domingo, 15 de noviembre de 2015

Todos somos Robinson Crusoe / Claudio Magris






Todos somos Robinson Crusoe 

Robinson Crusoe —salvado del naufragio por las olas que lo arrojaron a una isla desconocida y solitaria—, apenas se establece en un refugio provisional, organiza un sistema para medir el tiempo y formula —en la angustia de su situación y en la incertidumbre de su suerte— un verdadero balance (es más, tendría que escribirse Balance con mayúscula) “del estado de sus asuntos”, de los bienes y de los males de su condición: naufragó pero sobrevivió, está aislado del mundo pero llegó a una isla no demasiado inhóspita ni peligrosa, y posee, como único abastecimiento, las muchas cosas útiles que el mar arrastró hasta la playa. Escrito literalmente sobre tablas de madera, este informe de sus haberes libera la mente de Robinson de la angustia que experimenta ante su situación, impidiendo que su razón se precipite en el pánico; dicho informe no tiene que ver con una esfera determinada de sus actividades, sino con la vida entera. Y es acogido con un placer físico, casi sensual, como la tosca vestimenta sobre la piel, el calor del fuego, los olores de la selva.

La epopeya burguesa en la conquista del mundo desconocido, de la que la novela de Defoe (1719) es la primera y más grande expresión poética, vive la economía como si fuese una fuerza vital, el fluir del dinero como si fuese el impetuoso correr de la sangre; incluso la contabilidad deviene aventura, al igual que los tráficos y los naufragios que ella registra. En la isla desierta de Robinson el dinero no existe y no sirve; no existe el valor de intercambio: “Únicamente poseía Valor aquello a lo que yo podía darle Uso”.

Pero la partida doble abarca todo, la construcción de la casa en la selva, la exploración de los alrededores, la cacería, el miedo, la plegaria y la fe en la Providencia; como decía Marx: “el tiempo, en esa lucha solitaria por la sobrevivencia, es más que nunca dinero”. Las tormentas de la naturaleza arrasan la existencia y el orden preestablecido, pero toda acción humana es Proyecto, diseñado racionalmente y vivido con pasión; ninguna obra —dice Robinson— en la selva “puede llevarse a cabo si antes no se han calculado los Costos”.

Si para Rousseau, Robinson —al igual que Viernes—, representa el prototipo del hombre naturalmente bueno que, alejado de los vicios de la sociedad, inventa por sí solo la civilización; y si para Kant, Crusoe es el individuo moderno que siente nostalgia por inocentes paraísos naturales pese a estar consciente de construir un progreso y una civilización que ya se han dejado atrás y que, por lo tanto, se vuelven imposibles; Marx ve en el héroe de Defoe “al emprendedor de sí mismo”, que se mueve como si la benévola “mano invisible” de la economía liberal también fuese el soporte de la naturaleza, o bien como si los procesos económicos fuesen naturales, terminando por comprobar que todo, incluso la vida de un individuo solo en una isla remota, es sociedad.

Un gran libro nunca agota las interpretaciones ideológicas que se pueden desprender de él, las cuales no lo empobrecen, al contrario, demuestran su inagotable riqueza, que en cada época, en cada lector, develan nuevos aspectos y nuevos significados, respondiendo a las diversas interrogantes de las generaciones subsiguientes. Marx, que lee y discute a Robinson Crusoe, es como Platón que lee y discute a Homero, yendo quizá más allá de él, pero sólo a partir de haberlo leído, volviéndoselo a encontrar, inesperadamente, cada tanto. Robinson Crusoe es el libro de aventuras por excelencia, uno de esos grandísimos libros en los que cada línea es insustituible, cuya grandeza es tal que incluso puede percibirse a través de las síntesis y las adaptaciones, como las que, en la infancia o en la adolescencia, por primera vez nos dieron a conocer a casi todos nosotros esa historia inmortal, cuyo sentido esencial relampagueaba incluso en esas simplonas versiones.

Al igual que La odisea, Don Quijote y La guerra y la paz, también Robinson Crusoe se lee y relee muchas veces en el transcurso de una vida, descubriéndole estratos siempre nuevos, escribió Alberto Cavallari, a quien le debemos no sólo una admirable traducción de la novela (Feltrinelli, 1993), sino también un amplio ensayo a manera de introducción —La isola della modernità (La isla de la modernidad)— de altísima calidad, que sustancialmente dice todo sobre el libro, sus interpretaciones y sus transformaciones en el tiempo y que no se puede menos que parafrasear.

