jueves, 10 de septiembre de 2015

Parráfos de “Muerte después de Reyes” / Manuel de la Escalera








Parráfos de “Muerte después de Reyes” 





30 de diciembre

Días después. Otra ciudad aún. Vuelvo a la realidad plena sobre una estera inmunda.

Tengo la visión de un angosto calabozo a la luz mortecina de una bombilla débil y empolvada. Siento de nuevo el dolor del brazo, de todo el cuerpo magullado, y picores de parásitos, olores nauseabundos.

Esto me hizo comprender que estaba en plena posesión de todos mis sentidos, pues escuché también también rumor de voces, unas violentas, otras angustiadas, insultos, alaridos, quejas.

Cuando todos esos ruidos cesaban o descendían, podían oírse otros más lejanos, pero no muy distantes: un ruido de fondo en el que había vocear de periódicos y décimos de lotería, timbrazos de tranvías, explosiones de motor, bocinazos, pitidos de guardia de tráfico, rumor de multitud.

Estaba en la Puerta del Sol de Madrid, pero bajo el asfalto; en los sótanos de la Dirección General de Seguridad.






Los calabozos de la Puerta del Sol están esperando el Wilde que escriba su balada. Yo, entre otros deseos no logrados, me llevaré a la tumba este de ser Virgilio de su infierno, o, simplemente, el reportero dantesco que lo describa con amplitud, pues haría falta todo un libro.

En él contaría cómo oyen los soterrados, los emparedados, nuevos tántalos, los ecos y rumores de la vida y del tráfico en el centro de una gran ciudad. Guiaría al lector por estas nuevas catacumbas, por sus laberintos, desde la entrada abovedada, donde los guardias cachean a los que ingresan y magrean a las prostitutas, hasta “la Siberia”, la parte más fría y distante. Mostraría los cuartos de los interrogatorios y los instrumentos de tortura: las cuñas que se introducen en los dedos de las manos y de los pies, entre uña y carne; el “aeroplano”, la polea para colgar hombres boca abajo; la máscara antigás sin oxígeno, para producir las torturas de la axfixia; los contactos eléctricos con reóstatos para aumentar gradualmente la potencia y electrodos en pinza; las lámparas cegadoras, los chuchos de goma, las medias de arena que no dejan huella, los hierros para producir quemaduras.

Referiría cómo salen de allí los que salen, unos en vilo, otros a rastras. Explicaría cómo encoge un hombre después de una paliza; cómo el cuerpo humano resuena igual que un árbol hueco al ser golpeado. Evocaría las vejigas reventadas, las vértebras partidas, las costillas rotas, las columnas vertebrales descoyuntadas, los testículos y los senos retorcidos, los cráneos fracturados.




Hablaría de la esposa desnudada en presencia del marido; del niño amenazado a la vista de los padres; de la mujer que parió en un calabozo. De los suicidas y los locos, De aquel que se estampó los sesos contra un muro, cuando le llevaban por un pasillo; del que se tiró por la ventana de la calleja de atrás; del que se degolló, quitándole al barbero la navaja. De la mujer que, enloquecida de terror, daba vivas a la República en el silencio de la noche y se defendía ante un tribunal imaginario al que increpaba: “¿me aplicáis la ley contra la rebelión militar, siendo yo civil y vosotros militares sublevados? ¿Y decís que estoy loca?”.

Un libro que narrara esas horas que transcurren entre el filo de la medianoche hasta poco antes del amanecer, el tiempo de los interrogatorios, cuando merodean por los pasillos los agentes: Frankenstein, Drácula, el Estrangulador, el Chato, el Orejas, Carlitos, Pobeda, atisbando por las mirillas en busca de la víctima de turno. Que hiciera escuchar las voces suplicantes de los detenidos, cuando piden que les dejen satisfacer necesidades apremiantes, y la atiplada de Adolfito, el barbero afeminado, que va por los pasillos ofreciendo con dengues sus servicios: “¿Hay algún caballero detenido que desee embellecerse a costa de su bolsillo?”. O las risas cachazudas de los guardias que se llevan a las prostitutas a los retretes o juegan a los naipes. Que pintara el gris de los capotes y uniformes, contrastando con la cal sucia del antro abovedado, y, como color complementario, el amarillo; en el as de oros de la baraja con que juegan y en el halo del águila evangélica, repetida en gorras, pecho u hombreras.






Podrían escribirse varios capítulos de ese libro sólo con narrar los sucedidos tragicómicos que presencié, entreví u oí contar por las mirillas, de un calabozo a otro. El novio de etiqueta y ramo de azahar en la solapa, que una hora después de estampar su nombre en el registro matrimonial, fue detenido en plena boda para responder de sus actividades durante la guerra. La anciana con mantilla y devocionario que ingresó en un calabozo contiguo al mío, porque olvidó en el metro el bolso, donde llevaba, junto a una hoja parroquial, una octavilla de propaganda comunista. El delincuente común que se fingió loco durante cuatro días y, tras las inyecciones de aguarrás y las palizas, recobró la razón. El matrimonio inglés que no quería separarse, pero que fue obligado a ello; la mujer con las prostitutas y él a un calabozo. El entomólogo desesperado. Había aparecido entre sus papeles una hoja de propaganda clandestina, cuya existencia ignoraba. Estaba preparando una tesis doctoral acerca de cierto insecto poco conocido, tesis en la que llevaba varios años trabajando y que no podría terminar, porque el tan esperado momento de aparearse el macho y la hembra era precisamente ahora; estando él encerrado, cuando iba a producirse. Los cientos de carteristas, ladrones de bicicletas, coches,y neumáticos, espadistas, palanquistas, encalomados, timadores o descuideros que desfilaron por los pasillos, mezclados con los políticos, durante los meses de calabozo. Pues aunque el Fuero de los Españoles dice que nadie puede estar detenido más de cuarenta y ocho horas sin comparecer ante el juez, yo pasé en el calabozo seis meses.

Pero ahora quiero hablar sólo del hombre…”


Manuel de la Escalera, “Muerte después de Reyes”

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