miércoles, 4 de febrero de 2015

“Casta eres tú” / JOSÉ LUIS MORENO PESTAÑA






“Casta eres tú”. Más sobre la corrupción universitaria y las variantes del género epidíctico  /  Fuera de clase


Las oposiciones míticas tienen una virtud: ayudan a agrupar la rabia o el orgullo porque resultan muy fáciles de movilizar.  Cada uno pone las fronteras del bien y el mal donde buenamente le place. Gustavo Bueno constataba, con gracia aristotélica, que ese efecto epidíctico (según Aristóteles argumentos que buscan halagar sutilmente al lector) en La rebelión de las masas. Quien adhería a las tesis de Ortega, señalaba Bueno, se sentía minoría egregia.  Poesía eres tú escuché alguna vez en el momento granadino de mi juventud para decirle (nunca a mí, por desgracia) cuanto de sublime se escondía en la gracia y la anatomía de (casi siempre…) la interpelada. En la cuarentena parece que queda asistir nuevas declinaciones del género epidíctico, ahora sin Becquer, y con la casta por motivo.

Porque con “casta eres tú” llevamos un tiempo respecto de la universidad. Hace una semana recordaba lo extraño que resultaba escuchar algún argumento de los críticos jóvenes de la casta. En mi entrada intentaba decirles que la degradación del trabajo intelectual y científico, si existía, era una empresa colectiva, en la cual debían llamarse a declarar no un patrón mítico (el “mandarín” mediocre que no desea que lo evalúen ni jugar a la selección de las especies neoliberal: ¿dónde se encuentra dicho sujeto? Y por supuesto, ¿queda claro que ese mandarín ha perjudicado a los denunciantes?) sino decisiones políticas, profesores y, por supuesto, alumnos y jóvenes investigadores y aprendices. Mucho de lo que critican es cierto pero a veces desde presupuestos discutibles: los buenos, los no serviles, los productivos somos nosotros. Releer a Bourdieu no está mal y fijarse, en Homo academicus, en las estrategias retóricas de los pretendientes desclasados: yo creo que contribuye a relativizar los enfados y a colocarlos en coordenadas sociales más amplias. Los describe analizando Mayo del 68, como vuelven a estar presentes en la disección de la bohemia en el maravilloso Manet. Pero es que Bourdieu no da mucho para el género epidíctico ¡es lo que tiene el racionalismo!




Esta semana ha sido Félix de Azúa quien activa el “casta eres tú” dirigiéndose a los líderes y hasta a los apoyos de Podemos. El diagnóstico de la universidad es el mismo, ese que tanto le gusta a los que jalean el tremendismo sobre el mundo académico a izquierda y a derecha. Vivimos en un erial poblado de enanos. El talento, a lo que se ve, queda fuera. Lo tienen ellos.

A Félix de Azúa le ha respondido con presteza Luis Roca trazando una trayectoria.  He leído  muchos libros de Azúa, apreciando algunos y otros no. En sus artículos hace tiempo que me di cuenta que es un hombre que tira alguna vez de solapas de libros y de hablar de oídas (recuerdo uno sobre Foucault al que le respondió Fernando Álvarez Uría que era de chiste). Pero existe mucho moralista que cuenta y escribe lo que oye en las cañas y en el copeo, así que no es nada singular. Pero vamos al asunto de la corrupción y a la idea de si para entrar y permanecer en la universidad debemos ser casta y, por tanto, nuestros conciudadanos deben protegerse de las revoluciones de profesores. Aunque sea aburrido permítanme un reflexión de modestísimo practicante de la sociología de los intelectuales.

Quien investiga a los intelectuales, porque le interesan las raíces sociales de las ideas, pronto llega a algunas conclusiones básicas: el origen de clase en el campo de la cultura es tendencialmente más efectivo que en el del simple poder económico; ese origen de clase provee contactos y modos de consagración que representan una ventaja comparativa y permite acelerar las carreras, en fin, raros son los intelectuales que no marchan con las secuencias políticas de su unidad generacional: en España, como por todas partes en nuestro área, estas fueron, en tiempo reciente, extremismo lunático (nadie a mi izquierda, es lo único que produce rentabilidad, porque pocos se atreven a ello: nosotros somos o falangistas o de HB decía Eduardo Haro Ibars), luego socialdemocracia y posteriormente liberalismo desengañado en diversas vertientes. Las transiciones no son homogéneas porque el mundo social y cultural tiene diferentes lógicas operando, pero básicamente tal fue la tendencia dominante. Cuando se ponen en una columna las trayectorias institucionales y los pasos políticos las conclusiones suelen ser jugosas. La verdad es que la interpretación cae, casi siempre, por su propio peso. En otros casos no y eso es lo fascinante del trabajo científico y lo que lo vuelve inservible para las cabriolas epidícticas.


