lunes, 2 de febrero de 2015

Eric Hobsbawm, “LA ERA DEL CAPITAL: Las migraciones”





II


La forma de viajar típica del pobre fue la emigración. Para la clase media y los ricos fue cada vez en mayor medida el turismo, producto principalmente del ferrocarril, el barco de vapor y el nuevo alcance y velocidad de las comunicaciones postales (en la medida en que una invención del período que estudiamos, la tarjeta postal, sigue siendo una parte esencial del mismo). El correo fue sistematizado internacionalmente gracias al establecimiento de la Unión Postal Internacional, en 1869. Los pobres de las ciudades viajaban por necesidad, pero rara vez por placer, excepto a pie –las autobiografías de los artesanos victorianos que progresaban por su propio esfuerzo están llenas de titánicos paseos por el campo, y por cortos períodos. Los pobres del campo tampoco viajaban por placer, pero combinaban la diversión con los negocios, en mercados y ferias. La aristocracia viajaba mucho con fines no utilitarios, pero en forma que nada tenía que ver con el turismo moderno. Las familias nobles, en determinadas épocas, iban y venían de su casa en la ciudad a su residencia en el campo, con un séquito de sirvientes y equipajes, semejante a un pequeño ejército. (Por cierto, el padre del príncipe Kropotkin dictaba a su esposa y sirvientes verdaderas órdenes de marcha, al estilo militar.) También podían establecerse, por algún tiempo, en algún centro apropiado para la vida social, como aquella familia latinoamericana que, como recoge la Guide de Paris de 1867, llegó con 18 furgones de equipaje. El tradicional Grand Tour de los jóvenes nobles aún no tenía en común con el turismo de la era capitalista el Grand Hotel; en parte ello se debía a que esta institución no se había desarrollado aún –en sus primeros momentos lo hizo en conexión con el ferrocarril-, y en parte a que los nobles apenas se dignaban detenerse en las posadas.



El capitalismo industrial dio origen a dos modalidades del viaje de placer: el turismo y las vacaciones de verano para la burguesía, y las excursiones motorizadas para las masas, en países como Gran Bretaña. Ambas formas fueron el resultado directo de la aplicación del vapor al transporte, ya que, por primera vez en la historia, hizo factibles los viajes regulares y seguros para gran número de personas y equipajes, por cualquier clase de terreno y mar. A diferencia de las diligencias, que podían ser asaltadas con facilidad por bandidos en las regiones más apartadas, los ferrocarriles fueron inmunes desde el principio –excepto en el Oeste norteamericano-, incluso en zonas notoriamente peligrosas como España y los Balcanes.



Las excursiones populares, si exceptuamos las realizadas en vehículos de vapor, fueron fruto de la década de 1850 –o para ser más precisos, de la Gran Exposición de 1851, que atrajo a Londres un gran número de visitantes a contemplar sus maravillas-; este movimiento estuvo estimulado por los ferrocarriles con precios protegidos, y organizado por los miembros de innumerables sociedades, grupúsculos y comunidades locales. El mismo Thomas Cook, cuyo nombre se convertiría en el apodo del turismo organizado en los siguientes veinticinco años, había iniciado su carrera organizando este tipo de giras y, en 1851, las había transformado ya en un gran negocio. Cada una de las numerosas exposiciones internacionales atrajeron un ejército de visitantes, y la reconstrucción de las capitales animó a los provincianos a comprobar sus monumentos. No es necesario añadir mucho más sobre el turismo de masas en este período: este continuó basándose en cortos viajes, con frecuencia bastante agitados si se los compara con los actuales, que trajeron consigo una floreciente industria menor, la de los souvenirs. Por regla general, los ferrocarriles, al menos en Gran Bretaña, se tomaron muy poco interés por la tercera clase, aunque el gobierno los obligó a establecerla al menos en una mínima escala en los trenes. Sólo a partir de 1872 comenzaron las grandes multitudes a proporcionar a los trenes británicos al menos el 50 por 100 de sus ingresos. Realmente al aumentar el tráfico regular en tercera clase, perdieron importancia los viajes en trenes especiales.



