jueves, 17 de septiembre de 2015

Dices tú de Rafael Chirbes…





Rafael Chirbes: "Si nos quedamos fuera de la historia, la narración la harán otros"
La Transición no fue una arrolladora conquista popular”

Antonio José Domínguez. Esta entrevista fue realizada el 24 de abril de 2013

Rafael Chirbes ha publicado recientemente En la orilla, seis años después de Crematorio que narraba la España de los años de Zapatero en los que el presente era una fiesta y un terreno propicio al enriquecimiento fácil, y donde los valores de la modernidad se trastocaron en categorías propuestas por el pensamiento débil. La conclusión de estos años de vino y rosas es una crisis encuadrada en un nuevo tipo de lucha de clases en el que el capital financiero ha triunfado dejando a muchos países en la desolación. Crematorio mereció ser la base de una notable serie televisiva. En la orilla, son otros los personaje y otros los paisajes. Ahora su narración nos lleva a la realidad actual sin miramientos para con el lector. Rafael Chirbes entronca con el mejor realismo, y lo consigue. Explica y emociona, porque su narración nace de indagar, vivir y mirar sin a prioris. Es la novela de un tiempo de historia que nos descubre lo que se esconde en el tráfago de los ruidos interesados del poder. A lo largo de esta entrevista, hemos intentado que nos señale algunas claves de lectura para una narración que rompe un presente literario que se debate entre las escrituras apresuradas y, por consiguiente, olvidadizas. En tiempo de tuits y seudo novelas históricas, hay que reconocer un esfuerzo comparable a la mejor narrativa de Max Aub.

Mundo Obrero: Comencemos por el título, En la orilla. Su poder evocador nos puede llevar a la mitología o a la realidad, pero después de leer tu novela, creo que se trata de seres orillados por un tsunami económico y moral. ¿Qué me puedes decir de esta interpretación?
Rafael Chirbes: Creo que juega con esa idea, la de los personajes arrojados a la orilla por la marea contemporánea, pero también está varado en la orilla un narrador –Esteban- que no se atrevió a participar en el flujo de la historia -como lo hizo su amigo Francisco- y se quedó al margen. En la orilla de la historia y, un viejo sin esperanza, en la orilla del Leteo, donde aguarda la llegada inminente de la barca de Caronte que te llevará al lugar de donde ya no se regresa.

M.O.: En tu novela Los disparos del cazador se repite el mismo esquema que En la orilla: Los hijos de los protagonistas de ambas historias cuestionan la narración de las vidas de sus progenitores, aunque las diferencias son significativas. El padre de la primera novela es un triunfador, mientras que En la orilla, el padre es un vencido y víctima de la guerra civil. Esteban, su hijo, memoriza y hace balance sentimental de su relación con él. ¿Qué relación existe para ti entre un pasado cruel y la respuesta cercenada de los sentimientos?
R.C.: La relación vampírica padre-hijo aparece en buena parte de mis libros: dos momentos de la historia y de la economía española. El padre vencedor (Carlos, protagonista de Los disparos…, o don Gregorio, el padre del Francisco de En la orilla) compra inocencia para sus hijos (el dinero tiene una virtud detergente, se dice en alguna parte del libro), él comete el crimen originario que permite la acumulación de capital, la escalada en la posición social y concede a los descendientes la capacidad de aparecer inocentes, impolutos, preparados para dirigir la nueva etapa del país. El padre de los vencidos, en cambio, transmite la memoria de esa injusticia originaria (la guerra civil y la rapiña consecuente), en el sentido en el que Walter Benjamin habla como irreconciliable con la visión de futuro de la socialdemocracia, el vencido transmite la mancha de la culpa a sus descendientes (la señal del vencido), el rencor por el crimen cometido (Ana, la madre de La buena letra; el padre de Esteban de En la orilla). Esa lucha entre olvido y memoria, como manera de construir la dinámica vencedores y vencidos, génesis del dúo arriba y abajo, es uno de los temas centrales de mis novelas.


