sábado, 21 de noviembre de 2015

Hace cuarenta años… / Miguel Sánchez-Ostiz





Hace cuarenta años… 


Parecerá despropósito o locura (Porfiria y Tourette fiftififti), pero el caso es que me acuerdo de lo que comí tal día como hoy, hace cuarenta años, el día que me desperté con la noticia de que por fin había muerto el dictador: berza con patatas y salchichas de un carnicero que había y ya no hay, porque se murió, no sé si de muerte sopitaña o de la de todo el mundo, más bien de la segunda que la primera es para poetas. Un carnicero que, como el estanquero de Pessoa, veía pasar entierros desde la puerta de su carnicería, uno detrás de otro, de vecinos, de amigos y de enemigos, supongo, si es que los tuvo, para que el proverbio árabe cuadre. Es importante que el proverbio árabe cuadre para que veamos pasar el entierro de nuestro enemigo, ese que no ha acabado de pasar, porque es el nuestro y es John Donne quien toca las campanas. La berza es buena para el bestondo, vulgo cruda, lo dice Dioscórides y con él el doctor Andrés Laguna, de la ciudad de Segovia –edición de 1555, creo recordar*–, porque berzas y vides, plantadas juntas, se repelen. Murió el bicho, de muerte clínica y beata, se lo llevó el diablo en nuestras narices, todavía con  presas entre los dientes, como un alano carnicero, impune, santificado en los infiernos, y su entierro no acaba de pasar; pasa y pasa y se nos va la vida viéndolo pasar, inermes frente a sus herederos que lo festejan y exaltan dentro de iglesias católicas so pretexto de honras fúnebres, alentadas y no perseguidas. El menú hoy, cuarenta años después, ha sido otro, de sapos, y no precisamente orientales.

Miguel Sánchez-Ostiz



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