miércoles, 30 de septiembre de 2015

Por un Sí o por un No: una izquierda en falsa escuadra en el 27S catalán / Antoni Domènech y G. Buster











Por un Sí o por un No: una izquierda en falsa escuadra en el 27S catalán 


El economista James K. Galbraith ha hablado en su último e imprescindible libro del Final de la normalidad. El caso es que los nostálgicos de una pretendida normalidad que ya nunca volverá abundan. Aquí es un espectáculo casi enternecedor ver desfilar cada día por las páginas de El País a columnistas que siguen rutinariamente tronando contra todo lo que se mueve y amenaza a un statu quo desastrosamente inestable. Mientras uno de estos nostálgicos habituales de la prensa hispánica –no por casualidad considerada la menos fiable de Europa— llamaba el otro día a Jeremy Corbyn “viejete gruñón de una izquierda ochentera más pasada que La Chelito”, un veterano y avisado parlamentario conservador británico, Graham Brady, demostraba tener los ojos –y la mente— bastante más abiertos: 

“El mensaje más importante de toda esta historia [el éxito fulminante de Corbyn] es que es un recordatorio más de lo volátiles e irascibles que son amplios segmentos de la población: no les gusta la oferta de ninguno de los políticos al uso.” (Citado en: “Jeremy Corbyn: how long can he last?”, Financial Times, 25 septiembre 2015)

De la “volatilidad” e “irascibilidad” de “amplios segmentos de la población” respecto de los políticos y sus políticas al uso es buen ejemplo lo ocurrido en estos cuatro últimos meses en Cataluña.
Inmediatamente después de las elecciones del 24 de mayo pasado y del resonante triunfo de Barcelona en Comú (BEC) que hizo alcaldesa de Barcelona a Ada Colau, Artur Mas lograba por fin su viejo anhelo de una Llista del President venciendo la persistente resistencia de ERC con un órdago definitivo: “Si el ‘Espacio Sí que es Pot’ ha conseguido unificase y ganar, ¿qué haremos nosotros, los independentistas, no unirnos y perder otra vez?”. Eso significaba plantear las lecciones catalanas convocadas para el 27 de septiembre como una especie de segunda vuelta de las municipales en Barcelona: los independentistas, caso de volver a ir por separado, estarían probablemente condenados a perderlas también frente a la poderosa fuerza emergente del “Espacio Sí que es Pot”. Mors tua vita mea!

Poco más de 3 meses mas tarde, la encuesta del 10 de septiembre del CIS daba ya como claro vencedor al Espacio del President (configurado finalmente como “Junts Pel Sí” –en adelante JPS— con un Mas vergonzantemente escondido en el puesto 4º), dejando muy atrás, pero en claro segundo lugar todavía, al Espacio Sí que es Pot (configurado entretanto como “Catalunya Sí Que es Pot”, en adelante CSQEP).

Dos semanas después, todas las encuestas daban ya una victoria clara y abrumadora a JPS y unos resultados más que honrosos a la izquierda independista radical, la CUP, que no se sumó al final a la Llista del President. En cambio, casi todas coincidían en que CSQEP perdía hasta la medalla de plata, ampliamente superada por el partido de la derecha españolista emergente Cs (Ciutadans), quedando en tercera posición.

Pero los resultados electorales registrados hoy, 27 de septiembre de 2015, son todavía peores: no sólo CSQP ha perdido la medalla de bronce, siendo superada hasta por un PSC por el que nadie daba medio céntimo hace apenas unas semanas, sino que ha conseguido incluso menos escaños que los que ya tuvo la coalición ICV-EUiA sola, sin Podemos y sin Equo, en las pasadas elecciones al Parlamento catalán (pasando de 13 a 11 diputados). Un desastre sin paliativos. CSQEP es el gran fracasado de la jornada (el fracaso de Unió, ahora fuerza extraparlamentaria, se daba por descontado).
Unas elecciones sin ganadores importantes. El PSC está aparentemente contento con el peor resultado cosechado en toda su historia: podría haber sido mucho peor. El PP ha fracasado estrepitosamente con su experimento paralepenista con el candidato xenófobo Albiol: pero también podría haber sido peor (11 diputados, igual que CSQEP). Y la fuerza rotundamente vencedora, JSP, ha fracasado relativamente también: obtiene sólo 62 diputados (aunque falta contar el voto exterior, que podría darle uno más), cuando la suma de CiU y ERC solas (sin “sociedad civil” añadida ) en el anterior parlamento era de 71 diputados. Sólo la nueva derecha españolista de Cs y la izquierda radical independentista de la CUP pueden clamar victoria, cuando menos partidista, sin faltar a la verdad.

