jueves, 30 de abril de 2015

La dignidad del trabajo / Eduardo Galeano

  



La dignidad del trabajo 

Texto leído en la sesión magistral de clausura de la VI Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales, llevada a cabo del 6 al 9 de noviembre de 2012 en la Ciudad de México. Para recordar al recientemente fallecido escritor, integérrimamente comprometido con las buenas causas de todos los pueblos del mundo. Y para celebrar el próximo Primero de Mayo, día internacional de los trabajadores…

No se asusten, empezaré diciendo “seré breve”, pero esta vez es verdad. Y es verdad porque yo estoy empeñado en una inútil campaña contra la “inflación palabraria” en América Latina, que yo creo que es más jodida, más peligrosa que la inflación monetaria, pero se cultiva con más frecuencia. Y porque además lo que voy a hacer es leer para ustedes un mosaico de textos breves previamente publicados en revistas, periódicos, libros. Pero no reunidos como ahora en una sola ocasión, reunidos en torno a una pregunta que me ocupa y me preocupa como –estoy seguro– a todos ustedes, que es la pregunta siguiente: ¿los derechos de los trabajadores son ahora un tema para arqueólogos? ¿Sólo para arqueólogos? ¿Una memoria perdida de tiempos idos? Este en un mosaico armado con textos diversos que se refieren todos –sin querer queriendo, yendo y viniendo entre el pasado y el presente– a esta pregunta más que nunca actualizada: ¿“Los derechos de los trabajadores” es un tema para arqueólogos? Más que nunca actualizada en estos tiempos de crisis, en los que más que nunca los derechos están siendo despedazados por el huracán feroz que se lleva todo por delante, que castiga el trabajo y en cambio recompensa la especulación, y está arrojando al tacho de la basura más de dos siglos de conquistas obreras.



La tarántula universal

Ocurrió en Chicago en 1886. El 1º de mayo, cuando la huelga obrera paralizó Chicago y otras ciudades, el diario Philadelphia Tribune diagnosticó: “El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal y se ha vuelto loco de remate”. Locos de remate estaban los obreros que luchaban por la jornada de trabajo de ocho horas y por el derecho a la organización sindical. Al año siguiente, cuatro dirigentes obreros, acusados de asesinato, fueron sentenciados sin pruebas en un juicio mamarracho. Se llamaban George Engel, Adolph Fischer, Albert Parsons y Auguste Spies; marcharon  a la horca mientras el quinto condenado (Louis Lingg) se había volado la cabeza en su celda.




Cada 1º de mayo el mundo entero los recuerda.

Dicho sea de paso, les cuento que estuve en Chicago hace unos siete u ocho años, y les pedí a mis amigos que me llevaran al lugar donde todo esto había ocurrido, y no lo conocían. Entonces me di cuenta de que en realidad esto, esta ceremonia universal – la única fiesta de veras universal que existe –, en Estados Unidos no se celebraba; o sea, era en ese momento  el único país del mundo donde el 1 de mayo no era el Día de los Trabajadores. En estos últimos tiempos eso ha cambiado, recibí hace poco una carta muy jubilosa de estos mismos amigos contándome que ahora había en ese lugar un monolito que recordaba a estos héroes del sindicalismo, que las cosas habían cambiado y que se había hecho una manifestación de cerca de un millón de personas en su memoria por primera vez en la historia. Y la carta terminaba diciendo: “Ellos te saludan”.

Cada 1º de mayo el mundo recuerda a esos mártires, y con el paso del tiempo las convenciones internacionales, las constituciones y las leyes les han dado la razón. Sin embargo, las empresas más exitosas siguen sin enterarse. Prohíben los sindicatos obreros y miden las jornadas de trabajo con aquellos relojes derretidos de Salvador Dalí.



