sábado, 31 de enero de 2015

John Berger, “Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos”





“Una vez me dijiste que el aroma de las lilas no distaba mucho del olor de las vacas en el establo. Ambos huelen a paz e indecisión.

Los días se van haciendo más largos, y por la tarde me siento a leer en la cocina sin necesidad de encender la luz. En el alféizar de la ventana hay una jarra con un ramo de lilas que corté en el jardín de un amigo. Tienen un color pálido; el color de una camiseta azul marino desteñida por muchos lavados. Cuando era joven tenía una camiseta de ese color, y el gran pintor indonesio Affandi pintó en ella mi retrato. Ambas cosas han desaparecido, el retrato y la camiseta. A través de la ventana abierta oigo el canto de un cuco y las sierras mecánicas de los leñadores que siguen trabajando.

Cuando levanté la vista hace un momento, a la luz ya débil del atardecer, el ramo de lilas parecía una colina cuyos árboles en flor se fundieran en el crepúsculo. Estaba desapareciendo.

La casa tiene unos muros muy gruesos porque los inviernos son fríos. En el marco de la ventana, casi junto a los cristales, hay colgado un espejo de afeitar. Ahora, cuando levanto la vista, veo reflejado en el cristal un ramito de lilas: todos y cada uno de los pétalos de las minúsculas florecitas aparecen nítidos, definidos, cercanos, tan cercanos que se dirían los poros de una piel. Al principio no entiendo por qué lo que veo en el espejo tiene mucha más intensidad que el resto del remoque, de hecho, está mucho más cerca de mí. Luego me doy cuenta de que lo que estoy viendo en el espejo es el otro lado de las lilas, el lado totalmente iluminado por los últimos rayos de sol.

En la misma posición que ese espejo coloco cada tarde mi amor por ti.


'La filosofía, en realidad, no es más que añoranza; es la necesidad de sentirnos en todas partes en casa'. (Novalis)."



John Berger, “Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos”


***

jueves, 29 de enero de 2015

Discurso del jefe indio “Seattle” dirigido al hombre blanco (1854) / EEUU: los apaches defienden sus tierras / Brenda Norrell





Discurso del jefe indio “Seattle” dirigido al hombre blanco (1854)


El gran Jefe de Washington nos envía un mensaje para hacernos saber que desea comprar nuestra tierra. También nos manda palabras de hermandad y de buena voluntad. Agradecemos el detalle, pues sabemos que no necesita de nuestra amistad. Pero vamos a considerar su oferta, porque también sabemos de sobra que, de no hacerlo así, quizá el hombre blanco nos arrebate la tierra con sus armas de fuego.

Pero... ¿Quién puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?. Esa idea es para nosotros extraña. Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podría alguien comprarlos?. Aún así, trataremos de tomar una decisión.

Mis palabras son como las estrellas: eternas, nunca se extinguen. Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada aguja de un abeto, cada playa de arena, cada niebla en la profundidad de los bosques, cada claro entre los árboles, cada insecto que zumba es sagrado para el pensar y sentir de mi pueblo. La savia que sube por los árboles es sagrada experiencia y memoria de mi gente.

Los muertos de los blancos olvidan la tierra en que nacieron cuando
desaparecen para vagar por las estrellas. Los nuestros, en cambio, nunca se alejan de la tierra, pues es la madre de todos nosotros. Somos una parte de ella, y la flor perfumada, el ciervo, el caballo, el águila majestuosa, son nuestros hermanos. Las escarpadas montañas, los prados húmedos, el cuerpo sudoroso del potro y el hombre..., todos pertenecen a la misma familia.

Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington nos envió el recado de que quería comprar nuestra tierra, exigía demasiado de nosotros. El Gran Jefe nos quiere hacer saber que pretende darnos un lugar donde vivir tranquilos. Él sería nuestro padre, y nosotros seríamos sus hijos. ¿Pero eso será posible algún día?. Dios debe amar a vuestro pueblo y abandonado a sus hijos rojos.



Él ha enviado máquinas para ayudar al hombre blanco en su trabajo, y con ellas se construyen grandes poblados. Él hace que vuestra gente sea, día a día, más numerosa. Pronto invadiréis la tierra, como ríos que se desbordan desde las gargantas montañosas, como una inesperada lluvia. Mi pueblo, sin embargo, es como una corriente desbordada, pero sin retorno. No, nosotros somos razas diferentes. Nuestros hijos y los vuestros no juegan juntos, y vuestros ancianos y los míos no cuentan las mismas historias. Dios os es favorable, y nosotros nos sentimos huérfanos. Aun así, meditaremos sobre
vuestra oferta de comprarnos la tierra. No será fácil, porque esta tierra es sagrada para nosotros.
Nos sentimos alegres en estos bosques. Ignoro el por qué, pero nuestra forma de vivir es diferente a la vuestra. El agua cristalina, que corre por los arroyos y los ríos no es sólo agua, es también la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiéramos tendríais que recordar que es sagrada, y enseñarlo así a vuestros hijos. De hecho, los ríos son nuestros hermanos.
Nos libran de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran alimento. Cada imagen que reflejan las claras aguas de los lagos son el recuerdo de los hechos que ocurrieron y la memoria de mis gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Así es, Padre Blanco de Washington: los ríos son nuestros hermanos. Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos -y en adelante, los vuestros- y tratarlos con el mismo cariño que se trata a un hermano.

Es evidente que el hombre blanco no entiende nuestra manera de ser. Os es indiferente una tierra que otra porque no la ve como a una hermana, sino como a una enemiga. Cuando ya la ha hecho suya, la desprecia y la abandona.
Deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Saquea la tierra de sus hijos y le es indiferente. Trata a su madre -la Tierra- y a su hermano -el firmamento-como a objetos que se compran, se usan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Hambriento, el hombre blanco acabará tragándose la tierra, no
dejando tras de sí más que un desierto. Mi gente siempre se ha apartado del ambicioso hombre blanco, igual que la niebla matinal en los montes cede ante el sol naciente. Pero las cenizas de nuestros antepasados, sus tumbas, son tierra santa, y por eso estas colinas, estos árboles, esta parte del mundo, nos es sagrado.

No sé, pero nuestra forma de ser es muy diferente de la vuestra. Quizás sea porque soy lo que vosotros llamáis "un salvaje" y, por eso, no entiendo nada. La vista de vuestras ciudades hiere los ojos de mi gente. Quizá porque el "Piel Roja" es un salvaje y no lo comprende. No hay silencio alguno en las ciudades de los blancos, no hay ningún lugar donde se pueda oír crecer las hojas en primavera y el zumbido de los insectos. No hay un solo sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar desde el que poder escuchar en primavera el brote de las hojas o el revolotear de un insecto. Tal vez sea porque soy lo que llamais "un salvaje" y no comprenda algunas cosas...

El ruido de vuestras ciudades es un insulto para el oído de mi gente y yo me pregunto ¿Qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o el diálogo nocturno de las ranas en un estanque?. Mi pueblo puede sentir el suave susurro del viento sobre la superficie del lago, el olor del aire limpio por el rocío de la mañana y perfumado al mediodía por el aroma de los pinos. El aire es de gran valor para nosotros, pues todas las cosas participan del mismo aliento: el animal, el árbol, el hombre, todos.

