domingo, 8 de noviembre de 2015

Prólogo a la “Exhortación a la desobediencia” de Xosé Manuel Beiras / Antoni Domènech




Prólogo a la “Exhortación a la desobediencia” de Xosé Manuel Beiras 


El texto que a continuación se reproduce (con permiso de la Editorial Laiovento) es el prólogo de Antoni Domènech al libro de Xosé Manuel Beiras Exhortación a la desobediencia (Laiovento, Santiago de Compostela, 2015).

Un periodista gallego dijo hace unos meses de estos textos ahora presentados en versión castellana que son una “compilación del ideario de Beiras” (La Voz de Santiago, 26 noviembre 2013). Son en cualquier caso artículos, intervenciones de ocasión, panfletos, arengas, invectivas y discursos de los últimos 10 años. Han sido seleccionados por su autor y son representativos de su actual pensar y hacer políticos. Y del “estilo Beiras”: de su singular modo de pensar, de decir y de hacer política.  

Beiras es seguramente el político más amado de nuestro “corral nublado”, esa metáfora valleinclanesca que tanto le gusta aplicar al Reino de España. Pasear con él por Barcelona, por Madrid, por Bilbao, por Oviedo, y no digamos por cualquier rincón de Galicia, y verse una y otra vez interrumpido por espontáneas manifestaciones de la simpatía y aun el fervor del hombre y de la mujer de a pie, es todo uno. También es objeto de odios y rencores elitarios.  Está la furia visceral que levanta en la caverna paleo-, tardo- y neofranquista, claro. Pero también, y acaso sobre todo, la fingida displicencia que suscita en buena parte de la academia y del periodismo responsables, serios y bienpensantes, en el grupo intelectual, esto es, que rentabilizó con usura su adhesión acrítica a lo que Beiras llama en estas páginas “el fraude la Transición”: en el anodino y por lo general mediocre cártel que durante más de tres décadas se ha repartido canonjías varias, premios, prebendas, subvenciones, elogios mutuos y apariciones estelares en los grandes medios de comunicación públicos y privados, monopolizando acomodaticia y –es lo que tienen los oligopolios incontestables— cada vez más degradadamente el discurso público del “corral nublado”.

Beiras se declara en este libro un derrotado de la Transición. Muchos derrotados de la Transición se fueron honrosamente a casa o se refugiaron con distinto provecho intelectual en la profesión, en la investigación, en la creación literaria, en la docencia, en la fábrica, en la mina o en el terruño. Otros terminaron integrándose en el “sistema” y, tras cumplida y más o menos humillante “autocrítica” ritual, reciclados y actuando con la peor y más antipática de las fes: la del converso mantenido. Y aun otros se entregaron –en general, de mal humor— a varios ejercicios más o menos respetables, pero siempre políticamente infértiles: a la pataleta puramente disidente, a la intriga sectaria cocida en el propio jugo, a la jactancia estetizante o –tal vez el peor de los casos— a la raposería moralizante y resentida. Beiras, no. Es un intelectual de gran nivel, “de los de antes”; y tiene cabal consciencia de serlo. Es un artista, con una formación musical, teórica y práctica, deslumbrante. Es, encima, un reconocido catedrático de economía y tiene –cosa rara en la profesión— una cultura literaria e histórica precisa y brillante, sin falsa erudición mendigada. Pero además de todo esto, ha sido capaz de construirse en la derrota –que por eso mismo lo es menos— una posición claramente política: sobrevivir –con distintas pero siempre aleccionadoras peripecias— al fracaso de 1978 como oposición más que testimonial. Y hacerlo con buen humor: desafiante y demoledor, burlesco. Me parece que eso es precisamente lo que no tiene perdón, porque los mandamases y sus diversos peritos en legitimación intelectual se han mostrado a veces dispuestos a amnistiar la juventud, la inexperiencia y la guasa floja cenacular; jamás la burla senatorial coram populo.

Beiras se revela en este librito muy consciente de su ubicación generacional, muy pronto a reconocer sus grandes deudas con las generaciones anteriores –“en política, como en el arte, no hay vanguardia sin tradición”— y muy preocupado por el legado a los jóvenes y a las generaciones venideras. ¿Cuáles son esas deudas con la tradición? ¿Cuál el legado?




