jueves, 5 de marzo de 2015

Marcel Schwob / LOS EUNUCOS




LOS EUNUCOS

A Maurice Spronck


¡Espadones! Estaban en cuclillas sobre las baldosas, con las rodillas apretadas, y frotaban la punta de sus pantuflas con bastones con perilla de plata. Sus vestidos color de azafrán se hallaban extendidos a su alrededor, y un olor de cinamono se desprendía de su piel. Así reposaban entre sudorosos jóvenes encargados de los baños públicos, jóvenes vestidos de felpa escarlata que se dirigían a los baños con redes llenas de pelotas verdes, jóvenes de túnica bermeja corta con cinturones cereza y pelo largo, voceadores que precedían sillas de manos en las que unas matronas de pelo ensortijado, de piel apomazada, devolvían los saludos de los caminantes.

La parte superior del cielo era de un azul cálido, velado de filamentos rosados, y que poco a poco se fundía en el horizonte en un amarillo transparente, un azul turquesa muy pálido, y un verde delicado y tembloroso. Todavía quedaban pregoneros que ofrecían agua de nieve; ¡aqua novata, novata!  Algunos etíopes rizados regaban a diestra y siniestra con el agua de minúsculos odres perforados, semejantes a los que sirven para esparcir el polvo rojo de la arena, en el anfiteatro.

Así, entre el zumbido del aire, los eunucos se pusieron a soñar con su país de origen, con la ardiente Siria, y con la Iberia de minas de plata. A los quince años habían vagabundeado por los magros pasturajes con las cabras y los chivos, haciendo mantequilla, estrujando los quesos blancos y duros, los que atravesaban con una brizna de retama. Habían amado a niñas con grandes sombreros de paja. Acechaban su llegada entre los ramos de flores doradas, y les tallaban silbatos en madera de saúco. A menudo traían garbanzos que habían robado en las granjas. Esos días cavaban un agujero con las manos y lo llenaban de ramitas y hojas secas. La niña iba al hogar más cercano a buscar una brasa ardiente; la ponía en su zueco chato, el que agitaba continuamente mientras corría, para impedir que el carbón se apagara. Luego, gravemente sentados frente a frente, asaban sus garbanzos en el extremo de una varita puntiaguda. O jugaban al rey y la reina. Hacían un trono con piedras lisas, en algún sitio, a la sombra. La reina se sentaba en él y el rey salía de expedición para vigilar sus cabras. La reina, después de haber escuchado las cigarras, se dormía en su trono. Entonces, cuando volvía el rey, le hacía un cojín musgo y la extendía suavemente sobre él.

Al atardecer, las sombras se alargaban, y ellos descendían con las cabras por los senderos bordeados de zarzas. Los murciélagos se volaban de los arbustos. Bajo las hierbas se oía el roce de una serpiente que andaba en busca de su agujero; el grillo cantaba en las últimas llamas del poniente; las rocas se ponían grises y el primer estremecimiento de la noche sacudía el follaje de los árboles. Un viento fresco abullonaba la capa y rizaba el pelo de las cabras; el perro, alzando la nariz, husmeaba el soplo perfumado, y las retamas, balanceando sus cabezas amarillas, ondulaban como las olas del mar. Más abajo, los conejos huían en los matorrales y en la oscuridad se amontonaban en torno de los viejos robles. Pronto llegaban a la choza, la madre estaba en la puerta, con su cuchara en la mano.




¿Dónde estaban, señores del cielo, esas malezas españolas, y la choza de la montaña, y el rebaño amigo? Habían llegado los duros italiotes, de cabeza rapada y labios apretados; ellos habían quemado la choza y comido el rebaño.

Ellos habían capturado a los pequeños en las alturas cercanas a Osca. A lo largo de la Cinca, los soldados habían bajado y atravesado la llanura de Surdao para llevarlos a Ilerda. Y de Ilerda a Tarraco, a través de las montañas negras de Iakketa e Ilercao. En Tarraco, los mercaderes les habían hecho beber una infusión de granos de adormidera, para mutilarlos sin dolor. Los habían embarcado como ganado y vendido en las escalas, en Populonia, en Cosa o en Alsium. Otros habían llegado a Roma, por Ostia.

Habían sido comprados por mangones, quienes embadurnaron sus pies con polvo de tiza, cubriéndolos con un gorro de muletón blanco. Los habían frotado con trementina, depilado con la lámpara y la pinza, rizado con el hierro. Los habían expuesto  sobre un tablado, con rótulos. Tenían los dientes blancos y los ojos negros, hablaban latín con un acento gutural y un tono agudo. Los ahumaban con gagate, antes de pagar su precio, para ver si no les daba la epilepsia.




Ahora, entre los alzadores de velos de las puertas, conservadores de vajilla de plata, bañistas, perfumistas, cocineros, domadores, mozos, degustadores, escanciadores, porteros de traje verde, muleteros de túnica alzada, aguateros, esclavos de silla, portadores de abanico y sombrilla, eran eunucos; estaban sometidos al yugo, al látigo, y a los suplicios públicos de la puerta Esquilina. Sus amas les hacían hinchar los carrillos para darles una bofetada, y los intendentes les pinchaban el cuello con agujas de cabeza.

Y necesariamente iban por el Tuscus Vicus, donde paseaban los libertinos, a comprar paños y buscar pequeñas ánforas para nardos, selladas con yeso, a casa de los pigmentarios, que venden cicuta, acónito, mandrágora y cantáridas. Cantaban en el atrio, en el primer servicio, trozos de la Ilíada y La Odisea y a los postres versos del libro de Elephatis. Miraban dolorosamente los cuadros donde se veía a Atalanta con meleagro. Algunos comensales les besaban al pasar, y eso les hacía sufrir. A pesar de sus laticlavias a franjas, sus anillos de oro en forma de estrella de hierro, sus pulseras de marfil engastado en metal, veían con envidia a los libios morrudos, desnudos y negros, jugaban indolentemente sobre tablillas de madera de trementina con cálculos de cristal pintado. Apenas comían becafigos gordos rodeados de yema a la pimienta. Nada podía distraerles de una tristeza poco vigorosa, ni los caprichos del amo ni los de la ama.




Ebrios de vino rosado, corrían más allá de los despachos de carne con las cabras sangrientas adornadas de mirto, más allá de los popinae de los rotiseros que venden nueces fritas y acelgas en miel, y las tabernas donde penden botellas encadenadas, hacia la negrura central de los cuartos abovedados donde, entre las celdas con rótulos, vagan oscuramente mujeres desnudas. Pero el dueño de los cuartos con bóvedas de piedra reconocía los vestidos color de azafrán; y las fajas de las camas permanecían sin colchón, ya que estos hombres ebrios de vino rosado, en cuclillas sobre las baldosas, frotando la punta de sus pantuflas con bastones con perilla de plata, eran nerviosos – espadones.

Marcel Schwob



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