El hombre blanco parece no dar importancia al aire que respira, a semejanza de un hombre muerto desde hace varios días, embotado por su propio hedor. Pero, si os vendemos nuestra tierra, no olvidéis que tenemos el aire en gran estima, que el aire comparte su espíritu con la vida entera.

El viento dio a nuestros padres el primer aliento, y recibirá el último. Y el viento también insuflará la vida a nuestros hijos. Y si os vendiéramos nuestra tierra, tendríais que cuidar el aire como un tesoro y cuidar la tierra como un lugar donde también el hombre blanco sepa que el viento sopla suavemente sobre la hierba en la pradera.Cuando el último de entre mi gente haya desaparecido, cuando su sombra no sea más que un recuerdo en esta tierra -aun entonces- estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos este paisaje del mismo modo que el niño ama los latidos del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que poneros una condición: que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos.
Soy lo que llamáis "un salvaje" y no comprendo vuestro modo de vida, pero he visto miles de búfalos muertos, pudriéndose al sol en la pradera. Muertos a tiros, sin sentido, desde las caravanas. Yo soy un salvaje y no puedo comprender cómo una máquina humeante -el caballo de hierro- puede importar más que el búfalo, al que sólo matamos para sobrevivir. ¿Qué es el hombre sin animales? Si todos los animales desaparecieran el hombre también moriría en la soledad de su espíritu. Lo que le suceda a los animales tarde o temprano le sucederá también al hombre. Todas las cosas están estrechamente unidas.

Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la Tierra es su madre…


***








EEUU: los apaches defienden sus tierras 

Los propietarios apache de tierras en Río Grande le dijeron a la Agencia de Seguridad Nacional el 7 de enero de 2008 que detuviese la confiscación de sus tierras para el muro fronterizo entre EE.UU. y México. Fue el mismo día en que expiró el aviso de treinta días de la Seguridad Nacional junto con la amenaza de confiscar las tierras mediante el derecho a expropiación para construir el muro fronterizo entre EE.UU. y México.

La Agencia de Seguridad Nacional (ASN) declaró que utilizará el derecho de expropiación para tomar posesión de las tierras que ahora tienen propietarios privados. ASN también ha presentado exoneraciones exigiendo que los propietarios de las tierras garanticen al personal de ASN el acceso a su propiedad durante un periodo de doce meses con tal de llevar a cabo estudios para el proyecto de construcción propuesto. Los propietarios fueron informados de que si no permiten voluntariamente el acceso de los agentes federales a sus tierras, el gobierno de EE.UU. entablará una demanda para garantizar a las autoridades de la seguridad nacional el acceso irrestricto a las tierras privadas, a pesar de la oposición de los dueños. Seguridad Nacional ha afirmado que si es necesario expropiará propiedades incluso sin el consentimiento de los propietarios de las tierras, con el fin de completar la construcción de la valla fronteriza.



Muchos propietarios de tierras, como también líderes civiles y activistas de derechos humanos, se oponen a los planes del gobierno de EE.UU. de permitir el acceso de agentes federales de seguridad del estado a propiedades privadas. Las exigencias del gobierno y la estrategia agresiva entran en conflicto con los derechos de propiedad privada y son particularmente desconcertantes para las comunidades indígenas afectadas por esta situación.
Raíces profundas de resistencia
Las comunidades tejanas que se encuentran en la zona de la frontera internacional consisten principalmente de nativos americanos y de herederos de concesiones de tierras que han residido en estas propiedades heredadas durante cientos de años. La Seguridad Nacional tiene previsto completar las porciones tejanas de la valla antes del final del 2008.

“Hay dos tipos de personas en este mundo, los que construyen muros y los que construyen puentes,” dijo Enrique Madrid, miembro de la comunidad apache Jumano, propietario de tierras en Redford, y administrador arqueológico de la Comisión Histórica de Tejas.
“El muro en el sur de Tejas es militarización,” dijo Madrid acerca del aumento de las patrullas fronterizas y la presencia militar. “Estarán armados y dispararán a matar.”

En 1997, un marine de los EE.UU. emplazado en la frontera disparó y mató a Esequiel Hernández de 18 años, que estaba cuidando a sus ovejas cerca de su hogar en Redford. “Tuvimos la esperanza de que sería el último ciudadano de EE.UU. y el último nativo americano asesinado por las tropas,” dijo Madrid durante una conferencia de prensa el siete de enero con apaches de Tejas y Arizona. En lugar de eso, el número de personas disparadas y matadas o atropelladas por patrullas fronterizas y otros agentes estadounidenses ha aumentado bruscamente al continuar la militarización.

La doctora Eloisa Garcia Tamez, una profesora apache lipán que vive en Río Grande, describió como los oficiales estadounidenses intentaron presionarla para que les permitiese acceder a sus tierras privadas para realizar inspecciones para el muro fronterizo entre EE.UU. y México.
“Les he dicho que no está a la venta y que no pueden entrar en mis tierras.” Tamez es una de las propietarias y propietarios de las tierras sobre las que la Agencia para la Seguridad Nacional planea erguir setenta millas de valla doble e intermitente en el valle de Río Grande.
Tamez dijo que el gobierno de EE.UU. quiere acceso a todas sus tierras, que está a ambos lados de un dique. “Después decidirán donde construir el muro. Podría ser sobre mi casa.” Tamez dijo que puede tener sólo tres acres, pero que es todo lo que tiene.
La hija de Tamez, Margo Tamez, poeta y académica, dijo: “No somos gente de muros. Va en contra de nuestra cultura tener muros. La Tierra y el Río van juntos. Tenemos que estar con el río. Tenemos que estar con esta tierra. Hemos nacido de esta tierra.”
Margo Tamez añadió que la recientemente aprobada Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas garantiza el derecho de los pueblos indígenas a sus territorios tradicionales.
Rosie Molano Blount, apache chiricaucha de Del Río señalo que muchos de los apaches chiricauchas habían servido en el ejército estadounidense. “Estamos orgullosos de ser americanos,” dijo Blount, añadiendo que los Chiricahua siempre han apoyado al gobierno estadounidense. Ahora, con el creciente hostigamiento a la gente en la zona fronteriza, la actitud local hacia el gobierno federal está cambiando.

