lunes, 30 de noviembre de 2015

Jean-Loup Amselle y las generaciones machacadas. Entrevista








«Un acto de guerra». François Hollande, presidente en el periodo final de su mandato, no tiene dudas: «Lo sucedido en París y Saint-Denis es un acto de guerra y frente a la guerra el país debe tomar las decisiones adecuadas (…) Un acto de guerra preparado, organizado, planificado en el exterior con complicidad en el interior, que la investigación sacará a la luz».

Entre tanto, mientras Hollande espera sus elecciones y su investigación, por otros medios la guerra ha empezado. Los hechos quizá no están claros todavía, pero las opiniones han empezado a circular. La tragedia de París ha golpeado inevitablemente a todos. Mucho se ha insistido en las emociones e impresiones de cada uno: testimonios, relatos, lágrimas y el infame storytelling que ya se ha enrollado sobre sí mismo. Al luto, nunca elaborado, le ha seguido el pánico  – elaborado hasta demasiado. Nacen aquí, en una zona gris demasiado a menudo infravalorada, las reacciones de los «designados para reaccionar», los intelectuales desorgánicos para los medios académicos, pero orgánicos respecto a los medios, los que en Francia llaman “intellos”. Y aquí el discurso se vuelve diferente, porque corre el riesgo de contribuir – si es que no lo ha hecho ya  – a construir un terreno común dentro del cual deslizar un conflicto y convertir el “clash of civilisations” [“choque de civilizaciones”] en una profecía que todos hemos contribuido a que se autorrealice.

Hablamos de ello con el antropólogo Jean-Loup Amselle, que lleva tiempo trabajando en los fenómenos de «etnicización» del conflicto en el seno de la sociedad europea. Amselle enseña en la Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París y redactor je de la revista Cahiers d’Etudes Africaines. Ha estudiado las cuestiones del mestizaje y del multiculturalismoen en trabajos como [en edición italiana]: Logiche meticce. Antropologia dell’identità in Africa e altrove (Bollati-Boringhieri, 1999); Connessioni. Antropologia dell’universalità delle culture (Bollati-Boringhieri, 2001); L’invenzione dell’etnia (Meltemi, 2008); Contro il primitivismo (Bollati-Boringhieri, 2012). Sus últimos libros, publicados por Editions Lignes, son [en su edición original francesa] L’Anthropologue et la politique(2011), L’Ethnicisation de la France (2012) y Les Nouveaux Rouges-Bruns (2014) Al inicio de este último trabajo, escribe Amselle: «este libro nace de un sentimiento de urgencia, de miedo ante el avance de una derecha de los valores (…) Esta configuración rojiparda tiene esto de inquitante: tiende a propagarse en el paisaje intelectual en su conjunto, porque tiende a llenar el vacío dejado por la muerte de las ideologías, sobre todo de aquella que formaba el corazón de la izquierda, el marxismo».

El año pasado, justo en las páginas de Il Manifesto (del 19 de septiembre de 2014), hablaba usted de una categoría que había introducido en el debate: los «rojipardos». Los rojipardos son «nuevos» intelectuales habilísimos en constituirse como falsa oposición crítica, siempre bien «mediatizada», pero siempre capaz de presentarse como irregular y fuera de esquemas. Tras los hechos de París, ¿ve usted una reubicación de los «rouge-bruns»?

Nos encontramos en el estado de confusión más total, en virtud del hecho de que tenemos verdaderas dificultades para analizar la naturaleza del Estado islámico. Este posee características ambiguas: es un «Estado» de tipo fascista, animado por una pulsión de muerte, pero al mismo tiempo es la única fuerza contrahegemónica frente a Occidente. Hablamos por lo tanto de un Estado nacionalista-musulmán, pero a la vez, internacionalista. Este sencillo hecho vuelve frágiles los clásicos análisis ortodoxos de la extrema izquierda. La postura del NPA (Nuevo Partido Anticapitalista), por ejemplo, que ve en los atentados del 13 de noviembre una reacción al imperialismo, ilustra bien a este respecto las dificultades de desarrollar una respuesta marxista coherente fuera de antiguos esquemas que ahora ya no funcionan.

