jueves, 24 de septiembre de 2015

Las antinomias de Antonio Gramsci / Perry Anderson






Las antinomias de Antonio Gramsci 

“En el funesto sexto pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, en febrero-marzo de 1926, Bordiga –por entonces aislado y sospechoso dentro de su propio partido- se enfrentó a Stalin y Bujarin por última vez. En un magnífico discurso ante el pleno dijo:
‘En la Internacional sólo tenemos un partido que haya conseguido la victoria revolucionaria: el partido bolchevique. Ellos dicen que, por lo tanto, debemos tomar el camino que llevó al partido ruso al éxito. Esto es completamente cierto, pero sigue siendo insuficiente. El hecho es que el partido ruso luchó bajo condiciones especiales en un país en que la revolución burguesa liberal aún no se había llevado a cabo y la aristocracia feudal todavía no había sido derrotada por la burguesía capitalista.

Entre la caída de la autocracia feudal y la toma del poder por la clase obrera hay un periodo demasiado corto para que pueda compararse con el desarrollo que el proletariado tendrá que llevar a cabo en otros países. Porque no hubo tiempo para construir un aparato de estado burgués sobre las ruinas del aparato feudal zarista. El desarrollo ruso no nos proporciona una experiencia de cómo el proletariado puede derrocar un estado capitalista liberal-parlamentario que ha existido durante muchos años y posee la capacidad para auto-defenderse. Sin embargo, nosotros debemos saber cómo atacar un estado democrático-burgués moderno que, por un lado, tiene sus propios medios para movilizar y corromper ideológicamente al proletariado, y, por el otro, puede defenderse a sí mismo en el terreno de la lucha armada con mayor eficacia que la autocracia zarista. Este problema nunca surgió en la historia del partido comunista ruso”.

Aquí apararece claramente y sin ambigüedad la verdadera oposición entre Rusia y Occidente: autocracia feudal contra democracia burguesa. La precisión de la formulación de Bordiga le permitió captar el doble carácter esencial del estado capitalista: era más fuerte que el estado zarista, porque descansaba no sólo en el consenso de las masas, sino también en un aparato represivo superior.




En otras palabras, no es la simple “extensión del Estado lo que define su localización en la estructura de poder (lo que Gramsci llamó “estadolatría”), sino también su eficacia. El aparato represivo de cualquier estado capitalista moderno es superior al del zarismo por dos razones. En primer lugar, porque las formaciones sociales de occidente están mucho más avanzadas industrialmente, y esta tecnología se refleja en el mismo aparato de violencia. En segundo lugar, porque las masas consienten típicamente este Estado con la creencia de que ellas lo gobiernan. Posee, por lo tanto, una legitimidad popular de carácter mucho más fiable para el ejercicio de la represión que el que tenía el zarismo en su decadencia, reflejado en la mayor lealtad y disciplina de sus tropas y policía, servidores, jurídicamente, no de un autócrata irresponsable sino de una asamblea elegida.

Las claves para el poder del estado capitalista en Occidente se basan en esta superioridad conjunta.

Perry Anderson, “Las antinomias de Antonio Gramsci”



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