. A pocos días de que la fiscal jefe hubiera desestimado el caso, Borgstrom, que es abogado, anunció a los medios que estaba representando a las dos mujeres y que había buscado otra fiscal en la ciudad de Gothenberg, que resultó ser Marianne Ny, a quien Borgstrom conocía bien porque también estaba involucrada con los socialdemócratas.

El 30 de agosto, Assange acudió voluntariamente a una comisaría de Estocolmo y contestó a todas las preguntas que le hicieron. Entendió que ahí acababa todo. Pero dos días después, Ny anunció que iba a reabrir el caso. Un periodista sueco le preguntó a Borgstrom por qué estaba reiniciando el caso si ya se había desestimado, citando a una de las mujeres que había dicho que no la había violado. Él contestó: “Ah, pero ella no es abogado”. El abogado australiano de Assange, James Catlin, respondió: “¡Qué vergüenza, se van inventando todo sobre la marcha!”.

El día que Marianne Ny reactivó el caso, el jefe del servicio de la inteligencia militar de Suecia (“MUST”) denunció públicamente a WikiLeaks en un articulado titulado “WikiLeaks [es] una amenaza para nuestros soldados”. A Assange se le advirtió que los servicios de inteligencia estadounidense le habían dicho a sus homólogos suecos del SAP que los acuerdos para compartir inteligencia entre EEUU y Suecia iban a “clausurarse” si Suecia le ofrecía refugio.

Durante cinco semanas, Assange esperó en Suecia a que la nueva investigación siguiera su curso. El Guardian estaba entonces a punto de publicar los “Registros de la Guerra” de Iraq a partir de las revelaciones de WikiLeaks, que Assange tenía que supervisar. Su abogado en Estocolmo le preguntó a Ny si había alguna objeción a que saliera del país. Le dijo que era libre de marcharse.

Inexplicablemente, tan pronto como salió de Suecia –en el punto culminante del interés de los medios y del público en las revelaciones de WikiLeaks-, Ny emitió una Orden Europea de Detención (OED) y una “alerta roja” de la Interpol, normalmente utilizadas para terroristas y criminales peligrosos. Enviadas en cinco idiomas por todo el mundo, aseguraba el frenesí mediático.

Assange acudió a una comisaría en Londres, fue arrestado y pasó diez días en la prisión de Wandsworth, confinado en solitario. Liberado tras pagar una fianza de 340.000 libras, fue etiquetado electrónicamente, se le exigió que se presentara a diario ante la policía y se le puso bajo virtual arresto domiciliario mientras su caso empezaba el largo viaje hacia el Tribunal Supremo. Todavía no se le había acusado de ningún delito. Sus abogados repitieron su oferta para que Ny le interrogara en Londres, señalando que le había dado permiso para dejar Suecia. Sugirieron unas instalaciones especiales de Scotland Yard que se utilizaban para ese fin. Ella lo rechazó.

Katrin Axelsson y Lisa Longstaff de Mujeres Contra la Violación escribieron: “Las acusaciones contra Assange son una cortina de humo tras la cual un grupo de gobiernos están tratando de atacar a WikiLeaks por haber revelado audazmente a la gente sus planes secretos de guerra y ocupación con sus consiguientes violaciones, asesinatos y destrucción… A las autoridades les importa muy poco la violencia contra las mujeres que están manipulando a su antojo en las acusaciones de violación. Assange ha dejado claro que está dispuesto a que le interroguen las autoridades suecas, en Gran Bretaña o a través de Skype. ¿Por qué se niegan a dar este paso esencial para su investigación? ¿De qué tienen miedo?”.

Esta pregunta ha quedado sin respuesta mientras Ny desplegaba su OED, un producto draconiano de la “guerra contra el terror” supuestamente diseñado para atrapar terroristas y criminales organizados. La OED había abolido la obligación del Estado peticionario de proporcionar una prueba del delito. Cada mes se emiten más de mil OED; pero sólo unas pocas tienen algo que ver con potenciales acusaciones de “terrorismo”. La mayoría se emiten por delitos triviales, como demora en gastos bancarios y multas. Muchos de los extraditados se enfrentan a meses en prisión sin cargos. Ha habido una serie de fallos impactantes de la justicia con los que los jueces británicos se han mostrado muy críticos.