Una enfermedad llamada "trabajo"

En 1714 murió Bernardino Ramazzini. Él era un médico raro, un médico rarísimo, que empezaba preguntando: “¿En qué trabaja usted?”. A nadie se le había ocurrido que eso podía tener alguna importancia. Su experiencia le permitió escribir el primer Tratado de Medicina del Trabajo, donde describió – una por una – las enfermedades frecuentes en más de cincuenta oficios. Y comprobó que había pocas esperanzas de curación para los obreros que comían hambre, sin sol y sin descanso, en talleres cerrados, irrespirables y mugrientos. Mientras Ramazzini moría en Padua, en Londres nacía Percivall Pott. Siguiendo las huellas del maestro italiano, este médico inglés investigó la vida y la muerte de los obreros pobres. Y entre otros hallazgos, Pott descubrió por qué era tan breve la vida de los niños deshollinadores. Los niños se deslizaban desnudos por las chimeneas, de casa en casa, y en su difícil tarea de limpieza respiraban mucho hollín.

El hollín era su verdugo.






Desechables

Más de 90 millones de clientes acuden, cada semana, a las tiendas Walmart. Sus más de 900 mil empleados tienen prohibida la afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de asociación. Y más, el fundador de Walmart, Sam Walton, recibió en 1992 la Medalla de la Libertad, una de las más altas condecoraciones de los Estados Unidos.

Uno de cada cuatro adultos norteamericanos y nueve de cada diez niños engullen en McDonald’s la comida plástica que los engorda. Los trabajadores de McDonald’s son tan desechables como la comida que sirven. Los pica la misma máquina. Tampoco ellos tienen el derecho de sindicalizarse.

En Malasia, donde los sindicatos obreros todavía existen y actúan, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett-Packard lograron evitar esa molestia. El gobierno de Malasia declaró union free (libre de sindicatos) el sector electrónico. Tampoco tenían ninguna posibilidad de agremiarse las 190 obreras que murieron quemadas vivas en Tailandia en 1993, en el galpón trancado por fuera donde fabricaban los muñecos de Sesame Street, Bart Simpson, la familia Simpson y los Muppets.

En sus campañas electorales del año 2000, los candidatos Bush y Gore coincidieron en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo  el modelo norteamericano  de relaciones laborales. “Nuestro estilo de trabajo” – como ambos lo llamaron – es el que está marcando el paso de la globalización que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los más remotos rincones del planeta.

La tecnología, que ha abolido las distancias, permite ahora que un obrero de Nike en Indonesia tenga que trabajar 100 mil años para ganar lo que gana en un año – 100 mil años para ganar lo que gana en un año – un trabajador de su empresa en los Estados Unidos. Es la continuación de la época colonial, en una escala jamás conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan muñecos, zapatos deportivos, computadoras  o instrumentos  de alta tecnología, además de producir como antes caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas malditas por el mercado mundial.

Desde 1919 se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo.  Según la Organización Internacional del Trabajo, de esos 183 acuerdos Francia ratificó 115, Noruega 106, Alemania 76 y los Estados Unidos… 14. El país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar  a su antojo. Paradójicamente, este país que no reconoce más ley que la ley del trabajo… no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley, es el que dice que ahora no habrá más remedio que incluir cláusulas sociales y de protección ambiental en los Acuerdos de Libre Comercio. ¿Qué sería de la realidad, no? ¿Qué sería de ella sin la publicidad que la enmascara? Estas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro “relaciones públicas”, pero la sola mención de los derechos obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos partidarios, abogados, del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre.

Desde que Ernesto Zedillo dejó la Presidencia de México, pasó a integrar los directorios de la Union Pacific Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera en 140 países, y además encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes. En idioma “tecnocratés”, se indigna contra lo que llama “la imposición de estándares homogéneos en los nuevos acuerdos comerciales”; traducido, eso significa “olvidemos de una buena vez toda la legislación internacional que todavía protege más o menos, menos que más, a los trabajadores”. El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud, pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice más claro: “Para competir hay que exprimir los limones”, y no es necesario aclarar que él no trabaja de limón en el reality show del mundo de nuestro tiempo. Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos y “yo no fui, yo no fui”.