A diferencia de otros géneros narrativos —como la novela psicológica—, en el género de aventuras puede suceder y sucede de todo, los cambios de situación más inverosímiles, cambios de horizontes y de identidad. Bajo este perfil, incluso la novela de aventuras más ingenua es la más cercana a la realidad, porque también la realidad más prosaicamente uniforme es susceptible, en cualquier momento, de los reveses más impredecibles. Esa enorme y libre aventura de Robinson, que ensancha el corazón y lo abre a paisajes interminables y a peripecias temerarias y obstinadas, también es una de las más grandes parábolas del nacimiento de la modernidad, de la que Defoe es “un Padre Fundador” (Cavallari). Robinson prosigue y transforma por completo la novela de aventuras y de viaje de los siglos precedentes; su pluma —incluso puntillosamente práctica y utilitaria— conquista lo ignoto y lo imaginario para la realidad y para el conocimiento, y dilata, por otra parte, el viaje, para que se transforme en nueva alegoría moral del individuo moderno.




Robinson es el nuevo homo oeconomicus, un protestante capitalista ascéticamente dedicado al trabajo: Defoe, que también narró en otras obras maestras —poéticamente, quizá, todavía más grandes— las gestas eróticas carentes de prejuicios de Moll Flanders y Lady Roxana, hace de Robinson Crusoe un personaje sin vida sexual. “Adán sin Eva” (Cavallari): en la penúltima página, matrimonio, paternidad y viudez del héroe son resumidos en dos líneas y media, de un total de 300 páginas. Con el buen salvaje Viernes, Robinson vive en fraterna y democrática amistad, porque también él es soberano y señor de la isla, vanguardia de la colonización blanca, encarnación bifronte de la ambigüedad del progreso, que porta civilización y dominio, libertad y nuevas esclavitudes, en una trágica espiral que marca el pecado original de la modernidad.

En muchas historias anteriores de mar y de naufragio, la isla en la que encallan muchos fugitivos, amotinados y rebeldes, era un asilo, un lugar de pureza y libertad que les permitía escapar de los males de la historia y de la sociedad; en cambio, para Robinson —como para muchos de sus imitadores— la isla es padecida en un principio como exilio de la civilización y posteriormente gozada casi como si fuese una colonia.

Profundamente religioso, Robinson es el alférez de una religión iluminista del progreso y de la técnica que poco a poco absorbe toda trascendencia en una despiadada y niveladora secularización; al igual que Ulises, disuelve con su racionalidad el encanto —y el horror— del mito, de las sirenas y de los cíclopes. Robinson tritura la poesía de la vida en la férrea ejecución del Proyecto, en la finalidad social a la que son sometidas todas las diversidades de la existencia, y la novela es la muy poética y sobria representación de este triunfo de la prosa burguesa. Defoe es, a la vez, neutral cronista, fantasioso cantor e inevitable descubridor del nuevo homo oeconomicus destinado a dominar el mundo; y del capitalismo, la fuerza más revolucionaria y subversiva de la historia, con su vitalidad creadora, destructiva y autodestructiva, como el destino.

No por casualidad él es uno de los creadores, si es que no el creador —después de Don Quijote—, de la novela moderna, el género literario que asume en su propia forma la vitalidad, la vulgaridad, lo prosaico, el compromiso y la contradicción de la modernidad burguesa. Defoe atrapa este mundo en sus grandes novelas y también lo encarna sin prejuicios en su trabajo de grandísimo periodista que, consciente de lo condicionada que está por el poder económico la libertad de prensa, logra decir la verdad engañando a sus jefes en el trabajo —trabajó con liberales y conservadores expresando siempre ideas liberales—, a menudo cobrando con unos y trabajando para los otros, recuerda Cavallari.




Como decía Trevelyan, él es el primero que ve morir el viejo mundo con ojos modernos; el primero en advertir que Europa y Occidente ya no lograban entender, exorcizar e integrar a ese Otro que iban descubriendo y conquistando ni a deshacerse de su fantasma.
Como conviene a la obra maestra de un autor constantemente en bancarrota pero consciente del nuevo rol del dinero y del mercado, Robinson Crusoe fue el primer bestsellerde la literatura mundial: en la bibliografía de Ulrich, editada en 1898, se habla de 196 ediciones, muchas de las cuales aparecieron pocos años después de la primera, y de 110 traducciones (incluso en gaélico, en bangalí, en turco). Además, la novela, de inmediato, tuvo innumerables imitaciones y adaptaciones, especialmente en
Alemania; las así llamadasRobinsonaden, cuyo número oscila entre 200-250, incluso —como tuve manera de verificar directamente, leyendo un centenar de ellas— es difícil establecer una cifra precisa, porque a menudo se sobreponen y se plagian recíprocamente.

