lunes, 30 de marzo de 2015

Raymond Williams, Párrafos de “Solos en la ciudad”





“Comprenderemos que Dickens efectúa una ruptura dentro de la historia de la novela de la cual otros novelistas de las ciudades –Dostoievski y Kafka son los inmediatos sucesores- aprendieron cada uno a su modo. Entonces, nada de apología de Dickens. Nada de lenta y resignada aceptación de que, finalmente, él no llega a ser George Eliot. Nada de eso, sino énfasis –énfasis crítico- en que Dickens constituye una nueva clase de novelista y que su método “es” su experiencia.

Desde luego, todos admiten su maravillosa energía como algo incontestable. Lo que sucede es que su energía y sus métodos son inseparables. Él consigue construir ese mundo intenso y envolvente precisamente “a través” de sus intrigas y personajes característicos, no “a pesar” de ellos. Se apropia de ciertos métodos tradicionales y los transforma: no a la manera de George Eliot, convirtiéndolos en acciones más localmente observadas, individuos calibrados de modo más sutil, o estadios de relaciones estudiados con más atención a lo largo de su crecimiento. Dickens lo hace en su propio estilo, mediante un método dramático singularmente capaz de expresar la experiencia de la vida en la ciudad.




Si nos detenemos aquí y reparamos en el movimiento general de una novela de Dickens, recordaremos que lo decisivo en ese movimiento es el paso apresurado y en apariencia casual de hombres y mujeres, cada uno apresado en un rasgo sobresaliente: es el modo en que pasan hombres y mujeres por la calle. Al principio, lo que se advierte es la ausencia de desarrollo y de conexiones corrientes. Estos hombres y mujeres no se relacionan, sino más bien pasan y a veces se chocan. Tampoco conversan entre ellos de modo normal. Se hablan al pasar, cada uno intentando, sobre todo, definir a través de sus propias palabras su propia identidad y entidad; en descripciones fijas de sí mismos, en voces que se alzan, agudas, para ser oídas a través de otras voces similares o sobre ellas. Pero sucede entonces que mientras la acción se desarrolla, penetran en la conciencia relaciones desconocidas e inadvertidas, conexiones profundas y decisivas, reconocimientos definidos y que obligan al compromiso y a la confesión. Se trata de vinculaciones reales e inevitables, de los necesarios reconocimientos y confesiones de cualquier sociedad humana, aunque se vean oscurecidas, complicadas y enmascaradas por la prisa, el ruido y lo variopinto de este orden social nuevo y complejo.

Me parece que tal creación de conciencia –conciencia de reconocimientos y de relaciones- es, de hecho, el propósito de la ficción dickensiana en su desarrollo. La necesidad de esta conciencia está en el centro mismo de su visión personal y social:





“¡Oh! ¡Cuándo encontraremos un ángel bueno que, con poderosa mano, más benigna que la del diablo cojuelo de la leyenda, levante los tejados de las buhardillas y muestre al pueblo de la cristiandad todos esos negros fantasmas saliendo de sus viviendas y marchando en seguimiento del Ángel Exterminador como triste y horrible cortejo! Si solamente por una noche tan sólo, pudiéramos ver a esos fantasmas lanzándose a través del aire emponzoñado por el vicio y la fiebre, riñendo al disputarse su presa; si pudiéramos ver las terribles cargas sociales que hacen caer sobre nosotros y que se amontonan diariamente, ¡qué brillante y hermosa nos parecería la mañana! Los hombres no detenidos ya por los obstáculos que ellos mismos han colocado en su camino y que no constituyen sino minúsculas expresiones en relación con la eternidad, recordarían que todas las criaturas tienen un origen común, un deber  que cumplir hacia nuestro Padre, que deben reunir todos sus esfuerzos para alcanzar un solo fin: el de hacer mucho mejor el mundo. Ningún día sería más luminoso y bendito que aquél. Entonces, todos aquellos que no han mirado nunca a sus hermanos comprenderían cuáles son los lazos que les unen, se darían cuenta de que ellos mismos participan de la corrupción de la naturaleza, quebrantando sus leyes con la obstinación de sus juicios premeditados, corrupción mayor aún que cualquier otra conocida, si atendemos a su trascendencia. Pero ningún día de éstos había amanecido para el señor Dombey y su mujer. Ambos continuaron marchando por el camino emprendido.”
(Dombey e hijo)


Esa mano “poderosa y benigna”, que levanta ante nosotros los tejados y muestra las siluetas y los fantasmas que surgen de la negligencia y de la indiferencia; esas manos que limpian el aire de manera que la gente pueda ver y reconocerse los unos a los otros, venciendo esa disminución de la simpatía que, por su índole, es antinatural; esa mano es la mano del novelista; es Dickens mismo viéndolo todo. Y es significativo que esta exhortación se produzca dentro de la descripción de la ciudad, en el capítulo cuarenta y siete de Dombey e hijo. Describe, en la imagen de la densa nube negra que cubre la ciudad, las consecuencias morales y humanas de una sociedad indiferente y “antinatural”. Es una imagen recurrente en Dickens: lo sombrío, lo negro, la niebla que impide que nos veamos unos a otros claramente; y que impide también que captemos la relación entre nosotros y nuestras acciones, entre nosotros y los otros.




Este es otro aspecto de la originalidad de Dickens. Es capaz de dramatizar las instituciones sociales y sus consecuencias no accesibles a la observación física ordinaria. Las toma y nos las presenta como si fuesen personas o fenómenos naturales. En ocasiones, como la nube negra o la niebla a través de la cual la gente tropieza y se busca. O como la Oficina de Circunloquios de “Casa desolada”, o el Patio de los Corazones Sangrantes de “La pequeña Dorrit”, donde una forma de vida se encarna en una silueta física. O como si fuesen personajes humanos. Así “Shares” (Acciones) en “Nuestro amigo común”; y, desde luego, las Grandes Esperanzas en “Grandes esperanzas”. Esto se vincula con los nombres morales de los personajes: Gradgrind, McChoakumchild, Merdle. Asimismo tiene relación, de modo menos evidente, con un tipo de observación que también pertenece a la vida de la ciudad: la percepción, se podría decir, de que los más notorios habitantes de las ciudades son los edificios, y que existe una conexión y, al mismo tiempo, una confusión entre las formas y apariencias de los edificios y las formas y apariencias reales de las gentes que los habitan.”