La tradición democrático-republicana y el nacionalismo gallego

Una tradición repetidamente declarada es la del republicanismo democrático, y muy particularmente la de la izquierda republicana galleguista moderna, nacida –así se puede ver sumariamente— de aquel rebrote republicano-socialista europeo de 1848 que planteó en términos nuevos el problema de las nacionalidades oprimidas bajo las distintas monarquías imperiales autocráticas o semiautocráticas. El célebre Banquete de Conxo (1856), con Aurelio Aguirre, Eduardo Pondal y acaso la propia Rosalía de Castro, expresó escandalosamente en Galicia el inicio de eso.

La palabra “nación”, en su sentido político actual, no nació pero sí se consagró con la Revolución francesa: la “nación” es el pueblo soberano, la soberanía “nacional” es la soberanía popular con todas sus consecuencias, la más importante de las cuales es la fundación de un espacio público de autogobierno ciudadano hasta entonces particularísticamente secuestrado por la Corona. Las autoridades políticas republicanas tienen que ser  –idealmente— meros agentes  fideicomisarios del pueblo ciudadano (que es el fideicomitente), meros servidores suyos. (“Ministro”, minister —¡quien lo diría ahora!—, quiere etimológicamente decir “servidor”, y evoca la tradición republicana romana de los esclavos públicos o del común, de los servi communis: de aquí la rumbosa metáfora republicano-revolucionaria moderna del Monarca absolutista como “esclavo declarado en rebeldía”). El territorio “nacional” y sus riquezas pasan  –idealmente— en la República revolucionaria a ser propiedad pública y común del común de ciudadanos recíprocamente libres (es decir, libres, iguales y fraternos), y la propiedad privada –la apropiación privada de recursos y activos— deja de ser un fideicomiso otorgado por un particular –el Rey— a otro particular (que no debe entonces rendir cuentas más que a la Corona), para pasar a ser una concesión fideicomisaria pública (condicionalmente) concedida, a través de sus propios agentes políticos fideicomisarios, por el pueblo, por el común, por el conjunto de la ciudadanía, única propietaria última ahora de todas las riquezas de la “nación”, y por lo mismo, capacitada, como fideicomitente, para exigir a los propietarios privados, como fideicomisos, las oportunas rendiciones de cuentas respecto de la utilidad pública del uso que dan a sus recursos y activos privadamente apropiados. (La teoría de las “nacionalizaciones” tiene aquí su último anclaje iusconstitucional normativo republicano: un recurso o un activo es “nacionalizable” cuando motivos técnicos o político-democráticos –monopolios naturales, propiedad absentista o ineficiente, alta traición y colaboración con el enemigo in casus belli, etc.— aconsejan privar del fideicomiso de que gozaba sobre él hasta ahora a un determinado propietario privado, retornando la posesión, con o sin indemnización, al ámbito público. El núcleo del ideario socialista moderno viene de ahí.) 

La “nación” republicano-revolucionaria francesa se constituyó ofreciendo la libertad republicana a los distintos pueblos y territorios sometidos a la monarquía absoluta borbónica. El Reino de la Baja Navarra, por ejemplo, rechazó participar en los Estados Generales de 1789, pero aceptó integrarse de grado en el proceso revolucionario después de 1790, cuando pudo adivinar una constitución libre, “nacional”, francesa, “superior” a la suya tradicional. Y como es bien conocido, los alemanes Marx y Engels denunciaron, después de la guerra franco-prusiana de 1871, el error geopolítico bismarckiano de la anexión de Alsacia y explicaron el “secreto” de que los alsacianos, alemanes de “nación” (en el sentido prepolítico y prerrevolucionario del término), quisieran ser “nacionales”, ciudadanos, de Francia: la República los había hecho políticamente libres.

Ello es que en la Europa revolucionaria de 1848 se había vuelto a plantear el problema republicano de las naciones y nacionalidades, pero en un contexto muy distinto. Porque ahora, a diferencia de 1790-94, no se trataba de que una República revolucionaria ofreciera a pueblos y territorios otrora sometidos al despotismo monárquico derrocado la posibilidad de una libre asociación nacional republicana. Se trataba de que pueblos enteros y diversos, que vivían bajo intactas monarquías imperiales autocráticas (la Rusia de los Romanov, la Prusia de los Hohenzollern, la Austro-Hungría habsbúrguica, la Gran Suecia de los Bernadotte, el Imperio Otomano de los Sultanes, los Estados Pontificios, el Reino borbónico de las Dos Sicilias) o meramente constitucionales (la España borbónica residualmente imperial) o ya parlamentarias pero sin sufragio universal (la Gran Bretaña hanoveriana) querían sacudirse esos yugos y afirmarse como pueblos políticamente libres. Las revoluciones republicano-democráticas europeas tenían que plantear inevitablemente el problema de la libertad política de esos pueblos sometidos. Por eso las reivindicaciones republicanas “nacionales” de Polonia (“repartida” entonces entre el Imperio Prusiano, el Imperio Austrohúngaro y el Imperio Ruso), o de la Grecia oprimida por los otomanos, o de la Irlanda colonialmente oprimida por el imperialismo británico, o de los pueblos itálicos disgregados y oprimidos por los Habsburgos, por el Papa y por los Borbones, estuvieron  en el corazón de todos los revolucionarios cuarentaiochistas, Marx y Engels incluidos.