“¡Ya Basta!” dijo Blount, repitiendo la frase que se convirtió en el grito de guerra de los zapatistas luchando por los derechos de los pueblos indígenas.
Blount dijo que hace falta un diálogo acerca de los asuntos de la frontera, pero no una militarización o un muro fronterizo. También lanzó un mensaje al secretario de la Seguridad Nacional Michael Chertoff. “No venga aquí a dividir nuestras familias, Chertoff. Usted cree que esa es la única manera de hacer las cosas.”
Michael Paul Hill, apache San Carlos de Arizona, describió como agentes fronterizos de EE.UU. violaron y abusaron sus objetos sagrados mientras cruzaba la frontera, incluyendo una piedra sagrada, pluma de águila, y un tambor utilizado en las ceremonias.
Después de participar en una ceremonia apache en México, cuando Hill y otros apaches volvieron a entrar en EE.UU. un equipo SWAT totalmente equipado estaba esperándolos y los interrogó. “Me llamaron extranjero”, dijo Hill, añadiendo que los agentes fronterizos maltrataron sus objetos ceremoniales y le advirtieron de que quizá podía conseguir cruzar la frontera sin inspecciones exhaustivas en Nogales, Arizona, “pero no en Tejas.”
“Daba mucho miedo,” dijo Margo Tamez, que también estaba ahí. Señaló cómo la creciente militarización está aterrorizando a la gente que intenta seguir con su vida, trabajando, cuidando a sus familias y manteniendo sus ceremonias tradicionales.



Isabel García, co-presidenta de Derechos Humanos en Tucson, Arizona, dijo que Arizona ha sido un laboratorio sobre los efectos de criminalizar la frontera. Señalando que la frontera de Arizona es la tierra ancestral de los tohono o’odham (también llamados pápagos), dijo: “En estas fronteras ha sido donde ha vivido la gente desde tiempos inmemoriales.” Garcia describió el clima de militarización y abuso de los agentes de las patrullas fronterizas, recordando que en 2002 agentes fronterizos “cowboy” atropellaron y mataron al tohono o’odham Bennet Patricio Jr. de dieciocho años. Su madre, Angie Ramon, todavía busca justicia por la muerte de su hijo.

García también describió las muertes por deshidratación y calor en el desierto de Sonora en el sur de Arizona, donde las fallidas políticas fronterizas han empujado a los inmigrantes, que sólo buscan una vida mejor, hacia los traidores desiertos. “Doscientos treinta y siete cuerpos fueron encontrados en un año y la mayoría estaba en las tierras tribales de los tohono o’odham…”


Si desea seguir leyendo aquí:  http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=1689



***

miércoles, 28 de enero de 2015

"Los revolucionarios no hemos venido para administrar de mejor forma el capitalismo" / Álvaro García Linera





"Los revolucionarios no hemos venido para administrar de mejor forma el capitalismo" 



Discurso del Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Álvaro García Linera, que fue leído en la sesión de posesión del Presidente Evo Morales y del mismo Vicepresidente, el 22 de enero 2015.


Los bolivianos y la mayor parte de América latina estamos viviendo una década extraordinaria de luchas y grandes conquistas populares.

La movilización de identidades populares, indígenas, campesinas, obreras y juveniles han cambiado y están cambiando las estructuras políticas y económicas dando lugar a la mayor concentración de gobiernos progresistas y revolucionarios de nuestra historia.

América Latina se ha puesto a la vanguardia mundial de la construcción de sociedades post-neoliberales. Mientras que en el resto del mundo, el neoliberalismo aun sigue destruyendo sociedades y economías populares, en Latinoamérica ya no es más que un triste recuerdo arqueológico.

Hemos nacionalizado recursos naturales devolviendo a los estados del continente la base material de la soberanía extraviada; hemos distribuido la riqueza entre los más necesitados creando Estados sociales protectores y equitativos; hemos dinamizado y diversificado la economía apuntalando la creatividad de los productores; millones de jóvenes han accedido a la educación escolar y universitaria y otros tanto al empleo, renaciendo en sus espíritus la esperanza de unas patrias dignas.

El continente está rompiendo tutelajes y ´padrinazgos obscenos y ha retomado su capacidad de decidir su propio destino.

Las naciones indígenas oprimidas por siglos, los movimientos sociales explotados por décadas no solo han retomado el protagonismo histórico sino que, como en Bolivia, se han vuelto poder de Estado y hoy conducen el país.




Se ha avanzado en 10 años más que en los 200 años anteriores. Pero no basta.

El despertar revolucionario de los pueblos ha abierto un horizonte de posibilidades mucho más profundo, mucho más democrático, mucho más comunitario, es decir socialista, al que no podemos renunciar, sino es a riesgo de una restauración conservadora en la que ni siquiera la memoria de los muertos estará a salvo.

SOCIALISMO no es una etiqueta partidaria pues muchas veces esos solo ha servido para camuflar la aplicación de la barbarie neoliberal.

Socialismo tampoco es un decreto, porque eso sería reducir la acción colectiva del pueblo a una decisión administrativa de funcionarios públicos.

Socialismo tampoco es estatizar los medios de producción. Eso ayuda mucho a redistribuir riqueza, pero la estatización no es una forma de propiedad comunitaria ni una forma de producción comunitaria de la riqueza.

El Capitalismo es una civilización que ha subordinado todos los aspectos de la vida a una maquinaria de acumulación de ganancias.

Desde el comercio, la producción, la ciencia y la tecnología, la educación, la política, el ocio, la naturaleza misma, todo, absolutamente todo ha sido pervertido para ser sometido a la dictadura del lucro.

Y para ello, paradójicamente el Capitalismo se ha visto obligado a despertar de manera mutilada, parcial, a fuerzas comunitarias, como la interdependencia entre los seres humanos, como el mercado mundial, como la ciencia y las tecnologías o el internet, pero para someterlas al servicio de la ganancia monetaria ilimitada de pocos.

Y es por ello que lo que algún día tendrá que sustituir al Capitalismo como sociedad, necesariamente tendrá que ser otra Civilización que libere e irradie a escala mundial todas esas fuerzas y poderes comunitarios hoy existentes pero sometidas al lucro privado.

Marx llamaba a esto la Comunidad Universal; otros le llaman el ayllu planetario; otros el vivir bien. No importa el nombre, sino el contenido de comunitarización universal y total de todas las relaciones humanas y de los humanos con la naturaleza.

Pero para que esta nueva civilización comunal triunfe se requiere un largo y complicado proceso de transición; un puente. Y a ese puente es que llamamos Socialismo.

El Socialismo es el campo de batalla dentro de cada territorio nacional entre una civilización dominante, el capitalismo aun vigente, aun dominante, pero decadente, enfrentado contra la nueva civilización comunitaria emergente desde los intersticios, desde las grietas y contradicciones del propio capitalismo. Comunitarismo inicialmente minoritario como gotas en el desierto; luego como diminutos hilos de agua que a veces se secan, se interrumpen abruptamente, y luego renacen, y a la larga s suman y se vuelven riachuelo; luego rio; luego lago; luego mar.

El socialismo no es una nueva civilización; no es una economía o una nueva sociedad. Es el campo de batalla entre lo nuevo y lo viejo, entre el capitalismo dominante y el comunitarismo insurgente. Es la vieja economía capitalista aun mayoritaria gradualmente asediada por la nueva economía comunitaria naciente. Es la lucha entre el viejo estado que monopoliza decisiones en la burocracia y un nuevo Estado que cada veza democratiza mas decisiones en comunidades, en movimientos sociales, en la sociedad civil.

Socialismo es desborde democrático; es socialización de decisiones en manos de la sociedad auto organizada en movimientos sociales.
Socialismo es la superación de la democracia fósil en la que los gobernados solo eligen gobernantes pero no participan en las decisiones sobre los asuntos públicos.

