sábado, 14 de noviembre de 2015

Misterioso encuentro en Santiago / Aurora Bernárdez





Misterioso encuentro en Santiago 

En 1956 Aurora Bernárdez viajó a Galicia con Julio Cortázar, su marido. En este texto inédito y póstumo cuenta aquella visita

Llegamos esa mañana a Santiago, después de un viaje deprimente en la Renfe, con olor a caspa y sueño en los raídos asientos de felpa. Todavía nos duraba la sensación de casi pesadilla de Astorga, en esa plaza endomingada, llena de hombres y mujeres retacones hablando a gritos y mirándonos pasar como si nos hubiéramos escapado de un tratado de escatología. Y el mazacote color gris plomo, con una sustancia herrumbrosa, coriácea, que pasaba por ser un sandwich, un bocadillo, perdón, de jamón. Ni siquiera nos fue bien con las mantecadas; eran simples bizcochuelos, y no esa sustancia fría, que se desmorona en la boca con un estallido suave y perfumado, como la que habíamos comido en Madrid.

Quizá por ese mismo horror provinciano, gris, casi infernal a fuerza de mediocre, fuimos más sensibles a la belleza un poco disparatada de su catedral bastante derruida, con un aire a lo Cocteau, a un costado de la ciudad al que se llega por calles de tierras desiertas, entre corralones y aire de domingo por la tarde. O al palacio abandonado de Gaudí que está tan nuevo que nos pareció un pastiche. Por suerte, antes de llegar a Santiago, estuvo el regalo del Miño verde, eglógico, y de Redondela desde lo alto con sus pinos y su mar azul metiéndose sinuoso en la tierra. Hasta el café con leche nos pareció bueno en la fonda de la estación y creo que Julio ni siquiera notó que estaba sin colar, única cosa en el mundo que es capaz de hacerle olvidar el mar, los pinos, las viejas piedras.
Pero en Santiago no llovía y hasta había sol, y nos metimos en el mejor hotel, o casi, pues después descubrimos el Hostal de los Reyes Católicos, donde de todas maneras no hubiésemos ido, pues supongo que es preciso lucir por lo menos el emblema de Falange para que a uno lo dejen entrar. Era casi un poco pretencioso, casi demasiado bello allí, al costado de la explanada de piedra, haciéndose orgullosamente a un lado, como un gran duque que es, de nacimiento, más viejo, más pura sangre que el rey, ese rey que dominaba entre los santos un poco pintarrajeados como por los chicos en lo alto del portal. Pero allí llegamos más tarde, después de dejar las valijas en el cuarto con dos grandes ventanas y espesas cortinas rojas de felpa (y sigue la felpa, pero esta vez pulcra y casi nueva). Y de mirar el gran baño blanco, sin olor, sin huellas de anteriores pasajeros. Subimos por la calle del General Franco, y doblamos en seguida a la plaza del Toural y a la rúa del Villar.



Empezaba la Santiago de las tarjetas postales, con sus grandes losas grises húmedas, sus portales oscuros, y el gallego sonando dulcemente en mi oído, y yo que me sentía tan conmovida, tan cerca de mis raíces, de mi padre, de mi casa. Naturalmente, antes que nada hay que ver la catedral. Y donde hay una catedral de siete siglos, no hay modo de perder el camino, todas las calles conducen a ella. Es el centro de la rosa, el corazón del alcaucil, el eje de la rueda. Antes la fe, ahora la arqueología o el aburrimiento (que es el otro nombre del turismo) conducen a ella. Por suerte llegamos modestamente, acercándonos a su costado, como si supiéramos que a esas grandes presencias no se puede acceder de frente, pues hay que recibir el golpe esquivándolo, arrimándose a las paredes, mirándolas de soslayo y un poco como quien se distrae con las vitrinas de los plateros y las santerías, con la vida de santa Olalla y el salero en forma de pote gallego y el cenicero que es la concha de Santiago. Así, como disimulando, y para que no se nos vea llorar y no tengamos que caer impúdicamente de rodillas porque el milagro está allí funcionando siempre sin las colas de lisiados de Lourdes. Sin las fotos de niñas estigmatizadas en L’Epoca oLa Domenica del Corriere. Sigue allí funcionando para nosotros, incrédulos por miedo, por flojera, por vanidad. Por suerte no todos, pero esto queda para más adelante.

