miércoles, 22 de abril de 2015

Fidel Sánchez Gabriel: el personaje de Galeano / Luis Hernández Navarro






Fidel Sánchez Gabriel: el personaje de Galeano 


Fidel Sánchez Gabriel tiene 45 años de edad y 38 de vivir y trabajar de jornalero agrícola. Con sus manos y su conocimiento ha cultivado cientos de toneladas de las más diversas hortalizas y frutas. A pesar de que su extenuante labor ha generado incalculables riquezas, vive en la pobreza. Hoy es la voz de los trabajadores rurales de San Quintín, donde vive desde 1981.

Fidel nació en el municipio de San Juan Ixtepec, Oaxaca. Hijo de padres mixtecos, campesinos y jornaleros como él, conserva orgulloso su lengua original. Aprendió a hablar español en el trayecto a partir de los siete años, cuando, en 1977, la familia emigró de su comunidad a los campos agrícolas del noroeste del país. Aunque sólo pudo estudiar un año de primaria, la vida le ha enseñado múltiples oficios.

El primer destino familiar fue Villa Juárez, Sinaloa, donde se pizcaba tomate. De allí fueron a recoger algodón en San Juan de los Planes, Baja California Sur. Dormían al aire libre, apenas resguardados por unas palmas de dátiles, contando las estrellas. Fidel tiene a flor de piel el recuerdo de una noche en la que se despertaron sobresaltados cuando el piso comenzó a moverse. Al prender la lámpara de mano apareció una enorme víbora entre ellos. Como pudieron la mataron para seguir durmiendo.


Ni en ése ni en los otros campos de trabajo había módulo de salud ni medio de transporte regular ni escuela. Bebían, guisaban y se aseaban con el agua para riego agrícola. Los más pequeños pasaban los días sin educación escolar, jugando a las escondidas, a los carritos, a lo que inventaban. A los nueve años, Sánchez Gabriel jornaleó allí pizcando algodón en un costalito. Después, en Empalme, Sonora, caminaba kilómetros bajo el sol para llevarle a su padre el lonche de mediodía. A los 13 años comenzó a laborar en forma cosechando chile california, guajillo y calabazas.

En 1981 la familia se instaló en San Quintín. Un empresario les ofreció un espacio para levantar una vivienda rústica, sin tener que pagar renta, y les obsequió plásticos y madera. El nuevo hogar era un paso adelante. Sin embargo, tenía un grave inconveniente: la familia estaba a disposición del patrón.

Cuando a San Quintín llegó la trasnacional Canelos, mucha gente se fue a trabajar para allá. Los Sánchez Gabriel también. La empresa construyó galerones y cuarterías para sus trabajadores. Muy pronto, la inconformidad comenzó a crecer.

El 16 de septiembre de 1984 estalló un paro de jornaleros agrícolas organizado por la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC). El movimiento demandó aumento salarial y mejores prestaciones laborales. Duró apenas un día y medio y se levantó con un triunfo. Tiempo después se decretó en la misma compañía un segundo paro, también exitoso, por las mismas demandas que el primero. Sin embargo, los intentos de organizar un sindicato propio resultaron infructuosos, ante la complicidad de las autoridades laborales y los empresarios.

En 1985 Fidel escuchó que en Estados Unidos había mucho trabajo y hartos dólares. Junto a sus primos y tíos cruzó la frontera y llegó a Phoenix. Pero la migra andaba a todo lo que daba. Le tocaron dos corretizas. Corrió con suerte. No sucedió lo mismo con sus parientes, que fueron deportados. A los tres meses le ganó la nostalgia y regresó a San Quintín.

En 1986 la CIOAC decidió organizar a los jornaleros en forma a partir de la lucha por la vivienda. Fidel se unió al movimiento. Comenzó así una carrera ascendente dentro de la central: secretario de la colonia, secretario de acción sindical y secretario general regional.

Sánchez Gabriel participó en el PSUM y sus fusiones, el PMS y PRD. Pero a final de cuentas les dijo que no. No era lo suyo. Él quería estar en la lucha social. Finalmente se alejó del partido. Decidió entonces ir a Estados Unidos a trabajar. siempre de indocumentado, sin saber hablar inglés. Lo hizo durante 18 años. Permanecía entre siete y ocho meses y luego regresaba a San Quintín para estar con su familia. En varias ocasiones fue detenido y deportado, pero nunca se dio por vencido. Siempre encontró la forma de volver a entrar. Estuvo en California, Oregon, Washington, Florida y muchos otros estados más.

En 1997 participó en un paro de pizcadores de tomate de la Coalición de Trabajadores de Immokalee. Se dijo a sí mismo: “Yo soy pizcador de tomate, esta lucha es también mía. Aquí voy”. En Mattawa, Washington, después de trabajar en la recolección de la manzana volvió a dormir como tantas otras noches, contando las estrellas. Un año después, al lado de la Unión César Chávez, consiguió vivienda digna para sus compañeros. En 2008 regresó definitivamente a San Quintín para estar con su familia.

Al llegar Enrique Peña Nieto al poder sintió el golpe de las reformas estructurales. Se decidió a frenarlas. Trató de localizar a sus antiguos compañeros. No tuvo suerte. En cambio, se topó con el Frente Popular Revolucionario y encontró con ellos hartas coincidencias. También con la Alianza de Organizaciones por la Justicia Social.

La alianza tiene año y siete meses de vida. Él tenía un diagnóstico de la situación de los jornaleros agrícolas en San Quintín y una propuesta para resolver sus problemas, que coincidían con la alianza, así que se unió a ella. El 2 y 3 de junio de 2014 se movilizaron para resolver el problema del agua. Fue un ensayo general de lo que vendría un año después.

La alianza se volcó a concientizar y organizar a los jornaleros en las colonias. Luego emplazó al gobierno del estado a resolver sus demandas laborales. Los tomaron de locos. Decidieron preparar la huelga. A finales de febrero era un rumor a voces en todo el municipio lo que se avecinaba. La gente decía: “Ya no aguantamos. Queremos ir al paro. ¿O ya se vendieron?”

El 17 de marzo la hora del paro general llegó. Con su experiencia organizativa y de vida a cuestas, Fidel, el contador de estrellas, se volvió una voz imprescindible. Acusado por la patronal de pertenecer a una organización insurgente, él responde: “No tengo fisonomía de guerrillero. No traigo armas. Mi única arma son mis manos”. A su manera, él es, ya, uno de esos personajes que aparecen en obras de Eduardo Galeano como Memoria del fuego; uno de esos que, dignamente, junto a su pueblo, hacen la historia de nuestro continente.


Luis Hernández Navarro, periodista, es coordinador de opinión y editorialista del diario mexicano La Jornada




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