sábado, 22 de agosto de 2015

Claves internacionales de Podemos: la delgada línea floja. / Ángeles Díez





 Claves internacionales de Podemos: la delgada línea floja. 


Son muchos los sectores sociales que, embargados por la esperanza de que algo cambie en el panorama político del Estado Español o fascinados por la irrupción performativa de un look juvenil, justifican las variaciones en el discurso del líder de Podemos afirmando que se trata de habilidad política para ganar votos, es decir, de meros recursos discursivos necesarios para competir y ganar en el campo electoral. Así, renegar de las relaciones con Venezuela, ponerse una kipá, símbolo judío, en Jerusalén, justificar la no participación en la marcha contra la base militar de la OTAN en Rota, o, más recientemente, declarar su intención de entrevistarse con el embajador de Estados Unidos, son vistos por los miembros y simpatizantes de Podemos como un camino necesario hacia la conquista del parlamento, contradictorio sólo en la superficie, y coherente con el objetivo último de ganar las elecciones. Otros consideran que los cambios de discurso, especialmente en relación con Venezuela, son una traición a los ideales iniciales que defendían los promotores de Podemos. Finalmente, hay quienes estiman que los nuevos posicionamientos internacionales del partido de Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias muestran la verdadera realidad de una fuerza política creada ad hoc sobre una estructura ideológica que, frágil y posmoderna, permite estos virajes en función de la coyuntura.


Para analizar cuánto hay de cierto o de equivocación en estas opiniones, así como para caracterizar un hecho mediático-social como Podemos en uno de sus aspectos más sintomáticos (su posicionamiento internacional), es necesario partir de las acciones objetivas que les dan sentido, es decir, que nos permiten comprender el por qué (los fines) y el cómo (los medios) de este partido. Considerando los hechos, tenemos una formación política cuyos promotores analizaron previamente la situación del mercado electoral y encontraron un vacío susceptible de ser llenado. Las movilizaciones masivas del 15 de mayo de 2011, las distintas mareas (movilizaciones sectoriales), las marchas por la dignidad, la desafección política que mostraban los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), todo apuntaba a una creciente deslegitimación del sistema político y de sus estructuras administrativas. El diagnóstico más superficial estableció que las demandas sociales se dirigían mayoritariamente a un sistema político incapaz, ya en esos momentos, de dar una mínima respuesta que aplacara la “indignación” social. Los casos de corrupción, la transferencia de la deuda privada al Estado, dando lugar a su quiebra técnica, el paro galopante y la falta de expectativas dirigían el descontento social de forma recurrente hacia el sistema político.





Para el grupo promotor de Podemos se planteó un fin nítido desde el inicio, es decir, desde el mismo momento en que se vislumbró la oportunidad de incursionar en la arena electoral: capitalizar el descontento social convirtiéndolo en triunfo electoral.

Ese objetivo quedó claramente expuesto y fue reiterado constantemente por su secretario general, Pablo Iglesias: “Nuestro objetivo es ganar”, repitió una y otra vez. Sus precocinadas y estereotipadas intervenciones buscaron la sintonía con los espectadores de las tertulias, estableciendo analogías con el deporte rey, el fútbol (58). La identificación con Diego Pablo Cholo Simeone, el entrenador del Atlético de Madrid, le permitió manejar una construcción de sentido simple y ya interiorizada, adaptada al medio televisivo, a saber, un equipo con menos recursos que los demás, con menos estrellas futbolísticas, que se plantea ganar partido a partido, y que entona el lema “sí se puede” y, en definitiva, despierta ilusión por ganar.