Socialismo es democracia representativa en el parlamento más democracia comunitaria en las comunidades agrarias y urbanas más democracia directa en las cales y fabricas. Todo a la vez, y todo ello en medio de un Gobierno revolucionario, un Estado de los Movimientos Sociales, de las clases humildes y menesterosas.

Socialismo es que la democracia en todas sus formas envuelva y atraviese todas las actividades cotidianas de todas las personas de un país; desde la cultura hasta la política; desde la economía hasta la educación.

Y por supuesto, socialismo es la lucha nacional e internacional por la ampliación de los bienes comunes y de la gestión comunitaria de esos bienes comunes, como son el agua, la salud, la educación, la ciencia, la tecnología, el medioambiente….

En el Socialismo coexisten muchas formas de propiedad y de gestión de la riqueza: esta la propiedad privada y la estatal; esta la propiedad comunitaria y la cooperativa. Pero hay solo una propiedad y una forma de administración de la riqueza que tiene la llave del futuro: la Comunitaria, que solo surge y se expande en base a la acción voluntaria de los trabajadores, al ejemplo y experiencia voluntaria de la sociedad.




La propiedad y gestión comunitaria no puede ser implantada por el Estado. Lo comunitario es la antítesis de todo estado. Lo que un Estado revolucionario, socialista puede hacer, es ayudar a que lo comunitario que brota por acción propia de la sociedad, se expanda, se fortalezca, pueda superar obstáculos más rápidamente. Pero la comunitarización de la economía solo puede ser una creación heroica de los propios productores que deciden exitosamente asumir el control de su trabajo a escalas expansivas.

Socialismo es entonces un largo proceso de transición en el que estado revolucionario y Movimientos Sociales se fusionan para que día a día se democraticen nuevas decisiones; para que día a día más actividades económicas entren a la lógica comunitaria en vez de la lógica del lucro.

Y como esta revolución la hacemos desde los andes, desde la amazonia, desde los valles, los llanos y el chaco, que son regiones marcadas por una historia de antiguas civilizaciones comunitarias locales; entonces nuestro socialismo es comunitario por su porvenir pero también es comunitario por su raíz, por su ancestro. Porque venimos de lo comunitario ancestral de los pueblos indígenas, y porque lo comunitario está latente en los grandes logros de la ciencia y la economía moderna, el futuro será necesariamente un tipo de socialismo comunitario nacional, continental y a la larga planetario.

Pero a la Vez, el socialismo para el nuevo milenio que se alimenta de nuestra raíz ancestral, incorpora los conocimientos y las practicas indígenas de dialogo y convivencialidad con la madre tierra.

El rescate del intercambio metabólico vivificante entre ser humano y naturaleza practicado por las primeras naciones del mundo, por los pueblos indígenas, es la filosofía del Vivir Bien; y está claro que no solo es la manera de enraizar el futuro en raíces propias; sino que además es la única solución real a la catástrofe ambiental que amenaza la vida entera en el planeta.

Por eso el Socialismo del Nuevo Milenio solo puede ser democrático, comunitario y del vivir bien.

Este es el HORIZONTE de EPOCA de la sociedad mundial. Y es este socialismo democrático comunitario del vivir bien la única esperanza real para una regeneración de los pueblos y de la propia naturaleza.

Los revolucionarios no hemos venido para administrar de mejor forma o más humanitariamente el Capitalismo. Estamos aquí, hemos luchada y seguiremos luchando para construir la Gran Comunidad Universal de los pueblos.


Álvaro García Linera



***

martes, 27 de enero de 2015

El triunfo de Syriza. Primeras reflexiones / Antoni Domènech · G. Buster · Daniel Raventós





El triunfo de Syriza. Primeras reflexiones

El triunfo de Syriza es, por lo pronto, una gran victoria de la libertad, de la democracia republicana, del sentido común económico y de la dignidad nacional del pueblo griego. Un triunfo frente al miedo esgrimido como único argumento por las amalgamadas fuerzas  de la sinrazón económica, el despotismo político corrupto, la prepotencia neocolonial, la xenofobia recrecida y el extremismo antisocial más descarado.

Y es, enseguida, una gran esperanza para todos los pueblos de Europa, muy particularmente de la Europa mediterránea. El cumplimiento mínimo del programa electoral de Syriza exige una renegociación con las autoridades de la UE –y con el BCE— de los términos de su "rescate". Lo que –todo el mundo se percata— no puede sino poner en causa el núcleo mismo de la locura austeritaria procíclica desplegada hasta ahora por esas mismas autoridades y que ha puesto al conjunto de la Unión Europea al borde de la desintegración. La emocionante alocución de Tsipras en la noche de la victoria electoral ha sido un gran discurso de afirmación de la dignidad nacional del pueblo griego, pero también de enfática afirmación de la fraternidad internacionalista. Desde el simbólico Propileo –el lugar de las grandes movilizaciones populares—, ante un masivo público preso de una justificada euforia y rebosante de banderas tricolores republicanas españolas, Bella Ciaos y otros grandes símbolos de la izquierda antifascista internacional, y muy consciente él mismo de las esperanzas que su gran victoria abre a todos los pueblos de Europa, el ya primer ministro griego habló también en calidad de jefe de toda la izquierda democrática continental. Hoy, en efecto, se abre la posibilidad de una época económica y política nueva en el continente.




La victoria de Syriza viene a certificar también –o eso puede empezar a aventurarse ya— una nueva época "ideológica". Para bien y para mal, una nueva época de inclemente dictadura de los hechos objetivos, brutos y desnudos, consiguiente al pinchazo de la enorme burbuja de fantasías ideológicas, eufemismos y "significantes vacíos" de fieros domadores académico-mediáticos de caracoles. En una especie de fuga hacia adelante idealmente negadora de realidades tan palmarias como desagradables, el  ilusorio burbujeo de las "modernidades líquidas", las "economías del conocimiento", las "globalizaciones", los "populismos", los "neoliberalismos", las "sociedades de la información", las "biopolíticas", los "postmaterialismos", las "terceras vías", las metafísicas "potencias constituyentes" o las "grandes moderaciones" fue hinchándose en las dos o tres últimas décadas en paralelo al muy real burbujeo financiero del realísimo capitalismo remundializado, contrarreformado, cleptocrático y neorrentista de nuestro tiempo. Los apologéticos soñadores, a derecha e izquierda, de la pesadilla de una nueva Belle Epoque decimonónica "posmoderna" van despertando sobresaltados en medio de la terrible realidad de unos nuevos años 30 del siglo XX: enormes bolsas de pobreza, enorme desigualdad social, creciente polarización social, ominosa destrucción salarial, crecimiento del racismo, la xenofobia, los fundamentalismos religiosos y los pseudonacionalismos étnicos, imperio de la geopolítica descarnada, y –pésimo augurio— patética desorientación de las parlanchinas "elites" políticas e intelectuales tradicionales (a las que les falta ahora hasta la vergüenza torera de Ortega para admitir galanamente que "lo que pasa es que no sabemos lo que pasa".)

