martes, 12 de mayo de 2015

Entrevista a Remedios Zafra / José Durán

 




"Desconectarse de internet es una herramienta revolucionaria"

El ensayo ‘Ojos y capital’ indaga en el reverso tenebroso de la red y la sociedad digital


Remedios Zafra (Córdoba, 1973) ha pasado las últimas dos décadas estudiando las relaciones entre el yo y el nosotros en la era digital, cómo se construye sociedad en internet y cómo la red construye una nueva sociedad. Escritora y profesora de Arte, Innovación y Cultura Digital en la Universidad de Sevilla, acaba de publicar Ojos y capital (Consonni, 2015) un atrevido ensayo que profundiza en las conexiones entre personas mediadas por la pantalla y cómo el poder utiliza sus viejos mecanismos para seguir sacando tajada en esta nueva realidad.

Imágenes sin carne, hipervisibilización o identidades  de comparecencia son algunos de los conceptos con los que Zafra analiza “el espejismo de una cultura-red donde la máquina y sus dispositivos se han camuflado como neutrales” pero que produce exclusión y desigualdad reales al condicionar cuantitativamente (más “me gusta” o favoritos, más beneficio) el valor y reconocimiento del otro.



La autora disecciona la “rotunda capitalización de las autovías y espacios de comunicación online por grandes empresas dedicadas a la socialización del yo digital y disfrazadas de filantropía” pero también reconoce que en la red “se articulan espacios que recuperan y actualizan otras formas de intercambio basadas en la confianza y en la primacía de las personas”.

Para Zafra, Internet es simultáneamente espejo del capital e instrumento de resistencia, y ha alcanzado una preeminencia irreversible, sin vuelta atrás. “Se trata de que las personas puedan ser sujetos libres y formados capaces de habitarla crítica y creativamente”. Repetir mundos o imaginar nuevos es la encrucijada a resolver, plantea.

PREGUNTA. ¿Es posible vivir hoy en Occidente sin ver o ser visto en internet o eso supone condenarse a la exclusión?

RESPUESTA. La Cultura-Red ha convertido tendencias de época en necesidades de época, y “estar (ser visto) en internet” como “estar conectado” son dos de ellas. La  sensación hoy es que no es posible vivir en Occidente sin ver y ser visto en internet. La inmersión en la red en Occidente es hoy vivida con la naturalidad de quien respira. Y en ella, “ser visto” opera como un claro incentivo que marca algo parecido a un cambio de paradigma. Me refiero a cómo hasta hace poco nuestra mayor amenaza era la “pérdida de privacidad”, sin embargo hoy esto no nos importa, o no de la misma manera. Acostumbrado a compartir cada fragmento de vida, el sujeto contemporáneo online parece estar convirtiéndose en otro tipo de humano, para quien la pérdida realmente importante sería, como sugería Eco, “la pérdida de visibilidad”.
Tengo la impresión de que “no estar” en la red apunta, cuando menos, a dos exclusiones distintas: las involuntarias de quienes han quedado fuera de la cultura digital por cuestiones generacionales (algunos ancianos) o marginación social (las personas sin hogar); y la de quienes se excluyen voluntariamente porque pueden permitírselo o como gesto de disentimiento y libertad sobre sus acciones. Es decir quienes convierten lo inclusivo en algo “electivo”. En este último caso, advierto un posicionamiento de resistencia contra lo irreflexivo de algo que pareciendo voluntario se presenta realmente como obligatorio, no sólo estar permanentemente conectado, sino también tener las últimas y novísimas aplicaciones de comunicación, participar activamente en todas las redes sociales mayoritarias (Facebook, Twitter, Instagram,…).



P. ¿Las lógicas y el funcionamiento de internet son un modo de capitalismo moderno pero tan despiadado como el tradicional?

R. En las lógicas de los intercambios online conviven clásicas formas del capitalismo con nuevas relaciones de intercambio y reciprocidad. La cuestión es si son usadas por el capitalismo para la perpetuación de su poder y sistema, o si son apropiadas por la ciudadanía para su empoderamiento y para la transformación.

'En las lógicas de los intercambios online conviven clásicas formas del capitalismo con nuevas relaciones de reciprocidad'

El capitalismo precisa apoyarse en dos características favorecedoras de su poder. De un lado, la velocidad y la primacía del “presente continuo” como gestores del exceso de datos que caracteriza internet; ambas dificultando el tiempo para pensar y reclamando posicionamientos rápidos apoyados en ideas preconcebidas (únicas que toleran esa velocidad).

Estos intercambios rápidos obvian los vínculos morales entre las personas (omisión que opera como base del capitalismo). Esta crisis del tiempo reflexivo (que algunos han diagnosticado como crisis de la atención) junto a una crisis ética son, a mi modo de ver, los mejores aliados para la perpetuación de la hegemonía del capital, es decir para la repetición de mundos de vida bajo nuevos disfraces tecnológicos.




P. ¿Qué sucedería si Internet se cayese durante tres o cuatro días? ¿sería una de las tragedias más graves que hoy le pueden ocurrir a Occidente?