Para tratar de explicar lo sucedido, seguramente es útil atender a cinco dimensiones o ejes en que se desarrolló la campaña electoral



Primer eje: ¿plebiscitarias o autonómicas?
Un primer eje, decisivo, era el carácter de estas elecciones. ¿Eran plebiscitarias, como sostenía denodadamente quien las convocó –el Presidente Mas— y como aceptaron todas las fuerzas políticas resueltamente independentistas, CDC, ERC y CUP? ¿O no eran sino unas elecciones autonómicas más, como trataban de sostener retóricamente las fuerzas hostiles a la autodeterminación de Cataluña, PP, Cs y PSC? El gran éxito de la campaña de Mas y de JPS fue imponer de manera incontrovertible el carácter plebiscitario de unas elecciones que eran formalmente autonómicas. El PP (Albiol, no menos que Margallo), Cs y PSC lo aceptaron en la práctica y en la propaganda. Con esta idea de fondo: si ganan las fuerzas independentistas, tampoco pasará gran cosa (“seguirá el lío”, dijo el socialista Iceta); y si pierden, “se acabó la broma”, como dijo el “popular” Albiol y, más finamente, repitió la “ciudadana” Arrimadas. Pero esta actitud de asimetría ventajista (“si ganáis, son autonómicas; si perdéis, son plebiscitarias”), lejos de perjudicar, probablemente favoreció a las fuerzas independentistas. Porque metía de lleno y manifiestamente la propaganda de las fuerzas del statu quo, hostiles al derecho de autodeterminación, en una contradicción preformativa que depotenciaba visiblemente su campaña de miedo: no se puede amenazar con las siete plagas bíblicas y al mismo tiempo decir que no pasará nada. El más que probable efecto de esa contradicción preformativa de la propaganda unionista ha sido este: muchos no independentistas habrán votado a JPS y a la CUP como voto de protesta, algo que no ocurriría en un referéndum de autodeterminación en toda regla. El cabeza de lista de CSQEP, Lluis Rabell, que –como la propia Ada Colau— votó Sí-Sí en el pseudo-referéndum del 9N sin ser independentista “porque se lo pedía el cuerpo”, debería haberlo tenido en cuenta.
El caso es que en ese eje, CSQEP quedó, como dice el viejo tango, en falsa escuadra. Es verdad que en estas elecciones era muy difícil lograr lo que logró Ada Colau en las municipales y evitar la polarización plebiscitaria en clave independentista [1], pero se podía al menos intentar seriamente ofrecer a su electorado algo más concreto y tangible que la apelación retórica al ejercicio del derecho autodeterminación en un referéndum democrático en toda regla pactado con Madrid “cuando cambie allí la correlación de fuerzas”. Hay, ciertamente, un mundo teórico de diferencia entre quien acepta y quien no acepta el derecho de autodeterminación de los pueblos de España: pero la retórica vagarosa de la campaña de CSQEP no debía de sonar al electorado muy distinta de la de los “federalistas” del PSC que prometían una reforma de la Constitución monárquica. Lo que nos lleva derechos al segundo eje de la campaña.