El caso Assange llegó finalmente al Tribunal Supremo británico en mayo de 2012. En un juicio motivado por la OED –cuyas rígidas exigencias habían dejado a los tribunales casi sin posibilidad de maniobra-, los jueces encontraron que los fiscales europeos podían emitir órdenes de extradición en el Reino Unido sin supervisión judicial alguna, incluso aunque el Parlamento tuviera otras intenciones. Dejaron claro que el gobierno Blair había “engañado” al Parlamento. El Tribunal apareció dividido, 5 contra 2, y, en consecuencia, dictaminaron contra Assange.

Sin embargo, el Presidente del Tribunal, Lord Phillips, cometió un error. Aplicó el Convenio de Viena sobre la interpretación de tratados, permitiendo que las prácticas estatales ignoraran la letra de la ley. Como señaló la abogada de Assange, Dinah Rose QC, esto no se aplicó a la OED.

El Tribunal Supremo sólo reconoció este error crucial cuando tuvo que abordar otra apelación contra la OED en noviembre del año pasado. El veredicto a Assange había sido un error pero ya no podía volverse atrás.

Las opciones de Assange eran precarias: extradición a un país que se había negado a decir si iba a enviarle o no a EEUU, o buscar lo que parecía ser su última oportunidad de refugio y seguridad. Apoyado por la mayoría de países latinoamericanos, el valiente gobierno de Ecuador le garantizó el estatuto de refugiado sobre la base de las pruebas documentadas y la asesoría legal de que se enfrentaba a la perspectiva de un castigo cruel y extraordinario en EEUU; que esta amenaza violaba sus derechos humanos básicos; y que su gobierno en Australia le había abandonado y conspiraba con Washington. El gobierno laborista de la primera ministra Julia Gillard incluso había amenazado con retirarle el pasaporte.

Gareth Peirce, la renombrada jurista de los derechos humanos que representa a Assange en Londres, escribió al entonces primer ministro australiano Kevin Rudd: “Dado el alcance de la discusión pública, con frecuencia sobre la base de asunciones completamente falsas… es muy difícil intentar mantener cualquier presunción de inocencia. El Sr. Assange tiene ahora colgando sobre él dos espadas de Damocles: la potencial extradición a dos jurisdicciones diferentes por dos supuestos y diferentes delitos, ninguno de los cuales es delito en su propio país, y el riesgo que corre su seguridad personal en circunstancias de alta carga política”.

Peirce no recibió respuesta hasta que no contactó con la Alta Comisión Australiana en Londres, que no contestó a ninguno de los puntos urgentes que planteaba. En una reunión que mantuve con ella, me contó que el Cónsul General australiano Ken Pascoe, hizo la sorprendente afirmación de que “sólo sabía lo que leía en los periódicos” sobre los detalles del caso.

Mientras tanto, la perspectiva del grotesco fallo de la justicia se ahogó con una campaña injuriosa contra el fundador de WikiLeaks. Los ataques, profundamente personales, mezquinos, feroces e inhumanos contra un hombre aún no acusado de delito alguno, aunque sometido a un trato que ni siquiera se le inflinge a un acusado que se enfrenta a extradición por la acusación de asesinar a su mujer. Que la amenaza de EEUU a Assange fuera una amenaza a todos los periodistas, a la libertad de expresión, fue algo que se perdió entre lo sórdido y lo ambicioso.

Se publicaron libros, se hicieron películas y se multiplicaron las apariciones en los medios a costa de WikiLeaks y de la suposición de que atacar a Assange era una presa legítima y demasiado pobre para iniciar demandas. La gente ha hecho dinero, a menudo mucho dinero, mientras WikiLeaks luchaba por sobrevivir. El editor del Guardian, Alan Rusbridger, llamó a las revelaciones de WikiLeaks, que su periódico publicó: “una de las primicias periodísticas de mayor impacto de los últimos treinta años”. Se convirtió en parte de su plan de marketing para aumentar el precio del periódico.

Sin que a Assange ni a WikiLeaks les llegara ni un penique, un libro, publicitado a bombo y platillo por el Guardian, acabó convirtiéndose en una lucrativa película de Hollywood. Los autores del libro, Luke Harding y David Leigh, describían gratuitamente a Assange como “personalidad dañada” e “insensible”. También revelaron la contraseña secreta que les había dado en confianza y que se había diseñado para proteger un archivo digital que contenía los cables de la embajada de EEUU. Con Assange ya atrapado en la embajada ecuatoriana, Harding, de pie entre la policía de fuera, se regodeaba en su blog diciendo que “Puede que Scotland Yard ría el último”.