Pinchadas, una tras otra, todas las burbujas, lo que se adivina ahora en Europa es esto: con la creciente polarización social inducida por el hundimiento de la economía política que lo hizo posible y vividero, asistimos al colosal hundimiento del sistema de partidos políticos que expresaba políticamente las realidades sociales del capitalismo reformado de posguerra. En el Sur como en el Norte europeos, está seriamente amenazado aquel duopolio de dos grandes partidos de masas (Volksparteien) que competían electoralmente por el "centro". Queda por ver en qué parará ese terremoto del hasta hace poco considerado inamovible duopolio de la representación política. Símbolo donde los haya de su crisis irreversible: Grecia; ayer: nada menos que el actual presidente de la Internacional Socialista, el hasta hace cuatro años todopoderoso señor Papandreu, es ahora el inane capitoste de un grupúsculo extraparlamentario.

Syriza llega al gobierno en una coyuntura relativamente favorable. Cuando resulta evidente para casi todo el mundo –tertulianos y gacetilleros obnubilados aparte— el fracaso de las políticas económicas europeas de consolidación fiscal. Muy pocos días después de que el presidente del BCE, el señor Draghi, haya tenido que salir a la desesperada, a destiempo y con la ridícula "pistolita de agua" de la flexibilización cuantitativa, como ha dicho el gran economista Varoufakis –muy probablemente la principal autoridad intelectual del próximo gobierno de Tsipras—, a tratar de sofocar en solitario, y censurado por las autoridades monetarias alemanas, el pavoroso incendio de la deflación europea.




También resulta ese triunfo muy oportuno en un país, cuyo combativo movimiento obrero y popular, después de 30 huelgas generales –¡que se dice pronto!— y de innumerables marchas y manifestaciones callejeras, comenzaba a dar síntomas evidentes de cansancio y desmoralización. Hay que esperar que el triunfo electoral de Syriza, un partido dotado de gran capilaridad social y notable fuerza sindical organizada, constituido –y madurado— él mismo por la compleja unión de más de una decena de heteróclitos grupos, formaciones y partidos de izquierda, centroizquierda y extrema izquierda, contribuirá también a revigorizar y a dar un nuevo soplo de moral a los movimientos sociales griegos, tanto en su acreditada vertiente de protesta y contestación, cuanto –¡rasgo interesantísimo de la actual experiencia griega!— en su vertiente de cotidiana defensa y afirmación autoorganizada del bienestar y la economía política populares.

Pero también es verdad que Syriza se dispone desde hoy a tomar las riendas del país en pésimas condiciones para un gobierno de izquierdas radicales e insumisas.

Tendrá que hacer frente a un verdadero infierno social heredado de las políticas económicas de la derecha y del PASOK, y empezar a paliar sus efectos más terribles en todos los ámbitos desde el primer momento.

Y también desde el primer momento, tendrá que hacer frente a unas autoridades europeas que oscilarán entre el realismo económico más elemental, que aconseja hacer borrón y cuenta nueva del Memorándum y comenzar a renegociar la quita de la deuda griega –la amenaza de expulsar a Grecia de la Eurozona es un farol de todo punto increíble—, y el temor político a que las mínimas concesiones en esa negociación generen un efecto de entusiasta contagio en todos los países deudores de la periferia europea, y que el ejemplo de Syriza comience a generalizarse, poniendo abrupto fin al económicamente suicida federalismo fiscal autoritario de la actual Unión Europea y acelerando la crisis de los sistemas políticos duopólicos dominantes.

Mención aparte merece el que con toda probabilidad será el principal negociador de Syriza en Francfort, Bruselas y Washington, el amigo y colaborador de SP Yanis Varoufakis, un filomarxista postkeynesiano que goza de gran y merecida reputación académica internacional –también como experto en asuntos europeos— y que es probablemente una de las cabezas política y económicamente más lúcidas de la izquierda mundial. En los peores momentos de la República de Weimar, otro gran economista marxista tuvo que enfrentarse a tareas de gobierno en circunstancias que guardan sorprendentes analogías con la Grecia actual. En la era de la hiperinflación desbocada (1923), fue, en efecto, el competentísimo ministro de finanzas marxista Rudolf Hilferding quien, a diferencia del liberal Schumpeter (ministro de finanzas en Viena), logró encarar el problema y concebir con espectacular –y mal recordado— éxito la brillante idea de yugular la espiral hiperinflacionaria alemana introduciendo aquel "marco-renta" fiduciario que permitió luego la renegociación de la deuda de Weimar con París, Londres y Wall Street. Pero después del crash financiero mundial de 1929, en la siguiente crisis seria (1932), que no fue de hiperinflación, sino todo lo contrario, de deflación, Hilferding fracasó trágicamente. No llegó a comprender el terrible significado de una espiral deflacionaria en la vida económica. Guiado seguramente por prejuicios doctrinales "marxistas" tradicionales, se opuso tenazmente, desde la dirección del Partido Socialdemócrata alemán,  al plan del economista jefe de los sindicatos obreros alemanes, Woitinsky, de revivir la agonizante economía alemana con un "programa de coyuntura" consistente en inversiones públicas masivas y enérgicas políticas sociales. Ese plan sindical in extremis –que contaba incluso con el apoyo de una parte del Estado Mayor alemán— fue la última oportunidad de que gozó la República de Weimar para evitar el golpe de Estado de Hitler y Hindenburg en enero de 1933. El gran Hilferding nunca más se recobró de esa aciaga responsabilidad. En lo que hace al protokeynesiano Woitinsky, terminó sus días en el exilio norteamericano como uno de los principales arquitectos del New Deal roosveltiano. Yanis Varoufakis, que no es precisamente un ideólogo doctrinario, y que acaba de presentarse como un científico que discute y delibera como científico, y no como un vulgar politicastro ergotizante, tendrá ahora ante sí una tarea que es relevante también desde el punto de vista de la historia de las ideas económicas: demostrar que un filomarxista postkeynesiano puede enfrentarse con éxito a los demonios de la deflación. Y tal vez el primer paso en esa tarea pase por recordar a las autoridades alemanas –y a toda Europa— que la República de Weimar no cayó por la hiperinflación de 1923, sino, precisamente, por la espiral deflacionaria que no supo dominar en 1932-33. 

En cualquier caso, la victoria de Syriza trae consigo varias lecciones sobre la forma de construir hegemonía social, política y espiritual en los martirizados estados de la periferia deudora de la Unión Europea. Sitúa, por lo pronto, con realismo el escenario del enfrentamiento político entre las oligarquías cleptocráticas rentistas y las clases trabajadoras y populares en todo el continente: no hay atajos en el cambio de la correlación de fuerzas en la Unión Europea. Y muestra, claro está, la viabilidad de una salida por la izquierda en esta peligrosa crisis. Una salida que pasa por la reafirmación de la soberanía y de la dignidad nacional de los distintos pueblos de Europa en el marco de la fraternidad internacionalista: por construir un proyecto democrático europeo capaz no solo de resistir, sino también de negociar y de torcer el pulso a las instituciones de la Troika que exigen inútiles sacrificios económicos, sociales y humanos en el altar del "neoliberalismo". La izquierda griega necesitará desesperadamente, más que nunca, que no se la deje sola. Que nos solidaricemos con ella en todos y cada uno de los pasos de las difíciles negociaciones que aguardan en los próximos meses en Francfort, en Bruselas y en Washington. Que hagamos retroceder decisivamente a la derecha neoliberal en cada uno de los estados miembros, empezando por el Reino de España, alterando de la forma políticamente más efectiva la actual relación de fuerzas: con gobiernos de izquierdas como el de Syriza. En definitiva, la consigna y la responsabilidad de las izquierdas europeas, su obligación internacionalista, es clara: construir una, dos, tres, muchas Syrizas, capaces de abrir una nueva etapa política en Europa.