Raymond Williams, “Solos en la ciudad”



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domingo, 29 de marzo de 2015

Jiri Orten, el Rimbaud de Praga / Guillermo Saccomanno




Jiri Orten, el Rimbaud de Praga 

“Soy un Rimbaud que no se ha convertido en tal”. No se pregunta como Rimbaud “¿Quién es yo?” sino “¿De quién soy?".

Y este será el tono que caracterizará toda su poesía, un tono grave que merodea sobre la misma oscura obsesión sin retorno: la muerte. Precoz, desde sus primeras composiciones, parece vérsela venir. Y lo suyo no es mero fatalismo sino determinación del contexto: Praga invadida por los nazis. 

De su producción quedan tres de los diarios: Diario azul, Diario rojo y Diario jaspeado. También tres libros de poemas despreciados por la crítica fascista y que había publicado con seudónimo: Diario de lectura primavera, Lamento de Jeremías y Maleza, todos publicados con seudónimo, que fueron en vida criticados con desprecio por la crítica fascista.

Toda su obra poética, inclusive los versos que podrían considerarse amorosos, tienen una carga trágica, un presentimiento del fin inexorable. Lo que puede comprobarse en Bajo la tierra, la cuidada selección que tradujo y prologó para la editorial Salto de Página la española Clara Janés, una experta en literatura centroeuropea. Vale la pena acercarse a la obra de Jiri Orten.

Nacido en Kuma Hora en 1919, un pueblo de arquitectura mágica, declarado en la actualidad patrimonio de la humanidad. Fue hijo de un tendero y una aficionada al teatro. Desde chico mostró afición por las artes. Estudió teatro, pero no pudo ingresar al consevatorio. A los diecisiete se trasladó a Praga, ingresó en el Colectivo Teatral de la Juventud y empezó a reunirse con poetas y escritores. Tardó un año en entrar en el conservatorio de Arte Dramático y pudo estudiar poco tiempo por su origen judío. El nazismo ya era más que una amenaza. Y muchos de sus parientes empezaron un exilio que él rechazó. Los dos motivos de Jiri eran su novia y el lenguaje. Había comenzado a escribir sus primeros poemas y adaptaciones teatrales y se negaba a abandonar su tierra. “Actúa el dolor, aunque nunca a conciencia/ atraviesa a los hombres” anota en su primera elegía anticipándose a su muerte joven”. Aunque influenciado en un principio por el surrealismo, su poesía pronto se vuelve existencial y cerrada sobre sí misma. 

Con respecto a sí mismo, escribió: “Soy un Rimbaud que no se ha convertido en tal. Soy un Rimbaud que ha tenido otro valor”. Es que Orten no se pregunta como Rimbaud “¿Quién es yo?” sino “¿De quién soy?". Así escribe: “¿De quién soy?/ Soy del miedo, que me atrapa/ con sus dedos transparentes,/del conejito que en el jardín de sombra/ ejercita el olfato./ ¿ De quién soy?/ Soy del invierno hostil al fruto/ y de la muerte,/si el tiempo lo desea,/ soy del amor, con quien me cruzo sin saberlo,/en lugar de una manzana entregada a los gusanos”. En algunos de sus versos se lo puede conectar con Rilke, pero su escritura, lejos de la contemplación meditativa está más cerca de la angustia. Traicionado por su novia y sus amigos, abandonado, no encuentra techo. No hay ni cine ni teatro ni galpón donde pueda refugiarse. Vaga y duerme donde puede. Más tarde, en “Último poema”, observa: “Me cerca la oscuridad y nadie viene”. Pero este no será el último poema. No todavía.

“La de Orten es la palabra en su mayor pureza y desnudez”, anota Clara Janés. “Tiene la muerte demasiado cerca. Bajo la tierra no habrá posibilidad, lo sabe, pero su impulso de entrega al ahora abole a la vez que asume la línea fronteriza: seguirá manifestándose en comunión con el entorno hasta el final, según lo lo que el instante le depare”.




“Árboles de los años, ¿cómo están?/Sé ahora por primera y centésima vez/que sólo el llanto los riega”, escribe Orten la víspera de su cumpleaños veintidós, también víspera de su muerte, ocurrida cuando lo pisa una ambulancia nazi en una calle de Praga. Cuando el chofer y los enfermeros reparan que el atropellado es un judío, lo dejan morir en la calle. No habrá hospital que lo reciba. “¿Ah, si pudiera aún por un instante/ mirar el cielo”. En uno de sus diarios había registrado con anterioridad: “Presiento un mal final y algo me oprime los párpados sobre el camino, como si deseara que me muriese”.

 Guillermo Saccomanno



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sábado, 28 de marzo de 2015

La democracia según Estados Unidos / Marcos Roitman





Los Estados Unidos se autoproclaman un pueblo pacífico, destinado por la providencia a expandir el ideal de la libertad y la democracia por el planeta. Su relato se complementó más adelante con doctrina Monroe de 1821, cuyo eslogan "América para los americanos" fue la escusa para imponer su voluntad a los nacientes Estados de América latina. Doctrina Monroe y "destino manifiesto" han tenido diferentes interpretaciones y actualizaciones, según gobiernen demócratas o republicanos. Desde la politica del garrote y la zanahoria, pasando por la del "buen vecino", el panamericanismo y la Alianza para el Progreso hasta las políticas militares y geoestratégicas. Guerras de baja intensidad, lucha contra el narcotráfico, el terrorismo internacional, reversión de procesos revolucionarios, etc. Bajo dicho paraguas proclaman su condición de gendarme no sólo en América latina, sino en el mundo occidental. Según argumentan sus ideólogos ythink tanks, no se trata de una situación buscada, sino de una especie de fatalidad con la cual deben convivir, impuesta por Dios, como pueblo elegido para garantizar la democracia. Así, educados en la paz, tendrán que hacer la guerra. Defensores de los derechos humanos, tendrán que violarlos. Bajo la promesa de defender la justicia y la libertad, se ven abocados a transgredir dichos principios en pro de lograr el objetivo final, que no es otro que imponer por la fuerza y a su pesar el Estado de Derecho. Para ello no escatiman esfuerzos, promueven golpes de Estado, derrocan gobiernos y, si es necesario, invaden países en nombre de la pax americana.