Cuando el líder mediático de la nueva formación apareció en público tras el éxito electoral en las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014, algunos se sorprendieron de su cara compungida diciendo “no es suficiente… nosotros queremos ganar”. En ese momento estaba expresando de forma sencilla lo que tantas veces había repetido como tertuliano en los shows televisivos: ganar, ganar, ganar…. ¿Ganar qué? La puesta en escena, los recursos simbólicos, todo al servicio de un objetivo que en ese momento se trasladaba de las elecciones europeas a las generales del Estado español. En el blog de Pablo Iglesias -es imposible distinguir si se trata de un blog personal o del de su partido- se afirmaba tras las elecciones europeas: “Esto es sólo el principio”, “por ahora nosotros no hemos cumplido nuestro objetivo de superarles” (59), “Podemos no nació para ocupar un papel testimonial. Nacimos para ir a por todas”, “nuestro objetivo es ganar las elecciones y gobernar” (60). El entrevistador Jordi Évole afirmó que el secretario general de Podemos, tras las elecciones europeas, "nos dijo una cosa con la que yo flipé: que si no ganaba las elecciones (generales) se iba, que había venido a ganar y que, si no ganaba y se quedaba de diputado cuatro años, igual le veían como uno de la ‘casta’" (61). 


Partiendo de este objetivo explícito y sin dobleces cobran sentido las idas y venidas, las ambigüedades, los silencios y las declaraciones de la dirección de Podemos en materia internacional. Es la razón instrumental puesta al servicio de unos fines previamente definidos por el “líder carismático”. Este fin será el que determine los medios necesarios para lograrlo y el que articule todos los recursos técnicos y humanos disponibles (redes sociales, herramientas informáticas, organizaciones sociales, movimientos vecinales…). La racionalidad se supedita a un único objetivo, ganar las elecciones generales, y articula y dota de sentido a la acción política de Podemos, incluida la internacional.



La visita a Jerusalén y el escudo de la ignorancia
Una de las acciones más controvertidas de la estrella de Podemos, Pablo Iglesias, fue la visita a Israel. En el marco del viaje de una delegación de parlamentarios de la Izquierda Unitaria europea, realizado con la intención de evaluar los daños causados en Gaza por la agresión israelí, el parlamentario que acaparó la mayor atención fue el secretario general de Podemos. La visita de un grupo de europarlamentarios a Gaza se convirtió por arte mediático en la visita de Pablo Iglesias. A quien se negó la entrada en Gaza fue, según los medios, al parlamentario de Podemos y la imagen y las declaraciones que inundaron todos los medios internacionales fueron también las suyas.


Aparentemente, la posición de Podemos respecto al conflicto israelí-palestino era, en correspondencia con la imagen de radicalidad construida por los sectores conservadores, favorable a la posición palestina. Aparentemente también, las declaraciones de Pablo Iglesias reforzaban esta construcción. Sin embargo, la estrella de Podemos apareció con una kipá en el muro de las Lamentaciones en el Jerusalén ocupado y ante el gran revuelo que causó en los medios palestinos y de solidaridad (62) alegó “desconocer” el significado de este símbolo judío.


La ambigüedad calculada es parte sustancial de la dirección del partido que, a pesar de ser acusado de “radical de izquierdas” por los sectores más reaccionarios del espectro político, no ha realizado ninguna declaración que avale esta imagen de radicalidad y siempre se ha movido en el ámbito de lo políticamente correcto. En el caso del conflicto palestinoisraelí, las declaraciones se han centrado en la legalidad y el respeto de los derechos humanos, como han hecho la mayor parte de los partidos y gobiernos conservadores. Sin embargo, algunas declaraciones de Pablo Iglesias, de sus círculos, así como del partido nodriza de Podemos (Izquierda Anticapitalista) en relación con las llamadas “revoluciones árabes”, han dejado traslucir, para quien haya querido verlo, un alineamiento con la posición la comunidad internacional.





La trayectoria personal de Pablo Iglesias nunca ha estado marcada por su solidaridad con la causa palestina, ni en su condición de alumno ni en la de profesor interino. En esa visita llegó a comparar a los palestinos con la resistencia de los judíos en el gueto de Varsovia, contradiciendo así sus declaraciones sobre la no equidistancia en relación al conflicto: "Los que estamos con los héroes judíos que defendieron el gueto de Varsovia con cócteles molotov tenemos que estar con el pueblo palestino" (63). Aunque de nuevo es una afirmación que parece favorable a la causa palestina, la realidad es que el complemento de la oración principal, sobre el que recae la acción, son los judíos, a los que además trata de héroes, mientras que en la oración subordinada el complemento no es la resistencia palestina sino el pueblo palestino. Por supuesto que Pablo Iglesias omitió en todas sus declaraciones hablar de la ocupación israelí y del derecho internacional a la resistencia en situaciones de ocupación. Apoyar el boicot a Israel mientras no se cumplan las resoluciones de Naciones Unidas no significa necesariamente denunciar la ocupación, las torturas, los encarcelamientos masivos, el apartheid… En esta misma línea es sin duda relevante que poco antes el Círculo de Científicos de Podemos rechazase apoyar el boicot a Israel utilizando la misma argumentación que las autoridades españolas que apoyan al Estado sionista.