Antoni Domènech es el Editor general de SinPermiso. Gustavo Búster y Daniel Raventós son miembros del Consejo de Redacción de SinPermiso.




***

domingo, 25 de enero de 2015

"La mitificación de la realidad" / Bruno Schulz.




"La mitificación de la realidad" 


Lo esencial de la realidad es el sentido. Lo que no tiene sentido no es real para nosotros. Cada fragmento de la realidad vive en la medida que participa de un sentido universal. Las antiguas cosmogonías expresaban esto con la sentencia: «En el principio fue el Verbo». Lo que no es nombrado no existe para nosotros. Nombrar una cosa equivale a englobarla en un sentido universal. Una palaba aislada, pieza de mosaico, es un producto reciente, resultado –ya– de la técnica. La palabra primitiva era divagación girando en torno al sentido de la luz, era un gran todo universal. En su acepción corriente, hoy la palabra es sólo un fragmento, un rudimento de una antigua, omnímoda e integral mitología. De ahí esa tendencia en ella a regenerarse, a retoñar, a completarse para regresar a su sentido entero. La vida de la palabra consiste en que tiende hacia miles de combinaciones, como los trozos del cuerpo descuartizado de la serpiente legendaria que se buscan en las tinieblas. Ese organismo complejo ha sido desgarrado en sílabas, en sonidos, en discursos cotidianos; utilizado bajo esa forma nueva, en su sentido práctico, se ha convertido en un instrumento de comunicación. La vida de la palabra –y su desarrollo– fue desplazada hacia un camino utilitario, y se vio sometida a las normas de la vida práctica. Sin embargo, cuando las exigencias de la práctica se relajan, cuando la palabra liberada de esa presión se abandona a sí misma y vuelve a sus propias leyes, se produce en ella una regresión; tiende entonces a completarse, a encontrar sus antiguos lazos, su sentido ; y esa tendencia de la palabra hacia su matriz, su añoranza del remoto origen, nosotros la llamamos poesía.

La poesía son cortocircuitos de sentido que se producen entre las palabras, un repentino brote de mitos ancestrales.

Cuando utilizamos las palabras corrientes nos olvidamos de que son fragmentos de historias antiguas y eternas, y que construimos –como los antiguos– nuestra casa con añicos de las estatuas de los dioses. Nuestros conceptos y términos más concretos son remotísimas derivaciones de los mitos y las historias antiguas. No hay ni un átomo, en nuestras ideas, que no provenga de ahí, que no sea una mitología transformada, mutilada o cambiada. La función más primitiva del espíritu es la creación de fábulas, «de historias». La ciencia ha encontrado siempre su fuerza motriz en el convencimiento de hallar al final de sus esfuerzos el sentido último del mundo, sentido que busca en las alturas de sus artificiales construcciones. Pero los elementos que utiliza ya han sido usados, provienen de historias antiguas desarmadas. La poesía reconoce el sentido perdido, restituye las palabras a su lugar, las enlaza según ciertos significados. Manejada por un poeta, la palabra adquiere conciencia, podríamos decir, de su sentido primero, se desarrolla espontáneamente según sus propias leyes, recupera su integralidad. De ahí que toda poesía sea una creación mitológica, que tiende a recrear los mitos del mundo. La mitificación del mundo no ha terminado. Ese proceso únicamente ha sido obstaculizado por el desarrollo de la ciencia, empujado a una vía secundaria donde permanece, separado de su sentido. La ciencia tampoco es otra cosa que un esfuerzo por construir el mito del mundo, puesto que el mito está contenido en los elementos que ella utiliza y nosotros no podemos ir más allá del mito. La poesía alcanza el sentido del mundo por deducción, anticipando, a partir de grandes atajos y audaces aproximaciones. La ciencia apunta al mismo fin por inducción, metódicamente, teniendo en cuenta todo el material de la experiencia. Mas, en el fondo, ambas buscan lo mismo.



Incansablemente, el espíritu humano añade a la vida sus glosas –los mitos–, incansablemente intenta «conferirle un sentido» a la realidad. La palabra, abandonada a sí misma, gravita, tiende hacia el sentido.

El sentido es el elemento que arrastra al ser humano al proceso de la realidad. Es un dato absoluto y que no puede ser deducido de otros datos. Es imposible explicar por qué algo nos parece «sensato». Atribuirle un sentido al mundo es una función indisociable de la palabra. La palabra es el órgano metafísico del hombre. Con el tiempo, la palabra se anquilosa, deja de vehicular sentidos nuevos. El poeta le devuelve a las palabras su virtud de cuerpos conductores, creando acumulaciones donde nacen tensiones nuevas. Los símbolos matemáticos son un desarrollo de la palabra en nuevos dominios. La imagen es también un derivado de la palabra, de la que todavía no era signo, sino mito, historia, sentido.

Normalmente consideramos la palabra como una sombra de la realidad, como un reflejo. Sería más justo decir lo contrario. La realidad es una sombra de la palabra. La filosofía es, en el fondo, filología, estudio profundo y creador de la palabra.

Bruno Schulz.
Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004,
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck




***

sábado, 24 de enero de 2015

Charlie Hebdo: terrorismo, libertad de expresión y humor / Marcos Roitman




Charlie Hebdo: terrorismo, libertad de expresión y humor 


Los creyentes en dioses y profetas, sea Mahoma, Cristo o Moisés, se consideren católicos, judíos o musulmanes, lectores de la Biblia, el Corán o la Tora, están sometidos a un doble vínculo: su religión y una sociedad que puede o no estar secularizada. En cualquier caso, poco cambia el argumento. En Occidente, hablamos de la separación Iglesia-Estado, pero el calendario es religioso, se celebra la navidad, la semana santa y la Iglesia católica ejerce su fuerza sobre el poder político, manifestándose contra el aborto, el divorcio, la homosexualidad o la educación laica. Igualmente, controla empresas, bancos y medios de comunicación. ¿Estado laico? Los guardianes de la fe, las iglesias y sus funcionarios, se consideran legitimados para blandir la espada contra infieles y herejes, todos blasfemos. El mensaje es simple: mostrar irreverencia conlleva sufrir castigo divino. En esto tampoco hay distingos. Musulmanes, católicos o judíos justifican su venganza sin más argumento que sentirse insultados e humillados. Pero olvidamos que la religión es un asunto privado, que sólo compete a sus creyentes y no puede imponerse a los demás. El humor y las caricaturas, imitaciones, historietas, chistes, comedias, etc. son por naturaleza irreverentes. Y deben seguir siéndolo. Demuestra la capacidad de una sociedad de reírse de sus miserias, de criticar al poder y sentirse libre. Qué decir de la comedia greco-romana, cuna del humor occidental.      