Segundo eje: ¿ruptura o statu quo?
El segundo eje de la campaña era el de Ruptura o Mantenimiento del statu quo. No es necesario precisar aquí el significado de estas enormes palabras. Ni siquiera hay que convenir en que todos, en uno y otro campo, entendieran por ellas lo mismo. Pero convengamos en que PP, PSC y, hasta cierto punto que ponderaremos luego, Cs estaban claramente en el campo del statu quo. (Significativamente aceptando todos la necesidad de aggionarlo y “reformarlo”: ¡hasta Albiol hizo autocrítica del recurso del PP al Tribunal Constitucional por el Estatut de 2006!.) Y JPS y CUP, en el terreno de la “ruptura”. Baste un ejemplo:
El pasado 8 de julio, el número 1 de JPS, el señor Romeva, exeurodiputado de ICV (y característico representante de su ala menos socialista o más “verde”), se descolgaba con un más que curioso artículo significativamente titulado “Un Sí se Puede republicano”. Y soltaba cosas como éstas:
“El republicanismo se encuentra hoy ante la mayor oportunidad desde hace mucho tiempo. Estamos donde estamos porque cuando era posible hacer las cosas de otra manera, algunos no lo supieron hacer. O no quisieron. (…) resulta chocante (léase decepcionante) ver como corrientes republicanas y monárquicas se han juntado una y otra vez, cerrando las filas, en contra de las propuestas que pedían debatir la cuestión territorial desde una perspectiva republicana de pluralidad nacional, federalismo y democracia. Y nada. Agotada pues la vía española, se abre ante nosotros la vía catalana hacia la República, una vía que, por otro lado, podría incluso llegar a ser faro y guía para hacer avanzar el republicanismo en el Estado, por la vía de los hechos (si es posible en Catalunya, también tiene que serlo en el Estado).”

Independentismo aparte, reconozcamos que esto suena mucho más a “ruptura” que los “tableros centrales”, las rentas básicas desleídas, los saludos y guiños de Pablo Iglesias al nuevo Rey Felipe VI o la negativa de Podemos en Madrid a celebrar con otras fuerzas de izquierda y republicanas el pasado 14 de Abril. 

Uno de los más lúcidos críticos de la Transición que llevó al “régimen del 78”, el añorado maestro que fue Manuel Sacristán –de cuya muerte se cumplen ahora 30 años—, calificó estupendamente en su tiempo el empeño ilusorio de este tipo de pseudorrealismos y “pragmatismos desenvueltos” condenados al fracaso político:
 “Desde mi punto de vista, firmar el pacto de la Moncloa o, en general, fabular vías al socialismo es meterse a zascandil de la historia, intentar ser universal y perder en el intento hasta la misma identidad de uno; es, en suma, querer ser demiurgo y quedarse en mequetrefe”.

Si esto se reveló proféticamente verdadero (para el PCE-PSUC) en una época de relativas estabilidad económica y política, ¡figurémonos ahora, en el mundo post-2008 implacable con los nostálgicos de una "normalidad" que ya nunca volverá! Digamos, pues, que en ese eje Ruptura/statu quo, la campaña de CSQEP también lo dejó en falsa escuadra. Compárese una vez más, a contrario, con la vigorosa actividad explícitamente republicana y antirestauracionista del equipo político de Barcelona en Comú, comenzando por el discurso de toma de posesión de su primer teniente de alcalde, nuestro amigo y redactor de SinPermiso, Gerardo Pisarello.



Tercer eje: unidad del pueblo catalán y vínculo con el Reino de España
El tercer eje que vertebró la campaña electoral giraba en torno de la unidad del pueblo catalán y su relación con el Reino de España. Y este, aunque es el menos llamativo superficialmente, es el eje, si no más decisivo en lo inmediato, sí el de mayor calado y de más hondas y duraderas consecuencias.
PP, Cs y PSC jugaron al juego de que la ruptura del vínculo político con el Reino significaba la quiebra también de la unidad interna del pueblo catalán. JPS y CUP hicieron esfuerzos denodados por zafarse de ese peligroso gambito (recuérdese que según el propio Centre d’Opinió de la Generalitat sólo el 13,4% se siente “únicamente catalán”, mientras el 46,9% se siente “tan catalán como español”). Y hay que decir que esos esfuerzos no eran precisamente fáciles, habida cuenta del pasado reciente del neocatalanismo autonómico de impronta pujolista del que vienen prácticamente todos los de JPS. Ese neocatalanismo conservador fraguado en la Segunda Restauración borbónica en el primer lustro de los 80 tendió a romper con el grueso de las tradiciones del catalanismo histórico popular republicano, buscando convertir el debate de las lenguas en un arma política arrojadiza de autoafirmación y exclusión.