En la industria posmoderna el trabajo ya no está concentrado, así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada. Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota; de cada cinco obreros de Volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de la empresa; de los 81 obreros de Petrobras muertos en accidentes de trabajo a fines del siglo XX, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad.

A través de 300 empresas contratistas, China produce la mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas del mundo. En China sí hay sindicatos, pero obedecen a un Estado que en nombre del socialismo se ocupa de la disciplina de la mano de obra. “Nosotros combatimos la agitación obrera y la inestabilidad social para asegurar un clima favorable a los inversores”, explicó Bo Xilai, alto dirigente del Partido Comunista Chino.

El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los países y las personas compiten en lo que pueden, a ver quién ofrece más a cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de la mitad. A la vera del camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por tantos años de dolor y de lucha.

Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe, que por algo se llaman sweatshops (“talleres del sudor”), crecen a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto. Ocho de cada diez nuevos empleos en la Argentina están en negro, sin ninguna protección legal; nueve de cada diez nuevos empleos en toda América Latina corresponden al llamado “sector informal”, un eufemismo para decir que los trabajadores están librados a la buena de Dios. ¿La estabilidad laboral y los demás derechos de los trabajadores serán de aquí a poco un tema para arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?

En el mundo del revés, la libertad oprime. La libertad del dinero exige trabajadores presos, presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El Dios del mercado amenaza y castiga, y bien lo sabe cualquier trabajador en cualquier lugar. El miedo al desempleo que sirve a los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la productividad, eso hoy por hoy es la fuente de angustia más universal de todas las angustias.

¿Quién está a salvo del pánico, de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo? ¿Quién no teme convertirse en un obstáculo interno, para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que explicó el despido de miles de trabajadores diciendo que “hemos eliminado los obstáculos internos”? Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del dinero, que divide el mundo en domadores y domados, ¿se podrá internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.




Un raro acto de cordura

En 1998, Francia dictó la ley que a 35 horas semanales el horario de trabajo. Trabajar menos, vivir más. Tomás Moro había soñado en su Utopía pero hubo que esperar cinco siglos para que por fin una nación se atreviera a cometer semejante acto de sentido común. Al fin y al cabo, ¿para qué sirven las máquinas si no es para reducir el tiempo de trabajo y ampliar nuestros espacios de libertad? ¿Por qué el progreso tecnológico tiene que regalarnos desempleo y angustia? Por una vez, al menos, hubo un país que se atrevió a desafiar tanta sinrazón. Pero, pero… poco duró la cordura. La ley de las 35 horas murió a los diez años.




Este inseguro mundo

Hoy, vale la pena advertir que no hay en el mundo nada más inseguro que el trabajo. Cada vez son más y más los trabajadores que despiertan cada día preguntando:  “¿Cuántos  sobraremos, quién me comprará?”. Muchos pierden el trabajo, y muchos pierden, trabajando, también la vida. Cada 15 segundos muere un obrero asesinado por eso que llaman “accidentes de trabajo”.

La inseguridad pública es el tema preferido de los políticos, que desatan la histeria colectiva en cada elección. “¡Peligro, peligro – proclaman – en cada esquina acecha un ladrón, un violador, un asesino!”. Pero esos políticos jamás denuncian que trabajar es peligroso. Y es peligroso cruzar la calle, porque cada 25 segundos muere un peatón asesinado por eso que llaman “accidentes de tránsito”. Y es peligroso comer, porque quien está a salvo del hambre puede sucumbir envenenado por la comida química. Y es peligroso respirar, porque en las ciudades, en las grandes ciudades, el aire es… el aire puro es como el silencio: un artículo de lujo. Y también es peligroso nacer, porque cada 3 segundos muere un niño que no ha llegado vivo a los cinco años de edad.