Subimos lentamente la escalera y nos llovió entonces desde lo alto del portal, esa lluvia fragmentada de belleza que es el puzzle del pórtico de las Platerías. Puzzle donde nadie se ha ocupado de juntar exactamente las piezas, pero que por esa ley evidente que rige en todas las ruinas (esa ley del orden en la destrucción de la creación de nuevos valores en el desmoronamiento que habría que pensar despacio, si hubiera tiempo y ganas de pensar), daba por resultado una belleza más pura, como natural, como nacida de la piedra misma que brotara, no como en un jardín, sino en un bosque donde las ramas crecen hermosamente como quieren, sin ocuparse de la simetría de los senderos, ni de las distintas alturas de los macizos. Aquello no había sido pensado por nadie, se había pensado solo y había crecido con su ritmo particular, personal, interno. A mí me fascinaba separar las piezas del puzzle, cada una de ellas en otro perfecto organismo que respiraba solo y por su cuenta, sin quitar sin embargo el aire a los demás. Y cantaba en una polifonía perfecta, bajo la dirección del tañedor de arpa infatigable que recibe a la derecha a quienes se le arrimen.



Mientras estábamos allí en ese estado, sentados en la balaustrada de la escalera, llegó un grupo de turistas con un guía rubio y alto, que hablaba un inglés un poco raro, pero no de español. Entraron y cuando salieron todavía estábamos allí, esperando verlos de vuelta para entrar nosotros, como si no cupiéramos todos dentro. Al salir por el pórtico de las Platerías, el guía rubio estaba allí con un librito en la mano. Nos detuvimos un rato todavía, yo quería sacarle a J. una foto junto al David. Estábamos locuaces los dos, entusiasmados. El hombre nos miraba sonriendo pero sin acercarse. Por fin, tantas exclamaciones lo sacaron de su silencio.

―Sí, es hermoso ―dijo en buen español pero con un acento raro―. Pero no se puede comparar con el de la Gloria.
Le dijimos que no lo habíamos visto, que lo reservábamos para el final, y entramos en la catedral para salir por el Pórtico de la Gloria. Allí estaba otra vez el guía solo, con su librito en la mano. Yo tuve la impresión de que quería pescarnos a la fuerza, como para siempre, y esquivé su sonrisa de iluminado. Julio, más amable, conversaba con él y a las pocas frases me di cuenta de que sus palabras eran desinteresadas. Nos dijo que adoraba el Gran Cristo que muestra sus llagas y la figura sonriente de David y el Santo dos Croques gastado por las frentes de los jóvenes compostelanos. Nos conmovió su exaltación; hablaba del Pórtico como, casi, de la obra de su vida; estaba tan compenetrado con él que era como si hubiese salido de sus manos. Nos sorprendió este fervor en un guía profesional, y lo dejamos entregado a una contemplación absorta de esas figuras que sin embargo conocía ya de memoria.

Lamenté la idea de subir a la torre; el fin el mundo visto desde arriba es siempre igual, las diferencias solo se perciben cuando se está al mismo nivel de las cosas




Yo tenía ganas de salir de allí y echar un vistazo a la ciudad. Y además tenía hambre, hambre de pulpo, de sardinas asadas, sabores de mi infancia de banquetes familiares en largos patios argentinos sombreados de parras; y además sabores míticos: los centollos, las enormes merluzas gallegas de que hablaba mi padre con esa nostalgia pura y sentimental que nos une a los primeros sabores, la misma que despertaba en mí el olor dulce y tierno de la harina lacteada que comía a los dos años. Nostalgia más que de un sabor, de un sentimiento de paz, de armonía, de seguridad que perdimos muy poco después al ingresar en el bife con puré, al abandonar los pañales por la bombacha casi adulta. Pero ¿cómo hablar de estas mezclas de sabores y sentimientos cuando ya lo hizo Proust y nada más se puede añadir?

Encontramos todo: las sardinas, los centollos, la merluza. Y yo los comí pensando en mi padre, comulgando con él a través de estas marinas y profanas especies, con sus pobres huesos inmóviles ya tan lejos de allí en una profunda bóveda de la Chacarita donde nada puede descender.

Después vino el vagabundear por la ciudad que se termina en seguida y descubrir el pórtico del Home Santo y el portal de San Félix de Solovio, y luego otra vez a la plaza Mayor frente al austero esplendor del palacio de Gelmírez, y el pórtico de la catedral. Solo, sentado en un umbral estaba el guía. Nos saludó y se puso a charlar con nosotros. Nos preguntó si ya habíamos subido a la torre. Se vería todo el delicado paisaje hasta muy lejos en un día tan claro. No, no habíamos subido todavía, pero íbamos a hacerlo en seguida. Y fuimos. El guardián vivía en la torre; era sastre y aspirante a santo, por lo visto, pues llevaba debajo de la camisa vieja y raída, un cilicio que le asomaba por el cuello. Curiosa esa cara tosca de campesino, ese cuerpo fuerte y retacón, deseoso de martirio. Nunca lo hubiera dicho. Quizá era el precio que debía pagar por el alquiler de la torre; al fin hay quien paga por mucho menos que la torre de la catedral de Santiago un precio mucho más alto que el cilicio.



