lunes, 19 de enero de 2015

Gregorio Morán, “El maestro en el erial”.




“Un conservador que contempla, desde las marginalidades de Lisboa o Madrid, el paisaje después de la gran batalla mundial, y que afirma con desparpajo reaccionario:

‘Casi todo es hoy en Occidente ruina, pero bien entendido, no por la guerra (subrayado suyo). La ruina preexistía, estaba ahí ya… Está en ruinas casi todo, desde las instituciones políticas hasta el teatro, pasando por todos los demás géneros literarios y todas las demás artes. Está en ruina la pintura –sus escombros son el cubismo-; por ellos, los cuadros de Picasso tienen un aspecto de casa en derribo o rincón del Rastro. Está en ruina la música –el Stravinsky de los últimos años es un ejemplo de detritus musical-. Está en ruina la economía… En fin, está en ruina, en grave ruina, hasta la femineidad’.





Hubo dos elementos que distinguieron la conferencia del Ateneo de Madrid de la anterior. El primero y primordial, el contexto que rodeaba a este Ortega que volvía para inaugurar las sesiones del Ateneo, donde confesó públicamente que hacía ‘más de veinte años que no hablaba en esta casa’. El otro, unas frases a modo de sintética reflexión que habrían de causar pasmo entre los presentes, ya se tratara de críticos o partidarios. Fueron un par de cuartillas que hicieron de introducción al texto leído en Lisboa y que dejaron al personal literalmente estupefacto. A unos, la mayoría de los presentes, porque se interpretaron con justeza como una confirmación de que Ortega estaba con ellos, es decir, con el régimen. A los otros, los emboscados del miedo y la esperanza, porque llegaron al convencimiento de que don José había perdido una vez más el norte de la realidad, su autenticidad, como hubiera escrito él mismo.

Acababa de hacerse el silencio en la sala después de la prolongada ovación que le recibió, cuando don José Ortega y Gasset abrió su esperada comparecencia pública con un símil, muy del gusto de la época, entre el Cid Campeador cuando vuelve de su expatriación en tierra de moros y él, ambos viejos aunque ‘florecidos’ –le faltaban cinco días para cumplir los sesenta y tres años-. Hizo un vibrante llamamiento a la juventud, con la que tenía que ‘verse las caras’ y hablar ‘larga y enérgicamente’. Pero lo que conmovió a los presentes y quedaría como resumen de su estelar aparición en aquella España fueron estas palabras:



‘Por primera vez, tras enormes angustias y tártagos, España tiene suerte. Pese a ciertas menudas apariencias, a breves nubarrones que no pasan de ser meteorológicas anécdotas, el horizonte de España está despejado… Mientras los demás pueblos se hallan enfermos…, el nuestro, lleno, sin duda, de defectos y pésimos hábitos, da la casualidad que ha salido de esta etapa turbia y turbulenta época con una sorprendente, casi indecente salud’.

Cuando llegó aquí se produjo una atronadora salva de aplausos según transcriben periodistas y testigos de entonces.
Afirmar en mayo de 1946, a menos de un año del final de la segunda gran guerra, con el régimen a la busca de salvavidas y unos niveles de represión, violencia y hambre inauditos, que la salud del país era, de puro plena, ‘insultante’, o se interpretaba como un requiebro para el Sistema o como un insulto para quienes estaban al margen de él. Así ocurrió. Mientras las instituciones no cabían en sí de gozo ante aquel regalo, los que sobrevivían en aquellos años infamantes de posguerra y que conservaban de nuestro taciturno pensador cierto halo liberal y a contracorriente, se sintieron defraudados. Una salud ‘casi indecente’ era un insulto a la inteligencia en el periodo más siniestro y castrador de la historia española del siglo XX.

La expresión de Ortega respondía coherentemente a su pensamiento y contenía también esa dosis inveterada de confianza en sí mismo. Partía de un análisis equivocado de la situación del régimen, de sus planes y sobre todo de las escasas posibilidades que él tenía de ejercer influencia real en aquella paramera intelectual que eran las instituciones oficiales; ya se tratara de la Universidad, la Cultura o el Estado. Tardaría algunas semanas en enterarse y a consecuencia de ello sufrirá una depresión que le tendrá prácticamente imposibilitado para el trabajo intelectual durante diez meses. Nunca volverá a intentar algo semejante, aunque, todo hay que decirlo, una vez convenientemente instrumentalizado, el régimen no le concederá una segunda oportunidad. Le usó en momento tan crucial como mayo de 1946 y luego le sometió a una rigurosa cura de silencio y ostracismo. Pero al calor del entusiasmo, entonces no pensaba así y prueba de ello es la iniciativa que emprende relacionada con el Generalísimo Franco.