Una historia real para acabar (se me fue la mano con las teorías), un par de cosas que tengan más que ver con la realidad de carne y hueso, como la historia de Maruja. El 30 de marzo, Día del Servicio Doméstico, no viene mal contar la breve historia de una trabajadora de uno de los oficios más ninguneados del mundo.  Maruja no tenía edad. De sus años de antes, nada decía; de sus años de después, nada esperaba. No era linda ni fea ni más o menos, caminaba arrastrando los pies, empuñando el plumero o la escoba o el cucharón. Despierta, hundía la cabeza entre los hombros. Dormida, hundía la cabeza entre las rodillas. Cuando le hablaban, miraba al suelo, como quien cuenta hormigas. Había trabajado en casas ajenas desde que tenía memoria. Nunca había salido de la ciudad de Lima, nunca. Mucho trajinó de casa en casa, y en ninguna se hallaba. Por fin, por fin, encontró un lugar donde fue tratada como si fuera persona. A los pocos días, se fue.

Se estaba encariñando.




Desaparecidos

Agosto 30, Día de los Desaparecidos. Los muertos sin tumba, las tumbas sin nombre, las mujeres y los hombres que el terror tragó, los bebés que son o han sido botín de guerra, y también los bosques nativos, las estrellas en la noche de las ciudades, el aroma de las flores, el sabor de las frutas, las cartas escritas a mano, los viejos cafés donde había tiempo para perder el tiempo, el fútbol de la calle, el derecho a caminar, el derecho a respirar, los empleos seguros, las jubilaciones seguras, las casas sin rejas, las puertas sin cerradura, el sentido comunitario y el sentido común.




El origen del mundo 

Hacía pocos años que había terminado la Guerra Española, y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros, le daban la espalda, con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba.

Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo. Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me contó esta historia. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio, me lo contó: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna, pero el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones. “Pero, papá – le preguntó Josep, llorando –, pero, papá… si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?”. Y el obrero, cabizbajo, casi en secreto, dijo: “¡Tonto, tonto! ¡Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles!”.— En Ciudad de México, el viernes 9 de noviembre de 2012






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martes, 28 de abril de 2015

Eduardo Galeano, cronista de la esperanza, escribiente del dolor / Marcos Roitman




Eduardo Galeano, cronista de la esperanza, escribiente del dolor

No es fácil construir un relato histórico sin manipular los hechos desvirtuando la realidad. De allí la importancia de los cronistas. Qué decir de Bartolomé de las Casas y su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, o de Guamán Poma de Ayala y El primer nueva crónica y buen gobierno. Los buenos cronistas dejan huella, sus obras son patrimonio cultural de la humanidad, lectura obligada para reconstruir periodos históricos, dan cuenta de las guerras de conquista imperial y sus atrocidades, describen estados de ánimo de hombres y mujeres inmersos en la pesadez de una historia que los invisibiliza. Son los notarios de los llamados pueblos sin historia, sin pasado, sin memoria, sin derecho a la existencia. Ellos se enfrentan a quienes los aluden para caricaturizarlos, volverlos extravagantes, bárbaros de mentalidad primitiva, homúnculos. Concepto que tanta importancia tuvo en Ginés de Sepúlveda para justificar la esclavitud de los indios, considerados bestias sin derechos.
Eduardo Galeano se enfrenta a tales afirmaciones, rebate cada uno de los argumentos y evidencia el grado de imbecilidad de sus defensores. A esa estirpe responde Galeano. Sus relatos condensan en pocas palabras, a veces en una frase, décadas o siglos de ignominia, explotación y estupidez. Su obra apela a la conciencia, a la reflexión ética. Rescata el juicio crítico, no se deja llevar por una actitud displicente. Galeano hace pensar, su obra no resulta indiferente al lector. Sus crónicas estremecen. Sin necesidad de recurrir a construcciones lingüísticas engominadas, ni explicaciones barrocas, deja hablar a los protagonistas, presenta la verdad de los hechos, toma partido, pero guardando un escrupuloso sentido del deber del cronista. No altera los hechos ni oculta la manipulación de quienes llevados por la fama se transforman en escribanos menores, meretrices del poder. De la historia oficial dijo que era historia mutilada, una larga ceremonia de autoelogio de los mandones que en el mundo son. Sus reflectores, que iluminan las cumbres, dejan la base en la oscuridad.

