miércoles, 14 de enero de 2015

Luciano Canfora (“Una profesión peligrosa – La vida de los filósofos griegos”)




 “Yo nunca he sido maestro de nadie, pero si alguien, joven o viejo, desea escucharme mientras hablo y mientras busco cumplir con mis objetivos, no lo rechazo”.
(Sócrates)

“El compromiso político con el presente inmediato –el que está aquí, al alcance de la mano- no puede esquivarse sino con vileza”
(Platón)

“Nadie por ser joven retarde el filosofar, ni por ser viejo se canse de filosofar, pues nadie es poco ni demasiado maduro para lo que proporciona la salud de su alma. Quien dice que todavía no es tiempo de filosofar o que le ha pasado la edad, se parece a quien dice que todavía no es el momento de la felicidad o que ya ha pasado”.
(Epicuro)

“…y de noche y de día no sosiegan
por oro amontonar y ser tiranos”
(Lucrecio)






“Epicuro subvierte así el sentido común: “Nada de temible hay, en efecto, en la existencia para quien haya comprendido que nada hay de terrible en la no existencia”. (…) “De modo que quien afirma que teme la muerte es necio, no porque se dolerá cuando ésta se presente, sino porque, previéndola, se duele. Pues si lo que es presente no nos conturba, vanamente producirá dolor cuando se espera. Entonces, el más horrible de los males, la muerte, nada es para nosotros: cuando existimos la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, ya no existimos”.

“…si por tanto el alma es mortal, todo aquello que una tradición milenaria ha acumulado acerca de los castigos eternos que nos esperan en el más allá carece de fundamento. Los terroríficos discursos sobre el Hades, el Aqueronte, los sufrimientos de las almas y todo el aparato teórico y práctico ligado a este mundo inventado se desvanecen  como nieve al sol: sencillamente se desvanecen. En todo caso dejan al desnudo la pregunta acerca de por qué han surgido alguna vez. Lucrecio es muy claro e insistente sobre este punto: existe una casta sacerdotal que quiere ejercer un control espiritual sobre los seres humanos. Lo dice al principio del poema, dirigiéndose a su destinatario o lector: “De aterradores cuentos fatigado (terriloquis dictis) / referidos por todos (quovis tempore) los poetas / quizás huirás de mí también tú, Memmio.” Se halla aquí con toda claridad la idea acerca del interés de determinadas personas en mantener a los hombres en la ignorancia, con el miedo al más allá como instrumento principal. Estamos ante uno de los puntos más delicados para Lucrecio. Su diagnóstico no se aparta, de todas formas, de la tradición crítica, que se remonta a la sofística y se halla documentada, para nosotros, en el Sísifo, drama satírico de Critias, en el que la invención del más allá como sede de los padecimientos eternos para asustar en el más acá es presentada como el invento de alguien que quería afianzar su control sobre el comportamiento de los humanos.

  Sin embargo, lo que distingue el antiguo descubrimiento sofístico –la "invención de los dioses”- de la científica predicación epicúrea acerca de la inexistencia de las penas ultraterrenas es la diversa eficacia ética de sus puntos de vista. Epicuro y sus seguidores se ubican en los antípodas de la indiferencia ética de los sofistas, o al menos de algunos de ellos. Para Epicuro y su escuela, la revelación de la simple verdad según la cual la muerte es el final de todo y no existen “segundos tiempos” que nos esperan, implica una ética del todo terrenal y por tanto más austera. Todo el partido se juega aquí y no existe un después que imponga normas de comportamiento. Hay que hacer el bien no por razones exteriores sino porque debes hacerlo aquí como fuente de tu felicidad aquí. El punto culminante de esta elevada ética laica es que el bien es la fuente de la felicidad y el bienestar: el altruismo –dicho en lenguaje de los utilitaristas ingleses- aparece como la forma suprema y no perniciosa del “egoísmo”.

 Luciano Canfora (“Una profesión peligrosa – La vida de los filósofos griegos”)


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