Albert Branchadell, un competente y respetado sociolingüista catalán, ha formulado así el proceso por el cual la política lingüística del neocatalanismo autonómico buscó la construcción de un país institucional y oficialmente monolingüe totalmente alejado de un país real perfectamente bilingüe (con el castellano como lengua ampliamente mayoritaria de identificación):
"Desde el siglo XIX y muy especialmente durante el franquismo, España siguió el modelo denominado de nation building dirigido a unificar lingüísticamente a la sociedad a base de eliminar más o menos sutilmente las lenguas diferentes del castellano. Frente a ese modelo se alzó el modelo ‘preservacionista’ de las lenguas minoritarias, primero en Cataluña y después en el resto de las hoy comunidades autónomas. Lo que ha sucedido después es que los preservacionistas (especialmente los catalanes) han adoptado técnicas de nation building en su propia política lingüística y el catalán sería ahora una lengua dispuesta a desplazar al castellano como lengua de comunicación interétnica. Aunque las lenguas periféricas son oficiales en sus respectivas comunidades, la meta del bilingüismo por el que clamaba la izquierda catalana está siendo sustituida por las tendencias monolingües y la inmersión educativa obligatoria en catalán”.

Eso se ve muy señaladamente en la evolución de la política lingüística en la enseñanza. Contra el modelo inicialmente preferido por la derecha pujolista de escuela segregada –el que terminó imponiéndose en el País Vasco—, las izquierdas catalanas (PSC y PSUC) pelearon por un modelo de escuela única de conjunción lingüística en el que el catalán estuviera convenientemente primado, a fin de rehabilitarlo –tras cuarenta años de persecución franquista— y normalizar su uso social, pero, obviamente, sin excluir al castellano como lengua de aprendizaje. Eso quedó perfectamente recogido en la primera Ley de normalización lingüística de 1983. 

Es el caso que el neocatalanismo autonómico pujolista consiguió dar la vuelta a eso, y en la segunda Ley de normalización lingüística (1998) introdujo por vez primera –con inconfundible voluntad política antibilingüe de fer país mediante la progresiva marginación del castellano— la noción de “lengua vehicular”. Hay que decir que esa segunda ley autonómica pujolista  fue no sólo tolerada, sino activamente defendida por el gobierno de José María Aznar, quien, necesitado de los votos de CiU en el Congreso, presionó hasta lo indecible al entonces defensor del pueblo (Álvarez de Miranda) para que no la recurriera ante el Tribunal Constitucional. Hemos sostenido en otras ocasiones que este tipo de políticas lingüisticas pro-monolingües, piénsese lo que quiera de ellas en general, funcionaron en la práctica como un mecanismo de segregación y exclusión electoral, contribuyendo a convertir las elecciones autonómicas en una especie de elecciones con sufragio censitario que facilitaban la victoria de CiU. En cierto sentido, llegaron a formar parte de una especie de pacto bipartidista más o menos tácito CiU/PSC, por el que el PSC se garantizaba –y se conformaba con— la victoria en las elecciones generales. [2] Pues bien; con la Ley de 1998, el PP de Aznar entraba por vía rodeada en ese consenso tácito.

Luego vino una tercera ley, la LEC de 2009, impulsada, no por CiU, sino por un PSC que desde 2003 (cuando Pasqual Maragall llegó a la Presidencia de la Generalitat al frente de un tripartito de izquierda) había roto el consenso bipartidista PSC/CiU ganando por vez primera unas elecciones sin necesidad de romper las reglas del “sufragio censitario” autonómico. Al contrario: doblando la apuesta del neocatalanismo autonómico filopujolista, es decir, entrando en el caladero electoral de las clases medias (sobre todo, urbanas) catalanófonas.[3] Esa Ley fue aprobada con los votos de PSC, CiU y ERC. Significativamente, ICV, que estaba en el Govern, votó en contra, pero por motivos político-sociales (¡la LEC del “socialista” privatizador Ernest Maragall favorecía, encima, la escuela concertada privada!), pero sin poner mayores objeciones de fondo al hecho de que en esta tercera ley, más pujolista que Pujol, desaparecían todas las salvaguardias para el castellano, entronizando al catalán como lengua vehicular única, [4] y dando pie a Cs –y en su estela, al PP— para lanzar una enorme campaña demagógica con la cuestión de la lengua como arma arrojadiza (véase al respecto el artículo de Albert Branchadell sobre este asunto publicado en SinPermiso en 2008), e ignorando siempre que el Estado de la Segunda Restauración borbónica jamás ha tenido una política mínimamente decente y democrática de protección de todas las lenguas pretendidamente españolas: nunca, por ejemplo, se ha desarrollado el artículo 3.3 de la Constitución, incumpliendo manifiestamente la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias que tiene firmada.