Por otro lado, hay que tener en cuenta que el partido que dio cobertura al nacimiento de Podemos y cuya militancia fue obligada a disolverse después del triunfo de la estructura vertical defendida por Pablo Iglesias, Izquierda Anticapitalista, tomó posición a favor de las intervenciones imperialistas, por ejemplo en Libia. Fueron significativas las declaraciones de Esther Vivas, en tanto que portavoz de Izquierda Antcapitalista, en apoyo de la supuesta “revolución del pueblo” contra Gaddafi y de la mano de la afirmación de que la izquierda anticapitalista tenía que luchar para que nuestros gobiernos suministrasen a los rebeldes, sin imponerles condiciones, armas y los fondos de la fortuna de Gaddafi en el extranjero (64). 




América Latina y el estigma de Venezuela
A finales de septiembre de 2014 dirigentes de Podemos emprendieron su primera gira internacional tras la obtención de cinco eurodiputados por el nuevo partido. El viaje tenía como destino Bolivia, Ecuador y Uruguay. En este periplo de apenas una semana -tiempo más bien escaso para un intercambio profundo de experiencias pero sin duda suficiente para un objetivo puramente publicitario- sorprendió que Venezuela se cayera de la agenda.
A pesar de las campañas iniciales, y por distintas razones, ni Bolivia ni Ecuador ni Uruguay tienen tan mala prensa ni son tan furibundamente agredidos por los medios y sus periodistas. En el caso de Bolivia, su presidente es tratado con desprecio e incluso racismo, pero no se nos presenta como un líder peligroso. En el caso del presidente de Ecuador, Rafael Correa, su habilidad para desenvolverse con los periodistas españoles, su atractivo mediático y los datos exitosos de sus medidas económicas lo han resguardado de la estigmatización.

Por otro lado, el presidente Correa expresó públicamente su sintonía y apoyo a la dirección y propuestas de Podemos. Uruguay es un país muy pequeño, con poco más de tres millones de habitantes, poco significativo para los “intereses españoles” y con un presidente sencillo y bonachón. Estos tres países podían funcionar en el imaginario de la ciudadanía como la representación más próxima a la publicidad electoral de Podemos: gobernar a favor de los pueblos.
Respondiendo al objetivo propagandístico y mediático con el que fue diseñado este viaje, Venezuela tenía que quedar necesariamente fuera del programa. 
No es casualidad que para los medios masivos, de cualquier ideología, sea Venezuela el objetivo de todos los ataques. Desde el mismo momento en que Hugo Chávez ganó las elecciones convirtiéndose en presidente, Venezuela inició un proceso de radical transformación en su vida interna y en las relaciones con los países latinoamericanos. La integración regional tomó un impulso sin precedentes con la creación del ALBA, la CELAC y Petrocaribe. Así, Venezuela lidera un proyecto complejo y diverso de carácter soberanista, es decir, de independencia nacional y regional. La guerra mediática contra el gobierno venezolano tiene alcance global y, una vez que Estados Unidos parece haber aliviado la presión sobre Cuba, Caracas se convierte en el objetivo prioritario. Hace tiempo que la opinión pública ha sido ya moldeada con un rechazo agresivo hacia Venezuela.