La idea republicano-democrática cuarentaiochista de liberación “nacional” tuvo, desde luego, su dimensión cultural “romántica”: para liberar a Polonia, o a Grecia, o a Irlanda, o a Chequia había que apelar al pasado histórico, a la “tradición”, a los “viejos derechos”. Pero ¿no apeló al pasado también la Baja Navarra, para negarse, primero –era “inferior”— y para aceptar después –cuando la consideró “superior”— la constitución republicana francesa y formar “nación” con ella? ¿Y no apelaron los republicanos revolucionarios ingleses del XVII a la “vieja libertad inglesa” para quitarse de encima a Carlos I? Los nacionalismos “etnicistas” romántico-reaccionarios tardíos no tienen nada que ver con el florecimiento republicano, de todo punto político, de las ideas y de los programas de liberación nacional de 1848. Para empezar, fueron un fenómeno posterior, de finales del XIX. La propia palabra “nacionalismo” es un neologismo francés de esa época: no existía en 1848.




Importa percatarse del arraigo del moderno republicanismo democrático gallego –afirmador político de la “nación” gallega— en este contexto europeo de 1848. Beiras es extremadamente consciente de eso: se siente y se afirma hijo de esa tradición política. También por eso, por “cuarentaiochismo”, se ha empeñado siempre en buscar las raíces últimas de la “vieja libertad” gallega en la revueltairmandinha de 1467-69, la más importante insurrección campesina europea del siglo XV (el equivalente de la gran revuelta campesina inglesa de 1381, ese hito clave en la afirmación republicana de la “vieja libertad” inglesa tan bien estudiado por nuestro comúnmente admirado Rodney Hilton).

Es interesante observar que la autocalificación como “nacionalista” de esa tradición democrático-republicana gallega se dio por vez primera, si yo no ando muy equivocado, en la Asamblea de las Irmandadescelebrada en Lugo en 1918. Pues bien; otra fecha europea clave: la del desplome de todas las viejas monarquías imperiales autocráticas o semiautocráticas, la de la crisis abierta en las monarquías meramente constitucionales (como la española y la italiana) y la del drástico giro democratizador en la única monarquía plenamente parlamentaria hasta entonces (los laboristas conquistan el poder gracias al sufragio universal masculino concedido en 1918 –el femenino llegará en 1927—).[1] El presidente norteamericano Wilson y Lenin impusieron entonces a la vieja Europa, y particularmente a los territorios de los imperios desplomados en el curso de la Guerra, el reconocimiento del derecho de autodeterminación de las nacionalidades oprimidas. Se comprende que, en este nuevo contexto, “nacionalismo” –aquel feo neologismo inventado por la Francia católica, antisemita, reaccionaria y antirrepublicana del fin de siècle— empezara a adquirir también un uso y un significado nuevo, asociado ahora, por lo pronto, a la liberación de los pueblos europeos oprimidos por las viejas monarquías imperiales, y enseguida, a la liberación de los pueblos de todo el mundo colonialmente oprimidos por esas mismas monarquías. La vinculación políticamente consciente de esas dos luchas cristalizó, pues, en la primera posguerra: los socialismos “nacionalistas” del catalán Nin, del gallego Castelao o del irlandés O’Connor nacen de esa coyuntura histórica. Claro que ya antes de 1914 el gran socialista republicano Jean Jaurès, el enemigo implacable de la degeneración patriotera de la socialdemocracia que pagó con la vida su oposición a la Gran Guerra, había dejado sentada esta seña de identidad del genuino internacionalismo obrero para distinguirlo de lo que entonces se llamaba “cosmopolitismo burgués”: “un poco de internacionalismo aleja a los hombres de su patria, mucho internacionalismo los devuelve a ella”.