M.O.: La acción de tu novela se desarrolla en un clima de desolación y corrupción, que abarca desde las relaciones familiares y sentimentales hasta el descrédito de la política. No es casual que las referencias a la muerte sean abundantes. ¿Crees que de esta situación surgirá una “resurrección” de un sujeto hegemónico que cree otra realidad?
R.C.: De momento, y muy especialmente tras la caída del muro de Berlín, sólo el neoliberalismo tiene eso que ahora llaman relato, y sólo sus profetas se declaran como sujeto histórico. La derrota en esto que el Comandante Marcos definió como la Tercera Guerra Mundial ha sido tan profunda que hasta las palabras de los vencidos han sido sembradas de sal para que no crezca en ellas ningún sentido. Hoy, los protagonistas del viejo relato de los de abajo nos parecen obsoletos, pasados de moda, hasta ridículos (aunque la crisis parece que vuelve a agitar un tanto a esos muertos). No sé lo que ocurrirá, no soy profeta, sólo sé que lo que venga ya no vendrá para nosotros, para nuestra generación. Surgirá de otros y para otros.

M.O.: Existe en tu novela un protagonista inanimado: El marjal. Es una metáfora que me resisto a interpretar de un modo mecanicista, por lo que te ruego que me enuncies la tuya.
R.C.: Fue la primera imagen que tuve cuando empecé a tantear con la posibilidad de escribir una novela sobre nuestro tiempo. Me atraía su aparente impasibilidad (nadie parece ocuparse de él) frente a la agitación que había removido la costa, su papel de patio trasero y cómo esa permanencia, era y no era inmutable, ya que, aparentemente abandonado, sin embargo formaba parte silenciosa de la historia, cada época había ido depositando en él sus desechos y casi podía leerse en esos sucesivos vertidos el carácter de cada tiempo. Luego, a medida que escribía, se amplificó su capacidad para sugerir, para ser metáfora, para abrirse en muchos sentidos. Ya sabes que no conviene ponerle faja a los símbolos de un libro, porque los empobreces, cierras lo que es hermoso porque está abierto y tú lo puedes moldear con tu lectura.

M.O.: Esteban, el protagonista tiene la tipicidad lukacsiana como la caracterización de personaje de compleja caracterización. ¿Es el resentimiento lo que le ha impedido adquirir una conciencia lúcida y no ver la dimensión política de su padre?
R.C.: Yo creo que es un personaje ambiguo, incluso para mí bastante indescifrable, ¿se quedó preso de una aventura sexual, a la que él define como amor?, ¿aspiró a alejarse del espacio de los derrotados –su relación con Francisco- y no lo consiguió, por destino, o por falta de valía?, ¿ha sido un cobarde?, ¿un vago? Quería caracterizar al “héroe de mi tiempo”, al “hombre sin atributos”, un pobre hombre de cuya personalidad dudamos, y duda él mismo, porque es el que no ha llegado al poder en una generación cuyos más brillantes individuos lo alcanzaron. Si te quedas fuera de la historia (como a tantos millones de españoles de la Transición nos ha ocurrido), no puedes librarte de tu propia sospecha (soy un fracasado no sirvo para nada) y de las sospechas ajenas, porque la narración la hacen otros para quienes tus posibles valores nada significan.

M.O.: En tu novela se cruzan los temas clásicos de la mejor literatura: amor, muerte y el paso del tiempo con un lenguaje que no permite ninguna delectación al lector. ¿Por qué ese estilo tan erizado de ironía y sarcasmo, al tiempo de referencias -menos que en tu anterior novela, Crematorio-, culturales de diferentes características?
R.C.: Intento que mis novelas sean una puesta en cuestión de las ideas y palabras que hemos recibido, porque, presidiéndolo todo, en el origen de la humanización, de la cultura está el lenguaje. Si te fijas en el libro se tocan buena parte de los tópicos de nuestro tiempo, y se reproduce ese lenguaje benevolente que es inocuo bla, bla, bla, pero ese intento de reproducción no se hace desde dentro de la factoría de producción verbal, sino desde fuera, con lo cual todo el tono del libro es paródico, o directamente sarcástico. Curiosamente, hace unas semanas me releí El Criticón de Gracián, ese libro extraordinario, y me pareció encontrar concomitancias en su punto de vista, en el lugar desde donde mira el lenguaje, aparte de que hay una cercanía de temas, e incluso descubrí frases suyas metidas en mi libro, como si se las hubiera robado. Pero yo El Criticón no había vuelto a leerlo desde que estaba en Marruecos, allá por el año 79. Yo diría que las coincidencias vienen de la cercanía de la posición desde la que se mira, y de la aspiración o propósito de hacer un libro que trate más del todo, que el desarrollo de una anécdota; más una revisión del mecanismo que mueve el conjunto, que una aventura individual.

