jueves, 15 de enero de 2015

SUBCOMANDANTE MOISÉS / DE LA HISTERIA COMO MÉTODO DE ANÁLISIS Y GUÍA PARA LA ACCIÓN




DE LA HISTERIA COMO MÉTODO DE ANÁLISIS Y GUÍA PARA LA ACCIÓN


Nosotras, nosotros, zapatistas, acá estamos. Desde acá los miramos, escuchamos, leemos.
En las recientes movilizaciones por la verdad y la justicia para los normalistas de Ayotzinapa, se ha repetido la disputa por imponer el carácter de las movilizaciones, ahora llegando a la criminalización de quienes coinciden con un estereotipo trabajado: jóvenes, con el rostro cubierto, vestidos de negro, y que son o parecen anarquistas. En suma, son mal portados. Y como tales deben ser expulsados, señalados, detenidos, amarrados, entregados a la policía o a la justa ira de los sectores progresistas.
A esto se ha llegado con reacciones coincidentes o cercanas a la histeria en algunos casos, y a la esquizofrenia en otros, impidiendo una argumentación razonada y un debate necesario.
Aunque ya habíamos presenciado esto antes (en la huelga de la UNAM 1999-2000, en 2005-2006, en 2010-2012), el relanzamiento de este método de análisis y guía para la acción de la izquierda bien portada, permite algunas reflexiones:
Los familiares y compañeros de los asesinados y desaparecidos de Ayotzinapa, como los de decenas de miles de desaparecid@s y asesinad@s, no piden caridad o lástima, demandan verdad y justicia.
¿Quién es quién para decir que esas demandas, que son las de cualquier ser humano en cualquier parte del mundo, tienen que expresarse de tal o cual forma? ¿Quién escribe el “manual de buenos y malos modos” para expresar el dolor, la rabia, la inconformidad?
Pero bueno, se puede y debe debatir cómo abraza más y mejor la palabra “compañer@”. Si con una voz engolada en lo alto de un templete o si con un vidrio roto. Si con un “Trending Topic” o si con una patrulla policial en llamas. Si con un blog o con un grafiti. O tal vez con todas o tal vez con ninguna de ellas, y cada quién con su cada cual crea, construye, levanta su modo de apoyar.
Pero ni siquiera quienes tienen la autoridad moral y la estatura humana para decir “así sí” o “así no”, es decir, los familiares y compañeros de los que faltan de Ayotzinapa, lo han hecho.
Entonces, ¿quién ha otorgado los cargos de comisarios del buen comportamiento para el apoyo y la solidaridad? ¿De dónde viene ese alegre señalar a unos y a otras como “agentes gubernamentales”, “infiltrad@s” y, ¡horror de horrores!, “anarquistas”?
/ Es ridículo que se argumente “ésos no son estudiantes, son anarquistas“. Cualquier anarquista tiene más bagaje cultural y conocimientos científicos y técnicos que el promedio de quienes, como policías del pensamiento, los señalan y piden para ell@s la hoguera. Y ni hablar de quienes enarbolan y se enorgullecen de la estupidez y la ilegalidad como método policíaco (“le guste a quien le guste”) en el gobierno de la Ciudad de México. /
Pero, claro, se puede inventar un monigote a modo (una especie de anarquista insurreccional región 4) y ridiculizarlo confeccionándole un cuerpo teórico caricaturizado, para que así pueda ser despachado sin contratiempos en cualquier ministerio público mediático o judicial (claro, si es grabada en video su detención, si no, pues, ¿quién lo va a extrañar?). Después de todo, la información “periodística” viene de fuentes confiables: las delaciones y la policía política.
No es lo mismo señalar (quien señala acusa, juzga y condena, y demanda que la policía ejecute la sentencia), que debatir. Porque para señalar sólo es necesario estar a la moda (lo que es cómodo, fácil y, bueno, sí, aumentan los “likes” y los “follows“). Para señalar no se necesita una investigación argumentada, basta “postear” algunas fotos.
Así nacen los grandes romances entre l@s “líderes de opinión” y las masas de “seguidores”: la fe ciega sintetizada en 140 caracteres.
Del “yo te sigo y tú me sigues” a “y vivieron muy felices”, de ahí a “No me amas porque no me das RT ni Fav ni like. Cambiaré de Sinsajo”.
Para debatir hay que investigar (órales: tras que hay diferentes anarquismos; órales reiterado: tras que la “acción directa” no es necesariamente violenta), pensar, argumentar y, ¡arghhh!, lo más peligroso y difícil: razonar.
Debatir es difícil e incómodo. Y hay consecuencias para quien debate (digo, además de los pulgares abajo, los dedos medios arriba y los “ya no te sigo” en cascada).
Ni modos, luego hay gente que no camina por la vida tratando de agradar, conformar, encajar, atraer.
Detrás de cada ser crítico hay una larga lista de “seguidores” desertando, mudándose a donde no haya que pensar y el RT no sea un autogol.
Y cuando el periodismo progre suple las funciones de ministerio público y acusa, interroga, concluye y condena, ¿señala o debate?
¿O se trata de debatir así? ¿L@s anarquistas en las cárceles o perseguid@s o exiliad@s, y las buenas conciencias en los editoriales, los micrófonos y el azul trinar?
Ok, ok, ok. ¿Pero estamos de acuerdo en apoyar a los familiares y compañeros de los asesinados y desaparecidos de Ayotzinapa, o eso ya no importa?
¿Tampoco los infantes de la guardería ABC, los desaparecidos de Coahuila, los migrantes ignorados, los “daños colaterales” de la guerra, la mujeres violentadas y asesinadas todos los días a todas horas en todos los lugares en todas las ideologías?
¿Sólo importan el cambio de nombre de quien se sienta en la silla o el promover el empleo en las empresas de vidrios, cristales y anaqueles?
A quienes insisten en el camino electoral como única y excluyente opción, no se les ha acusado de “infiltrados”, “policías”, “provocadores” o “soldados de la sedena vestidos de civil”. Se les acusa de ilusos, ingenuos, bobos, tontos, buscachambas, oportunistas, intolerantes, ambiciosos, buitres, tiranos y déspotas. Bueno, también de fascistas. Pero no de “infiltrados”, aunque más de un@ cumple a cabalidad con el perfil real de agente gubernamental y policía político.
Sabemos que unos y otros son grandes estrategas (basta ver los logros que han obtenido), piensan, proponen e imponen que “hay que trascender la movilización”. Los unos con marchas bien vestidas y educadas buscando contener y encauzar; los otros con la acción directa, violenta y excluyente de la rabia.
Unos y otros con el afán vanguardista, de élite exclusiva, de dirigir, hegemonizar y homogeneizar la diversidad en modos, tiempos y lugares.






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