miércoles, 7 de enero de 2015

Descartes, Pierre de la Ramée… / Luciano Canfora





Descartes, Pierre de la Ramée… 

“La vida no fue tan despiadada con Damascio. Cuando era ya viejo y vivía y trabajaba en Atenas junto a otros neoplatónicos, Justiniano cerró la escuela platónica (en el 529 d.C.), expulsando de la ciudad a él y a sus compañeros. El grupo huyó a Persia gracias a Chosroes I, soberano curioso de la filosofía, quien en el 531 obtuvo para Damascio el derecho de regresar a territorio del imperio y la garantía de que podría profesar libremente el platonismo. Este derecho fue ratificado en el tratado de paz entre Justiniano y Chosroes. Es digno de notarse la forma en que, en el crepúsculo del pensamiento griego, la libertad de filosofar debía ser garantizada, contra el cristianismo emperador, por el último gran soberano persa de la dinastía de los sasánidas.

Los caminos de la libertad son los más variados, y el Espíritu no sopla donde quiere sino donde puede. Es cierto que para Justiniano aquella fue una gran concesión, si se tiene en cuenta que, bajo su gobierno, los fanáticos seguidores del cristianismo se dedicaron a quemar y destrozar los libros y las obras de arte griego, y arrojarlos al foso “como condenados a muerte”.

Existe una diferencia capital entre destrozar una estatua o un libro, y asesinar a una persona. Pero, por desgracia, la muerte de Hipatia no fue un hecho aislado. No seguiremos el desarrollo de la tortuosa historia del pensamiento, pero nos permitiremos extraer de las fuentes dos pequeños fragmentos de ese desarrollo. Se refieren a dos figuras de la edad moderna, en cierto sentido opuestas entre sí: el imprudente Pierre de la Ramée y el muy prudente Descartes.

Pierre de la Ramée había desafiado a la Universidad de París, donde se dedicó a combatir el aristotelismo dominante; obtuvo asilo en los países prostentantes, donde desarrolló su labor docente. Tachado de hugonote por sus compatriotas, en la noche de San Bartolomé –el 27 de de agosto de 1572- fue descubierto por sicarios católicos y asesinado en el acto. Después de matarlo le arrancaron el corazón, para exhibirlo por las calles como un trofeo.



Descartes era, en cambio, un hombre sereno y sabio; nunca emprendía un viaje sin reflexionar largamente acerca de su conveniencia. Durante casi un año, de febrero a septiembre, había dudado acerca de si aceptar o no la invitación de Cristina de Suecia para desplazarse a la fría ciudad de Estocolmo, con el objeto de exponer ante la soberana, aún protestante por entonces, los principios de su filosofía. Finalmente se decidió a partir, cosa que hizo el 1 de septiembre de 1649. Ignoraba que mientras él se encaminaba hacia Suecia otro hombre había partido, de Roma en este caso, con el firme propósito de convertir a la reina: era el padre jesuita Viogué.

La muerte de Descartes, acaecida en Estocolmo el 11 de febrero de 1650, fue atribuida durante siglos a una pulmonía causada por el duro invierno sueco. El mismo Viogué se encargó de dar la extremaunción al filósofo, que agonizaba en el edificio de la legación francesa. En una vertiginosa sucesión de acontecimientos, apenas unos meses más tarde, Cristina declaró su voluntad de abdicar; en agosto de ese año envió a Roma al jesuita Antonio Macedo para que informara de su voluntad de convertirse al catolicismo. Pocos repararon en el epitafio que, en mayo, Pierre Chanut había hecho colocar sobre la tumba de su amigo Descartes: “Expió los ataques de sus rivales con la pureza de su vida”. El documento revelador no saldría a la luz hasta tres siglos más tarde. En 1980, el historiador y médico alemán Eike Pies descubrió en Leiden, en el archivo de los manuscritos occidentales de la Rijksuniversiteit, una carta secreta dirigida a un antepasado suyo. La había escrito, pocas horas después de la muerte de Descartes, el holandés Johann Van Wullen a su colega Willem Pies, médico personal de Cristina. Lo hizo con gran astucia, escondiendo, tras informaciones ociosas y después de una aparente adhesión a la tesis oficial de la pulmonía, la noticia que quería hacer llegar por lo menos a la “libre” Holanda: Descartes había sido envenenado. Viogué –podemos concluir- había cumplido con su misión.






Luciano Canfora, “Una profesión peligrosa. La vida cotidiana de los filósofos griegos”.


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