A petición suya, el secretario general de Propaganda, Pedro Rocamora, de quien dependía el Ateneo y en el que ejercía de presidente, solicita audiencia al Caudillo para transmitirle un mensaje. Según testimonio personal del propio Rocamora, sabedor de su relativa entidad en el engranaje del régimen, transmitió a su superior inmediato, el ministro de Educación Nacional, Ibáñez Martín, la intención de Ortega. El ministro, que era un veterano de la política y un buen conocedor de la personalidad de Franco, no por nada llevaba en el gobierno desde 1939, le sugirió que nadie mejor  que el propio Rocamora para llevarle al Generalísimo las dos sutilezas que el maestro Ortega tenía interés en hacer llegar a la máxima autoridad del Estado.

Pedro Rocamora era hombre fuera de toda sospecha, no sólo en virtud del cargo, muy importante en una época en la que dirigir la Secretaría de Propaganda era tanto como llevar la imagen del Sistema, pertenecía también a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Dirigirá el Ateneo hasta que sea desplazado por los hombres del Opus Dei, años más tarde. Pero lo suyo era la propaganda y con esa misión había visitado a Ortega y Gasset en Lisboa a comienzos de 1946, aprovechando una entrevista con su homólogo en la propaganda de la dictadura zalazarista. Él interesó al filósofo para que reinaugurara el Ateneo. Sus conversaciones se hicieron frecuentes y el respeto hacia Ortega de Rocamora, un joven profesor a la sazón de la facultad de derecho de Madrid, era sumisión discipular.



Pedro Rocamora llevaba el encargo de plantearle al Generalísimo Franco dos inquietudes de don José Ortega y Gasset de las que quería hacer partícipe al Caudillo y del que sabía que sin su aquiescencia nunca hubiera podido conferenciar en el Ateneo de Madrid. La primera se reducía a una pregunta de tipo socrático, dicho sea sin ánimo de ofender, y capaz de recibir varias interpretaciones. ‘Excelencia, don José quisiera saber quién le hace los discursos’. Lo que interpretado por Rocamora, años más tarde, tenía una versión menos directa  e iría en el sentido más sugerente de ‘Excelencia, don José quisiera saber si usted está contento con quien le redacta los discursos’. De todos modos, para él, como para cualquier interlocutor mínimamente avispado, no se podía ocultar que no había otra intención que la de proponerse a sí mismo como susceptible orientador o supervisor de algún o algunos futuros y transcendentales –en la creencia de Ortega de la inminente transición- discursos de Franco.




La otra ‘inquietud’ del filósofo consistía en plantear a su Excelencia algo que se había hecho bastante conocido en las comidillas orteguianas madrileñas: ‘Si le permitían decir las dos o tres cosas que no le gustaban del régimen, podría entonces afirmar las otras cosas que le satisfacían’. Según testimonio de Rocamora –el único posible, porque el resto ha fallecido, y de este tipo de encuentros no quedan huellas-, a quien cabe creer o no, pero que resulta un tanto improcedente pensar que se lo inventara todo, el Generalísimo tuvo una respuesta tan propia de Francisco Franco que facilita la verosimilitud de esta gestión: ‘El Generalísimo me escuchó con atención, apenas unos minutos, y luego se levantó, como dando por terminada la audiencia. Dio unos pasos hacia la puerta para despedirme y sólo me respondió “Rocamora, Rocamora, no se fie usted de los intelectuales’. Eso fue todo.

Este mismo Rocamora, un tanto corrido en su experiencia de mediador entre los que él consideraba como los dos césares del mundo hispánico, Franco como gobernante y Ortega como pensador, transmitió a éste de la mejor manera el fracaso de su misión. Ortega y Gasset, fiel a sí mismo, zanjó el asunto con una frase que a decir verdad añade aún mayor verosimilitud a esta historia, porque tanto aquélla como ésta traducen fielmente la personalidad de los protagonistas: ‘¡Él se lo pierde!’. Y al parecer no se habló más del asunto.”




Gregorio Morán, “El maestro en el erial”.


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