lunes, 30 de marzo de 2015

Raymond Williams, Párrafos de “Solos en la ciudad”





“Comprenderemos que Dickens efectúa una ruptura dentro de la historia de la novela de la cual otros novelistas de las ciudades –Dostoievski y Kafka son los inmediatos sucesores- aprendieron cada uno a su modo. Entonces, nada de apología de Dickens. Nada de lenta y resignada aceptación de que, finalmente, él no llega a ser George Eliot. Nada de eso, sino énfasis –énfasis crítico- en que Dickens constituye una nueva clase de novelista y que su método “es” su experiencia.

Desde luego, todos admiten su maravillosa energía como algo incontestable. Lo que sucede es que su energía y sus métodos son inseparables. Él consigue construir ese mundo intenso y envolvente precisamente “a través” de sus intrigas y personajes característicos, no “a pesar” de ellos. Se apropia de ciertos métodos tradicionales y los transforma: no a la manera de George Eliot, convirtiéndolos en acciones más localmente observadas, individuos calibrados de modo más sutil, o estadios de relaciones estudiados con más atención a lo largo de su crecimiento. Dickens lo hace en su propio estilo, mediante un método dramático singularmente capaz de expresar la experiencia de la vida en la ciudad.




Si nos detenemos aquí y reparamos en el movimiento general de una novela de Dickens, recordaremos que lo decisivo en ese movimiento es el paso apresurado y en apariencia casual de hombres y mujeres, cada uno apresado en un rasgo sobresaliente: es el modo en que pasan hombres y mujeres por la calle. Al principio, lo que se advierte es la ausencia de desarrollo y de conexiones corrientes. Estos hombres y mujeres no se relacionan, sino más bien pasan y a veces se chocan. Tampoco conversan entre ellos de modo normal. Se hablan al pasar, cada uno intentando, sobre todo, definir a través de sus propias palabras su propia identidad y entidad; en descripciones fijas de sí mismos, en voces que se alzan, agudas, para ser oídas a través de otras voces similares o sobre ellas. Pero sucede entonces que mientras la acción se desarrolla, penetran en la conciencia relaciones desconocidas e inadvertidas, conexiones profundas y decisivas, reconocimientos definidos y que obligan al compromiso y a la confesión. Se trata de vinculaciones reales e inevitables, de los necesarios reconocimientos y confesiones de cualquier sociedad humana, aunque se vean oscurecidas, complicadas y enmascaradas por la prisa, el ruido y lo variopinto de este orden social nuevo y complejo.

Me parece que tal creación de conciencia –conciencia de reconocimientos y de relaciones- es, de hecho, el propósito de la ficción dickensiana en su desarrollo. La necesidad de esta conciencia está en el centro mismo de su visión personal y social:





“¡Oh! ¡Cuándo encontraremos un ángel bueno que, con poderosa mano, más benigna que la del diablo cojuelo de la leyenda, levante los tejados de las buhardillas y muestre al pueblo de la cristiandad todos esos negros fantasmas saliendo de sus viviendas y marchando en seguimiento del Ángel Exterminador como triste y horrible cortejo! Si solamente por una noche tan sólo, pudiéramos ver a esos fantasmas lanzándose a través del aire emponzoñado por el vicio y la fiebre, riñendo al disputarse su presa; si pudiéramos ver las terribles cargas sociales que hacen caer sobre nosotros y que se amontonan diariamente, ¡qué brillante y hermosa nos parecería la mañana! Los hombres no detenidos ya por los obstáculos que ellos mismos han colocado en su camino y que no constituyen sino minúsculas expresiones en relación con la eternidad, recordarían que todas las criaturas tienen un origen común, un deber  que cumplir hacia nuestro Padre, que deben reunir todos sus esfuerzos para alcanzar un solo fin: el de hacer mucho mejor el mundo. Ningún día sería más luminoso y bendito que aquél. Entonces, todos aquellos que no han mirado nunca a sus hermanos comprenderían cuáles son los lazos que les unen, se darían cuenta de que ellos mismos participan de la corrupción de la naturaleza, quebrantando sus leyes con la obstinación de sus juicios premeditados, corrupción mayor aún que cualquier otra conocida, si atendemos a su trascendencia. Pero ningún día de éstos había amanecido para el señor Dombey y su mujer. Ambos continuaron marchando por el camino emprendido.”
(Dombey e hijo)


Esa mano “poderosa y benigna”, que levanta ante nosotros los tejados y muestra las siluetas y los fantasmas que surgen de la negligencia y de la indiferencia; esas manos que limpian el aire de manera que la gente pueda ver y reconocerse los unos a los otros, venciendo esa disminución de la simpatía que, por su índole, es antinatural; esa mano es la mano del novelista; es Dickens mismo viéndolo todo. Y es significativo que esta exhortación se produzca dentro de la descripción de la ciudad, en el capítulo cuarenta y siete de Dombey e hijo. Describe, en la imagen de la densa nube negra que cubre la ciudad, las consecuencias morales y humanas de una sociedad indiferente y “antinatural”. Es una imagen recurrente en Dickens: lo sombrío, lo negro, la niebla que impide que nos veamos unos a otros claramente; y que impide también que captemos la relación entre nosotros y nuestras acciones, entre nosotros y los otros.




Este es otro aspecto de la originalidad de Dickens. Es capaz de dramatizar las instituciones sociales y sus consecuencias no accesibles a la observación física ordinaria. Las toma y nos las presenta como si fuesen personas o fenómenos naturales. En ocasiones, como la nube negra o la niebla a través de la cual la gente tropieza y se busca. O como la Oficina de Circunloquios de “Casa desolada”, o el Patio de los Corazones Sangrantes de “La pequeña Dorrit”, donde una forma de vida se encarna en una silueta física. O como si fuesen personajes humanos. Así “Shares” (Acciones) en “Nuestro amigo común”; y, desde luego, las Grandes Esperanzas en “Grandes esperanzas”. Esto se vincula con los nombres morales de los personajes: Gradgrind, McChoakumchild, Merdle. Asimismo tiene relación, de modo menos evidente, con un tipo de observación que también pertenece a la vida de la ciudad: la percepción, se podría decir, de que los más notorios habitantes de las ciudades son los edificios, y que existe una conexión y, al mismo tiempo, una confusión entre las formas y apariencias de los edificios y las formas y apariencias reales de las gentes que los habitan.”

Raymond Williams, “Solos en la ciudad”



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