viernes, 22 de mayo de 2015

Una reflexión de Mario Benedetti





La cómoda clave de semejante complicidad es precisamente la simplificación en el entendido, y más aún en el sobreentendido, de que un poeta sensible a su contorno está definitivamente perdido para la excelsa poesía. Dan por sentado, o tal vez simulan que lo dan, que la preocupación social corta las alas, frena la osadía experimental, castra la imaginación. No les interesa verificar si sus prejuicios son válidos; les alcanza y les sobra con expresarlos. En consecuencia exaltan la soledad, los sueños, la magia, el homo ludens, el protagonismo de la palabra. No están más allá, sino más acá del bien y del mal, ya que aún no se han chamuscado en esos fuegos. […] Creer, o hacer creer, que la definición política o social de un intelectual sólo habrá de llevarle al esquematismo, al maniqueísmo, o a la pobreza formal, es hacer una torpe evaluación de los caminos y procesos del arte. Desde la Divina Comedia al Guernica, desde Marat-SadeNovecento, desde España aparta de mí este cáliz al Canto general, el ingrediente social ha servido para nutrir el arte de todos los tiempos.

Achacar a ese componente el esquematismo de los inevitables mediocres, equivaldría a atribuir a la magia y a los sueños la indigencia estética de algunos autores venerablemente burgueses.


MARIO BENEDETTI, fragmento de De la cultura, ese blanco móvil, 1989, recogido en Textos preferidos y complementarios de autor y lector, Anthropos, 1992, pág. 117




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