viernes, 27 de febrero de 2015

“El silencio atómico” / Miguel Muñiz




“El silencio atómico” 

“Es curioso que entonces la crítica de la presencia del franquismo en todas las instituciones, como no podía ser de otro modo, partía de la obviedad de que estaban tan en evidente declive y desaparición que no merecía la pena insistir en ello. Había tareas más importantes para la inteligencia.”

Gregorio Morán, El cura y los mandarines (p. 586), refiriéndose a la presencia del franquismo en todas las instituciones políticas y culturales en el período de la “transición”.


Se trata de algo ya sabido pero que conviene recordar. El 25 de marzo de 2011, cuando sólo habían pasado catorce días desde el inicio de la catástrofe de Fukushima, la consultora ambiental Llorente & Cuenca difundió un documento titulado “La comunicación de la industria nuclear después de Fukushima” [1]; en siete páginas se analizaban variables de lo sucedido, lo que denominaban la “gestión” de la comunicación, y se marcaban pautas a seguir para afrontar el “escenario” que se había producido.
Releer este documento, notable por su crudo lenguaje, es un ejercicio interesante a casi cuatro años de distancia; no porque sea especialmente original en su contenido, sino porque permite interpretar la realidad presente y comprobar cómo las pautas marcadas se han desarrollado hasta sus últimas consecuencias. Como muestra, dos párrafos de su conclusión (las palabras en negrita están en el original).

Esta crisis nuclear aún tiene consecuencias imprevisibles. Pero la toma de decisiones estratégicas de comunicación por parte de los principales actores del sector, en especial de las empresas —a nivel local y global— en sus relaciones con las autoridades, medios de comunicación y sociedad en general, también en lo local y en lo global, resultarán determinantes para su sostenibilidad. Para su supervivencia.

La industria energética necesita ajustar de inmediato su narrativa sobre la legitimidad del negocio, que debe adaptarse a las dramáticas circunstancias actuales, y organizar una transmisión de la misma por canales tradicionales y online hacia sus stakeholders críticos. De no hacerlo, las emociones, el miedo, la presión de los activistas y la natural necesidad de los políticos de responder a las demandas sociales podrán acabar por fijarle un escenario de pesadilla para el futuro de su negocio.




El texto no tiene desperdicio. Dejando a un lado la referencia a los problemas que supone para la industria atómica la remota posibilidad enunciada como “la natural necesidad de los políticos de responder a las demandas sociales”, interesa comprobar cómo se han desarrollado a lo largo de estos cuatro años los planteamientos que formula, y cómo se han traducido en las políticas actuales.
En primer lugar, los defensores de las nucleares han trabajado sistemáticamente. Sólo un ejemplo: los días 9 y 10 de mayo de 2012 se celebró en Madrid el seminario “Crisis communications: facing the challenges”; la segunda sesión, el llamado “Workshop Internacional sobre comunicación de crisis en el sector nuclear”, se centró en el control de la información, en el apoyo global y la cooperación internacional, y en los procedimientos para hacer frente a lo que denominan “información informal”, es decir, las redes sociales y los canales que no se consideran “oficiales” [2]. Esta línea de trabajo se ha venido desarrollando y desplegando de manera continua; basta comprobar los recursos existentes en la Asociación Internacional de Energía Atómica y los encuentros programados a lo largo de 2015 [3].

En segundo lugar, se ha impuesto el silencio atómico. Al revisar 2014, sorprende ver la discreción informativa desarrollada a lo largo del año; el recuento de las notas informativas y las reseñas del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) permite comprobar que de los 34 sucesos que afectan al funcionamiento de las centrales [4], sólo uno ha aparecido en los medios de comunicación de difusión general: el escape de agua radiactiva del 28 de noviembre en la central atómica Ascó 2 (en El Periódico y el diario Ara, ente otros), lo que no es de extrañar dado el historial de la central en temas de dispersión de contaminación radiactiva.



Otros acontecimientos importantes, ocultos tras la confusa jerga desinformativa del CSN, tales como problemas en el presionador de Almaraz 1 (17 de octubre), extrañas anomalías en el control de gases de Ascó 1 (9 de mayo), o la incidencia relacionada con las pruebas que Garoña realiza para su puesta en funcionamiento (5 de noviembre), no pasaron de breves referencias en internet y en algunas webs especializadas.