El ascenso de los fascismos y la lucha a muerte contra el nacionalsocialismo que culminó en la II Guerra Mundial volvió a cubrir con los tintes más negros la palabra “nacionalismo”. El gran ensayo de George Orwell sobre los nacionalismos, escrito exactamente en 1945, puede dar una idea de eso:

“Un nacionalista es alguien que piensa sola o principalmente en términos de prestigio competitivo. Puede ser un nacionalista positivo o negativo: puede, esto es, usar su energía mental para ensalzar o para denigrar; pero sus pensamientos giran siempre en torno a victorias, derrotas, triunfos y humillaciones. Ve la historia, particularmente la historia contemporánea, como el incesante auge y declive de grandes unidades de poder, y cualquier cosa que suceda le parecerá la demostración de que su propio bando va para arriba y algún detestado rival, para abajo. Pero es importante, finalmente, no confundir el nacionalismo con el principio que recomienda arrimarse al bando más fuerte. Al contrario: habiendo elegido su propio bando, el nacionalista se dará a entender a sí propio que el suyo es el más fuerte, y será capaz de aferrarse a esa creencia contra viento y marea, aun cuando los hechos sean abrumadoramente contrarios.”[2]

Ello es que la derrota político-militar del nazi-fascismo y la segunda posguerra trajeron consigo el que, junto con la Revolución Rusa, ha sido sin disputa el fenómeno más determinante del siglo XX: los procesos de descolonización. Y eso dio un nuevo e inopinado giro al prestigio de la palabra “nacionalismo”. Uno de los socialistas más firmemente comprometidos con las luchas de liberación nacional de los pueblos colonialmente explotados y oprimidos en la segunda posguerra, Olof Palme, expresó así el sentimiento de las izquierdas más sincera y consecuentemente antiimperialistas del último tercio del siglo XX:

“El nacionalismo es más que el entusiasmo por una u otra nación, porque echa sus raíces en el viejo concepto de la igualdad de todos los hombres, con independencia del color de la piel, de la raza o de la casta”. [3]




La socialdemocracia internacional y el capitalismo político-socialmente reformado de la segunda posguerra

Lo que nos mete ahora en un segundo grupo de deudas consciente y orgullosamente asumidas por nuestro vanguardista con la tradición. Porque Beiras comenzó a hacer política en el espacio de la socialdemocracia internacional de los años 60. Y es preciso entender bien hoy la dinámica situación crítica por la que atravesaba ese espacio político en aquella década alegre, optimista, revoltosa y, finalmente, trágica en la que tantas cosas volvieron a ponerse sobre la mesa. Y que lo entiendan sobre todo esos jóvenes que importan superlativamente a quien, como Beiras, ve con mirada larga en la lucha política una carrera de relevos generacionales y se ve a sí mismo como transmisor de un precioso legado recibido de sus mayores.

La socialdemocracia de posguerra había contribuido decisivamente a la reconstrucción de un capitalismo socialmente reformado en los años 50. Colaboró decisivamente –sobre todo en Europa— en la tarea de poner fin al catastrogénico capitalismo mundializado y administrativamente desregulado de la Belle Époque (Europa) y laGuilded Age (Norteamérica) que había llevado al mundo por dos veces al abismo entre 1871 y 1940. Bases capitales de ese programa de reconstrucción política de posguerra fueron:

1) La consciente desmundialización de la economía: los acuerdos de Bretton Woods en 1944 instituían, entre otras cosas, la legitimidad internacional del control nacional de los movimientos de capitales por parte de los Estados soberanos, lo que significaba una (parcial) limitación de los mercados internacionales de capitales. Los vigorosos procesos de descolonización del “tercer mundo” y el ensanchamiento del espacio del “segundo mundo” (el del “socialismo real”) significaron una ulterior y colosal retracción del espacio propiamente capitalista en la economía mundial. Ese espacio se reorganizó entonces, a partir de 1945, mediante un mecanismo global de reciclaje de los excedentes de la gran potencia superavitaria triunfadora en la II Guerra Mundial Guerra, mecanismo que permitió (entre 1945 y 1971) la reconstrucción y desarrollo de un nuevo capitalismo socialmente reformado en Europa occidental y en el Este asiático que pivotaba políticamente sobre dos países militarmente derrotados (y ocupados): la República Federal alemana y Japón.[4]  

2) La (parcial) “eutanasia” keynesiana del rentismo en las finanzas y los bienes raíces mediante esquemas de política fiscal particularmente agresivos contra los ingresos “no ganados” (con tipos impositivos marginales incluso superiores al 90%), lo que significaba la (parcial) desmercantilización del llamado “mercado monetario” y del llamado “mercado inmobiliario”.

