viernes, 19 de junio de 2015

Carlos Blanco Aguinaga, “De mal asiento”






“En vista de la polémica reinante, pero no sin algunas dudas, decidimos pronto que en el título debía constar que la revista era “mexicana”. Bien. Pero no debía llamarse “Revista de Literatura Mexicana” ya que nuestra intención era publicar textos de cualquier parte. Tras muchas vueltas a la noria fuimos a dar al título más obvio y, probablemente, más exacto y pretencioso: “Revista Mexicana de Literatura”, título en el que destacaría la palabra LITERATURA escrita debajo de REVISTA MEXICANA.

En aquellas reuniones, además de Fuentes, participaron jóvenes intelectuales mexicanos como, muy especialmente, Emanuel Carballo (él y Carlos Fuentes fueron los “responsables” de la revista), Antonio Alatorre, el genial y muy disperso Jorge Portilla, una de las personas más queribles que haya yo conocido, o Archivaldo Burns, un millonario que se había casado con mi gran amor de los doce a los dieciséis años, Lucinda Urrusti, y que pretendía ser escritor.




Detrás de la idea de la revista, no sé cómo ni por qué, estaba el insoportable Octavio Paz, uno de los hombres de mayor vanidad baboseante que haya conocido en mi vida. Pretencioso, grosero, mal educado, capaz de utilizar su poder –digamos- mediático para hundir a cualquier escritor joven que no le hubiese hecho las suficientes caravanas impidiendo que se publicaran sus versos o sus cuentos en cualquier editorial, porque en todas tenía influencia, como la tuvo en Carlos Fuentes durante muchos años. Anterior izquierdista y dizque amigo de los refugiados españoles –a quienes en efecto, ayudó al principio del exilio-, pero profundamente antiespañol, aunque según parece, su madre (o sería tal vez su abuela) era gaditana. ¿Qué iba uno a hacer con un tipo así cuyas ambiciones y vergüenzas seguramente provenían de laberínticos complejos sexuales? Un tipo que, ya entonces, era venenosamente anticomunista, y que lo mismo le daba atacar a Neruda que a César Vallejo, parte todo de su campaña de aquellos días en contra de Siqueiros y Rivera, pero no necesariamente contra Orozco (su pintor predilecto era el inocente Tamayo).




Todo eso además de que una noche, mientras en una fiesta otros bailaban olvidados de cuestiones literarias, el tal Paz comentaba que con gusto se la metería a la chamaca esa, o a su chamaco, daba igual (el verdadero macho mexicano lo demuestra metiéndosela a quien sea). A lo que el poeta hoy muy elogiado Alí Chumacero, apenas un algo menos vulgar que Octavio, decía que de acuerdo, maestro, de acuerdo, mientras ya para entonces Paz le estaba diciendo a otro que los españoles se creían que Galdós era un buen novelista cuando, de hecho, España nunca había producido una novela digna de atención, apenas si el Quijote.

Ya digo, nunca supe, ni sé por qué Octavio Paz tuvo –para mí, casi en las sombras- algo que ver con los inicios de aquella revista, sobre la que después, a las claras y lamentablemente en mi opinión, influyó mucho más que al principio. Supongo que es que Carlos Fuentes, no sólo hombre inteligente, sino también listo y empresarial, pensó que aquello convenía. ¿Se podía ya entonces ir a ninguna parte en el mundo literario de México sin contar con Octavio Paz? Es de suponer que en los últimos años, cuando Paz le puso la proa a Fuentes, mi tocayo habrá –por fin- entendido quién era “Octavio”, alguien muy diferente del hombre cordial y progresista que siempre ha sido Carlos Fuentes.”


Carlos Blanco Aguinaga, “De mal asiento”



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