La injusticia infligida a Assange es una de las razones por las que el Parlamento finalmente votará una reforma de la OED. El draconiano “vale todo” utilizado contra él podría no repetirse ahora; las acusaciones formuladas y el “interrogatorio” serían terrenos insuficientes para la extradición. “Su caso está totalmente ganado”, me dijo Gareth Pierce, “esos cambios en la ley significa que el Reino Unido reconoce ahora como correcto todo lo que hemos sostenido en su caso. Pero él no va a beneficiarse. Ni el Reino Unido ni Suecia cuestionan la nobleza del ofrecimiento del santuario de la embajada de Ecuador”.

El 18 de marzo de 2008 se anunció una guerra contra WikiLeaks y Julián Assange en un documento secreto del Pentágono preparado por la “Cyber Counterintelligence Assessment Branch” [Rama de Evaluaciones de la Cibercontrainteligencia]. En él se describía un detallado plan para destruir el sentimiento de “confianza” que es el “centro de gravedad” de WikiLeaks. Pensaban conseguirlo mediante amenazas de “denuncia y procesamiento penal”. Silenciar y criminalizar esta fuente excepcional de periodismo independiente era el objetivo, calumniar el método. No hay peor furia que la de un gran poder despechado.

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.







Para ampliar información, puede consultarse:
John Pilger es un periodista, cineasta y escritor de origen australiano. Es autor, entre otros, del libro: “Freedom Next Time”. Sus documentales pueden verse de forma gratuita en su página web: http://www.johnpilger.com/


jueves, 27 de noviembre de 2014

Treinta años de neoliberalismo en México: los orígenes de la narcopolítica / Marcos Roitman




Treinta años de neoliberalismo en México: los orígenes de la narcopolítica 

Las protestas, manifestaciones de estudiantes, marchas y la solidaridad de todo el pueblo mexicano exigiendo el fin de la violencia y la aparición con vida de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa han paralizado el país. Las voces pidiendo la dimisión del presidente Enrique Peña Nieto muestran un gobierno incapaz de revertir el descrédito en el cual han caído las principales instituciones del Estado. Mientras tanto, la clase política -cuyo ideario neoliberal compromete a los tres grandes partidos, PRI, PAN y PRD, y a sus aliados menores- prefiere enrocarse con un discurso grandilocuente de éxitos privatizadores y su lucha contra el narcotráfico. Desde hace treinta años, el neoliberalismo es el mantra con el cual gobiernan el PRI y el PAN, tándem conocido como PRIAN.

Fue Miguel de la Madrid, presidente entre 1982-1988, quien abrió las puertas a la reforma neoliberal del Estado, promoviendo la apertura comercial-financiera y la descentralización, desregulación y privatización del sector público. La revolución mexicana fue perdiendo identidad. El antiimperialismo y el nacionalismo revolucionario se trasformaron en sumisión a Estados Unidos. Mientras tanto, el régimen político conservaba los mecanismos de control de un Estado autoritario. La guerra sucia, el fraude electoral, el cohecho, el crimen político y la censura fueron las armas preferidas para detener la protesta social y la crítica política. En un acto de claudicación de soberanía, De la Madrid cedió parte del territorio a los Estados Unidos para ser utilizado por la CIA, la DEA, el FBI, el Pentágono y el Departamento de Estado en la lucha contra el narcotráfico, dentro de la estrategia de guerras de baja intensidad diseñada por la administración Reagan.



El narcotráfico se trasformó en un problema de seguridad nacional. Tanto la policía como los organismos civiles y judiciales fueron desplazados por las fuerzas armadas. Una visión global y hegemónica de lucha contra el terrorismo y el narcotráfico se adueñó del escenario. El pacto entre poder político y el crimen organizado, que en México suponía el acuerdo de no interferir en la política de forma directa a cambio de que el poder político hiciera la vista gorda, se rompió. El comercio, tráfico y producción de coca, marihuana y amapola puso a México en la ruta del lavado de dinero y financiación de la contrarrevolución en Centroamérica y el Caribe.

El dinero entró a raudales, impulsando la compra de senadores, gobernadores, diputados, policías, militares, jueces o empresarios. En el año 2000, concluida la hegemonía del PRI tras setenta años de gobierno ininterrumpido, la narcopolítica permeaba el conjunto de la estructura social y de poder. El triunfo electoral de Vicente Fox, perteneciente al Partido de Acción Nacional (PAN), organización católica, conservadora en lo político y liberal cayó en los brazos de la narcopolítica.



