jueves, 19 de febrero de 2015

Un voto de dignidad / Marina Garcés




Un voto de dignidad

Mientras analistas y tertulianos especulan sobre los efectos de la victoria de Syriza en otros países europeos, una cosa sí sabemos: que en Europa ha tenido lugar un voto de dignidad. La Europa despreciada, sureña y fronteriza, corrupta y desmadrada, ha vencido el miedo para mandar un mensaje claro: que un régimen de poder basado en el expolio y en la depredación tiene un límite y que este límite está en manos de la gente de la que ya nada se espera.
En 2011, una consigna dio la vuelta a las plazas del Mediterráneo: “hemos perdido el miedo”. En estas elecciones de 2015, los efectos de esa consigna han llegado a las instituciones gubernamentales, griegas y por extensión europeas. Frente al discurso del miedo invocado por la Troika y por los gobiernos que componen el club de los Estados europeos, se ha impuesto el “basta ya!”. Un voto de dignidad es ante todo un acto que interrumpe la lógica de la servidumbre y de la dominación, de la sumisión y de la degradación. La dignidad es la capacidad colectiva de trazar un límite más allá del cual la vergüenza alcanza a todos, sin excepción. No hay dignidades privadas. La dignidad es una virtud colectiva.

Un voto de dignidad como el que ha tenido lugar en Grecia no se mide por un cálculo de expectativas ni tiene garantías. Tampoco es un voto crédulo o entregado. En Europa hemos aprendido algo importante: que los partidos políticos que nos gobiernan no tienen que pretender representarnos ni salvarnos la vida. “No nos representan” se coreó en las plazas ocupadas de toda España en 2011. Partidos como Syriza o Podemos no han venido a cerrar esta crisis de representación. Y si lo pretendieran, no podrían. Más bien son el ensayo de otro uso de la política institucional. Syriza ha ganado con un único propósito: renegociar la deuda de Grecia y levantar a partir de ahí los pilares de una Grecia más social. Podemos, un proyecto político mucho más embrionario, nace y crece bajo el objetivo de atacar la corrupción, de echar a la “casta”.

Pero junto a ellos y más allá de ellos prolifera tanto en España como en Grecia una red creciente de proyectos de autoorganización social, de apoyo mutuo, de redefinición de lo público y de lo común y de candidaturas municipales autónomas, que plantea otro nivel de politización de la sociedad. Ya no funciona el esquema que conocíamos basado en la dialéctica movimientos sociales / instituciones políticas. El dentro / fuera de la política ya no sirve como orientación para las nuevas formas de politización. Lo que está en juego hoy es la posibilidad de desarrollar formas de organización colectiva que descentran el monopolio gubernamental de la vida política, a la vez que lo utilizan para aquellos fines que solamente pueden ser combatidos desde ahí.

Que esto sea lo que está en juego no significa que esto sea ya así: obviamente, hay una ofensiva muy fuerte, desde la derecha y desde la izquierda tradicional, para reconducir la política a lo electoral y a lo institucionalmente reconocido. Si esta ofensiva vence y consigue desarticular o canalizar los vínculos de las nuevas formas de politización descentralizada, ya conocemos el resultado: la izquierda política, cuando entra sola en el poder, lo hace o bien para realizar los planes de reestructuración que el propio capital necesita y no puede hacer por sí mismo, o bien para escenificar la impotencia de la acción política transformadora. Es historia conocida, en Grecia, en España, en Francia, en Alemania... Cada país tiene su propio ejemplo. Decir “basta ya!” nos exige conseguir que esta historia no se repita otra vez.

Esta exigencia abre dos cuestiones de fondo, hoy candentes, sobre nuestra tradición política moderna: la identidad y función de la izquierda y la aspiración a la soberanía. Son dos cuestiones que tanto Syriza como Podemos hacen suyas, aunque quizás no de la misma manera. Son partidos de izquierda? De qué izquierda? Y qué soberanía política aspiran a ejercer?

Syriza lleva en su propio nombre “coalición de la izquierda radical” y está compuesta de trece partidos que reúnen diversas tendencias de la izquierda reconocida como tal. Pero, en qué sentido un partido explícitamente de izquierdas puede ser hoy realmente de izquierdas? Cuál es el margen de actuación de una izquierda política radical que no asume la posibilidad de la ruptura en la Europa del capital? Podemos, por su parte, ha limpiado de su vocabulario toda referencia a la izquierda. Dicen: no somos de derechas ni de izquierdas. Somos los de abajo contra los de arriba, retomando en parte la apelación al 99% contra el 1%, o en términos más tradicionales, el pueblo contra las oligarquías. Para sostener este desplazamiento, el lenguaje se despolitiza y el combate se moraliza: Podemos quiere liderar la lucha de la “gente decente” contra los corruptos. Y ya se sabe, la “gente decente” no acostumbra a ser de izquierdas, y lo único que quiere es recuperar su “vida normal”.

Paradojas de la vida, podría ser que el voto de dignidad que recorre este año el sur de Europa fuera también la puerta que cierre el paso a toda posibilidad de una propuesta rupturista y realmente transformadora. Y aquí es donde entra en juego el problema de la soberanía: tanto Syriza como Podemos invocan la soberanía nacional (y popular, añade Pablo Iglesias) como aquello que, frente a la Europa financiarizada, pretenden recuperar. Se habla, así, de patriotismo social y se hace posible la alianza de estos proyectos con el nacionalismo. En Grecia ha sido evidente. En España es lo que ocurre con el proceso catalán, en el que la aspiración a “reapropiarnos de nuestras vidas”, como se dice desde las luchas sociales, se convierte a la vez en la aspiración a una nueva soberanía nacional en Catalunya.

Pero el problema de la soberanía no es Europa, es el capitalismo. No hay reapropiación posible de nuestras vidas sin empezar un proceso real de ruptura con el capitalismo. “No somos mercancías en manos de políticos y de banqueros”: este grito de dignidad que se escuchó en las plazas en 2011 es lo que hoy hay que hacer políticamente real.

Marina Garcés





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