Desde el punto de vista de la razón instrumental que orienta todas las acciones de Podemos (el triunfo electoral), Venezuela no podía figurar en la agenda de Podemos. 
En la entrevista que hizo Berto Romero a Jordi Évole, el periodista de La Sexta que había entrevistado a su vez a Pablo Iglesias, Évole le dijo que habían sugerido a Iglesias que el encuentro se realizase en Venezuela. El dirigente de Podemos respondió: “Hombre, me va a traer problemas porque la asociación Podemos-Venezuela o Pablo Iglesias-Venezuela no nos va muy bien, porque el estigma que tiene Venezuela es muy potente” (65). Parece claro que Venezuela no da votos a Podemos sino todo lo contrario. El esfuerzo por el distanciamiento ha sido constante. Y todo ello a pesar de que la mayoría de los dirigentes venezolanos ven el ascenso de Podemos como una oportunidad para corregir una política española beligerante contra su país. Parece difícil que, en el supuesto de un gobierno de Podemos, la dirección del partido emprenda una aproximación o intente modificar el estigma que es dominante entre sus bases y electores. De modo que no es tan evidente que dicho distanciamiento sea tan sólo instrumental.
De hecho, la respuesta de Pablo Iglesias a la esposa del golpista venezolano Leopoldo López, de gira por Europa para recabar apoyos para su marido y contra el gobierno de Venezuela, se encuadró dentro de la aceptación del estigma. Lilian Tintori le pidió ayuda a Pablo Iglesias y éste le contestó que le remitiese la documentación de su caso (66). La seguridad con la que Tintori afirmó que pronto contaría con el apoyo del secretario general de Podemos estaba sustentada, no sólo en el tipo de respuesta que obtuvo, sino en el conocimiento del lastre que para Podemos suponía el vínculo precedente con el gobierno venezolano.
En el recorrido latinoamericano los dirigentes de Podemos transmitieron un discurso dirigido a rebajar cualquier rasgo revolucionario de los gobiernos visitados. Manifestaron que no se trataba de copiar, sino de ver cómo se puede “gobernar de otra forma”, e insistieron en “el crecimiento económico” de esos países. Así, el mensaje de esas visitas fue: no son países peligrosos, ni siquiera revolucionarios. Han conseguido redistribuir y crecer gobernando de otra forma. La gira cumplió sobradamente los objetivos publicitarios deseados (67). Incluso incorporó un nuevo valor añadido: el de un virtual “presidente de Gobierno” reuniéndose con otros presidentes.




El amigo americano: las bases dan trabajo
La intervención norteamericana en la política española ha sido un hecho corroborado por diversas investigaciones, una de las más contundentes de las cuales es la de Joan Garcés titulada Soberanos e intervenidos (68). Si esa intervención está ampliamente documentada para el período de la transición, en estos momentos un velo de ignorancia parece ocultar las más claras evidencias.
Apenas pudimos conocer que en 2013 el embajador estadounidense, Alan D.
Solomont, recomendó un pacto PP-PSOE para salir de la crisis moral en la que había entrado España con la corrupción. Sin duda un desliz que dejaba traslucir el interés y la influencia de Estados Unidos en la sombra. De nuevo aparentemente, el posicionamiento de Podemos respecto a la potencia imperial es coherente con una ideología que ofrece al gran público lo que quiere oír al tiempo que las acciones se dirigen hacia lo que interesa al partido. En general, y como quiera que en relación con Estados Unidos cualquier declaración es comprometida, la estrategia es “el regate”. En una entrevista concedida a la Cadena SER, y al ser preguntado directamente por su posición respecto de la OTAN, afirmó que si fuera presidente del gobierno intentaría sacar a España de la Alianza, pero que en cualquier caso convocaría un referéndum para que “España decidiera”. Como hizo Felipe González en su día, el secretario general de Podemos hace gala de un discurso bipolar que trata de conciliar el patriotismo españolista con la razón de Estado y la subordinación a los intereses extranjeros. Cuando los discursos se elaboran a golpe de encuesta y de estudios de opinión no es tan fácil contentar a todos. De ahí la bipolaridad que marea tanto a los analistas que no pueden encontrar la coordenada que da coherencia a las declaraciones. Detectado el nerviosismo internacional respecto a las que serán las directrices políticas de Podemos en materia de relaciones exteriores, en una entrevista realizada tras el triunfo electoral de Syriza, Pablo Iglesias afirmó que alguien del partido ya había hablado con el embajador de Estados Unidos y que él lo haría próximamente. Esta bipolaridad de los discursos, dependiente del contexto en el que se producen, se decanta habitualmente en situaciones concretas, cuando se trata de llevar a cabo algún tipo de acción; entonces son los círculos los que tienen total independencia para, por ejemplo, apoyar o no una marcha antimilitarista contra las bases militares. El Círculo Podemos Rota rechazó la invitación a participar en la XXIX Marcha a Rota argumentando que la base naval estadounidense generaba puestos de trabajo y que no existía ninguna alternativa “real” para sustituirla (69).