Carlos Salinas de Gortari -candidato del PRI a las presidenciales de 1988- hizo trizas su organización política. Su marcada ideología neoliberal irritó al sector nacionalista, que abandonó el partido. En medio de una profunda crisis de legitimidad, la sociedad civil levantó la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas. En ella confluyen las fuerzas progresistas y de izquierda. Exgobernador por el PRI en el Estado de Michoacán e hijo del general Lázaro Cárdenas, quien nacionalizó el petróleo y las riquezas naturales en 1938, suponía un riesgo para nueva alianza entre México y Estados Unidos. El fraude electoral le privó de ser presidente.

Entonces, Salinas de Gortari se proclama ganador, profundizando las reformas neoliberales: privatización, desregulación, desnacionalización, flexibilidad laboral y cambios constitucionales. Entre los años 1990 y 1994, los cárteles colombianos realizan un acuerdo con los clanes mexicanos para el trasporte de cocaína a Estados Unidos por la frontera norte. Toneladas de coca pasaron por túneles fronterizos. Estados como Michoacán, Guerrero, Nuevo León, Sinaloa, Tabasco o el Distrito Federal iran consolidando sus clanes. La lucha por la hegemonía desatará guerras y la creación de grupos paramilitares. Mientras, las víctimas de la narcopolítica van dejando un reguero de sangre. La militarización crece y las mafias emergentes al amparo del narcotráfico consolidan su poder. Negocian, llegan a acuerdos con los partidos y establecen fronteras de actuación.



Las protestas ante la criminalización de los movimientos sociales, considerados terroristas, se generalizan. La legitimidad del gobierno de Salinas de Gortari es cuestionada. La sombra del fraude le persigue. Aumenta la represión sobre sindicatos, estudiantes, pueblos originarios y el movimiento campesino. Casi al final de su mandato, el 1 de enero de 1994 entra en vigor el Tratado de Libre Comercio. Pero la noche del 31 de diciembre se produce el alzamiento del EZLN. México ya no será el mismo. La presencia del EZLN supuso un giro en la política interna: la lucha contra el neoliberalismo y en defensa de la humanidad.

La narcopolítica sigue su andadura. El asesinato del candidato presidencial del PRI Donaldo Colosio en plena campaña, el 23 de marzo de 1994, y pocos meses después, el 28 de septiembre de 1994, el de Francisco Ruiz Massieu, secretario general del PRI, ponen de manifiesto la podredumbre de la nomenclatura priista.

La lucha contra "narcoterrorismo" marca la agenda política. Una nueva derrota del candidato Cuauhtémoc Cárdenas a manos del PRI encumbra a la primera magistratura al neoliberal, Ernesto Zedillo (1994-2000). Será el último presidente del PRI en el siglo XX. Profundizó la intervención de las fuerzas armadas en la lucha contra el narcotráfico. Su gobierno se vió inmerso en crímenes de lesa humanidad al haber planeado la matanza de Acteal en 1997.
Los setenta años de gobierno del PRI tocan a su fin en el año 2000. Pero no será la izquierda democrática, encabezada de nuevo por Cuauhtémoc Cárdenas, quien gane las elecciones. El proyecto neoliberal tendrá en Vicente Fox, un empresario católico, tradicionalista, gerente de Coca-Cola y exgobernador de Guanajuato, su continuidad. En su periodo la narcopolítica toma carta de ciudadanía. Los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001 consolidan el unilateralismo. México cede a las presiones del presidente Bush y la política contra el narcotráfico se incorpora a la lucha contra el terrorismo internacional. Por primera vez en la historia de México, un general de las fuerzas armadas será nombrado titular de la Procuraduría General de la República. El pacto estaba sellado.

Durante el mandato de Fox (2000-2006) y el del también militante del PAN, Felipe Calderón (2006-2012), la violencia politica, el asesinato de dirigentes sindicales, estudiantes, periodistas y los feminicidios en Ciudad Juárez moldean el perfil del capitalismo neoliberal. La esclavitud infantil y el tráfico de mujeres complementan el desarrollo de las empresas de maquila, la desestructuración productiva, la persecución de los sindicatos independientes, la criminalización de los movimientos sociales y el movimiento indígena.

Unas fuerzas armadas con poder absoluto en la lucha contra el narcotráfico y la contrainsurgencia marcan la agenda política en México. El subcomandante insurgente Marcos destacaría: "En la 'era Fox' se puede decir que el cártel del Chapo Guzmán fue el consentido del sexenio. Toda la estructura del Estado: ejército, policía federal, sistema judicial (con jueces y directores de penales incluidos) fue puesta al servicio de este cártel en la lucha contra otros".