Ni siquiera las operaciones de carga y descarga de combustible atómico, tan publicitadas y jaleadas en los medios hace un tiempo como fuente de “ocupación laboral”, han conservado su carácter publicitario. Un silencio espeso se ha ido imponiendo en todo lo relacionado con el tema atómico.

En tercer lugar, la información descontextualizada. Es cierto que la catástrofe de Fukushima aparece de vez en cuando en las noticias, pero siempre puntualmente, al hilo de datos que se descubren o que se facilitan (a veces con meses de demora para reducir o anular una posible respuesta social) de manera fragmentada, datos que sirven para distraer de lo que está sucediendo a nivel social, ambiental y de salud, e impedir una visión de conjunto de cómo la peor catástrofe atómica de la historia está transformando Japón, una sociedad que se presentaba como un modelo de capitalismo dinámico [5].




En cuarto lugar, con la desinformación, con la mención de tecnologías para mitigar la devastación continuada, pero sin ofrecer detalles de su eficacia, de su escala, ni informar de su fracaso cuando éste se produce. Es el caso del famoso “muro de hielo” que impediría el vertido continuo de agua radiactiva al océano.

En quinto lugar, el silencio afecta a la manera en que compañías eléctricas, bancos, estamentos universitarios y grupos de presión social y mediática que configuran el llamado “lobby nuclear” han silenciado incluso el discurso económico sobre la energía atómica. En consecuencia, una parte del estamento crítico ha abandonado la esgrima dialéctica que desplegaba sobre costos, inversiones, ocupación, agentes económicos, racionalidad y beneficios; y, por ello, una parte del discurso ecologista, que se había ido situando mayoritariamente en esas coordenadas, también ha quedado mudo.




En sexto lugar, no debe dejar de mencionarse el hecho de que continúa el silencio mediático sobre las líneas de denuncia que, desde el principio, fueron vetadas por el lobby nuclear con el consentimiento de una parte de los críticos: los llamados factores “emocionales” [6]; el riesgo y la angustia asociados a la idea de un “accidente”; la negligencia o la complicidad con las empresas de los organismos supuestamente reguladores o de control (como el CSN en España); la creciente contaminación radiactiva de las personas, el entorno y los alimentos; las enfermedades derivadas; el incremento del cáncer; la angustia que provocan las irracionales cifras vinculadas a los residuos radiactivos; la seguridad técnica de las centrales en funcionamiento; las vinculaciones militares, el estudio de las secuelas de Chernóbil, etc.

Recapitulemos. Existe una “verdad inconveniente”: ¿qué sentido tiene “agobiar” a una parte de la ciudadanía económicamente solvente y medio informada con determinados datos?; una parte de la ciudadanía que intuye el horror sobre el que se ha construido el “bienestar” no puede ser sometida a información que pueda generar angustia. Si son esos sectores sociales los que prestan apoyo económico y legitimidad a los colectivos que proclaman su voluntad de avanzar hacia la sostenibilidad, ¿por qué correr el riesgo de que dichos sectores se aparten por el rechazo a una información saturada de carácter “negativo”?

Todo esto ha llevado a la paradoja de que, estando en medio de la peor catástrofe atómica de la historia, el nivel de denuncia sobre ella se halla en mínimos históricos. Se ha impuesto una narrativa desordenada, limitada a la economía (“costos”), la tecnología (fusión, nuevos reactores, etc.) y con la contaminación radiactiva limitada a Fukushima; se insiste en la mentira sobre la aportación atómica a la “mitigación” del cambio climático. Cuestiones como la seguridad, la contaminación radiactiva de reactores que funcionan “sin problemas”, o los impactos sobre la salud y el medio ambiente de Ascó, Vandellós, Cofrentes, Trillo, Almaraz, están fuera de la agenda.



Además, el reajuste en la distribución social de la renta en favor de las clases dominantes —reajuste que se presenta a la opinión pública bajo la etiqueta “la crisis”— también ha provocado cambios en el mapa de los conflictos sociales. Las amenazas ambientales globales, aquellas que nos interpelan sobre la sostenibilidad del mundo en que vivimos [7], siempre han sido sufridas de manera diferente por ricos y pobres cuando se han afrontado catástrofes [8].