Un resultado muy interesante del movimiento independentista de los últimos años ha sido el del comienzo de una  ruptura en la práctica con el neocatalanismo autonómico de impronta pujolista y maragallista. Esa ruptura puede apreciarse en dos series de hechos. Por un lado, el desafío independentista ha sacado de la abstención diferencial a amplios segmentos de población tradicionalmente excluidos de la política autonómica catalana: las elecciones autonómicas de 2012 cosecharon ya una amplia participación rayana en el 70%. En estas últimas elecciones plebiscitarias se ha registrado un récord, ha votado el 77,5%, con notable incremento de participación en el cinturón industrial metropolitano, tradicional campeón del “abstencionismo diferencial”.

Y está, por otro lado, la aparición política de un nuevo catalanismo popular –que enlaza con la tradición histórica republicana— hostil al uso político aberrantemente excluyente del monolingüismo y tendencialmente favorable al reconocimiento de la realidad social bilingüe. Y no es solo el caso –explícito— de dirigentes de la CUP, como David Fernández y Antonio Baños. También hemos visto a JPS incorporar a Súmate, la importante asociación civil de independentistas castellanoparlantes, y hasta –¡a la fuerza ahorcan!— hacer por vez primera y del modo más oficial propaganda política en castellano…

Es bien posible que la aparición de este nuevo catalanismo popular en ruptura con el neocatalanismo autonómico dominante en las últimas décadas haya contribuido lo suyo a mitigar el incontestable éxito experimentado por Cs en estas elecciones. Cs ha triplicado sus resultados, pasando de 9 a 25 diputados, convirtiéndose en la segunda fuerza política de Cataluña. Ha conseguido parcialmente aquello que se proponía –y en lo que fracasó claramente CSQEP—: entrar por uvas en el caladero tradicional de voto socialista metropolitano, conquistando, por señalado ejemplo, L’Hospitalet, la segunda ciudad de Cataluña y bastión capital de ese “cinturón rojo” que Rivera prometió convertir en naranja y que Pablo Iglesias –¡ay!- se propuso convertir en morado tan a la ligera como elefante entrando en cacharrería.

Parte del éxito de Cs en estas elecciones plebiscitarias catalanas se explica seguramente por su acierto al colocarse en posición bifronte en relación con el statu quo heredado. Por un lado, es bien sabido, como partido de orden, opuesto a todo tipo de “populismos aventureros” y nostálgico del regreso del espíritu de los buenos tiempos “normales” de la Transición. Pero, pero otro lado, como partido antisistema. Como fuerza hostil al tongo bipartidista y a la particular forma en que cristalizó la política institucional catalana bajo la Segunda Restauración borbónica. Como veterano “defensor” de una población excluida de la vida política autonómica catalana por el pujolismo con la complicidad de todos los demás partidos: con la complicidad bipartidista de CiU/PSC, por supuesto, pero también con la del PP, que toleró complacientemente, con las debidas  bendiciones de Aznar, la Ley de normalización de 1998, y hasta de una ICV que no supo oponerse eficazmente como socio del Govern al desastre de aquella LEC de 2009 impulsada desde el tripartido por el entonces socialista Ernest Maragall, ahora fugado a las filas de JPS. 

En cuanto a la posición en que quedó ubicada CSQP en este tercer y crucial eje en torno de la unidad del pueblo catalán y su relación con el Reino de España, lo cierto es que la amalgama entre ICV y Podemos resultó fatal. Una ICV demasiado sumisa al núcleo duro de las políticas culturales hegemónicas del pujolismo –¡basta pensar en el nombre que eligieron cuando disolvieron al viejo PSUC!— e inveteradamente reacia a la autocrítica, de un lado. Y del otro, las improvisadas patochadas quasietnicistas de un Pablo Iglesias totalmente desubicado y en búsqueda tan vana como desesperada del voto exsocialista metropolitano (sin duda, pensando más en las elecciones generales españolas que en las plebiscitarias catalanas). Esa amalgama dejó también aquí a CSQEP en falsa escuadra.