La libertad de expresión -se quiera o no- presupone la capacidad de escuchar, seleccionar y determinar la relevancia de lo dicho. No todo lo dicho por alguien debe concitar y ser digno de atención. Los ciudadanos pueden reivindicar su derecho al silencio, la indiferencia y la crítica. En eso consiste la libertad de expresión. Los regímenes antidemocráticos cercenan la cultura, ejercen la represión política, la censura, ahogan económicamente a los medios de comunicación social independientes, mostrando un fundamentalismo, recortando derechos políticos en nombre de la seguridad, la decencia, el decoro y las buenas costumbres. No hay país occidental donde no se ejerza la violencia política en nombre de la razón de Estado. Seguramente, nuestras maneras las consideramos civilizadas, frente a la persecución en países como Arabia Saudí, donde se persigue a homosexuales, el rey tiene todos los poderes, se castiga a las mujeres, existe una policía religiosa. Pero Occidente se siente cómodo con Arabia Saudí, aliado de sus torticeras maniobras en Oriente medio. ¿Por qué no le declara la guerra como ha hecho con Siria, Libia e Irán? ¿Hipocresía?

Los atentados de Paris, cometidos por franceses de religión musulmana, son una excusa para seguir una línea dibujada tras los atentados de las Torres Gemelas en 2001. Terrorismo es igual a fundamentalismo islámico; fundamentalismo islámico a musulmanes; musulmanes a Estado Islámico; y Estado Islámico a enemigos de la civilización.

A los presidentes de gobierno y figuras relevantes de la política que asistieron a la manifestación para condenar los atentados terroristas en París les importa un bledo la libertad de expresión, la libertad de prensa, el futuro de la revista Charlie Hebdo, el sentido del humor y la tolerancia religiosa o política. Su objetivo al presentarse allí no fue precisamente ese. Por el contrario, se manifestaron para reivindicar la lucha contra el terrorismo, sea el que sea, donde y contra quien sea. Su propuesta: más seguridad a cambio de ceder libertades y derechos políticos. En nombre de la lucha antiterrorista, han instrumentalizado el sentimiento de dolor y pesar de quienes condenan los atentados por el simple hecho de ser un acto contra natura. Su presencia es irrelevante. En sus países, como Israel, Alemania o España, arremeten, censuran y crean leyes ad hoc en cuanto ven peligrar su poder. Son fundamentalistas, sectarios y sobre todo fanáticos. Basta recordar la presencia de Benjamín Netanyahu, responsable de matanzas al pueblo palestino en Gaza y Cisjordania. No todos son Charlie Hebdo.




Las religiones -sobre todo, las monoteístas- ejercen la violencia, la persecución, matan en nombre del profeta, el elegido o Dios y, si llega la ocasión, convocan a una guerra santa. No es un problema de civilizaciones. El ojo por ojo y el diente por diente no es patrimonio de una religión. El castigo ejemplarizante está presente en todas. Lo sagrado no debe profanarse.   Curas, rabinos y ayatolás promueven la venganza bajo el acero de la espada justiciera, la tortura o el asesinato. Los sermones en iglesias, sinagogas o mezquitas están llenos de alusiones al castigo ejemplar contra el infiel.

En este contexto, ejercitar la libertad de expresión supone caminar en el filo de la navaja. El inquisidor, el censor y el controlador de la fe tienen en sus manos el don de perdonar o castigar. Ellos determinan cuándo, dónde y quién ha blasfemado. Son juez y parte. Las condenas deben cumplirse en lugares públicos, para escarnio de la población. Las hogueras, empalamientos y lapidaciones cumplen esa función social cuyo mensaje es transparente: tolerancia cero contra blasfemos, herejes e infieles. No hace falta ser fundamentalista islámico para asesinar en nombre del profeta. Basta profesar una religión como fanático.

La religión conlleva la sacralización de lo profano, pudiendo ser venerados objetos, personas e ideas. Para religiones, los colores. Los hay quienes adoran el neoliberalismo y matan por sus principios. Son fanáticos de las leyes del mercado. Dictadores, presidentes, ministros y partidos políticos se encuentran en sus filas. Ellos son responsables de cientos de miles de suicidios y muertes por hambre, y nadie les acusa de terroristas. En contrapartida, hay religiones que veneran a Maradona. Tienen su iglesia, pero no asesinan en nombre de Maradona. Existen seguidores de la pacha-mama, extraterrestres, serpientes o elefantes, pero ninguno de ellos se considera en posesión de la verdad, proclaman una guerra santa contra el infiel y matan por imponer su credo. En ello estriba la diferencia entre el fundamentalismo religioso, la fe y el culto a los dioses, sean un profeta o el mercado. Por ello debemos condenar los actos terroristas de Al-Qaeda en París contra redactores y policías y, al mismo tiempo, recordar que el fundamentalismo religioso, económico y político se reproduce en sociedades donde el miedo a la libertad y la democracia conlleva pérdida de derechos humanos y políticos.

Marcos Roitman




***

viernes, 23 de enero de 2015

Mis hombres favoritos: Étienne de la Boétie / Mar Padilla






Étienne de La Boétie no es un tipo común. Es el autor del Discurso sobre la servidumbre voluntaria, un panfleto de pocas páginas donde analiza una de las cuestiones más importantes —y más olvidadas— en la vida de todos: ¿por qué las personas aguantan situaciones humillantes y obedecen normas no escritas y convenciones que son injustas? Para ser exactos, la pregunta de La Boétie es: «¿Si un tirano es solo un hombre y sus súbditos son muchos, ¿por qué consienten ellos su propia esclavitud?». Corría el año 1548 y La Boétie tenía apenas dieciocho años cuando escribió esto.

Precursor de la resistencia no violenta y de la desobediencia civil en tiempos tan inclementes y duros como fueron mediados del siglo XVI —un tiempo donde en Francia, entonces el país más civilizado del mundo, el hambre, las enfermedades y la vívida presencia de la muerte cotidiana en la familia y en la calle era moneda corriente, donde se exigía por la fuerza lealtad y sumisión ciega a las autoridades administrativas, políticas, sociales y religiosas del pueblo, de la provincia, de la nación y, por supuesto, al mismo rey—, La Boétie es un hombre que da un paso adelante, que se atreve a pensar por sí mismo, que asume, con todas sus consecuencias, que es dueño de sus acciones y equivocaciones. Es una persona que cuestiona el conformismo y la obediencia. Así de simple, y así de revolucionario. «Un vicio para el cual ningún término no puede ser hallado lo suficientemente ruin, de cuya naturaleza se reniega y al que nuestras lenguas rehúsan mencionar. Es el vicio de la servidumbre voluntaria», sentencia.