Nunca he creído en guardianes de la democracia. No soy partidario de un gendarme protector que avise, según su entender, cuándo se traspasa el límite de lo políticamente correcto. Rechazo, por principio, los discursos paternalistas y soberbios, llenos de consejos mostrando los peligros de refrendar proyectos antiimperialistas, democráticos y socialistas, así como las consecuencias de no seguir sus advertencias. Siempre bajo el tópico: "ustedes se lo han buscado". No queríamos invadir, matar, violar ni torturar, pero no nos han dejado otra salida.

Desde el siglo XIX, no hay continente que se les resista. África, Asia, Europa y América Latina han sido objeto de la doctrina del destino manifiesto. Así, no han tenido remilgos en dirigir, subvencionar y patrocinar acciones desestabilizadoras cuando gobiernos electos les plantan cara declarándose soberanos. Los gobernantes estadounidenses han aplicado diferentes estrategias para doblegar voluntades. En ocasiones, les ha bastado con enviar  cartas reclamando deudas. En otras han ido más lejos, negando préstamos, obstaculizando exportaciones, cerrando el flujo de inversiones y presionando a países aliados. Asimismo, aplican de manera unilateral sanciones económicas, políticas, diplomáticas, sociales y culturales. Bloquean cuentas bancarias, paralizan importaciones y denuncian convenios bilaterales de cooperación. Igualmente, en complicidad con las oligarquías criollas y las empresas transnacionales, tratan de paralizar productivamente la economía del país en cuestión produciendo inflación, crisis, etc.



Por otro lado, se articula una campaña de desprestigio y desinformación para crear una opinión pública favorable a sus políticas desestabilizadoras a nivel internacional y diplomático. Como sucede en el caso venezolano, se expulsan diplomáticos y se acusa a sus autoridades de narcotraficantes, apoyar el terrorismo internacional, ser un país poco fiable y un peligro para la paz. En otros términos, Venezuela no cumpliría con los estándares mínimos de ser una democracia fiable según el patrón estadounidense.

En su haber para dar credibilidad a las acusaciones cuentan con las transnacionales de la comunicación, CNN, EFE, BBC, RAI, Reuters, France Press, sin olvidarnos de las cadenas de televisión, radio y prensa escrita que reproducen mañana, tarde y noche los llamamientos a la sedición y a romper el orden constitucional. Se trata de adjetivar un gobierno legítimo y democráticamente electo como un régimen totalitario que persigue a la oposición, encarcela a sus dirigentes, tortura y rechaza las reglas del juego.

Durante la guerra fría, Guatemala, Chile, Cuba, Brasil, Haití, República Dominicana, Bolivia, Panamá, Nicaragua, Perú, Uruguay, Argentina o Paraguay fueron objeto de esta trama. En la época post-guerra fría, otros países se han convertido en las víctimas predilectas del acoso estadounidense. Ya hemos citado Venezuela, pero debemos sumar Ecuador y Bolivia, que también resisten el embate imperialista. Honduras y Paraguay no tuvieron la misma suerte. Los procesos desestabilizadores y el discurso anticomunista triunfaron bajo la atenta mirada del Departamento de Estado con sendos golpes de Estado cuyas consecuencias inmediatas han sido el cierre de espacios democráticos y el asesinato de los dirigentes sindicales y líderes de los partidos de izquierda.

Pero no olvidemos que Estados Unidos -en tanto gendarme de la región- ejerce una continua presión militar. Posee bases militares, personal de inteligencia y contrainsurgencia afincado en todos los países del subcontinente. En sus embajadas, en ocasiones el personal militar supera al civil. Brasil, Bolivia, Argentina, Nicaragua, Colombia o México son un buen ejemplo de lo dicho. Igualmente, las fuerzas armadas locales han sido entrenadas en sus academias de guerra y continuamente se realizan maniobras entre las fuerzas armadas criollas y las estadounidenses. Baste recordar a los dictadores centroamericanos de mediados del siglo XX. En esta maniobra envolvente los servicios de inteligencia afincados en las embajadas articulan a los sectores golpistas en caso de necesidad.



Utilizar presiones, promover sanciones y desarrollar acciones desestabilizadoras son opciones que Estados Unidos puede utilizar indistintamente. Se trata de una estrategia escalonada. Primero se advierte y después se toman decisiones golpistas. En otros términos, Estados Unidos se autoproclama juez, árbitro y observador beligerante, considerándose un actor legitimado para en medio del partido cambiar las reglas del juego a conveniencia. Aun así, no siempre lo logran. Han sido muchos los países y los gobiernos que han plantado cara, han resistido y no se han dejado avasallar. Cierto es que hacerlo tiene consecuencias, pero no se puede renunciar a la dignidad, la soberanía y los derechos de autodeterminación de todo un pueblo, asumiendo de antemano la derrota y dejando por el camino los valores democráticos que -se supone- son parte de la historia emancipadora de los pueblos latinoamericanos. Motivo más que suficiente para defender al gobierno constitucional de la República Bolivariana de Venezuela de la campaña internacional montada para avalar la sedición y el golpe de Estado.