M.O.: El hilo narrativo se rompe con pequeñas historias que tipográficamente aparecen en letra cursiva. Todas tienen, desde mi punto vista, un intenso carácter realista. ¿Cuál es su función en la trama general de la novela?
R.C.: La función de esos monólogos es precisamente la de contribuir a formar parte de ese todo a que aspira el libro. Mientras escribía En la orilla, pensé no pocas veces en los libros de Dos Passos, también escritos al rebufo de una gran crisis. Y pensaba en el Laberinto de Max Aub, pero yo ni siquiera quería ponerle un hilo de Ariadna a mi laberinto (en su caso, la historia de Vicente y Asunción), quería dejarlo a palo seco, aunque la historia de Esteban sirva como cemento.

M.O.: Has comentado en otra entrevista que la Ley de Memoria histórica ha dejado muchas heridas abiertas. ¿Cuáles, según tu opinión, han sido las causas de que determinada izquierda no haya llegado hasta el final?
R.C.: Creo que te he respondido al hablarte de la relación padre-hijo en mi generación. Sacar a la luz el crimen originario era tirar por los suelos el retablo de las maravillas de la Transición, descubrir que el país entero se había levantado sobre una monstruosa ilegalidad, volver el juego del ajedrez al inicio de la partida que se interrumpió el 18 de julio del 36. ¿Qué institución del Estado, qué fortuna, qué empresa podía soportar eso que tú llamas llegar hasta el final?, ¿no se había levantado todo esto sobre purgas, requisas, usurpaciones…? ¿quién podía exhibir una legitimidad de origen?

M.O.: ¿La mal llamada Transición fue un pacto con el ala reformista del franquismo en el que la izquierda no tuvo en cuenta sus fuerzas o el PSOE, a partir de los años 80, vio que se podían cumplir sus expectativas socialdemócratas?
R.C.: Franco se murió en la cama y los partidos españoles de la Transición los montaron desde el exterior: los agentes del exterior y el dinero del exterior. No fueron fruto de una arrolladora ola democrática provocada por las ansias del pueblo español.









Zapatero: a la mesa con los caníbales / Rafael Chirbes

El pasado  27 de mayo, el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung abría una serie dedicada a Europa con un artículo demoledor sobre España firmado por el gran novelista valenciano Rafael Chirbes. A través de los corresponsales en Alemania de varios diarios españoles, así como, a partir de ellos y manipulatoriamente, del blog interesadamente sesgado hacia posiciones rayanas con la nueva extrema derecha española mantenido por un político socialista retirado con cuentas personales que pasar a Zapatero, el artículo tuvo una enorme e inmediata repercusión en España. Reproducimos a continuación el texto original castellano, que el propio autor ha tenido la amabilidad de enviarnos. SP.

El miércoles 12 de mayo, José Luis Rodríguez Zapatero anunciaba en el Parlamento español una serie de medidas anticrisis que incluían: congelación de las pensiones de los jubilados, bajada de salarios a los funcionarios, restricciones en los pagos de las ayudas a ancianos y enfermos, y en el uso de los medicamentos; y el fin de su oferta estrella de las elecciones: el cheque-bebé (una medida por la cual quien engendrara un hijo o lo adoptara, fuese cual fuese su salario o posición económica, recibiría automáticamente un aguinaldo de dos mil quinientos euros). Como colofón, auguró también el presidente un notable recorte de las inversiones en obra pública, y –esto ya fuera de discurso- filtró a la prensa la caducidad de los cuatrocientos euros mensuales que el Estado concede a los parados de largo alcance. En cinco minutos, dinamitaba su retórica de presidente de los derechos sociales. Apartaba de un manotazo a los caníbales del liberalismo, y se sentaba él a la mesa para comerse a los débiles con un apetito más que notable. 