La confusión «rojiparda» nace de este problema y está bien representada por Michel Onfray, filósofo de escritorio y teclado, cercano en otras cosas al NPA, que ha atribuido recientemente al Corán la responsabilidad de la violencia yijadista, sosteniendo al mismo tiempo que los atentados del Daesh son una respueta al imperialismo occidental.

Otro representante de la esfera de influencia «rojiparda», Jean-Pierre Chevènement, convoca a una «República enérgica», mientras Jean-Paul Brighelli, viejo personaje de la extrema izquierda pasado a la extrema derecha antisemita, autor de un libro significativamente titulado Voltaire ou le Jihad, pide por su parte que se suspendan algunas libertades y se instaure un Estado fuerte. Por último, last but not least, Michel Houellebecq, viejo gauchiste, autor islamófobo de éxito – pensemos en su Sumisión [su novela más reciente, Anagrama, Barcelona, 2015]– que en un artículo del Corriere della Sera fustiga tanto a la derecha como a la izquierda, preparándole el terreno a Marine Le Pen. En un sentido general, podríamos decir que toda una franja de la intelligentsia está a punto de virar al racismo, pero por debajo de alguna cobertura.

¿Qué cobertura? Parece que los nombres que da usted son sólo la vanguardia que se ve de una reubicación general que está próxima…

La cobertura de la legitimidad del debate, de la libertad de expresión, de la lucha contra lo «políticamente correcto», de la defensa de la laicidad, cosas que no llevan a defender otra cosa que los valores de una Francia «blanca» y «cristiana», hasta en el ámbito culinario, como es el caso del fenómeno que algunos llaman «kebabofobia».

Tras el 13 de noviembre, hemos visto aparecer en Facebook retratos e imágenes en sus perfiles sobre un fondo tricolor. Pero el nacionalismo no es únicamente francés, es también europeo y regionalista. Todo esto no hace otra cosa que llevar agua al molino de Hollande, que se está presentando como un George Bush en salsa francesa, apuntalando así los fundamentos de un Estado seguritario y liberticida. Veremos una Patriot Act à la française, en suma, un «estado de guerra».

Tal vez estamos ya en ello, pero no lo sabemos todavía. En el fondo, toda guerra es hoy una guerra impura que se libra por cualquier medio, y cualquier medio, anulando la célebre máxima de Clausewitz, no es otra cosa que una prótesis de guerra…

A lo que asistimos es a la aceleración del deslizamiento del paisaje político hacia la derecha y la extrema derecha, favoreciendo las posturas más paradójicas. Corriendo junto a Sarkozy e Marine Le Pen, Hollande corre sencillamente el riesgo de hacerle ganar terreno a ambos en las próximas elecciones presidenciales.



También la idea de «multiculturalismo» liberal ha entrado en crisis en Europa. Muchos de quienes se encuentran militando en Daesh vienen de una segunda o tercera generación de emigrantes. Son  por tanto personas que en el plano formal han vivido todo el proceso de la integración liberal…

Oficialmente, en Francia el multiculturalismo no tiene carta de ciudadanía, aunque esté presente en las disposiciones de Estado. Pero no es solamente el multiculturalismo liberal el que se salta. Recordemos un punto crítico que a menudo queda en la sombra en la discusión: muchos yijadistas provienen de familias no musulmanas. El problema, entonces, es que las sociedades occidentales, Francia entre ellas, no ofrecen ninguna perspectiva ni futuro alguno a los jóvenes. No hablo sólo en términos de empleo y trabajo sino también en términos de encuadramiento intelectual. Ya no hay un «relato nacional» coherente, ya no hay partidos, ni sindicatos ni escuelas, ni servicio civil o militar, nada que sea capaz de dar  sentido a la existencia de estos muchachos. En un contexto semejante, el culto del dinero promovido por el liberalismo no basta para ordenar la vida de estas generaciones. Este vacío abre las puertas a ideologías de tipo espiritualistia y “new age” que hoy prosperan y florecen. Del mismo modo, la seducción que ejerce Daesh sobre cierto número de chicos y chicas puede explicarse así, aunque esto les conduzca a los actos más horribles.