Simplemente, no tenían nada tangible, inteligible o demasiado inteligente que decir, salvo apelar de vez en cuando retóricamente a un pasado de lucha demasiado lejano –y es de temer que demasiado olvidado por el grueso de sus actuales dirigentes— sobre la unidad del pueblo catalán y la indudablemente problemática relación que guarda esa unidad con el mantenimiento o no del statu quo en el Reino de España. Y conste aquí, para terminar este tercer punto, que había mucho e interesante que decir por parte de una candidatura de izquierda radical no independentista (no, al menos, incondicionalmente), pero firme partidaria del derecho de autodeterminación de todos los pueblos de España, incluida Cataluña. Habría sido estupendo escucharles hablar –como sí hicieron en la CUP ¡y hasta en JPS!— de República, de valores republicanos y de relaciones fraternales republicanas con el conjunto de los pueblos ibéricos. O, hacia adentro, de las fronteras de la “geografía social” –dígase así— del independentismo incondicional: de la correlación objetivamente observable entre independentismo y nivel de renta, por ejemplo. [5] . O de las fronteras de la “geografía económico-cultural”: de la división –perfectamente clara en el mapa electoral— entre la Cataluña profunda y la Cataluña urbana y metropolitana. O –detallito crucial— de la imposibilidad de “reformar la Constitución del 78” y ejercer el derecho de autodeterminación de Cataluña (reclamado por cerca del 80% de la población catalana), sin que se abra una dinámica política que ineluctablemente sería el principio del fin de la Segunda Restauración borbónica.




Cuarto eje: Europa y el experimento fallido de Syriza
El cuarto eje de la campaña electoral tenía obviamente que ver con Europa y las relaciones con la actual UE. Aquí la divisoria entre las fuerzas del statu quo y las de la ruptura era esta: tanto PP, como PSC, como Cs, como JPS comparten una idea europeísta pazguata, según la cual la UE va muy bien. La campaña en este punto de los defensores del statu quo de la Segunda Restauración borbónica ha consistido en acusar a los independentistas de llevar a Cataluña a su exclusión de la UE. Y la contracampaña de los independentistas de JPS –que comparten la misma idea pazguata de la actual Europa—, en sostener, al contrario, que una Cataluña independiente se mantendría dentro de la zona euro y sería poco menos que recibida con los brazos abiertos por la UE.
La contracampaña, en cambio, de los independentistas de la CUP –que tienen desde siempre una posición abiertamente hostil a la Eurozona y a la UE—, en decir que tanto mejor: que una Cataluña independiente será republicana, popular y anticapitalista y estará mejor fuera del euro y de las estructuras políticas autoritarias de la UE.

Aquí CSQEP partía inicialmente con ventaja, porque apoyó desde el comienzo el experimento de Syriza, fina y competentemente conducido por el exministro de Finanzas Varoufakis y su amigo y asesor James K. Galbraith, ambos economistas postkeynesanos de enorme y merecida reputación científica internacional. (En las elecciones europeas de mayo de 2014, Galbraith llegó a venir en persona a Barcelona para apoyar la campaña electoral de ICV). Pero el experimento falló, como es harto sabido, cuando el primer ministro griego Tsipras decidió ignorar los resultados del gran éxito del referéndum del OXI, prescindir de Varoufakis y de su estrategia de llevar la cosa al punto de máxima tensión con la UE (incluido un famoso Plan B secreto elaborado por Galbraith) y capitular espectacularmente ante la Troika en la trágica noche del 13 de julio.
Como es natural, esa capitulación sumió en estado de shock a toda la izquierda europea. Buena parte de la prensa internacional apuntó inmediatamente al durísimo golpe que eso significaba para las izquierdas radicales emergentes inspiradas en Syriza, y señaladamente para Podemos. A lo que siguió entonces, comenzando por Galbraith y el propio Varoufakis, una amplia discusión autocrítica seria sobre el fracaso del experimento de Syriza en la que participaron, entre muchos otros, viejos dirigentes políticos como Mélenchon, Corbyn y Lafontaine, o economistas más o menos de izquierda como Krugman, Stiglitz, Wray o el postkeynesiano alemán Heiner Flassbeck. Pues bien; lejos de participar en esa discusión seria y autocrítica,  Pablo Iglesias corrió a Atenas a abrazarse con Tsipras y socorrer a la Syriza post-capitulación en las elecciones más tristes que recuerda la República Helénica.

