lunes, 15 de junio de 2015

Claude Monet, “Autobiografía”.






“(…) Se trataba de una novedad arriesgada. Nadie había hecho algo así hasta entonces, ni siquiera Manet que lo intentó más tarde, después de mí. Su pintura era todavía muy clásica, y todavía recuerdo el desprecio con el que hablaba de mis inicios. Era en 1867: su estilo se había consolidado, pero no tenía nada de revolucionario, después de todo. Yo estaba lejos todavía de haber adoptado el principio de la división de los colores que puso en mi contra a tanta gente, pero empezaba a tantear poco a poco y me entregaba a efectos de luz y de color que chocaban con la tradición. El jurado, que me había recibido tan bien al principio, se volvió contra mí, y fui ignominiosamente rechazado cuando presenté aquella nueva pintura en el Salón.

A pesar de todo encontré un medio de exponer, pero en otra parte. Conmovido por mis súplicas, un marchante que tenía su galería en la calle Auber consintió en exponer una marina que había sido rechazada en el Palacio de la Industria. Fue un clamor general. Una tarde que me había detenido en la calle, en medio de un grupo de curiosos, para oír lo que se decía de mí, vi llegar a Manet con dos o tres de sus amigos. El grupo se detiene, mira, y Manet, encogiéndose de hombros, exclama desdeñosamente:
-¿Están viendo a este joven que quiere pintar al aire libre? ¡Como si los viejos no lo hubieran hecho ya!

Manet tenía por lo demás una vieja deuda conmigo. En el Salón de 1866, el día de la inauguración, había sido acogido, nada más entrar, con exclamaciones de entusiasmo. “¡Excelente, querido amigo, su cuadro!”. Y apretones de manos, bravos, felicitaciones. Manet, como ya pueden imaginar, estaba exultante. Cuál no sería su sorpresa cuando se dio cuenta de que el cuadro por el que le felicitaban era mío. Era la “Mujer de verde”. Y la mala suerte quiso que, esquivando a los que le rodeaban, fuera a caer en un grupo donde nos encontrábamos Bazille y yo.

-¿Qué tal va todo? –le preguntó uno de los nuestros.
-¡Ah! Querido amigo, es indignante, estoy furioso. No me felicitan más que por un cuadro que no es mío. Esto parece una broma.




Cuando al día siguiente, Astruc le contó que había expresado su indignación delante del autor mismo del cuadro, le propuso presentarnos, pero Manet se negó en redondo. Me guardaba rencor por la jugada que le había hecho sin saberlo. Para una vez que le habían felicitado por una obra maestra, esa obra maestra era de otro. Qué amargura para una sensibilidad a flor de piel como la suya.

Fue en 1869 cuando volví a verle, pero esta vez para hacernos íntimos de inmediato. Desde el primer momento me invitó a ir a buscarle todas las tardes a un café de Batignolles donde se reunían él y sus amigos, al salir del taller, para charlar. Allí conocí a Fantin-Latour y a Cézanne, a Degas, que llegó poco después de Italia, al crítico de arte Duranty, a Émile Zola, que debutaba por entonces en literatura, y a algunos más. Yo llevé por mi parte a Sisley, a Bazille y a Renoir. No había nada más interesante que aquellas conversaciones, con los continuos choques de opiniones. Uno estaba allí siempre en vilo, animado a la búsqueda desinteresada y sincera, haciendo provisiones de entusiasmo que, durante semanas y semanas, te mantenían hasta conseguir la forma definitiva de la idea. De allí se sale siempre con los ánimos templados, la voluntad más firme, el pensamiento más nítido y más claro.

Llegó la guerra. Yo acababa de casarme. Me fui a Inglaterra. En Londres conocí a Bouvin y a Pissarro. También conocí allí la miseria. Inglaterra no quería saber nada de nuestros cuadros. Fue una época dura. Por casualidad me encontré con Daubigny, que anteriormente había manifestado interés en mí. En aquel momento él pintaba vistas del Támesis que gustaban mucho a los ingleses. Mi situación le conmovió. “Creo que sé lo que necesita, me dijo: voy a presentarle un marchante”. Y al día siguiente conocí a Durand-Ruel.




Y Durand-Ruel fue, para todos nosotros, el salvador. Durante más de quince años, mi pintura y la de Renoir, la de Sisley, la de Pisarro, no tuvieron otra salida que la suya. Llegó un día en que tuvo que limitar y espaciar compras. Pensamos que era la ruína, pero era el éxito que por fin llegaba. Propuestos a Petit, a los Broussod, nuestros trabajos encontraron compradores en ellos. De pronto, se los encontraba menos malos. A Durand-Ruel no le compraban; pero se confiaba en los otros. Se compraba. La hora había sonado. Todo el mundo quiere tener algo nuestro hoy.”


Claude Monet, “Autobiografía”.



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