El miedo, la sensación de inseguridad y la impotencia ciudadana crecen. Miles de muertos, fosas comunes y violencia indiscriminada, así como el fraude electoral -esta vez contra el candidato progresista Manuel López Obrador, en 2006- generan hartazgo. El sexenio de Felipe Calderón, inmerso en denuncias de corrupción y complicidad con el narcotráfico, continúa su plan de reformas estructurales. Más desregulación y flexibilidad laboral. Los servicios públicos básicos se desmantelan y un Estado laico ve como la Iglesia gana en presencia política. Pobreza, desigualdad, conflictividad laboral y social son el resultado de estas políticas de exclusión social del neoliberalismo. Los cárteles del crimen organizado imponen su ley y las políticas antidroga fracasan.

Hoy, las movilizaciones ciudadanas que sacuden México reclaman un cambio, el fin de la narcopolítica y de un régimen corrupto en manos del neoliberalismo y el crimen organizado. México clama por su dignidad. Ese es el dilema.

Marcos Roitman



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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Mujeres de cuento: Carson McCullers / Jenn Díaz




Mujeres de cuento: Carson McCullers 


Lo terrible, en mi caso, es que durante mucho tiempo no he sido más que un Yo. Todo el mundo forma parte de un Nosotros, salvo yo. Si uno no forma parte de un Nosotros, se siente verdaderamente demasiado solo. (Carson McCullers)



Si uno piensa en Carson McCullers, y uno debería habitualmente pensar en Carson McCullers, siempre se imagina a una adolescente, una niña adulta lúcida y fascinante. En su momento lo fue, pero la Carson en la que más tarde se convirtió tiene mucho y nada que ver con esa imagen: era una mujer enferma, tan enferma que escribir era al mismo tiempo un martirio y la única razón por la que superarse cada día, porque si había algo que Carson deseaba de veras era sobrevivir, y la escritura estaba fuertemente ligada a su propia supervivencia: pero para escribir debía sufrir unos dolores terribles. Sí, es cierto que la literatura de McCullers no necesita de justificaciones para ser admirada, desde luego se trata de una de las escritoras con más talento, pero no hay que obviar los esfuerzos físicos que Carson debía afrontar cada vez que quería dedicarse a aquello para lo que había nacido.

La vida y la historia de los grandes nombres de la literatura siempre están salpicadas de controversia, y en este caso no podía ser de otro modo, el personaje lo pide a gritos: no solo por ser temida y admirada, sino por ser verdaderamente particular —ambigua, terca y extravagante… contradictoria. Pero antes de empezar a hablar de lo que para los demás era Carson, hablemos de sus libros, sus personajes, su imaginario sudista, caracterizado por el hedonismo, la imaginación, la pereza y, sobre todo, la sensibilidad.

Cuando pienso en Carson McCullers, y habitualmente pienso en Carson McCullers, suelo equivocarme y recuerdo a Frankie; para mí, uno de sus personajes más memorables. No hay manera de deshacer a una de la otra, empezando por el conflicto con el nombre: Lula Carson y Frankie dan paso a Carson McCullers y F. Jasmine, y de ahí, de esa doble imagen de sí mismas, empiezan a brotar la polémica y las dudas, la confusión, el paso de la adolescencia a la madurez. Ambas quieren ser adoptadas, quieren pertenecer a otra tribu, ser miembro de (la boda de un hermano, por ejemplo): sus heroínas están cargadas, asumen la carga de Carson; de ahí, probablemente, de esa manera de desembarazarse de sus propios conflictos, de ahí la necesidad de seguir escribiendo a pesar de que su cuerpo se niegue a ponérselo fácil. Si Lula no puede ser Frankie, tendrá que ser Lula todo el tiempo: y eso es mucho peso para una persona como Carson.