La torre era una torre de verdad, con una escalera sinuosa en los tramos más altos, donde era de madera crujiente y con un pasamanos frágil, y por momentos apenas una cuerda. Lamenté la idea de subir hasta allí; el fin el mundo visto desde arriba es siempre igual, las diferencias solo se perciben cuando se está al mismo nivel de las cosas, un poco de igual a igual. Cuando uno se encarama todo se ve igualmente pequeño, igualmente reducido a meros planos decorativos. Todo pierde su amenaza, su fuerza, su patetismo. Todo se vuelve plácido, paradisíaco, falso. Esto me lo decía a mí misma antes de llegar a lo alto y provocar un revuelo de palomas y acercarme a las enormes campanas hinchadas de sonidos y perder la vista en una lejanía de verdes tierras bien compuestas. El torrero sastre nos señaló los pueblos que rodeaban Santiago, pero yo no oía nada, apenas me quedaba voluntad para otra cosa que para mirarle el cilicio. Tanto que no me di cuenta de la llegada del guía rubio. Se saludó con el torrero como si fueran viejos amigos. En ese momento me pregunté si debajo de la camisa celeste impecable del guía no había también un cilicio. Tenía los ojos azules, tan claros que eran casi como dos agujeros vertiginosos. Hundí la mirada en el paisaje gallego con verdadero deleite, con fruición. Nos preguntó si nos gustaba. Claro que nos gustaba, ¿cómo podía ser de otra manera? Él no se explicaba cómo había hecho para vivir antes de llegar a Santiago. Era alemán, de Munich. En unas vacaciones decidió irse a España. Ya conocía Andalucía y Castilla, pero Galicia era una novedad para él. Así fue como llegó a Santiago una mañana de agosto. Y no pudo desprenderse de allí, pues había encontrado a su “maestro”. Y no le alcanzaría la vida entera para aprender la lección.




A pesar de su desagradable expresión de obseso, de su cortesía tan germánica, sentí que empezaba a tomarle simpatía. Qué diablo, no son tantos los que cambian de residencia por la hermosa cara de un Cristo del siglo XII. No son tantos los que un día descubren su modesta vocación de adoradores de la belleza, y ceden definitivamente a ella. El hombre se ganaba la vida enseñando inglés y alemán. Bajamos juntos, y con una sensación de vértigo que llegaba casi a la náusea, J. con prudencia y ayudándome, y el guía adelante, siempre hablando con sus ojos casi incoloros, deslizándose rápidamente por los minúsculos peldaños, casi como una araña en su tela. Describía minuciosamente los detalles del pórtico; era casi como si hubiera salido de sus manos, y de haber sido francés y no alemán yo hubiese pensado en una reencarnación del maître Mathieu. Maître Mathieu convertido en araña de la torre de su catedral, para estar más cerca de su Cristo. El hombre me era cada vez más simpático.

Por la noche en el hotel, hablamos largo rato de él. Naturalmente al día siguiente lo encontramos de nuevo en la catedral y nos saludamos como viejos amigos. Nos preguntó si también nosotros habíamos decidido quedarnos, pero ¿qué lecciones íbamos a dar allí?, le respondimos. Por no decirle (para no herir su fervor de neófito) que no creíamos, hélas, en su “maestro”, y que nos volvíamos en busca de las lecciones cuánto más profundas de Notre-Dame de París. Y así fué. Llegamos a París y nos tragó el trabajo, y nos tragó el teatro, la pintura y toda la frívola intelectualidad de ese mundo fascinante. A veces nos acordábamos de Santiago y del guía, y a mí se me iba borrando su cara, su figura, y solo me quedaba sus ojos incoloros de fanático, de éxtasis, ojos que miran para adentro, y su descenso por la escalera de la torre.

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Un día charlábamos con Bonet de Santiago, de la catedral, del pórtico de la Gloria. Él ha nacido allí y allí ha vivido casi permanentemente. Nos acordamos del guía. Naturalmente lo conocía y conocía su nombre y su edad y mil cosas más de su vida. Ulrico M., 43 años, exfuncionario de Berlín. Hablamos de su pasión por Santiago. Bonet nos dijo que se necesitaría mucha más devoción que la de Ulrico M. por su maestro para redimir su negrísimo pasado. Le sorprendió que no lo hubiéramos sospechado.

© Sucesión Aurora Bernárdez, 2015
Aurora Bernárdez fue traductora de autores como Albert Camus e Italo Calvino. Viuda de Julio Cortázar, falleció en París el 8 de noviembre de 2014 a los 94 años.



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