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viernes, 27 de marzo de 2015

Damián Tabarovsky, (La expectativa)




“¿Quién fue el segundo hombre que fue a la Luna?”. Hace un esfuerzo, exige su memoria al máximo, pero nada. Recuerda el primero. Neil Amstrong, pero el segundo, ¡quién fue? De nuevo, nada. Semejante asociación libre, de la política al espacio, lo lleva a extraer una conclusión definitiva: “Tengo que ser el primero”. ¿El primero en qué? No importa, el primero en algo. Da vuelta Jonathan a la página del diario y el ministro desaparece. “El primero, sólo el primero.” Es una pena porque, entusiasmado como estaba con la necesidad de llegar el primero, había Jonathan dejado escapar la posibilidad de conocer más sobre el segundo astronauta que pisó la Luna: Buzz Aldrin. Aldrin aterrizó en el satélite natural el 21 de julio de 1969, apenas unos minutos después que Amstrong. Fue el segundo de los doce astronautas que llegaron a la Luna (ser el segundo de sólo doce no es poca cosa) y, sin dudas, el más interesante. De regreso a la Tierra, como Amstrong, la vida se le hizo cuesta arriba. Justamente: miraba para arriba y veía la Luna y pensaba: “¡Qué hago yo acá abajo!”. Como es sabido, Amstrong enloqueció; pero Aldrin se mantuvo en sus cabales, sólo que se entregó al alcohol. Se convirtió en un borracho perdido. Se ganaba la vida dando conferencias de país en país, de pueblo en pueblo. Cada vez que llegaba a una ciudad, lo primero que hacía era ir a una reunión de alcohólicos anónimos, sólo así lograba evitar la tentación. Cierta vez llegó a Buenos Aires. Sin saber nada de español, averiguó la dirección y marchó hacia la sede de alcohólicos anónimos. Allí conoció a un tipo de lo más simpático, un tal Varán. Varán era un mujeriego empedernido, un ganador con las putas y un borracho total. Un seductor nato. Después de la charla, fueron a un bar, y Varán empezó a decirle: “Dale, tomate un trago”, “No”, fue la respuesta de Aldrin. Per al rato ya había cedido a la tentación, y allí estaba, dale que dale, una ginebra tras otra. Completamente borracho, empezó a contar historias sobre el espacio, ante la indiferencia general. Un parroquiano le preguntó “por qué el cielo es azul” y contestó: “Es azul por la interacción de la luz del Sol con la atmósfera. La luz del Sol es blanca (formada por la suma de todos los colores del arco iris), y la atmósfera contiene una cierta cantidad de humedad (además de ozono), normalmente pequeña, así como partículas de polvo y ceniza. Cuando un rayo de luz atraviesa una gota de agua se desvía un cierto ángulo. La desviación de los colores de la luz es máxima para los azules (con longitud de onda menor). Los rayos azules, una vez desviados, vuelven a chocar con otras partículas (de ozono u otras) del aire, hasta llegar a nosotros. Cuando llegan a nuestros ojos parece que todo el cielo es azul, porque los rayos llegan rebotados de todos los lugares del cielo. Esa es la explicación del porqué”. Se hizo un silencio. De golpe se había ganado el respeto de todos. “¿Cómo sabés tanto de esas cosas?” “Por que fui a la Luna.” El silencio se rompió. Ahora todo eran carcajadas, risas, gastadas. “¡Si vos fuiste a la Luna, yo soy Arnaldo André!” Eso ya fue demasiado para el astronauta, y abandonó el bar (los borrachos pueden ser muy crueles entre sí). Tiempo más tarde, en su libro de memorias, Aldrin contaría que después de 8 años de sobriedad, Buenos Aires fue la única ciudad en el mundo donde había recaído.”


Damián Tabarovsky,  (La expectativa)



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miércoles, 25 de marzo de 2015

Adrienne Rich





Incluso los kilómetros de alambrada
que rodearon los estrechos y temporales barracones
concebidos para mantener a los indeseables
a distancia segura, fuera de la vista
incluso los tablones que tuvieron que absorver
año tras año, tantos sonidos humanos
tantas intensidades de vómito, lágrimas
sangre lenta y calada
no se brindaron a esto
Los árboles no se ofrecieron para que los cortaran en tablones
ni las espinas para desgarrar carne
Mira a tu alrededor

y pregunta de quién es la firma
impresa en las órdenes, trazada
en la esquina de los planes preparatorios
Pregunta dónde estaban los analfabetos, las mujeres
panzudas, los borrachos y los locos,
aquéllos a los que temes más que a nada:                pregunta
            dónde estabas tú.

Adrienne Rich

(Para el registro, fragmentos, “Your Native Land, Your Life”, trad. Rosa lentini y Susan Schereibman).






“Pensar como un hombre” ha sido un halago o una limitación para las mujeres que han querido escapar a la trampa del cuerpo. No es extraño que muchas mujeres inteligentes y creativas hayan insistido en que eran “seres humanos” primero y mujeres sólo accidentalmente, que hayan minimizado su biología o sus vínculos con otras mujeres. El cuerpo ha terminado siendo tan problemático para las mujeres que a menudo han preferido prescindir de él y viajar como un espíritu incorpóreo.

(Nacimos de mujer, 1996: 81, trad. Ana Becciu).




Quizás necesitemos un tiempo para decir “el cuerpo”. Porque es posible abstraer “el” cuerpo. Cuando escribo “el cuerpo”, no veo nada en concreto. Escribir “mi cuerpo” me lanza a la experiencia vivida, a las particularidades: veo cicatrices, alteraciones, decoloraciones, daños, pérdidas, y también cosas que me gustan… Decir “el cuerpo” me lleva lejos de aquello que me ha proporcionado una pespectiva básica. Decir “mi cuerpo” reduce la tentación de hacer afirmaciones grandilocuentes.

(Blood, Bread and Poetry, 1986b: 215, trd. Mª Soledad Sánchez Gómez).


Textos transcritos del libro: “Adrienne Rich”, de Mª Soledad Sánchez Gómez. (Biblioteca de mujeres/ Ediciones del Orto).


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martes, 24 de marzo de 2015

Felipe González: el hombre que necesitaban / Javier Ortiz







Dices tú de Venezuela...


Una revista argentina de gran tirada me pidió, allá por 1996, que trazara un “perfil” de Felipe González. Éste es el texto que les  envié y que publicaron.

A comienzos de los años 60, el Pentágono ya era consciente de que el régimen de Franco difícilmente sobreviviría a su sangriento fundador. Según sabemos hoy gracias a la desclasificación de los documentos oficiales norteamericanos de la época, Washington comprendió que era necesario ir preparando una sucesión al franquismo que no pusiera en peligro los intereses norteamericanos en España, país de primera importancia estratégica de cara al Mediterráneo.
Trazó un plan. Sin prisas. No se trataba de ponerlo en práctica de inmediato. Habló con sus socios socialdemócratas europeos: con los alemanes, con los italianos, con los suecos, con los franceses. Fijaron en comandita un retrato-robot del partido y del líder que les hacía falta para conseguir que, cuando no quedara otro remedio, en España pudiera cambiar todo y todo siguiera igual, según la máxima lampedusiana.