Bailarina, pianista, lectora… Escritora
Cuando digo que McCullers era, sobre todo, una persona sensible, no me refiero únicamente a la sensibilidad emocional, sino también la artística. A través de sus cuentos podemos ver claramente qué cosas gustaban a Carson, qué cosas le desagradaban, de qué injusticias quería hablar, y es en su ficción donde encontramos a la más real de las Lulas: que quiso ser concertista de pianos podemos verlo gracias a sus cuentos, que en muchas ocasiones tienen la música como eje. También quiso ayudar a la economía familiar bailando, pero su padre le dijo, amablemente: «cariño, cuando crezcas, lo comprenderás todo mejor». Pero es probable que Carson jamás creciera lo suficiente para comprender ese tipo de cosas que una adolescente no puede comprender. Tocar el piano era una de las principales actividades de Lula Carson, cuando aún no se había convertido en la escritora McCullers, y una gran fuente de consuelo: a menudo el arte tenía que ver con su estabilidad.
Pero una neumonía con complicaciones a los quince años (que no resultó serlo y necesitaron treinta años para darse cuenta de que era una crisis de reumatismo articular agudo) y su convalecencia dan testimonio de la primera vez que Carson cambió de idea: sustituiría el piano por la escritura, se había decidido, quería dedicarse a la literatura. Por eso, cuando debe trabajar en lugares comunes, ordenados, disciplinados pero poco creativos, se siente tan frustrada. No deberá, de todos modos, tomar parte de la vulgaridad laboral. Con quince años, no son muchos los adolescentes que pueden elegir entre los diferentes dones que creen poseer, pero Carson Smith era excéntrica, rara, y estaba condenada a comunicarse a través del arte. Ya por entonces Carson empieza a ser, y no dejará nunca de serlo, una «rara muchacha con nombre masculino, a la que le gusta vestirse de hombre impulsada por un deseo más o menos consciente de travestirse».






Reeves McCullers, un narrador


Claro que tuvimos momentos felices, pero fueron precisamente esos momentos los que lo hicieron todo más difícil. Si Reeves hubiese sido un hombre enteramente malvado, habría sido un alivio para mí, pues habría podido dejarle sin librar tantos y tan duros combates. (Carson McCullers)



En 1935 ocurrió algo que cambiaría para siempre la vida de Carson, incluido el nombre y el apellido: conoce a Reeves McCullers, el que será su esposo. El flechazo es inmediato y el trágico final de la pareja aún queda lejos. Reeves quiere ser escritor pero le falta talento, a pesar de ser un gran narrador y acaparar la atención de todos cuando está contando alguna anécdota; Carson, en cambio, aún no es demasiado consciente de su vocación, pero tiene lo que su marido tanto anhela: la gracia para escribir. Ambos hacen un trato, una vez casados, para poder equilibrar la vocación y la vida práctica: durante un año, se dedicarán a escribir alternamente, y solo aquel que consiga salir airoso económicamente de la prueba, lo hará de manera continuada. Pero Reeves jamás tendrá la oportunidad de intentarlo, porque enseguida ambos se dan cuenta de que si en la pareja habrá un escritor, será Carson. La frustración que le supone a Reeves este descubrimiento es interminable y, probablemente, uno de los motivos de su suicidio, o el principio de una depresión que lo acapara todo. Carson, por entonces, empieza a sumergirse en lo que pronto será su modus operandi: las iluminaciones. Trabajando en sus personajes se da cuenta de que hay un momento en que sucede la iluminación, que es una especie de dictado que cambia el destino de sus personajes: es un fulgor, un destello que convierte a un hombre sin problemas en un sordomudo.


Mi comprensión es solo fragmentaria. Comprendo a los personajes, pero la novela en sí permanece en un estado de indefinición. La clave aparece a veces como por azar, en esos instantes que nadie, menos el autor, puede comprender. Instantes que, en mi caso, se dan generalmente tras un gran esfuerzo. Revelaciones que son la bendición del trabajo. Toda mi obra se ha escrito así. (Carson McCullers)





Reeves y Carson habían acordado alternar dos años de escritura que no se llevarán a cabo para él, y ahí empieza lo que después se convertirá en el funcionamiento de la relación: son dos amigos que llegan a acuerdos, en los que uno de los dos amigos cede —y este acostumbra a ser siempre Reeves. Para Carson, su marido es su doble, pero en bondadoso. Clarice Lispector decía que un escritor debía llevar una vida casi burguesa, porque su tarea le supone demasiado esfuerzo y dedicación, y en esta pareja de buenos amigos, uno malo y otro bueno, la burguesía intelectual sale a flote, y Reeves llegará a quejarse de que Carson descuida la casa: algo inusual para una mujer. También era inusual en una mujer la vestimenta y el comportamiento de Carson, y todo aquello que le pareció simpático cuando la conoció se le volvió en contra. Como dice Josyane Savigneau en la biografía de CIRCE, «en ese matrimonio, el escritor es ella».