Nunca se mostró sumiso, ni trató de caerle bien a todo el mundo. Actuó en consecuencia. No se dejó intimidar por reyes, terratenientes, tiranos, déspotas, oligarcas, banqueros y plutócratas. Los retrató y expuso sus vergüenzas a través de múltiples escritos. No tuvo piedad y no tenía por qué hacerlo. Se mostró implacable con quienes han querido agradar al poder falseando la realidad. Así se valió de la ironía como recurso para demostrar las contradicciones de un mundo al revés. Tres ejemplos: se llaman Convivir algunas de las bandas paramilitares que asesinan gente en Colombia, a la sombra de la protección militar; Dignidad era el nombre de uno de los campos de concentración de la dictadura militar chilena y Libertad la mayor cárcel de la dictadura uruguaya; se llama Paz y Justicia el grupo paramilitar que en 1997 acribilló por la espalda a 45 campesinos, casi todo mujeres y niños, mientras rezaban en una iglesia del pueblo de Acteal, en Chiapas.

Galeano ha sido la voz de los sin voz, de quienes albergan esperanzas, sienten dolor, tienen miedo, padecen la injusticia y cuyas vidas permanecen en el anonimato. Ha hecho crónica de los pueblos sin historia, sin derechos, avasallados por la mala memoria. Ha sido un notario del tiempo presente. Rescatador de la memoria nunca quieta que no nació para ser ancla, que quiere ser puerto de partida, no de llegada. Su pensamiento es voz de esperanza que denuncia, ataca, defiende, no huye ni se oculta. Es palabra seminal capaz de levantar y forjar conciencias rebeldes. No impone dogmas, simplemente relata, hace crónica. No se cree poseedor de la verdad absoluta, la niega. No hay más verdad que la búsqueda de la verdad, nos dice en su Patas arriba: escuela del mundo al revés.
Es un artesano del pensamiento crítico. Su obra no tiene una hechura industrial, no responde a modas, no se presenta como sucedáneo de una historia académica escrita para docentes y universitarios. Trasciende la coyuntura, expresa un sentir colectivo, es síntesis de América Latina, de sus gentes, de sus proyectos emancipadores, libertadores, descolonizadores, antimperialistas, de quienes luchan contra la hidra del capitalismo, cuya fuerza y reproducción parece no tener límites. Es Las venas abiertas de América Latina. Pero su trabajo trasciende, no se queda en el llanto de la derrota o el fracaso. Galeano se siente comprometido con los ideales de la libertad, la dignidad y la justicia social, por ello su obra tiene una función política que le da sentido a su trabajo. Reclama a los que tienen en el poder grados de responsabilidad por ser cómplices de matanzas, genocidios y aplicar políticas de muerte bajo el signo del neoliberalismo; denuncia a quienes desde posiciones de privilegio parecen no saber que sus actos están ligados a dichas políticas, imputándoles la responsabilidad de su negligencia, y por último escribe para quienes carecen del poder, señalando que sus acciones son el principio de una esperanza, de un hacer, donde no hay sitio para el desánimo.

No se presentó como gurú de proyectos ni buscó liderar movimientos. Por el contrario, se ha sumado a ellos y los ha reivindicado. Puso en entredicho el poder trasnacional, los malos gobiernos, las medias verdades que nublan la mente y las mentiras que niegan los hechos. Se identificó con el EZLN. De los zapatistas dijo: La niebla es el pasamontañas que usa la selva: así se oculta a sus hijos perseguidos (...) De allí han salido, enmascarados, para desenmascarar el poder que los humilla.

Galeano nos acercó al fuego, al viento, puso caras y máscaras, abrazó las palabras, nos citó en las noches de amor y guerra y se reivindicó futbolero. Fue el cronista de la esperanza y un escribiente del dolor.

