miércoles, 6 de mayo de 2015

Párrafos de... “Perorata del insensato” / Miguel Sánchez-Ostiz






"POR FIN LOGRÉ DAR CON EL MIGUELITO RUIZ, después de que me torease mucho por teléfono y me hiciera esperar. Amigo del alma, de los tiempos en que me enviaba billetitos al grito de oh, belle amitié, félicité parfaite… y me escribió en el catálogo de la exposición aquella de la galería La Huerta de Larequi una de aquellas jerigonzas que se llevaban entonces, bueno y luego también, la crítica de arte y el jeroglífico combinan de maravilla, como el vermú con ginebra, igual.

También él se aseguró de que no iba a causar problemas en general y a él en particular, porque él, me dijo, tenía que cuidar sus relaciones, sus amistades. No podía estar con cualquiera. Cómo lo averiguó es algo que ignoro, pero en este mundo todo se sabe.

Quedamos citados, m’acuerdo, en un chiringuito de la plaza de Santa Bárbara en el que había que meterse un whisky antes de ir a comer a un lugar castizo, por la parte de Fernando el Santo o por ahí, Casa Manolita, o algo así, un cuchitril con mucho humo y más whisky, y callos, muchos, callos con tomate, a la madrileña, humeantes, abrasadores, en cazuelón de barro, revenidos, pero auténticos, con mucha gente del hampa de la prensa que se saludaban entre ellos como si fueran hermanos de leche, cuando en realidad se atacaban como murenas. El Miguelito sabía dónde dejarse ver y con quién, y en qué día y momento, eso estaba claro. Por si acaso no me presentó a nadie, no fuera a aprovecharme de sus relaciones. Eso me dijo, con franqueza y se me cayó la cuchara de la mano… tomate.

-¿Qué proyectos tienes?
-Lo mío, pintar, ganarme la vida, recuperar el tiempo perdido…
-Ya…




No dijo más, pero me detalló al día la imparable ascensión de su carrera de escritor de cámara. Después de comer me llevó a su casa para enseñarme su biblioteca. Paredes tapizadas de libros hasta el techo. Carteles y más carteles, papeles, fotos y fotitos, en los que aparecía su nombre o su careto apapostiado, cubrían las paredes. Hasta el más mínimo recorte de prensa estaba enmarcado. Todo, algo asombroso. Pasillos, cocina, retrete, todo, hasta los techos. Mear rodeado de su cara mofletuda te cortaba el chorro. Lo probé. Yo creo que era para pasear de un lado para otro admirándose. No quedaba más remedio que decirle:
-¡Pero cuánto has subido Miguelito, cuánto has subido!
-No creas y lo que voy a subir…

Lo dijo sin pestañear, sin vergüenza, con desparpajo. Yo creía que esas cosas no se decían. Estaba equivocado. Entre la Vespa de Cornejo y el coche mortuorio me habían dejado, sin necesidad de poesías, en un mundo de verdad nuevo, del que lo ignoraba casi todo.

Debí de poner cara de asombro porque me espetó:
-Es que estoy psicoanalizao y digo lo que se me pasa por los huevos… deberías haber hecho tú lo mismo.

Vaya, hombre, otro que sabe lo que yo debería haber hecho en la vida, pensé y nada dije, hermana, porque ya iba aprendiendo a estar callao.

Y a continuación soltó algo asombroso:
-Oye, a mí no me vengas a pedir trabajo, ¿eh?, que a mí no me gusta ayudar a nadie, ya sabes. No me gusta hacerme enemigos. Aquí en Madrid, cada uno por sí mismo. Es ley de vida, Juanito, ley de vida.
-Nada hombre, tú tranquilo, tú a lo tuyo… ya nos veremos.



Veníamos, ya digo, de comernos unos callos regados con JB (él), porque era lo que se llevaba esa temporada entre la gente del hampa literaria, en recuerdo de la última visita que me hizo con Cocolín a Crecell, en la que en la taberna del pueblo también hubo callos para comer y sangrecillas varias, qué manía. Ellos con Rioja, yo con Pepsi.

Y nos volvimos a ver un día de lluvia en un bar que tenía la mafia italiana en la calle Fernando VI. Él estaba solo, junto al vidrio, entré y no bien me echó la vista encima me di cuenta de que mi presencia le incomodaba.

-Oye, ¿no vendrás a pedirme algo…? Además, mira, casi mejor te vas que estoy esperando a una chica, ya me entiendes, y tú con esas bolsas del supermercado haces mal efecto.

Venía yo de hacer una compra en el ultramarinos de la esquina, unas delicatessen para darme un festincillo en la soledad de mi cabina de proyección modianescamente desafectada porque si no, no tiene magia, y va el Croqueta y me suelta aquello.

Ay, no sé si se habría psicoanalizao, pero me di cuenta de que estaba delante de un hijo de puta que probablemente lo era ya cuando lo conocí, en la época de bohemia postsuasantuitarda, y que no vi gracias a mi entusiasmo miope por la vida, sus tierras y sus gentes.

Carajo, la gente, qué suelta, solo quería darle el catálogo de la exposición de Buades que se inauguraba unos días después. No fue, pero más tarde escribiría que había ido y había conocido a una gente que le desconocía. A lo dicho, muy, pero que muy suelto el jambo. Ahora pienso que si a su paso por Crecell me dijo que si alguna vez iba por Madrid le llamara, fue porque estaba casi seguro de que, muá, de Crecell no salía ni con los pies por delante.

El amigo Cocolín, el de las fiestas moriscas y los copetines elegantes de los veinte años cuando nos reunía como público agradecido para sus puestas de dandi, apareció por Madrid algo más tarde. Le habían dado no sé qué puesto en Exteriores, algo relacionado con la representación diplomática española en los Santos Lugares; un puesto del que me dijo:

-Es como un despachito en el Huerto de los Olivos."






Miguel Sánchez-Ostiz, “Perorata del insensato”


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