3) El reconocimiento público del papel central de los sindicatos obreros en la vida económica y la institución política de la negociación colectiva de los salarios, lo que significaba la (parcial) desmercantilización del llamado “mercado de trabajo” con la institución de conjuntos más o menos amplios de derechos laborales democráticos en el puesto de trabajo, en el ámbito de la producción (recuérdese la vieja consigna de la Organización Internacional del Trabajo, la OIT: “el trabajo no es una mercancía”). (La desmercantilización parcial de los supuestos “mercados” laboral y monetario generó en el capitalismo reformado de posguerra una escasez relativa de las “mercancías” dinero y fuerza de trabajo, con los sindicatos jugando el papel de suministradores y administradores en régimen de práctico monopolio: esencial en la obra de reforma del capitalismo de posguerra fue la comprensión profunda de que la escasez relativa de esas dos pseudomercancías –fuerza de trabajo y dinero— era condición necesaria, aunque no suficiente, para una estabilización de la vida económica capitalista.)

4) El reconocimiento de derechos sociales públicamente atendidos y más o menos amplios a la educación, a la salud, a la jubilación, a la vivienda o a las vacaciones pagadas, lo que significaba, no ya sólo, como se dice a veces, “salario indirecto” (por el consiguiente abaratamiento inducido en el coste general de la vida) , sino  una desmercantilización parcial del ámbito de la reproducción social del trabajo.

5) La intervención administrativa a gran escala en la vida económica con un amplio repertorio de políticas económicas nacionales contracíclicas tendentes a la estabilización del ciclo económico capitalista mediante el estímulo de la demanda efectiva agregada: políticas fiscales y monetarias, políticas de inversión pública, diseño institucional de estabilizadores automáticos del ciclo (cobertura pública de desempleo, crecimiento del empleo público), nacionalización de monopolios naturales y de sectores estratégicos de la economía, etc.

Los anhelos reformistas del capitalismo de posguerra, así pues, no sólo distinguieron claramente entre distintos “mercados” –buscando la expresa limitación política de los más peligrosos y destructivos, los pseudomercados de intercambio de mercancías ficticias:  fuerza de trabajo, dinero, bienes raíces y patrimonio natural—, sino que estuvieron claramente animados por el escepticismo respecto de las pretendidas propiedades autocorrectoras atribuidas en general al mecanismo mefistofélico del “mercado”, que constantemente procuraría el mal y constantemente lograría el bien. Keynes lo habría celebérrimamente expresado así: “El capitalismo es la estupefaciente creencia de que los hombres más perversos harán las cosas más perversas a mayor bien de todos.”  




La socialdemocracia obrera sueca había venido expresando ideas reformistas radicales así desde los años 30, cuando había llegado al poder, logrando con sus políticas económicas y sociales que Suecia se sustrajera a la pesadilla depresiva que a partir de 1929 azotó a las economías capitalistas de todo el mundo. El primer ministro Per Albin Hanson condensó su ideario político en una famosísima metáfora fraternal de la sociedad como “hogar del pueblo (folkhemmet) y de la conciudadana (medborgarhemmety)”:

“El fundamento del hogar es la comunidad y el acuerdo. En los buenos hogares no hay privilegiados ni perjudicados, ni hijos mimados ni hijastros. Nadie mira a otro por encima del hombro, ni busca nadie ventajas a costa de otro, ni oprime ni saquea el fuerte al débil. En los buenos hogares imperan la igualdad, el cuidado, la colaboración y la disposición a ayudar. Aplicado eso al hogar popular y conciudadano, significaría el derribo de los muros sociales y económicos que ahora dividen a los ciudadanos en privilegiados y perjudicados, dominantes y dependientes, ricos y pobres, favorecidos y empobrecidos, explotadores y explotados.” [5]

Es interesante percatarse de que esa metáfora de la vida social como “hogar del pueblo y de la conciudadana” tenía necesariamente su contraparte política en la negación expresa de la vulgar metáfora liberal de que el Estado se comporta políticamente como un “padre de familia”: así como un buen padre de familia no puede gastar más de lo que ingresa, así también un Estado debería tener unas “finanzas sanas” y perseguir por encima de todo el “equilibrio presupuestario”.




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