Entretanto, su hombre se paseaba por Lovaina (Bélgica) en busca de patronazgo.
Había nacido en Sevilla el 5 de marzo de 1942 y pasado una infancia y una primera juventud sin sobresaltos. Antifranquista, se había cuidado de disimularlo. La Policía política no encontró nada molesto en él, básicamente porque él no hizo nada que pudiera molestarla.  Con los libros de Derecho aún bajo el brazo, marchó a Bélgica. «Si la democracia cristiana europea le hubiera ofrecido una beca, se habría hecho democristiano», dice quien ejercía entonces de responsable de las Juventudes Obreras Católicas en Lovaina. Fue la socialdemocracia alemana la que reparó en él, y se hizo socialista. En 1962 entró en las Juventudes Socialistas. Y dos años después, en el PSOE.
Llegaba a su término la década de los 60 cuando el núcleo de estudiantes de Madrid con los que González trabó pronto contacto acudió a la Embajada de los EEUU en la capital de España a ofrecer sus servicios para combatir «contra la creciente influencia comunista en la Universidad», según consta en un mensaje reservado –hoy público– que la legación diplomática estadounidense remitió de inmediato a sus jefes. Washington decidió apoyarles de cara a una meta más amplia: acabar con la vieja y anquilosada dirección del socialismo español y ponerla en sus manos. El objetivo lo lograron en 1974, en el Congreso que el PSOE celebra en Suresnes, cerca de París.





A partir de ese momento, la maquinaria de la poderosa socialdemocracia europea, con respaldo norteamericano, se pone a la obra. Dedica ingentes cantidades de dinero a promocionar al nuevo PSOE y a su líder. Lo pasea por Europa y consigue que en España la Policía no estorbe sus actividades. Cuando Franco muere, el tinglado aún no está del todo a punto, pero sí lo suficientemente rodado. González se aprovecha de las debilidades del Partido Comunista de España, dispuesto a cualquier cosa para conseguir su legalización, y lo embarca en la empresa de la reforma del régimen franquista. En las primeras elecciones dignas de ese nombre –pero que se celebran cuando aún algunos partidos políticos siguen en la ilegalidad–, el PSOE de González queda en segundo lugar, por detrás del partido de los franquistas reconvertidos en demócratas, pero el PCE queda prácticamente fuera de juego. En 1982, González logra vencer y obtiene mayoría absoluta: es la culminación de lo planeado más de veinte años atrás.
Lo ocurrido durante los casi 14 años posteriores de Gobierno felipista es sabido: España culmina su integración en la OTAN, entra en la CE (ahora UE) y se adhiere plenamente a las doctrinas económicas imperantes en los organismos internacionales del ramo: FMI, OCDE, Banco Mundial, etc. La modernización del país, real, conduce a la desindustrialización y al paro creciente. El PSOE se instala entre banqueros y especuladores, convirtiendo el monetarismo en dogma de fe. Arrogante, cree que puede acabar con el terrorismo de ETA por la vía rápida y pone en marcha los GAL, nombre que encubre el terrorismo de Estado y que certifica la muerte de 28 personas, algunas ajenas a ETA, secuestradas o asesinadas por error.




Algunos han creído ver en todo ello un proceso de degeneración: del socialismo juvenil al neoliberalismo rampante. No hay tal. «El Poder no corrompe; sólo desenmascara»: la observación de Rubén Blades encaja a la perfección referida a González. De joven fue ambicioso, marrullero, simpático, guapo, listo, nulamente escrupuloso, sin principios, visceralmente anticomunista. Con el tiempo se ha hecho más viejo y menos simpático. En todo lo demás, sigue siendo exactamente el mismo.

Javier Ortiz




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lunes, 23 de marzo de 2015

Naomi Klein: “El sistema capitalista que tenemos ha causado el cambio climático”.






¿Podemos detener el calentamiento global? Sólo si cambiamos de modo radical nuestro sistema capitalista, sostiene la ensayista Naomi Klein. En una entrevista con el semanario alemán DER SPIEGEL, realizada por Klaus Brinkbäumer, explica por qué ha llegado el momento de abandonar los pequeños pasos en favor de un enfoque radicalmente nuevo, tal como detalla en su libro de reciente aparición en castellano, Esto lo cambia todo, el capitalismo contra el clima (Paidós, Barcelona, 2015).

DER SPIEGEL: Señora Klein, ¿por qué no consigue la gente detener el cambio climático?

Klein: Mala suerte. Mal momento. Muchas coincidencias lamentables.

SPIEGEL: ¿La catástrofe equivocada en el momento equivocado?

Klein: El peor momento posible. La conexión entre gases de invernadero y calentamiento global viene siendo una cuestión política central para la humanidad desde 1988. Fue precisamente la época en que cayó el Muro de Berlín y Francis Fukuyama certificó “el fin de la Historia", la victoria del capitalismo occidental. Canadá y los EE.UU. firmaron el primer acuerdo de libre comercio, que sirvió de prototipo para el resto del mundo.

SPIEGEL: ¿De modo que lo que dice usted es que empezó una nueva era de consumo y energía precisamente en el momento en que la sostenibilidad y contención habrían sido más adecuadas?

Klein: Exacto. Y fue precisamente en ese momento cuando nos dijeron que ya no había nada parecido a la responsabilidad social y la acción colectiva, que deberíamos dejarlo todo al mercado. Privatizamos nuestros ferrocarriles y la red energética, la OMC y el FMI se comprometieron con un capitalismo desregulado. Por desgracia, esto condujo a una explosión de las emisiones. 



SPIEGEL: Usted es activista y lleva culpando al capitalismo de toda clase de cosas a lo largo de los años. ¿Le echa la culpa ahora también del cambio climático?

