martes, 3 de marzo de 2015

Podemos salvarnos juntos / Joaquín Miras Albarrán




Podemos salvarnos juntos 



Hace pocas fechas, se celebró un coloquio de León [1]. El objeto del mismo era iniciar una reflexión sobre la teoría del Sujeto social, esto es, sobre el colectivo organizado que lucha con su praxis por la emancipación y contra la explotación.

Tras la charla, una chica que, a modo de presentación, explicaba que hace poco se había incorporado a la actividad organizativa de movimiento, planteaba su urgencia de saber cómo organizar, cómo conseguir que la gente se incorpore a los movimientos.

En cuanto a la interrogación: se basaba en la impaciencia; pero no era una impaciencia cualquiera. La compañera se interrogaba sobre la incorporación de la gente a los movimientos de lucha. No a fuerzas electorales, no a asambleas de de alubión congregadas a prisa y corriendo cuyo fin es crear nuevas entidades electorales. No era una reflexión sobre creación de instrumentos electorales y aumento de voto, sino sobre aumento de praxis.

Esto, la incorporación de la gente a la lucha, en primer lugar, la emergencia consiguiente de movimientos, de actividad organizada, no se puede prever, no se puede pronosticar mediante ciencia. Se trata de un cambio de relación hacia la propia praxis por parte de las individualidades. Todo cambio es una irrupción frente a las continuidades, que son las únicas estudiables y que, mientras se dan, admiten el “pronóstico”. Si fuese posible el estudio “sociológico” que posibilitara predecir el inicio del activismo, estaríamos ante la posibilidad de la manipulación: manipular desde la astucia otorgada por la investigación para organizar desde el saber poseído por la élite –que se organicen, o que compren jabón Lux, es lo mismo-, como sustituto de la verdadera relación humana entre iguales: la exhortación al hombro con hombro, de igual a igual, para hacer en común, sobre lo que se delibere en común. Hasta aquí, todo lo afirmado, un poco tajante, pero se entiende.



Por supuesto, tanto lo dicho como lo que viene a continuación tiene interés sólo si aceptamos que la verdadera actividad política consiste en la praxis desarrollada desde y sobre la vida cotidiana, mediante la organización democrática y estable de un grupo activo.

Praxis que tiene como fin, además de la protesta, la generación de nueva cultura material de vida, la emergencia de una nueva vida cotidiana en común, ahora democrática, que es lo que precisamente construye o caracteriza a un Sujeto social. Democracia como proyecto activo de creación de nueva sustantividad de vida: Democracia Sustantiva –no procedimental-. Y si rechazamos, por el contrario, que la política sea acción/interacción lingüístico comunicativa, giro lingüístico destinado a elaborar programa electoral para las instituciones, y articulación del mismo, en consecuencia, en torno a personajes construidos mediáticamente.
Si aceptamos esa premisa, que era la compartida por la activista leonesa –por la mayoría del pequeño y muy interesante grupo leonés- y por el charlista, sí creo que podemos añadir algo más que puede interpelar a la chica y darle tranquilidad, al menos un poco: que puede responder a la angustia o a la ansiedad que hay por debajo de su pregunta.



Porque se trata, creo, de que, quien se organiza y actúa, se sorprende de la poca compañía que le sigue en el paso que ha dado. Se queda perplejo. Si su paso ha sido inducido por la moralidad que lo espolea a él, a ella en este caso, ¿y la moralidad de los demás? ¿es inmoral y egoísta la gente? ¿cómo es que somos tan pocos individuos los activos?

Dado que debemos actuar, precisamente, desde, y sobre, la vida cotidiana –para transformarla; para que entre todos la autotransformemos; ese es el fin, un ethos, un vivir distinto, o sea, de veras, la revolución-, creo que el activista organizado debe tener paciencia, esto es, esperanza; y para ello le es imprescindible poder registrar toda la moralidad, todo el ser capaz de ocuparse de los demás que existe en la vida cotidiana.