De modo que el posicionamiento respecto de las bases y la OTAN está en la misma línea lógica que explica los encuentros con las asociaciones de militares, con la Asociación Unificada de Militares Españoles (AUME) y con la Asociación de Militares de Tropa y Marinería (AMTM) (70). El interés de estas reuniones estriba en recoger las demandas relacionadas con las condiciones laborales. Nada que ver con cuestiones relativas a la soberanía e independencia del ejército español. Se concibe a los militares como si fueran trabajadores en un sector concreto de la economía sin prestar atención ni al papel ni a los objetivos de los ejércitos. Menos atención se presta a las voces de colectivos de militares que, como Anemoi, plantean propuestas democráticas y republicanas, y alertan sobre el carácter golpista y subordinado del ejército español.




Grecia suma votos: nosotros como Syriza
En el mitin de cierre de campaña de Syriza, de todos los parlamentarios europeos que fueron invitados y de dirigentes de partidos de izquierda ideológicamente próximos, fue el secretario general de Podemos quien salió al estrado a hacerse la foto con Alexis Tsipras. En su breve intervención apareció de nuevo la clave del patriotismo que, en la coyuntura actual, y para todos los países del sur de Europa, funciona como recurso aglutinador de la mayoría del electorado, tanto de derecha como de izquierda: “Nadie va a hacer los deberes por los griegos y nadie va a hacer los deberes por los españoles”, “tanto Samaras como Rajoy son vicepresidentes de Merkel”, “este país se merece un presidente griego, patriota, que defienda los derechos de la gente y que negocie con sentido común con los poderes financieros, y ese será Alexis Tsipras" (71).
Aunque la imagen de Syriza construida por los medios masivos es la de un partido de izquierdas, poco saben los futuros votantes de Podemos acerca del significado de ser de izquierdas en Grecia. En cualquier caso, el mensaje que se traslada con mayor fuerza es el de “un partido ganador”. El relato de lo nuevo, la juventud y el cambio se impone frente a cualquier otro imaginario. El patriotismo, la negociación y el poder de los votos aglutinan a cualquier ideología dirigida a desplazar a los que están.
Se puede concluir que las declaraciones y acciones de la dirección de Podemos en el ámbito internacional tratan de buscar su homologación como “partido de Estado”, es decir, están dentro de lo políticamente correcto. Independientemente de las acciones futuras, la probabilidad que se desprende de los discursos actuales apunta hacia una opción conservadora, garante de la institucionalidad en la que se inscribe y de la legalidad internacional, con el único valor añadido de un relevo generacional y un mejor posicionamiento de cara a futuras negociaciones con la troika.

El objetivo de ganar las elecciones establece el eje sobre el que se articulan las relaciones internacionales del nuevo partido y su dirección, así como las acciones que se desprenden de ellas. Esta razón instrumental produce una inversión entre medios y fines: los medios pasan a ser fines que a la vez son medios de otros fines que sucesivamente devienen medios en una cadena teleológica que no tiene término y en la que se pierden los fines últimos. Es decir, las elecciones, que son concebidas como un medio (instrumento) para tener poder, se convierten en fines en sí mismas y después nuevamente en medios para construir un partido, y el partido en medio para llegar al gobierno y el gobierno en un medio para… Existe, pues, una gran coherencia entre las declaraciones relativas a la política internacional de Podemos y las de ámbito nacional si las analizamos desde la perspectiva del juego electoral. Reglas y poderes fácticos son los elementos que realmente definen el sentido de la política. De ahí que llegar al gobierno no signifique tomar el poder y que no parezca probable que dependa de la voluntad de la dirección de Podemos modificar sustancialmente su posicionamiento internacional.

Ángeles Díez Rodríguez



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