Marcos Roitman




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domingo, 26 de abril de 2015

Párrafos de… “Un invierno en Mallorca” / George Sand




Párrafos de… “Un invierno en Mallorca” 


“Es que no se trata tanto de viajar como de partir. ¿Quién de nosotros no tiene algún dolor que olvidar o algún yugo que sacudir”


“…si hay vanidad y tontería en publicar los halagos que se reciben, ¿no hay mayor tontería y vanidad, aun en los tiempos que corremos, a alardear con las injurias de las que se es objeto?”

“A pesar de sus huracanes y sus asperezas, Mallorca, con mucho acierto llamada Isla Dorada por los antiguos, es extremadamente fértil, y sus productos son de una calidad exquisita. El trigo es tan puro y hermosos que sus habitantes lo exportan y de él se sirven exclusivamente en Barcelona para hacer una clase de pasteles, blancos y ligeros, llamados “pan de Mallorca”. Los mallorquines importan de Galicia y Vizcaya un trigo más barato y de calidad inferior, con el cual se alimentan, por cuyo motivo en el país más rico en excelente trigo comen un pan detestable. Ignoro si esta especulación les es muy ventajosa.”



“…cuenta que las montañas y particularmente las de Torrella y Galatzó, poseían en su época los más hermosos árboles del mundo. Había olivo que medía 42 pies de circunferencia y 14 de diámetro; pero estos magnífico bosques fueron devastados por los carpinteros de ribera, los cuales, con motivo de la expedición española contra Argel, extrajeron de ellos las maderas necesarias para la construcción de una flotilla completa de lanchas cañoneras. Las vejaciones a que fueron sometidos entonces los propietarios de estos bosques y la mezquindad de las indemnizaciones que les fueron dadas, indujeron a los mallorquines a destruir sus bosques en vez de aumentarlos. Hoy la vegetación es aún tan abundante y hermosa que el viajero no piensa en lamentar el pasado, pero hoy como entonces y en Mallorca como en toda España el “abuso” es aún el primero de todos los poderes. No obstante el viajero no oye jamás un lamento, porque al empezar un régimen injusto, el débil se calla por temor y, cuando el mal está hecho, siguen callando por costumbre.”




“Como en Mallorca no saben ni engoradar los bueyes, ni utilizar la lana, ni ordeñar las vacas, puesto que detestan la leche y la mantequilla tanto como desprecian la industria; como no saben producir el trigo suficiente para atreverse a comerlo, ni cultivar la morera para criar el gusano de seda; como han perdido el arte de la carpintería, antes muy floreciente y ahora completamente olvidado; como no tienen caballos, porque España, materialmente se apodera de sus potros para utilizarlos en su ejército, razón por la cual el pacífico mallorquín, para no ser tomado por tonto, no quiere trabajar para sostener la caballería del reino, como no cree necesario tener ni una carretera, ni un solo sendero practicable en toda la isla, puesto que el derecho de exportación está entregado al capricho de un gobierno que no tiene tiempo de ocuparse de estas minucias, el mallorquín vegetaba y no tenía otra cosa qué hacer y qué decir, sino rezar su rosario y remendar sus calzones, más estropeados que los de Don Quijote, su patrón en miseria y en orgullo, hasta que vino el cerdo a salvarlo todo. Una vez autorizada la exportación de este cuadrúpedo, ha empezado la era nueva, la era de la salvación.”


George Sand, “Un invierno en Mallorca”



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viernes, 24 de abril de 2015

Italia, 80 millones de euros diarios de gasto militar / Manlio Dinucci






«El arte de la guerra»
Italia, 80 millones de euros diarios de gasto militar


La entrega anual de las estadísticas oficiales sobre el gasto militar, publicada por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz, muestra que después de un ligero descenso en 2014 –provocado por las restricciones presupuestarias en Estados Unidos– el presente año 2015 se caracterizará probablemente por una nueva aceleración de los gastos en materia de armamento a nivel mundial. Mientras Rusia y China refuerzan sus medios de defensa para tratar de protegerse, el gasto militar de Arabia Saudita se dispara a causa de la creación de la Fuerza Común Árabe y de la agresión contra Yemen.