Un ojo clínico el de La Boétie. Para este francés nacido en Sarlat-La Caneda, no muy lejos de Burdeos, «la causa principal y el secreto de la dominación, el apoyo y la base de toda tiranía es el soborno institucionalizado» mediante el cual «millones de personas son empleadas en puestos públicos». Otras fórmulas en el juego del ejercicio férreo del poder que ya apuntaba en el siglo XVI nuestro pensador político favorito son «el monopolio de la información y el control de la prensa». A ello se suman «los juegos, farsas, espectáculos, gladiadores, bestias extrañas, medallas, cuadros y tales narcóticos», burdos señuelos que no hacen otra cosa que llevarnos de cabeza «hacia la esclavitud». De esta manera, ayer, hoy y siempre, muchas personas, rendidas ante el marasmo de diferentes y tontunos asuntos, no se percatan de su condición de inminente defunción en vida.

Una sospecha importante: La Boétie señalaba a la costumbre como la principal explicación natural a esta servidumbre voluntaria. Y debe tener razón. Decía Píndaro que, al final, si hilamos fino, nos damos cuenta de que la costumbre es reina emperadora del mundo. Es cierto que no podemos no vivir una vida cotidiana —todos tenemos una y ni el más original y excéntrico puede escaparse— pero no está escrito en ningún lado que los quehaceres diarios, aunque sean una condición para la existencia, deban ser, necesariamente, un asunto tedioso. Todos sabemos que la vida es, la mayoría de las veces, un entramado enloquecido de afanes y rutinas, pero hay que reflexionar sobre ella —examinarla, pensarla— para no dejarnos ahogar por la monotonía y olvidar lo interesante que puede llegar a ser el combate por vivir como queremos y no ser súbditos sucesivos de la familia, el trabajo, la nación, los amigos, las sucesivas parejas, las convenciones sociales y culturales, los gobiernos locales, provinciales, nacionales e internacionales y demás etcéteras.

Recordemos algo que, probablemente, hemos olvidado en el camino: tal y como apunta La Boétie, la reflexión, la observación, los libros y la enseñanza, más que cualquier otra cosa, realmente «brindan el juicio para comprender la propia naturaleza de la tiranía y aborrecerla». Pongámonos a ello otra vez. De nuevo, como cuando éramos turbios adolescentes a solas en nuestro cuarto, pensemos cómo vivir, con nosotros mismos y con los demás, sin miedo al ridículo, sin pensar en las mofas y los chistes tristes de los amigos. Ni que sea para pasar el rato.

Según el autor de Discurso sobre la servidumbre voluntaria, la mejor manera de «matar» a un tirano —o, en su defecto, una relación tiránica de cualquier especie y condición— es destruyendo su poder a través de la resistencia no violenta. «No les pido que coloquen las manos sobre el tirano para derribarlo, si no simplemente que ya no lo apoyen más, entonces lo verán, como un gran coloso cuyo pedestal ha sido apartado, caer por su propio peso y romperse en pedazos». Esto es: tomad la resolución de no servir y seréis libres. Para La Boétie, la libertad es un bien cuya pérdida para toda persona de honor «hace que la vida sea amarga y la muerte un beneficio», ya que «no solo hemos nacido con la libertad, sino también con la pasión por defenderla», hasta el punto de que si la libertad «desapareciese por completo de la tierra, muchas personas la inventarían».




Es interesante reflexionar sobre por qué el amigo Étienne considera la servidumbre voluntaria un vicio y no una virtud, tal y como se han encargado de subrayar durante largos y monótonos siglos las sucesivas religiones del mundo y las convenciones sociales más arraigadas en nuestras carnes. La clave estriba en que, según La Boétie, esta esclavitud contradice, en verdad, nuestra propia naturaleza. Dado que todos tenemos capacidad de razonar, la virtud radica en cultivar tu propia independencia en comunidad. Tal y como ya apuntaba Sócrates tantos siglos atrás: los que han probado la libertad resisten el cautiverio aunque les cueste la vida. Como el griego, el francés huye de la coacción social. Y no duda en afirmar que contra las normas estúpidas solo es posible la rebelión. Hay que ser moralmente autónomo, dueño de tu vida en igualdad con los demás. Al final, está clara la consigna: haz lo que debas. Y, por Dios, huye como de la peste de la insoportable pomposidad del quejica.

Sócrates es el primer pensador que se da cuenta del grave error de la filosofía al desdeñar la vida cotidiana. Es el ejercicio de la libertad en vivo, en constante movimiento, es esa indagación sobre lo que vas a hacer cada día de tu existencia. De lo que se rechaza y de lo que se elige nace el futuro. De lo más banal a lo más importante. Esto es, Sócrates es el primer futurista. Porque te está hablando de tu futuro, y del futuro de todos. Pero no nos engañemos: ejercer esa libertad así, en las calles de Atenas en el año 350 antes de Cristo, en las de Burdeos a mediados del siglo XVI, o en las calles de Gijón, LA, Cochabamba, Nairobi o Nueva Delhi en esta segunda década del siglo XXI no es tan sencillo. «Muchos adoran el error descansado del que Sócrates viene a liberarlos», dijo otro filósofo, el francés Vladimir Jankelevicht. A los que presumían de sabios los consideró ignorantes, y en cambio le pareció que los más despreciados tenían una inteligencia superior. Investigó entre políticos, comerciantes y poetas, y se ganó múltiples enemigos. El inmenso socavón en la ética de la obediencia y la conformidad que urdió Sócrates lleva siglos mirándonos asombrado: como ya apuntaba el viejo griego, aún hoy casi nadie sabe lo que hace ni por qué lo hace. Y dejó sentencia —recogida por su alumno aventajado Platón—: «la muerte me importa tanto como nada y, en cambio, no cometer acciones injustas o impías es lo más importante para mí».

Sí, efectivamente, esta es una vieja noticia, siempre vigente, no siempre comprendida: hay que pelear. Siempre. Por lo que quieres ser tú como persona, por lo que queremos que sea nuestra comunidad.

Étienne de La Boétie tenía un amigo íntimo, un amigo de verdad. Murió entre sus brazos, a los treinta y tres años. Sus últimas palabras fueron para él. Le rogó, le exigió: «Por favor, hazme un sitio, te ruego que me hagas un sitio». Su amigo, durante años, meditó sobre ese fatídico momento y su misteriosa petición. El último, fatal suspiro de La Boétie lo dejó destrozado. Su amigo apuntó: «Desde el día en que lo perdí, no hago sino errar y languidecer». Quien esto escribía era Michel de Montaigne, y a La Boétie le dedicó sus magníficos y celebres Ensayos. Pero antes hizo algo aún mejor: siete años después de la muerte de su amigo, interpretando finalmente las palabras del moribundo, sacó el polvo a las pocas hojas que contenía su escrito Discurso sobre la servidumbre voluntaria que circulaban perdidas de mano en mano, lo editó y lo convirtió en el flamante libro que es. Con su gesto, Montaigne acertó de lleno, porque le hizo a La Boétie un sitio en el panteón de la literatura y la filosofía universal: transformó a su amigo, hasta entonces un tipo anónimo, desconocido por todos, un muerto más en un planeta de cadáveres, en un pensador inmortal.




***