Hasta el discurso sobre la «laicidad» como antídoto del «fanatismo» se vuelve paroxístico en esta situación…

La laicidad, según el modelo francés, no se podía comprender si no es en relación con la lucha contra una religión hegemónica: el catolicismo, considerado a la manera de un «opio del pueblo». Hoy la religión o, mejor, lo religioso se ve como «el suspiro de la criatura oprimida», por retomar la expresión de Marx. El Islam se inscribe in esta perspectiva y todo esto obviamente se vincula con el desarrollo ideas postcoloniales.

Entre los efectos perversos del postcolonialismo estaría el riesgo de etnicizar los conflictos. Pero en el contexto actual, tampoco la cuestión de los derechos humanos está libre de insidias…

Lo que hacen los postcoloniales es rebelarse contra la imposición de los de los derechos humanos en su totalidad, puesto que juzgan estos derechos de inspiración occidental. Le pongo un ejemplo: algunos homosexuales de los países del sur protestan contra el hecho de que las organizaciones gay occidentales quieran imponerles el coming out[“salir del armario”] a los homosexuales del sur se apoyan en el hecho de que en su sociedad la homosexualidad es un asunto privado y no debe mostrarse en la plaza pública.

En la Ethnicisation de la France habla usted de una fragmentación del cuerpo social. Fragmentación que enfrenta uno contra otro a dos segmentos de la población: identidad mayoritaria contra identidad minoritaria. ¿Cree que tras los sucesos de París asistiremos a una radicalización de esta división? 

Pienso que la guerra emprendida contra Daesh bombardeando Irak y Siria, pero también las intervenciones en Malí y en la República Centroafricana, intervenciones directas contra el Islam radical, no pueden hacer otra cosa que alimentar un flujo cada más importante de yijadistas dirigidos  a Oriente Medio o a operaciones en suelo francés. Por una serie de razones, Francia es el talón de Aquiles de Occidente y por esta razón la ataca Daesh. Por otro lado, va de suyo que los atentados suscitan ya reacciones islamófobas y acentúan la división entre las poblaciones venidas del mundo árabe-musulmán, independientemente de su nacionalidad francesa o meno, que se consideran «français de souche» [“franceses de pura cepa”]. Pero esta islamofobia no impide que se perpetúen otras formas de racismo, como el antisemitismo.




Identidad, una palabra peligrosa. Pero hoy estamos ya también más allá respecto a este peligro y en el espacio público, amén de en el  debate político, hemos pasado a la cuestión de la identidad en guerra. El espacio social parece ya desaparecido de nuestro horizonte…

Creo que todo se está conjuntando de modo tal como para hacernos entrar en una «guerra de civilizaciones». En este proceso se pone entonces la identidad en primer plano. Lo social va dejando poco a poco paso a lo racial. Con gran satisfacción de los postcoloniales. Esta posición quedó claramente expresada el 31 de octubre, en París, en la «Marcha de la dignidad contra el racismo». Estaban todas las organizaciones postcoloniales, con excepción de las organizaciones antirracistas universalistas. Lo que se cuestiona en algunos sectores de las poblaciones discriminadas, al menos a través de  sus portavoces, es la idea de que el universalismo es «blanco», de que existe por tanto un «privilegio bianco», que permite escapar del racismo. Si actuamos así, nos metemos en un callejón sin salida del que debemos salir. Por esto es por lo que debemos luchar.


es un antropólogo africanista de la estirpe de los grandes sabios marxistas franceses Claude Meillassoux y Maxime Rodinson. Inteligente defensor de la ciencia social y la historiografía clásica frente al asalto relativista posmoderno, poscolonial y subalternista (véase en SinPermiso la reseña de su libro de 2008 El Occidente descolgado, un formidable alegato científico y metodológico contra esas corrientes académicas en boga en las últimas décadas), su último libro (2011) es un lúcido ensayo sobre las consecuencias ideológico-políticas de la Etnización de Francia.

Fuente:
Il Manifesto, 24 de noviembre de 2015
Traducción:
Lucas Antón




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