Ganó Tsipras, con más de un 50% de abstención en un país en el que votar es obligatorio por ley, por las desoladoras razones que tan bien supo contar crítico-analíticamente Varoufakis en SinPermiso la semana pasada. Cuando en el debate entre los siete candidatos (organizado por TV3) Lluis Rabell comenzó su intervención inicial ufanándose de la “victoria de Tsipras” en las elecciones griegas, era de ver la cara entre estupefacta y complacida de todos los demás candidatos. El de la CUP, Antonio Baños, aprovechó la inmejorable ocasión para propinarle un duro y sarcástico correctivo que probablemente le costó a CSQEP varias decenas de miles de votos no precisamente independentistas. Y cuando, en el acto de final de campaña de CSQEP, se leyó casi con unción un tuit de Tsipras llamando en catalán a votar CSQEP, se puede descontar como seguro que bajaron por el desagüe del desconcierto unos cuantos votos más: como uno de nosotros le escuchó decir a un viejo cuadro de las CCOO antifranquistas, era como si el PSC hubiera hecho entrar en campaña a Zapatero. Y llovía sobre mojado.

Tampoco aquí funcionó la amalgama Podemos/ICV. ICV tenía buen programa político-económico europeo hace un año. Lo que siempre les faltó fue audacia; la que le sobraba a Podemos hace un año (la Renta Básica, por ejemplo), aunque dijera muchas tonterías sobre el euro y la UE. Y lo desgraciado del caso es esto: en la extraña y aparentemente improvisada amalgama de CSQEP, ICV se deshizo sin mayores reflexiones autocríticas del programa político-económico europeo, mientras Podemos hace tiempo que se deshizo de la fresca audacia que le llevó a sorprendernos tan gratamente a todos en las europeas de mayo de 2014.  Así pues, en resolución, también en lo que podría haber sido su punto más fuerte –la crítica con buenos argumentos macroeconómicos y democráticos de la UE austeritaria—, terminó lamentablemente CSPEP en falsa escuadra.



Quinto eje: democracia desde abajo o autocracia secretista de despacho
El quinto y último eje que puede resultarnos útil para entender lo sucedido es el que gira en torno a la selección de candidatos y procedimientos de confección de programas. Uno de los grandes éxitos de Barcelona en Comú (y de buena parte de las mareas municipales en Galicia) tuvo que ver con un largo proceso de selección de candidatos y de propuestas programáticas, con amplia participación popular en asambleas a todos los niveles y que implicó a miles y miles de personas en los distintos barrios de Barcelona. Fue un gran experimento de participación y entusiasmo popular, y dio como fruto una dirección políticamente seria y un programa bien concebido y muy respaldado “desde abajo”. Todo lo contrario del modo secretista y autocrático, a la vieja usanza de la peor izquierda tradicional, empleado por CSQEP. Ese es un asunto sobre el que volveremos otro día. Baste hoy con decir que los métodos expeditivos empleados consiguieron (o facilitaron, al menos) lo peor que le podía pasar a CSQEP, y es saber: que su principal activo político potencial, Ada Colau y su equipo municipal de Barcelona en Comú, se mantuvieran prudente y suspicazmente al margen de una desastrosa campaña electoral tan mal concebida como dirigida.
Mucho nos gustaría equivocarnos una vez más, porque ahora están en juego las elecciones generales de diciembre, pero, a la vista de las primeras reacciones de sus principales dirigentes, no esperéis autocrítica, ni asunción de responsabilidades, ni menos rectificaciones serias. Dicen los creyentes que Dios ciega a quien quiere perder. Una versión trágico-laica de eso sostiene que el Destino hace sordo a quien da ya por inexorablemente condenado.