Klein: No hay razón para ser irónicos. Las cifras cuentan cuál es la historia entera. Durante los años 90, las emisiones se elevaron un 1% anual. Desde el año 200 han ido subiendo una media del 3.4 %. Se exportó globalmente el sueño americano y se expandieron rápidamente bienes de consumo que creíamos esenciales para satisfacer nuestras necesidades. Empezamos a vernos exclusivamente como consumidores. Cuando el comprar como forma de vida se exporta a todos los rincones del globo, eso exige energía. Mucha energía. 

SPIEGEL: Volvamos a nuestra primera pregunta: ¿por qué no ha podido la gente detener este cambio?

Klein: Hemos desechado sistemáticamente las herramientas. Hoy se hace mofa de regulaciones de toda laya. Los gobiernos ya no aplican reglas severas que pongan límites a las compañías petrolíferas y demás empresas. Estas crisis se nos ha venido encima en el peor momento posible. Ya no nos queda tiempo. Estamos en un momento de ahora o nunca. Si no actuamos como especie, nuestro futuro está en peligro. Tenemos que reducir emisiones de modo radical. 




SPIEGEL: Volvamos a otra pregunta: ¿No está usted apropiándose indebidamente del cambio climático para utilizarlo en su crítica del capitalismo?

Klein: No. El sistema económico que hemos creado ha creado también el cambio climático. No me lo he inventado. El sistema es inservible, la desigualdad económica es demasiado grande y la falta de contención por parte de las compañías energéticas es desastrosa.    

SPIEGEL: Su hijo Toma tiene dos años y medio. ¿En qué clase de mundo vivirá cuando salga del instituto en 2030?

Klein: Eso es lo que está decidiéndose ahora mismo. Veo señales de que podría haber un mundo radicalmente distinto del que tenemos hoy en día, y de que el cambio podría ser bien bastante positivo o extremadamente negativo. Ya es seguro que al menos en parte será un mundo peor. Vamos a experimentar el cambio climático y bastantes más desastres naturales, eso es seguro. Pero tenemos tiempo todavía para impedir un calentamiento verdaderamente catastrófico. Tenemos tiempo asimismo de cambiar nuestro sistema económico para que no se vuelva más brutal y despiadado al enfrentarse al cambio climático. 



SPIEGEL: ¿Qué puede hacerse para mejorar la situación?

Klein: Tenemos hoy que tomar algunas decisiones acerca de qué valores son importantes para nosotros y cómo queremos de verdad vivir. Y, por supuesto, hay una diferencia entre que la temperatura se eleve solo 2 grados o lo haga 4 o 5 o más. Todavía nos es posible a los seres humanos tomar las decisiones correctas. 

SPIEGEL: Han pasado 26 años desde que se fundó el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC - Intergovernmental Panel on Climate Change) en 1988. Sabemos como mínimo desde entonces que las emisiones de CO2 causadas por quemar petróleo y carbón son responsables del cambio climático. Pero poco se ha hecho por encarar el problema. ¿No hemos fracasado ya?

Klein: Yo veo la situación de modo diferente, dado el enorme precio que tendremos que pagar. Mientras tengamos la menor oportunidad de éxito o de minimizar el daño, tenemos que seguir luchando.

SPIEGEL: Hace varios años, la comunidad internacional estableció un objetivo para limitar el calentamiento global a dos grados centígrados. ¿Lo considera todavía alcanzable? 

Klein: Bueno, todavía es una posibilidad física. Tendríamos que reducir inmediatamente las emisiones globales en un 6% anual. Los países más ricos tendrían que sobrellevar un peso mayor, lo que significa que los EE.UU. y Europa tendrían que recortar emisiones entre un 8% y un 10% anual. Inmediatamente. No es imposible, solo que es profundamente irreal políticamente con nuestro actual sistema.



SPIEGEL: ¿Está usted diciendo que nuestras sociedades no son capaces de hacerlo?

Klein: Sí. Necesitamos un cambio espectacular, tanto en la política como en la ideología, porque hay una diferencia fundamental entre lo que los científicos nos dicen que tenemos que hacer y nuestra actual realidad política. No podemos cambiar la realidad física, así que tenemos que cambiar la realidad política.

SPIEGEL: ¿Puede una sociedad que se centra en el crecimiento combatir de verdad con éxito el cambio climático?

Klein: No. Un modelo económico basado en un crecimiento indiscriminado lleva inevitablemente a un mayor consumo y a mayores emisiones de CO2. Puede y debe haber crecimiento en el futuro en muchos sectores bajos en carbón de la economía: en tecnologías verdes, en transporte público, en todas las profesiones que proporcionan cuidados, en las artes y, por supuesto, en educación. Ahora mismo, el núcleo de nuestro producto interior bruto comprende solo el consumo, las importaciones y exportaciones. Ahí tiene que haber recortes. Cualquier otra cosa sería engañarse. 

SPIEGEL: El Fondo Monetario Internacional afirma lo contrario. Dice que el crecimiento económico y la protección del clima no se excluyen mutuamente. 

Klein: No analizan las mismas cifras que yo. El primer problema es que en todas estas conferencias sobre el clima todo el mundo actúa como si fuéramos a llegar a nuestra meta por medio de un compromiso propio y de obligaciones voluntariamente aceptadas. Nadie le dice a las empresas petrolíferas que van a tener que ceder. El segundo problema es que estas empresas van a luchar como fieras para proteger lo que no quieren perder.



SPIEGEL: ¿En serio quiere eliminar el libre mercado con el fin de salvar el clima?

Klein: No hablo de eliminar mercados, pero nos hace falta mucha más estrategia, dirección y planificación, y un equilibrio muy diferente. El sistema en el que vivimos está abiertamente obsesionado con el crecimiento, considera bueno todo crecimiento. Pero hay formas de crecimiento que está claro que no son buenas. Está para mí claro que mi posición entra en conflicto directo con el neoliberalismo. ¿Es verdad que en Alemania, aunque han acelerado ustedes el cambio a las renovables, el consumo de carbón está en realidad aumentando?

SPIEGEL: Eso era cierto entre 2009 y 2013.

Klein: Para mí eso es expresión de su renuencia a tomar decisiones sobre lo que hace falta llevar a cabo. Alemania tampoco va a cumplir su objetivo de emisiones en años venideros.

