miércoles, 18 de febrero de 2015

Giovanna Rivero, “98 segundos sin sombra”




“Quishpe me miró fijo durante casi siete segundos. Se dice fácil, “siete segundos”. Pero sostenerle la mirada cocaínica durante siete eternos segundos a alguien que te desprecia es una locura. Te chupa toda la energía. Estaba recrazy el colla si creía que yo iba a entregarle mi cuaderno con las partes más jodidas de mi existencia. Primero muerta.

¡A la pizarra!, dice en ese momento Quishpe.

Tengo entonces que explicar en la pizarra los tres principales motivos por los que Ronald Reagan ha denominado a la URSS como “el imperio del Mal”. Por primera vez agradezco la cháchara trotsko-subversiva de papá.

A la salida, antes de subirme al autobús, le digo a Vacaflor que no se confunda, yo no tengo amigas. Mi única amiga abandonó la escuela. Le doy la espalda y la gorda me sigue un poco, como una perra indecisa. Me da lástima, pero no cedo (el Maestro Hernán dice que los sentimientos pueden ser espejismos, que hay que desenmascararlos, la ira no es totalmente mala), entonces le exijo que ya no me busque, quiero estar sola, mirar hormigas en el recreo, escuchar la fricción de las hojas de los árboles.

La gorda se queda quieta. No se le aguan los ojos ni nada. Está acostumbrada. Pero, al día siguiente que tenemos Educación Física en el quinto período, se excusa de la clase. Le duele el estómago. Sor Enriqueta la manda a la enfermería.

Las Madonnas estrenan Reebok fucsias con trenzas fosforescentes. Surge un lío entre ellas porque alguien ha tenido que vender a la Madonna Queen ante la directora por un cuaderno slam y unas respuestas provocativas. El slam contenía nombres, también de pelaus, descripciones de su “círculo dorado”, y las monjas están histéricas. Alguien dice “lealtad” y la Madonna Queen dice “expulsión, mancha, zombie”. Sus zapatos y el Sol enfermizo me hieren la vista. Estoy tan aburrida que podría morir. La materia visible me está matando. Sólo pienso en el próximo jueves, en la casa naranjal. Aprovecho la maratón para escaparme hasta el segundo patio, alzar mi mochila y escabullirme en la enfermería.




Me manda sor Enriqueta a ver cómo sigue Lorena Vacaflor, explico con ojos entornados, y juntando las tabas, toda “actitud Laurita Vicuña”.

A sor Rosa le da lo mismo, es sorda y usurera. Nos vende las toallas higiénicas a un peso con cincuenta centavos. Tres malditos recreos, en mi caso.

La gorda está lívida.

Estás lívida, le digo.

¿Qué? (Esta vez no tengo ganas de masacrarla. Algo me dice que todo anda mal.)

Que estás tan blanca como un papel.

Ya no me preocupa el fin del mundo, dice la gorda con una voz archi dolorida.

¿Qué? (la pobre gorda me mira y casi sonríe).

Tomé algo para esto. Se supone que voy a botar el bicho en cualquier momento. Es lo que me dijeron. Las Madonnas ya lo han hecho antes.

El bicho… ¿Y cómo te sentís?

Mal. Me duele el bajo vientre. Tengo ganas de cagar.

Es el miedo, Vacaflor. Provoca contracciones. El tema del esfínter era el más fácil, acordate.

Necesito ir al baño. Pero no a este baño. Siento que me voy a desparramar. Vamos a los baños de atrás, por favor.



Ponemos el mejor semblante posible para zafar a la vieja avara de sor Rosa. Me manda decirle algo “a la buena de sor Queta” que se me entra por un oído y que se me sale por el otro.

Apenas nos da tiempo de trancar la puerta y atravesarle una escoba cuando la gorda se acuclilla en el piso y entre la orina y la mierda bota algo oscuro, resbaloso y carnal…”



Giovanna Rivero, “98 segundos sin sombra”



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