La vida cotidiana de la gente está repleta de un constante “hacerse cargo” de los otros: las gentes se ocupan de sus familias, se ocupan de lo que les sucede a otras personas, de forma completamente desprendida. Tratan de mejorar las condiciones de vida de sus allegados, de sus hijos; los crían, los cuidan. Se desarrolla una generosidad asombrosa, desbordante, hacia la persona que se ama –los enamorados lo saben-, y de qué modo. Se trabaja, y se trabaja para sustentarse; pero con el trabajar, con su consecuencia, su producto, se atiende el sustento de todos los demás: y esto cotidianamente.

Se hace todo esto cotidianamente, y como si nada: se crea, en comunidad, instante a instante, constantemente. Los seres humanos crean y reparten el pan nuestro de cada día, crean el mundo que existe; y ni se felicitan, ni se sorprenden, ni se admiran por la capacidad de hacer que poseen: por la “luz que surge de nuestros actos” que decía Alberti.

Pasa que la política, eso que se denomina ahora política, nada tiene que ver con la praxis de vida a la que acabo de referirme. La política tal como está definida no tiene nada que ver, en su elaboración y en su ejecución, ni con la vida ni con la experiencia cotidiana de las gentes. Y en la actualidad, además –fin del “estado de bienestar”- sus mismos efectos se muestran deletéreos en relación con las propias condiciones de reproductibilidad de una vida cotidiana humana, digna.

En resumen, la experiencia es que “eso”, la política, no solo no tiene nada que ver con la vida cotidiana, sino que es, además, inmoral y hostil. Que es actividad arcana para elites especializadas, y que estas además van a lo suyo: buscan su notoriedad personal, asomar el cuello por sobre el lodazal, para encontrar proyección propia, y que muy, muy a menudo, encima se corrompen y se enriquecen. El sentido común, el pensamiento cotidiano, que posee una prodigiosa capacidad para registrar lo que hay, rechaza y se desentiende, en consecuencia, del mundo de la política.

Pero en el mundo, en la vida cotidiana, tal como he tratado de resumir, hay mucha, mucha moralidad, a la par que mucho recelo hacia esas otras actividades no asumidas por ellos desde la vida cotidiana –“aún” no asumidas-.

Podemos por tanto tener confianza, y tener esperanza. Se trata de que entre todos vayamos descubriendo cómo inventar y crear para el presente las formas comunes de organizar el hacer político de todos. Cómo lograr que la política sea praxis, praxis de todos. O sea praxis creadora de mundo y de mundo nuevo: praxis que transforme el hacer cotidiano, que es el verdadero principio, medio y fin del vivir.

Marx era un demócrata; declaraba que la democracia era el fin. Se firmaba “ciudadano”. No estaba en contra de las elecciones. Pero en sus escritos, igual que no hay recetas económicas –no hay propuestas de ingeniería económica a desarrollar desde las instituciones del estado por parte de especialistas-, tampoco hay recetas y reflexiones electorales, etc. Sí, en cambio, hay reflexión sobre cómo construir, en lo inmediato, Sujeto: sobre cómo “constituir al proletariado en clase”, para decirlo con frase suya célebre.

La política, la política de la democracia, para ser tal, debe ser otra cosa que el votar –debe ser mucho más que el votar; sin que esto, el votar, sea satanizable, claro-. Además de eso, antes que eso, la política debe ser construcción de “sujeto”: de Sujeto social. Esto es, creación de tejido social estable, que posibilite ya una nueva praxis cotidiana de vida, un nuevo vivir; o sea una Cultura material nueva para el vivir cotidiano, una nueva identidad comunitaria.

En la medida en que entremos a actuar en la vida cotidiana, y nos propongamos este objetivo como el verdadero fin de la política, conectaremos con la experiencia cotidiana de la gente. Con sus anhelos y sus dudas. Podremos ayudarlos a organizarse para la praxis. Les ayudaremos a crear autodominio sobre su vivir, estaremos creando en común praxis nueva que crea vivir inmediato nuevo, y, a la vez, control sobre esa praxis nueva: control sobre la acción, eso, es Poder. Poder nuevo. Poder nuevo de la gente sobre su propio vivir cotidiano. Y consiguiente experiencia nueva de las consecuencias para la vida cotidiana de este hacer cotidiano registrado en la consciencia de las individualidades, tanto de las que se organicen y actúen como de las que observen los cambios reales introducidos en la vida cotidiana por quienes actúen.



