lunes, 1 de junio de 2015

Sobre el folletín, los superhéroes y las doctrinas de consolación (1).




Sobre el folletín, los superhéroes y las doctrinas de consolación (1).

“…Sue ya no escribe “Los misterios de París”; la novela se escribirá sola, con la colaboración del público.

Todo lo que sucede después es normal, no puede dejar de ocurrir. Que el infeliz señor Szeliga, crítico literario de la “Aligemeine Literaturzeitung” realice, a partir de los personajes y las situaciones del libro, una serie de acrobacias dialécticas en correcta clave hegeliana, puede hacernos reír, como ya hacía reír con razón a Marx y a Engels; pero era normal. Así es que, como se sabe, Marx y Engels escribieron “La sagrada familia” sirviéndose de “Los misterios…” como hilo conductor (es decir, lo aprovecharon no sólo como documento ideológico sino también como obra de personajes “típicos”).

Es normal que, antes de que termine el libro, aparezcan las traducciones italianas, inglesas, rusas, alemanas, holandesas, que sólo en Nueva York se vendan ochenta mil ejemplares en unos meses, que Paul Féval se lance a imitar la fórmula, que salgan por todas partes “Misterios de Berlín”, que Balzac, arrastrado por el furor popular, escriba “Les mystères de Province”, que Hugo se ponga a pensar desde entonces en sus “Miserables” y que el mismo Sue se vea obligado a hacer una adaptación teatral de la obra, deleitando al público parisiense durante siete horas seguidas con sufrimientos espectaculares.



Todo es normal porque Sue no ha escrito una obra de arte sino que ha inventado un mundo y lo ha poblado de personajes sanguíneos, vigorosos y emblemáticos, a la vez falsos y ejemplares. Después de más de un siglo, el libro puede releerse por lo que vale ahora y para lo que puede servir. Por una parte, puede ser un importante documento que aclara ciertos elementos fundamentales de la sensibilidad social del siglo XIX, y por otro una clave que nos ayuda a comprender la estructura de la narración literaria de masas, las relaciones entre condiciones de mercado, el planteamiento ideológico y la forma narrativa.”


“En este punto aparecen las líneas principales de la doctrina social de Rodolphe-Sue. El primer elemento es la granja Bouqueval, modelo del paternalismo triunfante. Basta que el lector lea el sexto capítulo de la tercera parte. La granja es un perfecto falansterio que existe en virtud de un patrón que socorre al que se encuentra sin trabajo. De la misma inspiración se nutre el Banco de los Pobres y de las teorías sobre la reforma de los montes de piedad: visto que la miseria existe y que el obrero puede quedarse sin trabajo, creamos una institución que lo ayude con dinero en los períodos de paro. Cuando encuentre de nuevo trabajo, lo devolverá. “El obrero devolverá –comentan los autores de “La sagrada familia”- mientras trabaje, lo que haya recibido durante el paro.” Buen truco.



De la misma manera están elaborados los planes para la prevención del delito, la reducción de gastos judiciales para el pobre y, finalmente, el proyecto de una organización policíaca para los buenos que, del mismo modo que la policía criminal que vigila a los malos, los sorprende y los lleva al juzgado, vigila a su vez la existencia de los buenos, revela las acciones virtuosas a la comunidad y organiza procesos públicos en los que la bondad queda reconocida y premiada.

Son proyectos que harían sonreír si no fueran inspirados en un correcto planteamiento reformista, factible aún hoy, propio de cualquier resolución socialdemócrata de los problemas económicos. El fondo de la ideología de Sue es el siguiente: vamos a ver qué se puede hacer por los humildes, dejando intactas las actuales condiciones de la sociedad, merced a una colaboración cristiana entre las clases

(Umberto Eco sobre Eugène Sue y Los misterios de París.)


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