Una semana antes, había declarado que jamás tomaría ninguna medida que implicara recortes sociales. "Por razones ideológicas", dijo. Pero, la ideología es una materia moldeable, y, entre tanto, había viajado a Bruselas y se había encontrado con las larguísimas caras de los jefes de Estado y de Gobierno del Eurogrupo que le habían dicho que se buscara otra nueva retórica (el lenguaje que entiende el mercado) y que, a partir de ese instante, la economía de su país ya no iba a dirigirla él, porque había mostrado una incapacidad manifiesta. El propio Obama le telefoneó unas horas antes de su intervención parlamentaria, al parecer preocupado por la situación española. Desde ambas orillas del océano, se nos enviaba a los españoles el mensaje de que no somos un país soberano, sino intervenido; que somos algo parecido a lo que fue Marruecos para España a principios del pasado siglo: un protectorado (nos lo temíamos desde el mismo día que entramos en el euro; o aún antes, cuando empezó a llegarnos una lluvia de millones para que desmantelásemos nuestra modesta economía productiva). El presidente que, hace tres años, se preció de haber adelantado en PIB a Italia y amenazaba a Sarkozy con que pronto dejaría a sus espaldas a Francia, se tragaba amargamente sus palabras. No le quedaba más remedio que acudir al parlamento español a dar cuenta de la nueva situación en esa lengua comprensible para los mercados: como han dicho algunos periódicos, se hacía su propia enmienda a la totalidad, o lo que, en la mecánica parlamentaria española, se llama su propia moción de censura. Mientras hablaba, tenía la triste cara de los suicidas.
En pocos minutos se venía abajo todo el armazón ideológico sobre el que se ha sostenido durante seis años esta variante contemporánea de la socialdemocracia, que se ha  creído a salvo de los avatares económicos, gracias a una estrategia por la cual los problemas de la vida cotidiana se retiran de la escena pública y son sustituidos –en una cuidada estrategia-  por la juguetería de lo que algunos han definido como Cultural War: es decir, por la puesta en primer plano de conflictos más o menos intrascendentes, amortizados, silenciados u olvidados, y cuya dramática escenificación le ha servido para mantener la ficción de una política progresista; de que hay una diferencia esencial entre democristianos y socialdemócratas, obviando que el meollo del progresismo tiene que ver, sobre todo, con la forma en que uno se gana el pan de cada día (y si puede ganárselo o no), y con la estrategia con que se reparte la gran tarta nacional entre los ciudadanos. El prestidigitador Zapatero ha conseguido ocultar durante años esa primacía de lo económico, gracias a que, en España, la lista de conflictos que pueden extraerse de la guardarropía y sacarse a escena es numerosa: clericales contra laicos; abortistas contra antiabortistas; españolistas contra nacionalistas; defensores de la negociación con ETA y partidarios de la mano dura; ecologistas contra negacionistas; partidarios de los trasvases de agua contra partidarios del caudal natural de los ríos; machistas contra feministas y homófobos; e incluso, y sobre todo -sí, setenta años después-, herederos de las víctimas de la guerra civil contra herederos del franquismo. Si a ello añadimos el manejo político de los tiempos judiciales en los escándalos de corrupción que afectan al partido de la oposición, el despacho en el Palacio de la Moncloa parecía asegurado durante unos cuantos años. Como le dijo Zapatero en vísperas electorales a un locutor amigo, y recogió un micrófono indiscreto: "A nosotros nos conviene tensionar". Según los cálculos del líder socialdemócrata, en medio de este agitado guirigay nacional, podía seguir caminando sobre las turbias aguas de la economía sin mojarse ni las zapatillas: sólo faltaba que Europa se recuperase en un par de años, es decir, en vísperas de las próximas elecciones españolas: el tapón español flotaría de nuevo sobre el mar de riqueza continental y él podría seguir presentándose como adalid del progresismo.

