domingo, 29 de marzo de 2015

Jiri Orten, el Rimbaud de Praga / Guillermo Saccomanno




Jiri Orten, el Rimbaud de Praga 

“Soy un Rimbaud que no se ha convertido en tal”. No se pregunta como Rimbaud “¿Quién es yo?” sino “¿De quién soy?".

Y este será el tono que caracterizará toda su poesía, un tono grave que merodea sobre la misma oscura obsesión sin retorno: la muerte. Precoz, desde sus primeras composiciones, parece vérsela venir. Y lo suyo no es mero fatalismo sino determinación del contexto: Praga invadida por los nazis. 

De su producción quedan tres de los diarios: Diario azul, Diario rojo y Diario jaspeado. También tres libros de poemas despreciados por la crítica fascista y que había publicado con seudónimo: Diario de lectura primavera, Lamento de Jeremías y Maleza, todos publicados con seudónimo, que fueron en vida criticados con desprecio por la crítica fascista.

Toda su obra poética, inclusive los versos que podrían considerarse amorosos, tienen una carga trágica, un presentimiento del fin inexorable. Lo que puede comprobarse en Bajo la tierra, la cuidada selección que tradujo y prologó para la editorial Salto de Página la española Clara Janés, una experta en literatura centroeuropea. Vale la pena acercarse a la obra de Jiri Orten.

Nacido en Kuma Hora en 1919, un pueblo de arquitectura mágica, declarado en la actualidad patrimonio de la humanidad. Fue hijo de un tendero y una aficionada al teatro. Desde chico mostró afición por las artes. Estudió teatro, pero no pudo ingresar al consevatorio. A los diecisiete se trasladó a Praga, ingresó en el Colectivo Teatral de la Juventud y empezó a reunirse con poetas y escritores. Tardó un año en entrar en el conservatorio de Arte Dramático y pudo estudiar poco tiempo por su origen judío. El nazismo ya era más que una amenaza. Y muchos de sus parientes empezaron un exilio que él rechazó. Los dos motivos de Jiri eran su novia y el lenguaje. Había comenzado a escribir sus primeros poemas y adaptaciones teatrales y se negaba a abandonar su tierra. “Actúa el dolor, aunque nunca a conciencia/ atraviesa a los hombres” anota en su primera elegía anticipándose a su muerte joven”. Aunque influenciado en un principio por el surrealismo, su poesía pronto se vuelve existencial y cerrada sobre sí misma. 

Con respecto a sí mismo, escribió: “Soy un Rimbaud que no se ha convertido en tal. Soy un Rimbaud que ha tenido otro valor”. Es que Orten no se pregunta como Rimbaud “¿Quién es yo?” sino “¿De quién soy?". Así escribe: “¿De quién soy?/ Soy del miedo, que me atrapa/ con sus dedos transparentes,/del conejito que en el jardín de sombra/ ejercita el olfato./ ¿ De quién soy?/ Soy del invierno hostil al fruto/ y de la muerte,/si el tiempo lo desea,/ soy del amor, con quien me cruzo sin saberlo,/en lugar de una manzana entregada a los gusanos”. En algunos de sus versos se lo puede conectar con Rilke, pero su escritura, lejos de la contemplación meditativa está más cerca de la angustia. Traicionado por su novia y sus amigos, abandonado, no encuentra techo. No hay ni cine ni teatro ni galpón donde pueda refugiarse. Vaga y duerme donde puede. Más tarde, en “Último poema”, observa: “Me cerca la oscuridad y nadie viene”. Pero este no será el último poema. No todavía.

“La de Orten es la palabra en su mayor pureza y desnudez”, anota Clara Janés. “Tiene la muerte demasiado cerca. Bajo la tierra no habrá posibilidad, lo sabe, pero su impulso de entrega al ahora abole a la vez que asume la línea fronteriza: seguirá manifestándose en comunión con el entorno hasta el final, según lo lo que el instante le depare”.




“Árboles de los años, ¿cómo están?/Sé ahora por primera y centésima vez/que sólo el llanto los riega”, escribe Orten la víspera de su cumpleaños veintidós, también víspera de su muerte, ocurrida cuando lo pisa una ambulancia nazi en una calle de Praga. Cuando el chofer y los enfermeros reparan que el atropellado es un judío, lo dejan morir en la calle. No habrá hospital que lo reciba. “¿Ah, si pudiera aún por un instante/ mirar el cielo”. En uno de sus diarios había registrado con anterioridad: “Presiento un mal final y algo me oprime los párpados sobre el camino, como si deseara que me muriese”.

 Guillermo Saccomanno



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