Carson y la sexualidad
Su ambigüedad no era solo física, y no solo desconcertaba por su nombre masculino y su manera de comportarse: también sexualmente se ha dudado de ella. Aunque muchos afirman rotundamente que era homosexual y otros todo lo contrario, la sensación que se tiene tras leer con detenimiento su vida es que Carson amaba la belleza (una belleza subjetiva, no física) y el talento, y no le importaba si el poseedor de ambas cualidades era un hombre o una mujer. El sexo, en sus novelas, siempre está ligado a la vergüenza, a la repulsión, a la perfidia y a la violencia, escribe su biógrafa, y no se descarta que el amor que sentía Carson por ambos sexos fuera un amor infantil, inocente. Así, aparecen esas mujeres-fantasmas, esos amigos imaginarios conseguían desestabilizar al matrimonio; entre ellas, Katherine Anne Porter, Erika Mann o Annemarie Clarac-Schwarzenbach.



Finalmente, los McCullers dejan de ser marido y mujer, pero quedarán para siempre unidos, porque en algunas parejas la separación les une más que la convivencia, como en el caso de Carson y Reeves. Había una atracción que los repelía y los reclamaba constantemente, y Carson amó siempre a Reeves aunque es más que evidente que no eran compatibles. Pero entonces ocurre lo impensable: que el marido se convierte en el teniente McCullers y desde el centro de entrenamiento Camp Forrest le escribe una carta absolutamente tierna a Carson, que pronto adoptará con placer el rol de esposa de la guerra, deesperante. Precisamente porque en la distancia no deberán convivir, Carson y Reeves vivirán a través de la correspondencia un amor indestructible, tierno y puro, que no quedará manchado y roto por la vida diaria. En las cartas, Reeves es un hombre dócil y atento, dispuesto a hacer por Carson todo cuanto ella desee: parece que sí, que es el gemelo bueno, frente a la caprichosa y adolescente Carson. Esa es la imagen que muchos de los que la conocieron tienen de ella, que es la actitud un poco insolente pero sensible que tiene Frankie en la novela; Carson, además, debe combatir no solo contra su excesiva personalidad, sino también contra su enfermedad, que no la abandonará hasta el día de su muerte. Pero el narrador y la escritora están enamorados uno del otro, y Reeves conoce «ese pájaro salvaje que a veces se adueña» del corazón de Carson y la respeta y la acompaña, y es mucho más fácil ahora acompañarla, desde el ejército. Carson y Reeves vuelven a casarse, y cuando le preguntan a él por qué vuelve a hacerlo, dice que se ha casado de nuevo con ella porque cree que todos son abejorros, y que Carson es la reina de las abejas.




Iluminaciones, fulgor nocturno
Aunque esos dictados parecen magia, lo cierto es que Carson es una trabajadora incansable y una lectora voraz.


He hecho un pacto conmigo misma: tener acabada esta monstruosa historia el 15 de marzo. Esta mañana he estado trabajando varias horas. Pero es ese tipo de trabajo que el menor patinazo puede estropear. Algunas partes las he corregido al menos veinte veces. Tengo que acabar pronto y sacarme esto de la cabeza, pero, al mismo tiempo, tengo que conseguir que sea algo hermoso, muy bien hecho. Pues, al igual que para un poema, esa es su única justificación. Desde este punto de vista, la lectura de Henry James es un tanto desalentadora. […] Yo pensaba en lo muchísimo que le debo a Proust. No ya porque haya «influido en mi estilo» ni por nada similar, sino por la dicha de saber que existe algo que uno siempre puede tomar como referencia, un gran libro que jamás perderá su esplendor, que, por muy familiar que resulte, por mucho que se relea, jamás parecerá aburrido. (Carson McCullers)


Carson extrae material literario de sí misma, y su propio tejido emocional, tan variado y con tantos matices, consiguen perfilar a los personajes que habitan en sus cuentos y novelas. Si se lee la biografía después de haber disfrutado de toda su obra, se irán encontrando por aquí y por allá constantes referencias a su propia vida: el amor por la música, el alcoholismo, los sentimientos que Reeves despierta en ella, su propia transformación en otra persona en la madurez. Todo forma parte de Carson y de su obra, y por eso gran parte de lo que la escritora fue aparece en sus personajes. Su hermana Rita afirma que, «de todos los personajes creados por Carson McCullers, el que, según sus padres y amigos, se le asemeja más es Frankie: adolescente vulnerable, tan exasperante como atrayente, siempre en busca de su “nosotros”».