La promoción de una reflexión crítica desde el discurso ecologista tradicional sobre los limites temporales de las pautas de vida y consumo en los países ricos, así como la profundización en el conocimiento y nuevas formas de intervención social, ha eludido sistemáticamente entrar en la cuestión de las desigualdades. En el otro extremo, la renovación del discurso sobre el valor absoluto de “los puestos de trabajo” ha eludido el problema de los límites a la hora de justificar actuaciones [9]. En el fondo de ambos, la lógica económica como única fuente de legitimación, respaldada por la retórica al uso sobre “competitividad”, “emprendimiento”, “flexibilidad” y otros tópicos vacíos.

El silencio atómico se inscribe en esta lógica, en el rechazo al conflicto político en clave energética y su reducción a un “problema tecnológico”, de supuesta ignorancia de las amenazas globales, o de necesaria “reactivación del crecimiento”. Por detrás, los grupos de presión y las empresas eléctricas atómicas imponen el silencio con su enorme capacidad de incidir.

Frente a este silencio, una parte de los críticos de la energía atómica optan, en analogía con la cita que encabeza este artículo, por constatar “la obviedad” del “evidente declive y desaparición que no merecía la pena insistir en ello”, y se apuntan a “tareas más importantes para la inteligencia”.

Esperemos que, como se ha puesto de manifiesto tras 39 años en el caso del franquismo, no se descubra que la presencia actual del lobby atómico en todas las instituciones donde se elabora la política energética no era una “obviedad” que despreciar ante su “evidente declive”, sino que era parte de una calculada estrategia que comienza a rendir sus frutos. El alargamiento a 60 años, de momento, lo tienen prácticamente ganado [10].





Notas
[5] Basta comprobar la distancia que existe entre la política informativa general sobre Japón y la visión detallada que se puede consultar en el excelente blog de seguimiento semanal en castellano “Resúmenes desde Fukushima”, http://resumenesdesdefukushima.blogspot.com.es/, o las crónicas periódicas disponibles en http://www.sirenovablesnuclearno.org/fukushima/fukushima.html
[6] Otro motivo para leer el informe “La comunicación de la industria nuclear después de Fukushima”, en especial la parte en que da instrucciones a la industria para abordar la “crisis”, indicando que había que “llevar el debate al terreno técnico, lejos de las emociones (…)” (p. 1), en http://www.slideshare.net/LLORENTEYCUENCA/110321-llampc-handoutnuclearfukushima
[7] En síntesis, dichas amenazas globales se pueden caracterizar como las provenientes del cambio climático de origen antropogénico, la pérdida de biodiversidad, la dispersión de residuos y sustancias que amenazan la salud y la base biológica de las especies superiores, y el despilfarro de recursos limitados como los combustibles fósiles, el agua y otras sustancias minerales.
[8] La forma en que se han vivido (y se han utilizado políticamente) catástrofes provocadas por el cambio climático en sociedades con fuertes desigualdades sociales, por ejemplo, el huracán Katrina en EE.UU., nos ilustra que, pese a la veracidad de la adjetivación de “amenaza planetaria” o “amenaza sobre la especie humana”, la “especie” no es una categoría uniforme. Véanse la introducción y el cap. 20 del libro de Naomi Klein La doctrina de shock. En este orden de cosas, es evidente que no sería igual el impacto social que tendría un incremento del nivel del mar por el calentamiento global en la cuenca del Indo que en la cuenca del Mississippi.
[9] Resulta significativa, por poner un ejemplo de última hora, la reacción social de los habitantes del municipio de Carboneras ante el engendro urbanístico y ambiental del hotel El Algarrobico realizando una contraacción que cuestiona la denuncia previa emprendida por diversas organizaciones ecologistas. Véase http://www.europapress.es/andalucia/almeria-00350/noticia-mas-centenar-vecinos-carboneras-reivindican-hotel-algarrobico-sea-legal-20140515134022.html
[10] La p. 203 del documento de registro de la Oferta Publica de Venta de Endesa indica: “(e) Hipótesis asociadas a los criterios de amortización. A partir del 1 de octubre de 2014, Endesa ha reestimado las vidas útiles de las centrales nucleares y los ciclos combinados que pasan a ser de 50 y 40 años, respectivamente, como consecuencia de estudios técnicos y jurídicos realizados internamente”. Ejemplo de una empresa que comunica las regulaciones políticas a los analistas y expertos en función de sus intereses, y sin que el gobierno sea tenido en cuenta.


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