viernes, 27 de marzo de 2015

Damián Tabarovsky, (La expectativa)




“¿Quién fue el segundo hombre que fue a la Luna?”. Hace un esfuerzo, exige su memoria al máximo, pero nada. Recuerda el primero. Neil Amstrong, pero el segundo, ¡quién fue? De nuevo, nada. Semejante asociación libre, de la política al espacio, lo lleva a extraer una conclusión definitiva: “Tengo que ser el primero”. ¿El primero en qué? No importa, el primero en algo. Da vuelta Jonathan a la página del diario y el ministro desaparece. “El primero, sólo el primero.” Es una pena porque, entusiasmado como estaba con la necesidad de llegar el primero, había Jonathan dejado escapar la posibilidad de conocer más sobre el segundo astronauta que pisó la Luna: Buzz Aldrin. Aldrin aterrizó en el satélite natural el 21 de julio de 1969, apenas unos minutos después que Amstrong. Fue el segundo de los doce astronautas que llegaron a la Luna (ser el segundo de sólo doce no es poca cosa) y, sin dudas, el más interesante. De regreso a la Tierra, como Amstrong, la vida se le hizo cuesta arriba. Justamente: miraba para arriba y veía la Luna y pensaba: “¡Qué hago yo acá abajo!”. Como es sabido, Amstrong enloqueció; pero Aldrin se mantuvo en sus cabales, sólo que se entregó al alcohol. Se convirtió en un borracho perdido. Se ganaba la vida dando conferencias de país en país, de pueblo en pueblo. Cada vez que llegaba a una ciudad, lo primero que hacía era ir a una reunión de alcohólicos anónimos, sólo así lograba evitar la tentación. Cierta vez llegó a Buenos Aires. Sin saber nada de español, averiguó la dirección y marchó hacia la sede de alcohólicos anónimos. Allí conoció a un tipo de lo más simpático, un tal Varán. Varán era un mujeriego empedernido, un ganador con las putas y un borracho total. Un seductor nato. Después de la charla, fueron a un bar, y Varán empezó a decirle: “Dale, tomate un trago”, “No”, fue la respuesta de Aldrin. Per al rato ya había cedido a la tentación, y allí estaba, dale que dale, una ginebra tras otra. Completamente borracho, empezó a contar historias sobre el espacio, ante la indiferencia general. Un parroquiano le preguntó “por qué el cielo es azul” y contestó: “Es azul por la interacción de la luz del Sol con la atmósfera. La luz del Sol es blanca (formada por la suma de todos los colores del arco iris), y la atmósfera contiene una cierta cantidad de humedad (además de ozono), normalmente pequeña, así como partículas de polvo y ceniza. Cuando un rayo de luz atraviesa una gota de agua se desvía un cierto ángulo. La desviación de los colores de la luz es máxima para los azules (con longitud de onda menor). Los rayos azules, una vez desviados, vuelven a chocar con otras partículas (de ozono u otras) del aire, hasta llegar a nosotros. Cuando llegan a nuestros ojos parece que todo el cielo es azul, porque los rayos llegan rebotados de todos los lugares del cielo. Esa es la explicación del porqué”. Se hizo un silencio. De golpe se había ganado el respeto de todos. “¿Cómo sabés tanto de esas cosas?” “Por que fui a la Luna.” El silencio se rompió. Ahora todo eran carcajadas, risas, gastadas. “¡Si vos fuiste a la Luna, yo soy Arnaldo André!” Eso ya fue demasiado para el astronauta, y abandonó el bar (los borrachos pueden ser muy crueles entre sí). Tiempo más tarde, en su libro de memorias, Aldrin contaría que después de 8 años de sobriedad, Buenos Aires fue la única ciudad en el mundo donde había recaído.”


Damián Tabarovsky,  (La expectativa)



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