SPIEGEL: ¿Es la presidencia de Obama lo peor que podía haberle pasado al clima?

Klein: En cierto modo. No porque Obama sea peor que un republicano, que no lo es, sino porque estos ocho años fueron la mayor oportunidad desperdiciada de nuestras vidas. Se daban los factores justos para una convergencia realmente histórica: consciencia, apremio, ánimo, su mayoría política, el fracaso de los Tres Grandes fabricantes de automóviles norteamericanos y hasta la posibilidad de encarar a la vez el cambio climático y el fallido mundo financiero sin regular. Pero cuando accedió al cargo no tuvo el valor de acometerlo. No venceremos en esta batalla a menos que estemos dispuestos a hablar de por qué Obama consideró que el hecho de tener control sobre bancos y compañías de automóviles era más una carga que como una oportunidad. Estaba prisionero del sistema. No quiso  cambiarlo.



SPIEGEL: Los EE.UU. y China llegaron finalmente a un acuerdo inicial sobre el clima en 2014.

Klein: Lo cual, por supuesto, es algo bueno. Pero todo lo que puede resultar penoso en el acuerdo no entrará en vigor hasta que Obama concluya su cargo. Con todo, lo que ha cambiado es que Obama dijo: "Nuestros ciudadanos se están manifestando, no podemos ignorarlo". Los movimientos de masas son importantes, tienen repercusiones. Pero para empujar a nuestros líderes hasta donde tienen que llegar, los movimientos tienen que hacerse aún más fuertes.

SPIEGEL: ¿Cuál debería ser su meta?

Klein: En los últimos 20 años, la extrema derecha, la absoluta libertad de las empresas petrolíferas y la libertad del 1% de los superricos de la sociedad se han convertido en norma política. Tenemos que desplazar de nuevo el centro político norteamericano de la franja derechista a su lugar natural, el verdadero centro.   




SPIEGEL: Señora Klein, eso no tiene sentido, porque es una ilusión. Piensa usted en abarcar demasiado. Si quiere usted eliminar el capitalismo antes de pergeñar un plan para salvar el clima, sabe usted que esto no va a suceder.

Klein: Mire, si quiere usted deprimirse, hay muchas razones para ello. Pero seguirá usted equivocándose, porque el hecho es que centrarse en cambios graduales supuestamente conseguibles, como el comercio de emisiones y el cambio de bombillas, ha fracasado miserablemente. En parte eso se debe a que en la mayoría de los países, el movimiento ambiental ha seguido elitista, tecnocrático y supuestamente neutral en lo político durante dos décadas y media. Ya vemos hoy cuáles son los resultados: nos ha llevado por el camino equivocado. Las emisiones están aumentando y aquí está el cambio climático. En segundo lugar, en los EE.UU. todas las transformaciones importantes legales y sociales de los últimos 150 años han sido resultado de movimientos sociales masivos, ya estuviesen  a favor de las mujeres, contra la esclavitud o en pro de los derechos civiles. Necesitamos de nuevo esta fortaleza, y bien rápido, porque la causa del cambio climático es el sistema político y económico mismo. Su enfoque es demasiado tecnocrático y estrecho.

SPIEGEL: Si intenta usted solucionar un problema específico dándole la vuelta a todo el orden social, no lo va a resolver. Eso es una fantasía utópica.

Klein: Si el orden social es la raíz del problema, no. Visto desde otra perspectiva, nadamos literalmente en ejemplos de pequeñas soluciones: hay tecnologías verdes, leyes locales, tratados bilaterales e impuestos al CO2. ¿Por qué no tenemos todo eso a escala global?

SPIEGEL: ¿Está usted diciendo que todos esos pequeños pasos – tecnologías verdes e impuestos al CO2 y un comportamiento ecológico individual – no tienen sentido?

Klein: No. Todos deberíamos hacer lo que podamos, por supuesto. Pero no podemos engañarnos con que eso sea suficiente. Lo que digo es que esos pequeños pasos seguirán siendo demasiado pequeños si no se convierten en un movimiento de masas. Necesitamos una transformación económica y política, que se base en comunidades más fuertes, empleos sostenibles, mayor regulación y un alejamiento de esta obsesión del crecimiento. Esas son las buenas noticias. Tenemos de verdad la oportunidad de resolver muchos problemas de inmediato.  

SPIEGEL: No parece contar con la razón colectiva de políticos y empresarios.

Klein: Porque el sistema no puede pensar. El sistema recompensa la ganancia a corto plazo, lo que quiere decir beneficios rápidos. Fíjese en Michael Bloomberg, por ejemplo...

SPIEGEL: …empresario y antiguo alcalde de la ciudad de Nueva York…

Klein: …que entiende la gravedad de la crisis del clima como político. Como empresario, prefiere invertir en un fondo que se especializa en activos de petróleo y gas. Si una persona como  Bloomberg no puede resistirse a la tentación, se puede asumir en ese caso que no es tan grande la capacidad de autoconservación del sistema. 

SPIEGEL: Un capítulo especialmente inquietante de su libro es el de Richard Branson, presidente del Grupo Virgin.

Klein: Sí, no me lo habría esperado.

SPIEGEL: Branson ha tratado de presentarse como un hombre que quiere salvar el clima. Todo empezó en un encuentro con Al Gore.

Klein: Y en 2006 se comprometió en un acto que acogía la Clinton Global Initiative a que invertiría 3.000 millones de dólares en investigación en tecnologías verdes. En aquella época yo pensaba que sería una aportación realmente fantástica. Lo que no se me ocurrió pensar es “qué cabrón tan cínico eres”.  

SPIEGEL: Pero Branson no estaba más que simulando y solo invirtió una parte de ese dinero.

Klein: Puede que fuera sincero en ese momento, pero sí, se invirtió una parte.

SPIEGEL: Desde 2006, Branson ha añadido 160 nuevos aviones a sus numerosas líneas aéreas y ha incrementado sus emisiones en un 40%. 

Klein: Sí.

SPIEGEL: ¿Qué se puede aprender de esta historia?

Klein: Que tenemos que poner en tela de juicio el simbolismo y los gestos que hacen las estrellas de Hollywood y los superricos. No podemos confundirlos con un plan científicamente serio para reducir emisiones.