Existe un Robinson holandés (1721), y en los años siguientes surgió un francés, un alemán, un sajón, un nórdico, un sueco, un estadunidense, un inglés, un español, un bajo-sajón, una madame Robinson; también existe un Robinson médico, un Robinson librero y un Robinson “filosofante”, también está el Robinson pedagógico de Campe (1779); otras novelas no ostentan el nombre en el título, pero recalcan el naufragio en la isla desierta, la construcción de la casa y, por lo tanto, del mundo, el encuentro con el salvaje. Son novelas influidas por Defoe, pero también por otros textos como La historia de los Sevarambos del francés Denis Vairasse o La tierra austral de Gabriel Foigny, invadidas por esa inquietud y por esa crisis de la conciencia europea —magistralmente analizada en el viejo libro homónimo de Paul Hazard— que, desvinculándose del clasicismo absolutista y dogmático del siglo XVII y descubriendo nuevos mundos, se ponía en discusión a sí misma y soñaba tierras desconocidas y vírgenes cual teatro de utopías político-morales, sede de fabulosos reinos de paz, de igualdad, de libertad religiosa, de comunidad de bienes y comunión sexual. La utopía es el horizonte de estas aventuras de mar y de naufragio, el sueño de un feliz Estado de naturaleza, pero Robinson, el hombre nuevo de este soñado mundo nuevo es, en realidad, el centinela de la Historia que avanza destruyendo los presuntos paraísos, aun si, de ordinario, esta avanzada asume la ilusoria forma de una fuga, como sucede en la más hermosa —la única verdaderamente hermosa— robinsoneada, La isla Felsenburg o bien Maravillosos destinos de algunos navegantes del alemán Johann Gottfried Schnabel (1731), en la que muchas personas, luego de trabajosas vicisitudes, arriban a la isla para fundar allí una utópica comunidad patriarcal.

Como sucederá —con profundidad e inquietudes muy diferentes—, en el mito de Los mares del sur de Melville, Stevenson o Gauguin, la isla es a menudo paraíso erótico, libre e inocente a la vez. En el Joris Pines (1726), refrito de un texto más antiguo, la comuna sexual también es comunidad incestuosa y en el Robinson alemán la madre del protagonista incluso se aparea con un simio, dándole hijos.

A menudo, desenfreno y moralismo edificante conviven en estas novelas, muchas de las cuales no son menos burdas y tontas que la “Isla de los famosos”, la actual robinsoneada televisiva; el pasado es tan rico en belleza y estupidez como el presente. El mito de Robinson continúa viviendo en reelaboraciones pedagógicas, refritos y cuentos para niños como el empalagoso Robinson suizo del párroco Wyss; y textos de óptima calidad, como Viernes o el limbo del Pacífico (1967) de Michel Tournier, en el que el salvaje convierte al burgués a una mágica existencia primitiva; La pared, de la austriaca Marlen Haushofer (1963), vicisitud de una mujer única sobreviviente de un misterioso fin del mundo; o bien El hombre en el holoceno (1979), quizá la obra maestra de Max Frish, libro que también está invadido por el sentido de irreparable, irónico y trágico fin del individuo, en el aluvión de la naturaleza y de la historia.
La robinsoneada total, según Adorno, la escribió Kafka, en cuyos textos el hombre está solo y es un náufrago en una realidad inexplicable. No existe fin en el naufragio, pero ni siquiera inicio. Así como Selkirk —el marinero náufrago, cuyas vicisitudes inspiraron a Defoe— encontró en la isla a otro que llegó antes que él, Will El Mosquito, casi todo Robinson encuentra en su isla a un predecesor, o bien, huellas de su permanencia: el Robinson sajón encuentra a un viejo español, el Robinson alemán incluso encuentra el cadáver de su padre, otros encuentran escritos de náufragos que murieron hace tiempo, en los que se habla de otros náufragos todavía más viejos, etcétera, etcétera, en ese “pozo del pasado” que tanto fascinaba a Thomas Mann y del que nunca se toca el fondo.

El origen es más incierto, inesperado e infundado que el fin. Acaso no existe, y el naufragio —el mal, el dolor, la insensatez y la resistencia a todo esto— se repite desde siempre. No por nada Camus eligió una frase de Defoe como epígrafe para La peste.

Claudio Magris
Traducción de María Teresa Meneses



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