Enfermedad

Pero todo cuanto Carson puede ser queda anulado por su enfermedad, que le impide ser, para bien y para mal, todo lo que desea ser. Lo más importante: le dificulta la escritura y en más de una ocasión siente que su propia cura debe pasar por avanzar en su historia, pero se ve incapacitada físicamente. La frustración y la desesperación que despierta en ella la enfermedad es más de lo que Carson puede aceptar. Necesita crear, y hacerlo con cierto nivel, utilizar todo su talento para su obra, pero el dolor la paraliza demasiado. El final de su vida queda demasiado marcado por esta circunstancia, que todos ven como espectadores. «El dolor prácticamente jamás se apiada de mí», escribe Carson, y en 1948 intenta suicidarse cortándose las venas. Queda ingresada en un centro psiquiátrico que la destruye, porque su médico considera la escritura una neurosis en sí, pero McCullers se niega —renegar de su condición de escritora sería como hacerlo de su identidad. Entre ella y quienes la rodean intentan creer que la enfermedad es psicosomática, y en realidad, ojalá lo hubiera sido.
Carson deberá volver a familiarizarse con los hospitales tras sufrir un aborto natural, aunque en su autobiografía se empeña en culpar a su madre, que la obliga a deshacerse de un hijo. No se sabe muy bien por qué Carson tendía a inventar parte de la realidad, qué conseguía con ello, ni en qué medida era consciente de su mentira, o si era su manera de combatir su propia circunstancia. En cualquier caso, no deja de haber versiones y versiones sobre un mismo hecho, incluso sobre su relación con Reeves hay una manera fría de contar, en cartas, sus sentimientos, mientras sus hechos se empeñan en contradecirla o, cuanto menos, poner en cuarentena su verdad. Pero, a pesar de todo, y con todo me refiero a su mala salud, Carson continúa adelante y concentra toda su energía en su obra: en los guiones de sus novelas, en su éxito, en las opiniones de los demás. Odiada y admirada, siempre. Sin investigar mucho, por autores como Arthur Miller, que dice haber leído y disfrutado de algunas de sus historias pero no recuerda ningún título: era, bajo su criterio, una autora menor y por eso le dedica su indiferencia y su mala memoria. Era experta en despertar animadversión, lo cual hacía que su talento fuera, para los demás, algo molesto. ¿Por qué iba a ser tan complicado admirar a Carson siendo un conocido suyo, sino por lo que opinaban de ella como persona y no como escritora? La pequeña Faulkner no deja de ponerse trabas, y los demás aceptan estas trabas para no tener que reverenciar el excelente trabajo que lleva a cabo, el gran retrato que hace de la sociedad sureña.


Confío en que sus futuros biógrafos no pretendan hacerla pasar a la posteridad toda vestida de blanco o con una aureola. Carson era una perra, y no quiero que aparezca como un ángel. (Robert Walden)

Todo cuanto yo pudiera decirle acerca de ella podría ser negado por cualquier otra persona, y ambos testimonios serían igualmente ciertos. Carson era el ser más angelical del mundo, y al mismo tiempo el más infernal, el más odioso de los demonios. (Arnold Saint Subber)




En la salud y en la enfermedad
Carson quiere ser capaz de escribir, sin embargo, «tanto en la enfermedad como en la salud pues, de hecho, mi salud depende casi completamente de mi posibilidad de escribir». Después de que en 1953 Reeves se suicide en un hotel parisino, y teniendo en cuenta que la enfermedad y la parálisis del cuerpo le impiden tener vida más allá de la escritura, Carson pone un único objetivo en su vida: seguir creando para seguir sobreviviendo. Así, las últimas páginas de su biografía giran en torno a la figura de su médico, Mary Mercer, y sus dudas sobre si amputarse la pierna inválida o no, sobre su dolor y su literatura. Al principio decía que la calidad de Carson McCullers es incuestionable y lo sería aunque hubiera sido una persona sana, pero además no lo fue. El 15 de agosto de 1967, Carson sufre un nuevo ataque cerebral: después de superar un cáncer de mama y de más operaciones de las que cabe imaginar, finalmente McCullers entra en coma. El ataque le ha paralizado todo el lado derecho, es decir, el bueno, y sabiamente su cuerpo decide no despertar más a Carson: sin el lado bueno, todo su cuerpo, dispuesto para la escritura, le resultará inútil.


Carson era justo lo opuesto una persona suicida. Lo opuesto a una mujer quejumbrosa, autocompasiva. Era… sí… una escritora magnífica, un ser magnífico. Una naturaleza. Una persona. Eso es lo que hay que comprender. (Mary Mercer)



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