domingo, 21 de junio de 2015

Diletantismo y disciplina / Antonio Gramsci




Diletantismo y disciplina 

Necesidad de una crítica interna severa y rigurosa, sin convencionalismos y sin medida. Existe una tendencia del materialismo histórico que promueve y favorece todas las malas tradiciones de la cultura media italiana y parece arraigar en algunos rasgos del carácter italiano: la improvisación, el “talentismo”, la pereza fatalista, el diletantismo fantasioso, la falta de disciplina, intelectual, la irresponsabilidad y la deslealtad moral e intelectual. El materialismo histórico destruye toda una serie de prejuicios y convenciones, falsos deberes, obligaciones hipócritas, pero no por eso justifica la caída en el escepticismo y en el cinismo snob. El mismo resultado había tenido el maquiavelismo, por una extensión arbitraria o una confusión que, desde luego, no se daba en Maquiavelo, sino al contrario, puesto que la grandeza de Maquiavelo consiste en haber distinguido entre política y ética.

No puede existir una asociación permanente y capaz de desarrollo que no se sostenga en determinados principios éticos, propuestos por la asociación misma a sus componentes individuales con vistas a la complicidad interna y a la homogeneidad necesaria para alcanzar el fin. No por eso carecerán los principios de carácter universal. Así ocurriría si la asociación fuera fin de sí misma, es decir, si fuera una secta o una asociación de delincuentes (y solo en este caso me parece posible decir que se confunden la ética y la política, sencillamente porque lo “particular” se eleva a “universal”). Pero una asociación normal se concibe a sí misma como una aristocracia, una elite, una vanguardia, esto es, se concibe ligada por millones de hilos a un determinado grupo social y, a través de este, a toda la humanidad. Por tanto, esa asociación no se afirma como definitiva y rígida, sino como tendente a unificar a toda la humanidad. La política se entiende entonces como un proceso que desembocará en la moral, o sea, como tendente a desembocar en una forma de convivencia en la cual política y, por tanto, moral estén ambas superadas. Solo desde este punto de vista historicista puede explicarse la angustia de muchos ante el contraste entre la moral privada y la moral público-política. Esa angustia es un reflejo inconsciente y sentimentalmente acrítico de las contradicciones de la sociedad actual, es decir, de la falta de igualdad entre los sujetos morales.

Pero no se puede hablar de elite-aristocracia, de vanguardia, como de una colectividad indiferenciada y caótica a la cual, por gracia de un misterioso espíritu santo u otra misteriosa y metafísica deidad desconocida, desciendan la inteligencia, la capacidad, la educación, la preparación técnica, etc.

Y, sin embargo, esa concepción es frecuente. Se refleja en pequeño lo que ocurría a escala nacional, cuando el Estado se entendía como algo abstracto, separado de la colectividad de los ciudadanos, como un padre omnipotente que ya pensaría en todo, proveería a todo, etc.; a eso se debe la falta de una democracia real, de una voluntad colectiva nacional, y, por tanto, con esa pasividad de los individuos, la necesidad de un despotismo más o menos larvado de la burocracia. La colectividad tiene que entenderse como producto de una elaboración de la voluntad y el pensamiento colectivos, conseguida a través del esfuerzo individual concreto, y no por un proceso fatal ajeno a los individuos; de aquí la necesidad de la disciplina externa y mecánica. Si tiene que haber polémicas y escisiones, no hay que tener miedo de enfrentarse con ellas y superarlas; son inevitables en estos procesos de desarrollo, y evitarlas significa solo retrasarlas hasta el momento en que realmente serán peligrosas o incluso catastróficas, etc. (C. VII; I. C., 135-137.)

Antonio Gramsci



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