El incierto panorama que se presenta ahora
Las elecciones del 27S no tienen ganadores claros. El gran vencedor, JPS, consigue menos escaños que la suma de CiU y ERC en el anterior Parlament (pasando de 71 a 62 o 63). Y aunque la CUP ha tenido un enorme éxito, más que triplicando escaños (pasa de 3 a 10), el independentismo incondicional en su conjunto (JPS+CUP) pierde al menos un escaño en relación con el Parlament saliente (pasando de 74 a 72 o 73). Y como oportunamente ha recordado la CUP, el plebiscito, que ha de contarse en votos, no se ha ganado: no ha conseguido el 50% de los sufragios.  Queda, así pues, ahora la dura realidad de la geometría parlamentaria. El bloque independentista incondicional cuenta con los votos necesarios para gestionar la legalidad estatutaria. Cuenta con la capacidad propositiva y con la iniciativa legislativa para ir más allá y dibujar un nuevo escenario político. Pero no tiene la legitimidad para crear una nueva legalidad que vaya más allá de eso. Esa nueva legalidad solo podría ser fruto de la ruptura y nacer del ejercicio efectivo del derecho de libre determinación de los catalanes.
Así que, por el momento, en ese marco de la legalidad estatutaria, la primera cuestión a despejar es si Artur Mas va a ser el Presidente de la Generalitat y el gestor directo de la hoja de ruta de dieciocho meses para fer país pactada con ERC. O si, a falta de un voto en el Parlament, JPS tiene que negociar con la CUP otro candidato que refleje no solo la correlación social de fuerzas, sino que de satisfacción a la hasta ahora repetidamente frustrada aspiración a una hegemonía de las izquierdas populares y republicanas en el proceso soberanista.
Sería el primer paso en el proceso de reconstrucción de las izquierdas rupturistas catalanas en la nueva situación post-27S. Y el anunció de lo que tendría que pasar –la esperanza es lo último que se pierde— en las elecciones generales de diciembre en el Reino de España: la derrota de la derecha.





NOTAS:
[1] La sociología electoral muestra el altísimo grado de afinidad entre los electores de JPS y de las CUP (con una increíblemente alta correlación del 0,55). Aunque están en muy buena medida en los antípodas ideológicos, lo cierto el segundo partido preferido por la abrumadora mayoría de los votantes de CUP es JPS, y viceversa.
[2] El actual presidente del Centre d’Opinió de la Generalitat, Jordi Argelaguet, lo ha dejado dicho esta semana con el desparpajo que le caracteriza:  "La introducción de la lengua catalana en la enseñanza como vehículo docente ha contribuido favorablemente a la consolidación de las fuerzas políticas nacionalistas (CiU y ERC)". Aunque en el debate público catalán –hegemonizado por el neocatalanismo autonómico filopujolista— apenas ha tenido hasta hace poco eco, los sociólogos políticos llevan mucho tiempo estudiando lo que vino en llamarse el fenómeno del “abstencionismo diferencial” comparativo en las elecciones autonómicas catalanas. Es decir, el alto nivel de abstención no reducible ni explicable sólo por el hecho de que, en general, el electorado considere menos importantes unas elecciones autonómicas que unas generales. Véase, por ejemplo, el estudio académico de Clara Riba (2000): “Voto dual y abstención diferencial. Un estudio sobre el comportamiento electoral en Cataluña”. O el libro de Joan Font, Jesús Contreras y Guillem Rico.:  L’abstenció en les eleccions al Parlament de Catalunya, por Joan Font, Jesús Contreras y Guillem Rico. 
[3] Esto puede verse en el hecho de que los grandes resultados electorales de Maragall en 1999 y 2003 (y luego, del segundo tripartito, en 2007) se consiguieron sin romper lo que los sociólogos electorales han venido en llamar la “abstención diferencial” –que afectaba a la Cataluña castellanoparlante, señaladamente al cinturón industrial de Barcelona— en las autonómicas catalanas (véase la nota 2).
[4] Piénsese lo que se quiera de esto, hay que saber que implica aceptar un principio de territorialidad lingüística, como el efectivamente vigente en Flandes, en Quebec o en la Suiza alemana. Sin embargo, ni Flandes, ni Quebec, ni la Suiza alemana son territorios bilingües. La Cataluña actual –que recibió en los 40, 50, 60 y 70 una de las mayores oleadas migratorias que registra la historia europea reciente— lo es, y aun con amplia con mayoría de ciudadanos cuya lengua de identificación es el castellano. Quien hable de “unidad del pueblo catalán” tiene necesariamente que lidiar con esta realidad social, salvo que quiera refugiarse en esencialismos nacionalistas que, de uno u otro signo, son precisamente incompatibles con predicar la unidad retóricamente afirmada.
[5] Entre los catalanes con menor nivel de renta (de 0 a 1200 euros), el 37,57 son independentistas. Entre 1200 y 2000 euros, lo son el 38,82%. Entre 2000 y 3000 euros, el 56,17%. Entre los que ingresan más de 3000 euros, se declaran independentistas el 67,91% (Barómetro de Opinión Política )




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