viernes, 2 de octubre de 2015

Párrafos de: “El Jarama” / Rafael Sánchez Ferlosio





“-¿Qué hora va siendo?
-La de comer. Las dos y media ya pasadas.
El alguacil había vuelto a quitarse la gorra y se rascaba la cabeza. El carnicero le dijo:
-¿Te pica?
-De puro talento, le pica –comentaba Mauricio.
El carnicero bostezaba y se asomó al umbral; se oía la música lejana; dijo:
-Desde aquí mismo se oye la que hay formada en el río.
-Tiene que haber mucho público, sí.
-Antes éramos los de los pueblos –decía el hombre de los zapatos blancos- los que íbamos a pasarnos las fiestas a las capitales. Ahora, en cambio, son los de las capitales los que se vienen al campo.
-Ninguno está conforme con lo que tiene –dijo Lucio-. Siempre se echa de menos lo contrario.
-Sí, lo que es –replicaba Carmelo-; como estuviera yo en los Madriles, escapado iba a echar yo de menos todo esto de aquí. Mejor campando por tus respetos en un Madrid, aunque sea no siendo uno nadie, que alcalde de Torrejón, con toda la importancia de ese pueblo. Si ya lo dice la gente: “De Madrid al cielo”, ahí está; con eso ya queda dicho.
El carnicero se volvió, sonriendo, hacia él.
-Bueno, ¿y tú qué harías en un Madrid?, vamos a ver. Cuéntanoslo.
-¿Yo…? ¿Qué qué haría…? –se le encendía la cara… ¿Qué es lo que haría yo en Madrid? –chasqueó con la lengua, como el que va a empezar a relatar alguna cosa alucinante-. Pues, lo primero… Me iba a un sastre. A que me hiciese un traje pero bien. Por todo lo alto alto. Un terno de quinientas pesetas…
Se pasaba las manos por la raída chaquetilla, como si la transfigurase. Mauricio le interrumpió:
-¿De quinientas pesetas? ¿Pero tú qué tecrees que te cuestan los trajes a la medida en Madrid? Con quinientas pesetas ni el chaleco, hijo mío.
-Pues las que hiciesen falta –dijo el otro-. Quien dice quinientas, dice setecientas…
-Bueno, hombre, sigue. Pongamos que con setecientas te alcanzaba para ponerte siquiera medio decente. ¿Luego qué hacías?, a ver. Continúa.
-Pues luego, me salía yo a la calle, con mi trajecito encima, bien maqueado, pañuelo de seda aquí, en el bolsillo este de arriba, ¿eh?, mi corbata, un reloj de pulsera de estos cronométricos, y me iba a darme un paseo por la Gran Vía. Poquito; ida y vuelta nada más, y descansado, para sentarme a renglón seguido en la terraza de un café, ¿cómo se llama ése?, Zahara, en la terraza del Zahara. Allí ya, bien repantigado, daba unas palmaditas –hizo el gesto de darlas-; y en esto, el camarero: un doble de cerveza así de alto con… con una buena ración de patas fritas, eso es. Ah, y el limpia. Que me mandase en seguida al limpiabotas para sacarme brillo a los zapatos…
El hombre de los zapatos blancos se miró a los empeines. Lucio dijo:
-¡Ay, amigo!, eso ya lo sabía yo, fíjese. Lo estaba viendo venir.
-¿El qué?
-Que lo primero que iba a llamar es al limpiabotas. Estaba seguro.
-¿Y usted por qué estaba seguro de eso?
-Pues porque sí. No podía faltar. ¿No ve que tengo ya muchos años? No falla; es lo primero que se les ocurre a todos los que hablan de la buena vida: que venga un tío a limpiarle los zapatos…”


Rafael Sánchez Ferlosio, “El Jarama”

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