lunes, 18 de mayo de 2015

Luciano Canfora / "Exportar la libertad”





“Apenas dos años antes de la revolución de Hungría, en junio de 1954, el presidente Eisenhower había hecho que los “liberadores” (mercenarios) de Castillo Armas invadieran Guatemala y derrocaran el legítimo gobierno del presidente Arbenz Guzmán, reo de haber perjudicado los intereses de la United Fruit Company

Pero, frente a Europa del Este, la no intervención era la única opción posible, pues la alternativa pasaba por una nueva guerra en Europa. Resulta palmario el cinismo de una propaganda que sin embargo sólo podía tomarse en serio del otro lado del telón que dividía Europa. Hasta qué punto las férreas reglas de la Realpolitik determinaron todos los actos de los protagonistas de esos acontecimientos memorables resulta aún más evidente si se tiene en cuenta que, por el contrario, sí hubo una reacción pronta, dura y resolutiva por parte de Estados Unidos contra el desembarco anglofrancés en Port Said, que se produjo el mismo día de la invasión soviética de Hungría. 

Estados Unidos no podía permitirse “perder” Oriente Medio para secundar el viejo colonialismo de sus aliados. Anthony Eden y Guy Mollet, primer ministro británico y jefe de gobierno francés, respectivamente, conservador el primero y socialista el segundo, que llevaban meses preparando la agresión contra Egipto en connivencia con el ejército israelí, inmerso por entonces en el mayor error de su difícil historia, tuvieron que inclinar la cabeza, retirarse y tragarse el orgullo. Para Inglaterra ese episodio marcó el final de cualquier veleidad imperial; para Francia fue la antesala del final de la IV República. 

La URSS pudo proseguir la guerra en Hungría y derrotarla, después de semanas de combates, devolviendo al poder a una élite política considerablemente afecta.”

Luciano Canfora en "Exportar la libertad”

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P. S. 
A propósito de Guatemala:

“Si en 1940 la población del Distrito Federal era de un millón y medio de habitantes, ahora (1955) llegaba ya a los cuatro y medio. A lo largo de esos mismos años el ingreso natural bruto había pasado de 6.000 a 52.000 millones de dólares, en tanto que la producción industrial se había multiplicado por 5,5 y la construcción por 4,5. Por otra parte, vivían en el país (en el Distrito Federal, principalmente) muchos refugiados políticos centroamericanos, núcleo extranjero que aumentó notablemente en 1954 cuando, con la CIA, Eisenhower destruyó el gobierno democráticamente elegido de Arbenz en Guatemala. (5)
(…)
(5) De las 100.000 páginas de documentos que la CIA tiene sobre aquel crimen se han “abierto” al público sólo unas 1.500. Están, por supuesto, muy censuradas, a pesar de lo cual son horripilantes. En algunas de ellas se explica, por ejemplo, que para matar a cualquier político de izquierdas o líder sindical puede bastar un destornillador: el secreto está en clavarlo en el lugar justo, en la nuca, por ejemplo, para romper el nervio que recorre la columna vertebral. Incluye también una lista de personas a las que hay que asesinar, pero todos los nombres están borrados. Escribo esto (septiembre 2001) en plena “cruzada” yanqui contra el “terrorismo” y, creo, sobran comentarios.

(Carlos Blanco Aguinaga, “De mal asiento”)


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