jueves, 20 de agosto de 2015

Gregorio Morán, “El cura y los mandarines”





“Posiblemente la más popular de las canciones españolas de los años cuarenta se decía “Santander” y era un bolero. La letra iba preñada de declaraciones sobre sus virtudes y los bellos recuerdos… “Santander es la novia del mar”, donde “las estrellas se van, pero vuelven después, en tu cielo a brillar”. La música, pegadiza y eficaz, la había compuesto el pianista Enrique Peiró, pero quien la haría popular era un cantante delgado, con bigote y cara de hambre; la misma que se le ponía entonces a mucha gente cuando se retrataba.

Se hacia llamar Jorge Sepúlveda. Nombre artístico del valenciano Luis Sancho Monleón, sargento del derrotado ejército republicano, que había salido del campo de concentración de Albatera y tras intentarlo en muchos trabajos logró al fin uno que iba a transformar su vida. Cantante de música ligera. Cambió de nombre, cambió de identidad, y nunca más, hasta su muerte, nadie recordó, ni él quería, ese pasado con muchas ganas de pasar y dejarlo atrás. Santander fue su canción, la suya y la de casi toda España durante muchos años, hasta el punto que memoria y melodía, y hasta Jorge Sepúlveda, se unían en el recuerdo de una época.

Porque coinciden muchas cosas que hacen de Santander una singularidad dentro del mundo bronco, grisaceo y nada deslumbrante del primer franquismo. Primera y principal, Santander es la última capital del norte de España en dejar de ser republicana, hecho de singular significación tratándose de una ciudad levítica y muy conservadora, sin universidad (la de Verano había sido y volvería a ser un remedo para mandarines) y con un peso de la tradición que se manifiesta tanto en su economía –dominada por las grandes familias de los Quijano, Botín, Bustamante…- como en su cultura, del novelista e industrial del jabón José María de Pereda, el erudito don Marcelino Menéndez Pelayo, auténtico creador del canon neocatólico, expresión que entonces designaba la versión más reaccionaria del pensamiento de la Iglesia.

Pero Santander, que aún se designaba “La Montaña”, o la “Mar de Castilla”, con ecos del conservadurismo francés más maurrasiano y una incipiente clase burguesa que miraba a Inglaterra a través del puerto de Plymunt, se declaró republicana tras el levantamiento del 18 de julio de 1936 y así se mantendría hasta vísperas de la caída del norte de la península.




Fue importante Santander durante la guerra; un lugar insólito que recogía las últimas ínfulas del nacionalismo vasco en franca derrota –el famoso pacto entre el PNV y los fascistas italianos, del verano de 1937, tendrá lugar en Santoña, a 48 kilómetros de Santander capital-, cita obligada también de los mineros asturianos tratando de impedir el aislamiento republicano en una Asturias donde los franquistas sólo habían consolidado su capital, Oviedo, pero quedaba el puerto de Gijón. Y por último, el concentrado de todos los eventuales enemigos del Frente Popular y la República de Azaña, retenidos en un barco anclado en el puerto, el “Alfonso Pérez”, que acabaría convirtiéndose en legendario proveedor de legitimidad franquista, o por mejor decir, antirrepublicana, porque allí serán asesinadas dos centenares de personas, entre linchadas y fusiladas, en sangrienta venganza por los bombardeos franquistas sobre la ciudad.

Porque la verdad sea dicha es que Santander, como La Montaña –entonces no se había inventado la novedad de denominarla Cantabria-, siempre fue considerada ciudad monárquica. No por nada la monarquía fijó allí su residencia de verano en La Magdalena desde que a Alfonso XIII le regalaron la mansión, en la época que la reina Victoria Eugenia, una sajona, introdujo los salutíferos baños de mar, tan detestados hasta entonces por las clases altas españolas, que preferían el balneario a cualquier otra bondad de la naturaleza. En Santander “las chicas bien” jugaban a los bolos y tenía fama de lugar con gentes de carácter avieso, poco dado a la simpatía, hasta tal punto que solía narrarse a los foráneos aquella conversación en el Paseo de Pereda: “No sé por qué Fulano me ha retirado el saludo, si nunca le he hecho ningún favor”.

Gregorio Morán, “El cura y los mandarines”



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2 comentarios:

  1. Fui a su presentación en Barcelona. GM es un tipo de pocas palabras, pero disfruté viendo como ponía a Planeta.
    Por otra parte, y respecto al libro, no estoy de acuerdo con un pequeño apartado del PSC ; de lo que comenta sobre la actuación del Partido Socialista Catalán y de sus líderes en aquel momento.
    Dicho esto, es un libro que no tiene desperdicio y que en lineas generales vale la pena tener porque data perfectamente los hechos. Para cualquier historiador es más que recomendable.
    Salut

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  2. Me cuentan que Gregorio Morán tiene una casa-almacén completamente abarrotada de fichas-notas-apuntes. El fruto del trabajo de investigación, además de su militancia en el periodismo y el PCE, durante muchos años en archivos públicos y privados y en alguna que otra alcantarilla. Esa exhaustiva y contrastable documentación es la cimentación de sus más importantes obras: “Miseria y grandeza del Partido Comunista de España”, “El maestro en el erial” y, ahora, “El cura y los mandarines”. Nos ha mostrado con todo detalle y la fuerza de los hechos y su “historicidad”, el esqueleto y la auténtica anatomía política, social y cultural del franquismo y el antifranquismo; y su prolongación en la transición y el régimen del 78.
    Únicamente cuando mezcla o burdamente sustituye datos “objetivos” o hechos ciertos y verificables con sus propios juicios de valor, error que comete en escasas ocasiones, degrada lamentable e innecesariamente el conjunto. Nadie es perfecto y todo el que además de observador es o ha sido actor, tiene cuentas que ajustar con la historia y el reparto de compañeros de viaje. El lector avisado sabrá distinguir y, supongo, disculpar. No he llegado a lo del PSC, pero gracias a Morán, Fontana y Garcés, sabemos de sobra que la CIA ya desde los años cuarenta (desde Llopis hasta Reventós) fue su gran amo financiador.

    Las fichas que Morán debe de tener sobre la familia Lara o el conde de Godó, mucho me que por razones obvias, han sido sus editores nutricios, no verán la luz hasta mucho tiempo después…

    Salud

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