Sin embargo, la clase media viajaba de manera más seria. Probablemente en términos cuantitativos los viajes más importantes de esta clase fuesen las vacaciones familiares del verano o (para los ricos y “sobrealimentados”) la cura anual en algún balneario. El tercer cuarto del siglo XIX presenció un notable desarrollo de tales lugares: en las costas británicas y en las montañas del continente europeo. (Aunque Biarritz ya estaba muy de moda en la década de 1860, gracias a la protección de Napoleón III, y los pintores impresionistas mostraban un visible interés en las playas normandas, la burguesía continental no estaba todavía hecha al agua salada y a la luz solar). Hacia mediados de la década de 1860 el auge de las vacaciones de la clase media estaba transformando ciertas zonas de la costa británica, mediante paseos junto al mar, embarcaderos y otras mejoras, que permitían a los propietarios de los terrenos obtener beneficios insospechados de las hasta entonces improductivas escolleras y playas…”

Eric Hobsbawm



***

3 comentarios:

  1. Las fotos de la playa me han recordado algo que relata Gilles Deleuze, un vivo e interesante recuerdo de su infancia.

    "... la llegada de los primeros trabajadores con las vacaciones pagadas a la playa de Deauville fue algo digno de verse: para un cineasta aquello debía ser una obra maestra, porque, cuando uno veía a aquella gente que contemplaba el mar por primera vez, ¡era algo prodigioso! Yo pude conocer a alguien que sólo pudo ver el mar, por primera vez en su vida, mucho después de nacer. Era espléndido: era una chiquilla del Limousin que estaba con nosotros y que vio el mar por primera vez. Es verdad que, si hay algo que resulta inimaginable cuando uno no lo ha visto, ¡es el mar! Uno puede pensar antes de verlo: el mar es algo grandioso, infinito, pero uno no añade gran cosa con ello, pero cuando uno ve el mar... y aquella chiquilla se quedó, no sé, cuatro, cinco horas delante del mar, completamente abstraída, como si fuera idiota de nacimiento, y no se cansaba de contemplar espectáculo tan sublime, tan grandioso. Entonces, en la playa de Deauville, que desde hacía mucho tiempo era una playa reservada a los burgueses, era su propiedad, de repente desembarcan las familias obreras con las vacaciones pagadas, y gente que, sin duda, nunca había visto el mar. Y aquello era grandioso. Si el odio de clase significa algo, son palabras como... Ay, mi madre, que no obstante era la mejor de la mujeres, hablaba de la imposibilidad de frecuentar una playa en la que había gente así. De modo que fue muy duro, ¡yo creo que los burgueses nunca lo han podido olvidar! Mayo del 68 no fue nada al lado de aquello... [...] Aquel miedo no tenía un momento de respiro. Si se daban vacaciones a los obreros, entonces todos los privilegios burgueses desaparecían. También se trataba de los lugares, de cuestiones de territorio. Si las chicas iban a la playa de Deauville para todo, aquello era, no sé, como si de repente volvieran los dinosaurios. No sé, era una agresión, ¡era peor que los alemanes! ¡Era peor que si los tanques alemanes llegaran a la playa! ¿Entiendes? ¡Aquello era indescriptible, vaya!"
    GILLES DELEUZE - Abecedario - Entrevistas con Claire Parnet

    Disculpa por lo extenso de la cita.

    Salud

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  2. Estupenda la cita de Deleuze, este filósofo es una mis debilidades, no sólo me ha enseñado "a pensar" de muchos modos y en muchas cosas pero por mí mismo, sino que ademas he pasado en compañía de sus ilustrativas obras (cierto que no todas ya sea por sus insuficiencias o las mías) momentos placenteros e incluso hilarantes...
    La cita me parece además que encaja perfectamente con la forma y el contenido de la obra de Hobsbawm, que nos pinta un impresionante fresco de las distantes fases de desarrollo del capitalismo ... en fin, gracias por enriquecer la entrada con tu magnífica aportación.

    Salud.

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    1. Aunque se entiende perfectamente lo que Deleuze nos quiere transmitir, y apreciando la buena voluntad del traductor, hay que señalar que la traducción es manifiestamente mejorable.
      Gracias a ti por darme la oportunidad con tan espléndida entrada, (¡Hobsbawm, nada menos!)

      Salud

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