Me parece que para la ciudadanía no sería negativo, tres días de desconexión nos permitirían cambiar la mirada y mirar a la cara de las personas, descubrir las “imágenes con carne” que hace tiempo dejamos de mirar y las distancias cortas, devolver la pantalla a un lugar secundario. Es más, el tiempo de desconexión me parece una de las más eficaces herramientas revolucionarias, sobre todo para el “uno mismo”; un tiempo liberados del exceso de información y sus demandas, nos permitiría distanciarnos y pensar, incluso descubrir que ¡caramba!, ¡hay cuerpos, mundo material, gente que sufre mientras andamos entretenidos actualizando nuestro perfil!

'Un parón temporal de internet no es un motivo de alarma, sino una oportunidad para identificar las costuras del sistema'

Por otro lado, un ejercicio de especulación que nos llevara a deducir las consecuencias concretas podría esbozar una imagen más distópica connotada por: desabastecimiento, confusión, parálisis, miedo … Y acompañados de los altos grados de ansiedad y dependencia que genera estar permanentemente conectados, podrían hacernos dibujar un escenario caótico y conflictivo, pero no alcanzo a creer que un parón temporal sea motivo de alarma, sino una oportunidad para pensar y tal vez identificar las costuras y el backstage del sistema.

Claro está que para el poder pudiera ser más traumático, pues los días conectados son días de “vida del capital” que si no se mueven, no producen.

P. Ante esa posibilidad, Dan Dennett consideraba imprescindible la construcción de un bote salvavidas para aguantar al menos las primeras 48 horas. ¿Cómo crees que sería ese bote?




'Hay que crear estructuras tecnológicas y humanas que garanticen la vida offline'

R. Es verdad que la red se ha convertido en un apéndice humano y que opera en distintos niveles de nuestra vida, pero creo que ante un posible fallo global, ese bote salvavidas al que alude Dennet debiera, ante todo, primar la vida de las personas por encima de cualquier otro valor a salvar. Me refiero a la necesidad de crear estructuras tecnológicas y humanas que garanticen la vida offline (y como necesidades de la vida además de los derechos básicos, la sanidad y la educación). Hacerlo por encima del capital y las ganancias de quienes detentan el poder tecnológico y el poder del capital, que es hoy una de las más perversas y evidentes formas de poder sobre el mundo. La historia seguramente nos repetiría alguna variante de la huida de los ricos en los botes medio vacíos, esa escena que tantas veces hemos visto en los imaginarios y ficciones contemporáneas como si con su reiteración quisieran acostumbrarnos o advertirnos, nunca está claro… No es descabellado pensar en ese bote desde la ciudadanía.

P. ¿Existe la posibilidad de una comunidad colectiva en Internet o son remedos? ¿Dónde quedan la solidaridad y el nosotros?

R. Desde los noventa hemos visto aparecer muchas formas de comunidades online, desde las zonas temporalmente autónomas de las que hablaba Hakim Bey, pasando por comunidades cohesionadas por proyectos, trabajos o por filosofías que duraban lo que la motivación fuera capaz de unir y sostener un “nosotros”, hasta  las hoy derivadas de una renovada fuerza política y moral transformada y motivada por la crisis y la apropiación social de la red. Todo ello conviviendo con la extensión de la red como parte del círculo familiar y afectivo que nos ha permitido crear nosotros sin compartir una misma ubicación, transformando lazos de afecto y solidaridad reforzados por la complejidad de las relaciones ya no sólo presenciales, ya no sólo materiales.




'Existe la posibilidad de una comunidad solidaria en la red, siempre que se resista a convertirse en producto'

Lo más inquietante en este contexto sería que los poderes que estructuran internet pudieran determinar una u otra colectividad y creo que en cierta manera esto está ocurriendo. Por tanto, insisto, sí existe posibilidad de comunidad solidaria y de nosotros en la red, pero siempre que parta de la libertad y motivación de las personas y se enfrente con recelo a las tendencias de espacios/poderes que busquen comunidades como “productos” a rentabilizar.

P. Hay prácticas de resistencia en las que internet ha sido una herramienta fundamental (15M, Anonymous, activismo hacker,…). ¿Cómo valoras estos movimientos, frente a las prácticas políticas presenciales (lo que hace la PAH, por ejemplo)?

R. La dimensión adquirida por los colectivos activistas online es fascinante por muchas razones: la posibilidad de multiplicar personas implicadas, la difusión de conocimiento (y de otra mirada al conocimiento), la fácil disponibilidad de instrumentos que permiten accesibilidad, la posibilidad de intervenir en dichos instrumentos, la pluralidad de personas que a nivel global pueden unirse en estas comunidades, la potencia de actuar desde el “cuarto propio conectado” y la implicación de personas que hasta hace poco no podían formar parte de espacio público y estaban sentenciadas a la esfera doméstica… Éstas, entre otras, serían potencias que no se han contrapuesto al activismo presencial sino que lo han implementado, pues habitualmente actúan unidos.




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