 
Ver, sigo en eso el razonamiento de Luis Roca, a uno de los ejemplos mayúsculos de esa trayectoria hablando de sumisión y de corrupción es divertido y sintomático. Si entendemos la corrupción como búsqueda objetiva de prebendas, seguro que Félix de Azua no tiene ni un pelo de corrupto, ninguno. Si nos referimos a personas que acumulan todas las promociones sin ni siquiera perseguirlo, adaptándose simplemente a los ritmos de su entorno, la cosa es evidente. Esto no merma su talento, como tampoco el servilismo merma el del servil. Lope de Vega (Juan Carlos Rodríguez lo describió en su libro sobre Cervantes) era un rastrero con el Duque de Sessa y por ello se transforma de Fénix en pajarraco.

La corrupción explícita es el arma del capital social de los pobres en redes. Existe una amplia literatura al respecto: Gramsci hablaba de la traición y la soledad del becario. Richard Hoggart describía el dolor del universitario de clase obrera, condenado a un cambio constante de referentes; en fin, Raymond Aron, muy liberal y paretiano él, recordaba tales traumas para justificar la crítica de la movilidad social. Dos de sus discípulos (Paul Veyne y Jean-Claude Passeron: ambos dos de orígenes modestísimos) lo han contado: ¿para qué elevar a los pobres, decía es hombre sabio,  algo que cuesta mucho y es desgarrador para los interfectos? ¿No es mejor dejarlos en paz, no fastidiar a sus papás, sus amigos y sus novias juveniles? Para qué producir elites melancólicas cuando las existentes facturan a sus retoños sin agobios, tan ricamente, por derecho natural, porque son los mejores, vaya?

Porque Aron tenía una ideología terrible pero no era un hipócrita. La corrupción es el capital que le queda al que carece de capital social o que tiene unos contactos que, por desgracia, no funcionan como capital en mercado alguno: si quiere ascender debe de abandonarlos. Pero cuando te examine aquel con el que pasas las vacaciones, te selecciona aquel que estudió con tu padre todo eso permite, y nuestra conciencia queda impecable, la reproducción de las dinastías de clase en las instituciones.


 
Ese es el gran atentado a la meritocracia liberal. Como toda buena idea, la meritocracia tiende a ser traicionada por su utilización filistea y uno debe recordar sus principios para combatir a sus interesados turiferarios. Obviamente, la corrupción debemos combatirla con el código penal y la reproducción con políticas publicas inteligentes: son órdenes de imputación diferentes y no cabe perseguir a nadie porque se enamore por casualidad -y por causalidad- de quien se tiene que enamorar o se vaya de farra por casualidad - y por causalidad- con el que se tiene que ir.

Pero el gran problema de las redes de influencia no es el del que ofrece el servilismo, sino las de los intercambio de favores característicos de las clases altas, que marca su ritmo de vida y sus contacto con casi todos los aparatos públicos. Cada día que uno se pasea entre gentes con alcurnia lo capta: yo conozco a alguien, escucha uno a menudo cuando de contactar con algún servicio administrativo se trata. Y entonces no queda sino pensar: ¡qué terrible es la vida de quien no conoce a nadie!

De todo eso se habla poco o nada. Así que si vamos a continuar con el género epidíctico vamos a tener que ponernos flamencos. Podría pedirse a cada usuario del género que suba los currículos a internet, las tesis, las biografías, del susodicho y sus conexiones con los susodichos que los consagraron, les publicaron, los reseñaron y los protegieron. De camino, oye, nos facilitan el trabajo a los sociólogos del conocimiento. Investigar a las elites, siempre es muy difícil y exige burlar múltiples barreras: prometemos intentar tratarlos sin recurrir a lo epidíctico.

Porque si lo que preocupa es que un grupo de universitarios, de Ciencias Políticas, encaucen el descontento social pues no entiendo el reproche. Demuestra que, con todos sus defectos, son la universidad forma a personas inteligentísimas, que se han tomado en serio a su país y que han sabido abandonar el juego del nadie a mi izquierda. Son de Políticas, ¿a qué debían dedicarse? ¿A escribir papers nada más? ¿Tuvieron una juventud radical? ¿Y vosotros? Si tan mala era, ¿no es buena señal el que hayan cambiado? Están triunfado en política, ¿no indica lo cual que piensan en algo más que en impactar en una cafetería de facultad y que se toman en serio el sufrimiento de sus conciudadanos? Y conste que lo de la casta no me gusta un pelo quizá porque el género epidíctico no sabes nunca en qué manos cae y a quién servirá para salpicar.

Mas empezamos con una comparación con Ortega que tiene su puntito injusto. Ortega aclara, siempre que puede, que masa existe en cada uno de nosotros y que es, en parte, algo consustancial a la experiencia moderna. Los de la casta, sin embargo, siempre son los otros. Lo siento pero no me lo creo.


JOSÉ LUIS MORENO PESTAÑA
 

Fuente: https://www.diagonalperiodico.net/blogs/fuera-clase/casta-eres-tu-mas-sobre-la-corrupcion-universitaria-y-variantes-del-genero


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