De hecho, desde que se inició la crisis, el enredo ideológico ha permitido que los sindicalistas hayan seguido haciéndose enternecedoras fotos con el presidente del gobierno mientras las cifras oficiales hablan de cuatro millones seiscientos mil parados, y las reales superan con creces los cinco millones. Los líderes sindicales han apoyado sin fisuras a un gobierno cuyas únicas medidas anticrisis se han sustanciado en la concesión de ayudas a las empresas automovilísticas y en una entrega de decenas de miles de millones a la banca, ejecutada sin ningún control, con la excusa ideológica de que esos millones iban a servir para que las entidades dieran créditos a las familias y a los pequeños empresarios en apuros. Pero la banca, entre tanto, se ha dedicado a comprar firmas extranjeras, a conceder jubilaciones fastuosas a sus directivos y a mostrar unas brillantes cuentas de resultados fin de ejercicio. Los sindicatos (engrasados con donaciones multimillonarias) no han movido un dedo por los que veían desaparecer sus puestos de trabajo, los que perdían sus pisos y los que tenían que cerrar sus empresas. Durante los últimos meses, la única batalla sindical visible –siguiendo la estrategia del  gobierno- ha sido la defensa de un juez que lleva veinticinco años intrigando en política. Zapatero y su ministra de economía han podido presumir ante la oposición de paz social en esa línea postmarxista de que la socialdemocracia es la mejor gestora del capitalismo, y que, por lo demás, cuenta con tan buena tradición en España: en los ochenta fue el gobierno del socialdemócrata Felipe González el encargado de llevar adelante la durísima reconversión industrial que solicitaba el implacable capitalismo europeo; de multiplicar los despidos empresariales hasta elevar el paro a tasas antes nunca imaginadas, de domesticar a varazos a los sindicatos, y de meter al país en la OTAN.

Zapatero ha estado trabajando en sordina a favor de la gran banca y de los especuladores a los que de cara a la galería ataca con demagogia populista: Las vicepresidentas del gobierno (hay dos) llegaron a amenazar con llevar a la cárcel a quien difundiera bulos acerca de la crisis para beneficiarse. Al parecer, acababan de descubrir que la esencia del capitalismo es la especulación: comprar barato y vender caro. Palabrería. En sus actuaciones, ni una sola referencia a tocar el estatus de unos bancos que, según leo en la prensa, son las entidades europeas que más cobran a sus clientes por servicios y las que menos pagan por rendimientos; bajo su mandato, se ha suprimido el impuesto de patrimonio y no se han gravado los bienes suntuarios, tampoco se ha mirado hacia las sociedades de inversión, esos refugios de grandes fortunas que se conocen con el nombre de SICAV, Sociedades  de Inversión de Capital Variable, escondites financieros, para entrar en los cuales hay que contar con un mínimo de 2.300.000 euros, y que cotizan al uno por ciento. El discurso del 12 de mayo, levanta el telón de la retórica y, en escena, aparece la amarga  realidad. El excitante ajetreo del dinero. Bambi (así se le conoce a Zapatero, por su discurso buenista) tiene agudos colmillos con los que da dentelladas, incluso a sus ingenuos votantes. Empiezan a oírse las voces de altos cargos del partido socialista que ven su sillón en peligro: no se quejan de que el presidente sea injusto al tomar estas medidas, sino de que los deja sin discurso político ante la derecha. Quieren otro guión que sirva para echar de nuevo la manta por encima de la realidad. Y él mismo ha creído necesario anunciar precipitadamente que pronto llegarán impuestos que gravarán a los que más tienen: a la banca, a la Iglesia, a los ricos (se les llena la boca, salivan al decir la banca, los ricos, la iglesia: cultural war en estado puro). La batidora populista vuelve a girar. A lo mejor queda alguien que se crea algo. No lo sé. 


Rafael Chirbes es un escritor español firmemente comprometido con los valores de la democracia republicana y el socialismo. Uno de los más grandes y brillantes cultivadores vivos de la gran tradición realista española de Cervantes, Galdós y Max Aub, Rafael Chirbes es autor de agudos ensayos críticos como El novelista perplejo (2002) y de aclamadas novelas como Minoun (finalista del Premio Herralde en 1988), La larga marcha (Premio de la SWR-Bestenlste alemana), Los viejos amigos (Premio Cálamo del Libro del Año en 2003)  y Crematorio (Premio Nacional de la Crítica en 2007, Premio Cálamo Libro del Año en 2007  y Premio Dulce Chacón en 2008).



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