miércoles, 28 de octubre de 2015

Párrafos de “La mina” (2) / Armando López Salinas






“Los obreros de la Minera del Sur y de otras explotaciones cabalgaban en sus bicicletas, pedaleando despacio, en grupos, charlando de sus cosas a gritos. Otros grupos de hombres iban a pie, con el saco de la comida al hombro; otros montaban burros.
-Hasta la barrera hay lo menos cinco kilómetros –gritó Antonio.
La mañana estaba clara, llena de luz y calor, cayendo silenciosamente desde los altos del cielo. A lo lejos, una neblina grisácea parecía encalmada sobre el páramo que se extendía sobre Los Llanos y la factoría. Los campos que rodeaban la Minera del Sur aparecían desnudos, cubiertos de polvo negro; de cuando en cuando alguna charca de agua sucia, negra de escorias.
Mas la neblina se movía lentamente, se estiraba en anchas capas y ocultaba los campos lejanos. Las cenizas se posaban en la tierra o cabalgaban en el aire en dirección al pueblo.
-Ya te acostumbrarás al humo y al polvo; esto no es nada. Dentro de las galerías el polvo se te mete en los pulmones y al principio te hace vomitar; pero en seguida te acostumbras y casi no lo notas. Abajo, lo malo es el calor que hace, más de cuarenta grados; hay que trabajar casi en pelotas.
A ambos lados de la carretera se alineaban las casas. Por entre los claros se veía la tierra cada vez más reseca, la hierba menos verde, como agostada. Los campos aparecían requemados.
-Hay algunos tajos que están a más de una hora de la boca de la mina.
A la derecha de la carretera se alienaba una colonia de hotelitos blancos.
-Ahí viven los ayudantes de ingeniero y los empleados de categoría. Son muy bonitas las casas. Algunas tienen piscina y en verano se bañan. Uno que se llama Hernández me dijo que un día vio a la mujer de un ayudante bañándose, llevaba un traje de baño que era como unas bragas y un pañuelo para taparse las tetas.
Al otro lado, recostada sobre una loma, se alzaba la torre de una iglesia entre árboles y jardines. Más atrás, entre los árboles más altos, se adivinaba un gran edificio blanco y dos o tres edificaciones más.
-Allí vive el director, se llama don Mauricio. En las otras casas viven los ingenieros. Yo estuve una vez en el jardín. Tienen fuentes con chorros de agua y rosas azules.
En la llanura se hincaban las pequeñas torres de extracción de algunos pozos carboneros donde no parecía existir la menor actividad. Junto a las torres se veían dos o tres casitas encaladas.
Tomaron el desvío de la derecha y pronto llegaron a la factoría. Los edificios eran grandes, grandes y hostiles, y sus ocho chimeneas se elevaban muy altas en el cielo. Los depósitos de aceite eran cilindros metálicos que plateaban bajo la luz.
Del interior de la factoría llegaba el tintineo agudo de las herramientas, con las que una veintena de trabajadores intentaban dar forma a las chapas de acero con las que cubrían un nuevo depósito.
Llegaron a la barrera que se abría en la empalizada. Antonio y Joaquín se apearon de la bicicleta, la dejaron junto a una de las casetas de control. Antonio enseñó su carnet.
-Venimos a ver a don Florentino.
-¿Qué quieren?
-Ver si le dan una colocación a mi primo –dijo Antonio. El guarda entró en la caseta y llamó por teléfono.
-No se puede entrar en las oficinas; tiene que llamar primero para ver si dejan. También hay que firmar un papel –contó Antonio.
-¿Gallego también? –preguntó el guarda.
-Soy granadino.




Tras la barrera hay un pequeño jardín, un poste con la bandera española, y un monolito que recuerda la inauguración oficial de la factoría.
-Los ingenieros dejan el coche debajo del cobertizo, los ayudantes a este lao. Ese For es de don Florentino.
Por detrás del edificio de la dirección corría una pequeña locomotora arrastrando una fila de vagones cargados con escorias de los hornos. El humo se adensa sobre el trenecito hasta formar un techo blancuzco; sopla una racha de viento y el humo se arrastra por la tierra. El tren da marcha atrás y desaparece entre unas montañas de escorias. Gime el vapor de la locomotora.
Unos cuantos hombres esperaban frente a la oficina a que saliera el hombre que les iba a contratar. Los hombres –se les notaba ir vestidos con sus mejores ropas-, permanecían en silencio, fumando. Parecían mirar con recelo.
El techo y paredes de la oficina estaban forrados de corcho, y el aire salía a chorros por entre unas rendijas metálicas. Un ordenanza, con uniforme gris y gorra galoneada, manco de la izquierda, les paró en el primer piso.
-Venimos a ver a don Florentino; dígale que de parte de Antonio el del pozo Inclinao.
-Aguarden aquí.
Antonio daba vueltas al casco entre las manos, se le notaba nervioso.
-Don Florentino me dijo el otro día que contaras con la colocación de caballista. Es un señor muy campechano, ya verás. Tú, cuando te pregunte, contesta bien, no te azares.
-En seguida saldrá –dijo el ordenanza.
Joaquín, por calmar los nervios, sacó del bolsillo de la chaqueta la cajetilla de “Bisonte”. Había comprado el paquete de tabaco rubio porque le pareció que era tabaco más fino que el negro si se presentaba la ocasión de ofrecer.
-¿Quiere usté? –ofreció al manco.
-Se agradece –contestó éste tomando el cigarrillo. Lo puso sobre su oreja.
-¿Está don Florentino con alguien? –preguntó Antonio.
-Con el secretario del Dire, pero en seguida acaba.
El ordenanza manco se sentó a leer el periódico.
-Se llama Eleuterio –dijo Antonio señalando al ordenanza-; le pegaron un tiro en Rusia.”


Armando López Salinas, “La mina”


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