Este tipo de propuesta que invita a la praxis sobre la propia vida cotidiana, y posibilita la intervención de la gente, desde los propios fines integra la actividad política en la vida cotidiana de la gente.
Porque su objetivo inmediato es construir instrumentos organizativos democráticos que posibilitan que la praxis política sea posible desde la vida cotidiana de la mayoría popular. En consecuencia, sí permite conectar la política con la moralidad de la gente, dado que todos podremos pasar sin solución de continuidad, de una a otra actividad comunitaria, incluida la política, dentro de nuestro vivir.

Si nos ponemos en esta inteligencia del asunto, no solamente estaremos serenos, convencidos de que hay “calidad humana” en el mundo, generosidad, humanidad, solidaridad… sino que además entenderemos que existe un problema, y que éste consiste en la escasa capacidad que tenemos –“aún”- de pensar la política de otra forma, de forma verdaderamente radical. O sea, como actividad directa, democrática, esto es, verdaderamente abierta a toda la gente. Y por consiguiente, elaborada desde la propia vida cotidiana, en continuidad con la misma, integrada en ella como un ámbito nuevo más de la misma, para cambiar el vivir, que es lo que puede posibilitar la movilización de grandes masas de personas de las clases subalternas.

Todas estas personas que crean cotidianamente el mundo con su actividad, pueden sentirse interpelados a la praxis si se les propone que entre todos seamos capaces de crear de otra manera el mundo, la vida cotidiana. Y se propone que entre todos luchemos por crear las instancias políticas nuevas, que posibiliten a todos los que de entrada así lo deseen, integrarse en la nueva praxis de transformación del vivir, protagonizarlo, desde las condiciones concretas que su vivir material cotidiano, sin romper con el mismo, y como continuidad del mismo.

Solo en la medida en que se creen instancias políticas nuevas que posibiliten que todo individuo pueda constituirse activamente en parte del movimiento para el cambio de la vida cotidiana, desde la misma vida cotidiana, sin renunciar a la misma, sin “suspenderla” para pasar a actuar políticamente, sin convertirse en monstruos sin vida real, o en personajes de novela romántica en perpetuo estado de excepción vital, sin vida cotidiana, las personas pueden llegar a ser, y saberse, de veras protagonistas de su hacer político, pueden sentirse reconocidos –auto reconocidos-, en sus problemas, sus dudas, sus expectativas y pueden darse razón del sentido de su nuevo hacer.

Que la experiencia de actividad autocontrolada y elaborada en comunidad, que la experiencia de comunidad de iguales (a crear, y a crear mediante el hacer común in actu) haga percibir mediante experiencia que el mundo cotidiano, sentido hasta ahora como privado, el único hasta ahora en el que se vierte el sentimiento, el afecto, la lealtad, la abnegación, el único hasta ahora en el que la mayoría encuentra el sentido de su vivir y hacer, abarca también eso otro que por ahora denominamos lo público y sentimos como ajeno, en ruptura y discontinuidad con nuestro vivir cotidiano; externo e inaccesible desde el mismo, y como fuerza inexorable –como “destino”-, dominada por otros, y corrompida, que nos domina.

Hace ya muchos decenios, -1966- el viejo y sabio Lukacs proponía como fin inmediato y urgente de la política la creación de un movimiento de masas que luchase contra la manipulación de la vida cotidiana. Esto debe incluir, tal como expresaba Lukacs, la lucha contra la manipulación de la misma política, manipulación que se ejerce mediante el expediente de convertirla en asunto de especialistas profesionalizados. Y este proceso de exclusividad comienza en el mismo momento en que, hasta en una asamblea de base, el debate se prolonga de forma excesiva e impide a los que han de ir a trabajar al día siguiente, o han de ocuparse de quehaceres domésticos, asistir hasta el final a la asamblea.

