martes, 9 de junio de 2015

Carlos Blanco Aguinaga, “De mal asiento”





“…enseñé por medio año en el American High School, un colegio de segunda enseñanza de los americanos. Daba yo allí dos clases, una de literatura española, en la que los alumnos y alumnas eran casi todos mexicanos de la mejor burguesía, cuyos padres pretendían que sus hijos e hijas se americanizaran sin perder del todo las raíces, y otra de lengua, ésta para los pocos chamacos y chamacas gringos que todavía no hablaban bien el español y que, por lo que vi, no tenían intención de hacerlo. Todopoderosos colonizadores ya a los catorce o quince años: desde su gueto de lujo en una colonia elegante les traían al colegio en grandes automóviles americanos, que era también su gusto lingüístico: gueto cultural de películas de mierda y de fútbol americano. No preparaban las lecciones, entraban a clase hablando inglés y mascando chicle y, ya sentados, tirados ellos sobre las sillas como copias “avanti la leerte” de James Dean y arreglándose ellas el pelo y las uñas, seguían hablando y riéndose. Parecía claro que pensaban que yo no era sino un pagado, un mandado, un criado, un pinche esclavo en la colonia; un pendejo que enseñaba (¿) porque no sabía hacer otra cosa (Hay un terrible dicho norteamericano: “If you can not DO, teach”, “Si no sabes HACER, enseña”).



Así parecían pensar todos menos una chamaca que se sentaba en primera fila a mi derecha, dejando siempre el mayor espacio posible entre su persona y los demás. Aislada, escuchaba atentamente y cuando, por hacer algo, yo proponía practicar un poco de conversación, ella estaba siempre dispuesta a entrarle a cualquier tema mientras los demás se desentendían y charlaban entre sí. Como la dirección no había entregado todavía listas y los demás me interesaban muy poco, le pregunté por fin que cómo se llamaba. “Nicki”, me dijo, “Nicki Trumbo”. Me sonaba, pero no estaba seguro de qué. No importaba, lo que importaba era ella. Pero, ¿quién era aquella chamaca tan distinta de los demás? ¿Por qué siempre estaba alejada de sus compatriotas y mirándoles de lejos con rabia, se diría que con odio? Hasta que una mañana de la tercera o cuarta semana se aclaró todo.

Entré al aula sin saber qué hacer para que aquellos monstruitos dialogaran un poco, vi que uno de ellos traía una revista de cine y se me prendió el foco: “Vamos a hablar de películas”, propuse. “Alright! Good! –gritaron- Good! Good!” Y empezamos.

No llevábamos ni diez minutos con el asunto cuando alguien mencionó con entusiasmo a Ginger Rogers. “¡Ésa es una soplona, una fascista!”, escupió entonces Nicki (en inglés: “She’s a stool pigeon. She’s is a fascist!”) desde su esquina, paralizando la conversación.

Eran las primeras palabras que le oía en inglés y me alegraron el alma. “Ya sabía yo…”, me dije, según veía la imagen en la pantalla de aquella especie de vacota rubia, lastre que Fred Astaire llevaba como quien lleva una escoba, él, que era como una pluma, puro nervio y estilo; la rubia teñida que había acusado de comunistas a unos y a otros cineastas frente al Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso (HUAC: House Un-American Activities Committee) que –antes que McCarthy- inició sus actividades “investigando” a los “rojos” de Hollywood. Ginger Rogers y sus amigos, Ronald Reagan, Robert Taylor, John Wayne, toda una pandilla de fachas de Hollywood liderando a varios otros lamentablemente acobardados (Elia Kazan, Clifford Odets…); todos los que llevaron a John Garfield a la muerte, a Hammet, y a los famosos “Diez de Hollywood”, y a muchos más a la cárcel. Tras de lo cual se hizo una “lista negra” que les impidió trabajar para Hollywood con sus propios nombres durante muchos años.

(…)




Cuando conté a los amigos del zipizape que había armado en mi clase una tal Nicki Trumbo, uno de los más cinéfilos (¿García Ascot?) reconoció el apellido, recordó quién era Dalton Trumbo, el guionista de tales y tales películas, y dijo que conocía a alguien que conocía a alguien que conocía a varios de los de Hollywood que, tras haber pasado por la cárcel en los Estados Unidos, vivían exiliados en Cuernavaca, y que por qué no arreglábamos para hacerles una visita. “¡Zas, mano! ¡Ándale, vamos!” Y allá nos fuimos cuatro o cinco, a Cuernavaca. Entramos a un jardín y junto a la casa estaba un hombrecito un algo parecido a Lenin cortando unas rosas.

“Ése es algo así como el comisario de todos”, dijo quien les conocía. “Se llama Albert Maltz.”

Y era el guionista de Graham Greene en “This Gun for Hire”, con Alan Ladd y Veronica Lake…”


Carlos Blanco Aguinaga, “De mal asiento”


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