SPIEGEL: En Norteamérica y Australia, se gasta mucho dinero intentando negar el cambio climático. ¿Por qué?

Klein: Es distinto de Europa. Se trata de una indignación semejante a la de quienes se oponen al aborto y el control de armas. No se trata sólo de que estén protegiendo un modo de vida que no quieren cambiar. Es que han entendido que el cambio climático pone en solfa el núcleo de su sistema de creencias contrario al gobierno y en pro del libre mercado. De modo que tienen que negarlo para proteger su propia identidad. Por eso por lo que existe esta diferencia de intensidad: los liberales quieren actuar un poquito en la protección del clima. Pero al mismo tiempo, estos liberales tienen una serie de cuestiones aparte que figuran de modo más destacada en su agenda. Pero tenemos que entender que los más duros de quienes niegan el cambio climático entre los conservadores harán todo lo que esté en su mano para impedir que se actúe.

SPIEGEL: ¿Con estudios pseudocientíficos y desinformación?

Klein: Con todo eso, por supuesto.

SPIEGEL: ¿Explica eso por qué relaciona todas esas cuestiones – cuestiones de medio ambiente, igualdad, salud pública y trabajo – que son populares entre la izquierda? ¿Por razones puramente estratégicas?

Klein: Esas cuestiones guardan relación y nos hace falta asimismo relacionarlas en el debate. Sólo hay un modo de vencer en una batalla contra un pequeño grupo de personas que se te enfrentan porque tienen mucho que perder: hay que iniciar un movimiento masivo que abarque a toda aquella gente que tiene mucho que ganar. A quienes lo niegan solo se les puede derrotar si te muestras igual de apasionado que ellos, pero también cuando eres superior en número. Porque la verdad es que son realmente muy pocos.

SPIEGEL: ¿Por qué no cree usted que la tecnología tenga potencial para salvarnos?

Klein: Se ha producido un progreso tremendo en el almacenamiento de energías renovables, por ejemplo, y en la eficiencia solar. Pero ¿en el cambio climático? Yo, en cualquier caso, no tengo bastante fe como para decir: "Como ya nos inventaremos algo en un momento dado, dejemos de lado todos los demás esfuerzos". Eso sería una insensatez.

SPIEGEL: Gente como Bill Gates ve las cosas de modo diferente.

Klein: Y yo encuentro ingenuo su fetichismo tecnológico. En años recientes hemos sido testigos de ciertos fracasos verdaderamente resonantes en los que algunos de los tíos más listos metieron la pata hasta el fondo a una escala grandiosa, ya fuera con los derivados que desencadenaron la crisis o la catástrofe petrolífera de la costa de Nueva Orleans. En una gran mayoría, la gente, nosotros, destrozamos las cosas y no sabemos luego cómo arreglarlas. Y ahora mismo, lo que estamos destrozando es nuestro planeta.

SPIEGEL: Oyéndola, se podría tener la impresión de que la crisis del clima es una cuestión de género.

Klein: ¿Por qué dice usted eso?

SPIEGEL: Bill Gates dice que tenemos que avanzar e idear nuevas invenciones para poner bajo control el problema y, en última instancia, esta Tierra nuestra tan complicada. Por otro lado, dice usted: parad, no, tenemos que adaptarnos a este planeta y volvernos más livianos. Las compañías petrolíferas norteamericanas están dirigidas por hombres. Y a usted, una mujer crítica, la describen como una histérica. No resulta absurdo pensarlo, ¿verdad?

Klein: No. La industrialización en su conjunto estaba emparentada con el poder, con ver si sería el hombre o la naturaleza la que dominara la Tierra. A algunos hombres les resulta difícil reconocer que no lo tenemos todo bajo control; que hemos acumulado todo este CO2 a lo largo de los siglos y que la Tierra hoy nos dice: mira, no eres más que un invitado en mi casa. 

SPIEGEL: ¿Invitado de la Madre Tierra?

Klein: Eso suena demasiado cursi. Pero, con todo, tiene usted razón. La industria petrolífera es un mundo dominado por los hombres, muy semejante en eso a las altas finanzas. Es algo muy de machos. La idea norteamericana y australiana de "descubrir" un país infinito y de que se puedan extraer inacabables recursos entraña un relato de dominación, que representa tradicionalmente a la naturaleza como una mujer débil y torpe. Y la idea de estar en relación de interdependencia con el resto del mundo natural se considera una debilidad. Por eso es por lo que les resulta doblemente difícil a los machos alfa reconocer que se han equivocado.

SPIEGEL: Hay en su libro una cuestión de la que parece querer desviarse. Aunque denigra usted a las empresas, no dice usted nunca que sus lectores, que son clientes de estas empresas, son asimismo culpables. Tampoco dice usted nada del precio que tendrá que pagar cada uno de sus lectores por la protección del clima.

Klein: Oh, yo creo que la mayoría de la gente estaría encantada de pagar por ello. Saben que la protección del clima exige un comportamiento razonable: conducir menos, volar menos y consumir menos. Estarían encantados de utilizar energías renovables si se les ofreciera.

SPIEGEL: Pero la idea no es lo bastante grande, ¿verdad?

Klein: (ríe) Exacto. El movimiento verde pasó décadas instruyendo a la gente para que utilizara su basura como abono, para que reciclara y montase en bicicleta. Pero fíjese en lo que ha sucedido con el clima durante estas décadas.

SPIEGEL: ¿Es su manera de vivir beneficiosa para el clima?

Klein: No lo bastante. Voy en bicicleta, utilizo el transporte público, trato de dar charlas por Skype, comparto un coche híbrido y he recortado mis vuelos hasta una décima parte de lo que eran antes de empezar este proyecto. Mi pecado está en tomar taxis y, desde que salió el libro, en volar demasiado. Pero no creo tampoco que tenga que ser la gente perfectamente verde y que vive sin emitir CO2 la única que deba hablar sobre esta cuestión. Si así fuera, entonces nadie podría decir una palabra en absoluto. 

SPIEGEL: Señora Klein, gracias por esta entrevista. 






Naomi Klein es autora, entre otros libros, de La doctrina del shock y No Logo.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón



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