En la medida en que construimos esta red de organización cotidiana que posibilita luchar contra la manipulación de la vida cotidiana, por el control de la misma, la misma comunidad de praxis cotidiana se convierte en fin en sí misma, en necesidad nuestra, porque la sentimos parte de nuestro vivir y medio para nuestro propio autodesarrollo cotidiano personal.

Entonces, podemos sentirnos experiencialmente “en casa” practicando esta actividad comunitaria. Podemos percibir, en nuestra experiencia de vida, que la actividad desarrollada en comunidad para dirigir la praxis social, no se opone al mundo privado, y que podemos desarrollar, también aquí, nuestra generosidad, nuestra confianza. Podemos encontrar también aquí, el sentido de nuestro vivir.

Una vez hacemos eso, hemos creado verdadero Poder Democrático; poder es simplemente capacidad de control sobre la actividad. Y una vez hemos hecho esto, hemos creado, estamos creando cultura de vida nueva, ethos nuevo, es decir, estamos creando Sujeto nuevo; o sea estamos creando Orden Nuevo: en resumen, estamos creando, en potencia, verdadero Estado Nuevo; en potencia, ethos más nomos; en potencia, constitución escrita nueva orgánica y supeditada a la nueva constitución verdadera que son las costumbres de vida que organizan la cultura material de vida y que están emergiendo de nuestra praxis… o “Sociedad política + Sociedad civil”, según el aforismo célebre de Gramsci

…Por último, y como consecuencia subsecuente, no la más importante: una vez comenzamos a crear tejido que nos permite generar praxis comunitaria y luchar por el control político democrático sobre la vida cotidiana desde nuestro hacer cotidiano; esto es, una vez, comienza a emerger desde nuestra praxis el Sujeto social, solo entonces, podemos llegar a tener recursos para generar y controlar una praxis política subsidiaria de nuestro Sujeto social en las instituciones políticas. Porque solo entonces podemos elaborar proyecto institucional orgánico, en deliberación pública, verdaderamente nuestro, verdaderamente creación de los representados, con el que mandatar a nuestros representantes. Y sólo entonces podemos someter desde la vida cotidiana, a nuestro control, la actividad institucional que sea precisa elaborar y desarrollar. Solo entonces. Y esto por dos razones: la primera es que solo entonces somos entidad con verdadera capacidad de discurso y de elaboración de proyecto para las instituciones, y con verdadera capacidad de control sobre nuestros representantes. No simple fictio iuris. La segunda es que, por primera vez, y en consecuencia, éstos merecen tal nombre, y pasan a ser verdaderamente representantes: si no existe sujeto social, real, organizado, material, capaz de elaborar discurso propio y mandato a representar, no puede haber representación.

Todo lo que no vaya por aquí, en este asunto secundario de la representación institucional, será, seguirá siendo, más de lo mismo: interacción comunicativa, giro lingüístico, discursividad elaborada e impuesta por la minoría de individualidades a las que los medios de comunicación otorgan la posibilidad de la palabra, y construyen como personajes público-famosos, otra forma de “famoseo”: los “políticos” como cuerpo profesional separado de la sociedad. O traducido al presente, y señalando las malas prácticas existentes: política supeditada a los medios de comunicación y a la creación de personajes mediáticos por parte de estos mismos medios, pasividad ciudadana y electoralismo, telepredicación e institucionalismo. Redentores que nos leen la cartilla y nos ofrecen la salvación a condición de que se les vote. Justo el mismo modelo compartido por el tea party y el berlusconismo, pero “de izquierdas”…

…creo que esto es todo lo que se puede añadir en respuesta a su pregunta.

Nota:
[1] VI Jornadas de debate sobre la crisis. León 2014: “EL Sujeto revolucionario en la crisis del capitalismo”. Jornadas organizadas por la Red de Apoyo Mutuo –RAM-. Se celebran en el Ateneo Varillas, de la ciudad de León, durante todos los sábados del presente mes de febrero y el primer sábado de marzo.



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