El gasto militar de Italia –calculado según la tasa de cambio normal entre el dólar estadounidense y el euro– se elevó de 65 millones de euros al día –en 2013– a 70 millones diarios en 2014 [1]. Incluso en caso de que se mantuviera en el nivel actual –lo cual es imposible ya que la OTAN está empeñada en que sus miembros aumenten sus gastos en el sector militar), el gasto militar correspondiente al año 2014 equivale, según la tasa de cambio actual, a 29 200 millones de euros, o sea 80 millones de euros diarios.

Eso es lo que se desprende de los datos sobre el gasto militar mundial, publicados por el SIPRI el 13 de abril de 2015 [2] y mucho más precisos que los del ministerio italiano de Defensa, cuyo presupuesto oficial se elevó en 2014 a 18 200 millones de euros, equivalentes a unos 50 millones de euros diarios.

Pero hay que agregar a esa cifra otros gastos militares que no aparecen en el presupuesto destinado a la defensa pero que afectan al ministerio de Desarrollo Económico y que se destinan a la construcción de barcos de guerra, de cazabombarderos y de sistemas de armas, mientras que el financiamiento de las operaciones militares en el exterior, proviene del presupuesto del ministerio de Economía y Finanzas.





El SIPRI sitúa a Italia en el 12º lugar mundial en materia de gasto militar. En primer lugar y muy por delante de sus más cercanos seguidores se mantiene Estados Unidos, que en 2014 dedicó al sector militar 610 000 millones de dólares (equivalentes a 575 000 millones de euros actuales).

Si nos basamos únicamente en los presupuestos de sus ministerios de Defensa, los 28 países de la OTAN dedicaron a ese sector –según las estadísticas oficiales correspondientes a 2013– más 1 000 millardos [3] de dólares anuales, que representan el 56% del gasto militar mundial recogido por el SIPRI.

Pero, en realidad, el gasto de la OTAN es muy superior a esa cifra, sobre todo porque a los gastos del Pentágono hay que agregarles elevadísimos gastos militar que no aparecen en el presupuesto del Departamento de Defensa.

Por ejemplo, los gastos correspondientes al armamento nuclear de Estados Unidos (12 000 millones de dólares al año) salen del presupuesto del Departamento de Energía; las ayudas militares y económicas a aliados estratégicos (47 000 millones anuales) salen de los presupuestos del Departamento de Estado y de la USAID [Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional, siglas en inglés.]; las pensiones de los militares retirados (164 000 millones de dólares anuales) salen del presupuesto del Departamento de Veteranos.

Y también están los gastos de los servicios de inteligencia estadounidenses, cuya cifra oficial (45 000 millones de dólares anuales) es solamente la punta visible del iceberg. Al agregar esos fondos –y otros más– a los gastos del Pentágono se comprueba que Estados Unidos dedica al sector militar alrededor de 900 000 millones de dólares al año, cerca de la mitad del gasto militar mundial, o sea que en el presupuesto federal estadounidense casi 1 dólar de cada 4 se dedica al sector militar.



Después de Estados Unidos, aparecen en la estadística del SIPRI China, con un gasto militar estimado en 216 000 millones de dólares (alrededor de un tercio del de Estados Unidos) y Rusia, con 85 000 millones (alrededor de una séptima parte del de Estados Unidos). Les siguen, Arabia Saudita, Francia, Gran Bretaña, la India, Alemania, Japón, Corea del Sur, Brasil, Italia, Australia, los Emiratos Árabes Unidos y Turquía.

El gasto militar total de esos 15 países representa, según el estimado del SIPRI, el 80% del gasto militar mundial, lo cual muestra que Rusia y China están tratando de reducir la distancia que las separa de Estados Unidos: en 2013-2014 Rusia aumentó su gasto militar en un 8,1% y el de China ascendió en un 9,7%.
Pero los de otros países aumentaron aún más. En ese caso se encuentran Polonia (con un aumento de 13% en un año), Paraguay (13%), Arabia Saudita (17%), Afganistán (20%), Ucrania (23%) y la República del Congo (88%).

Los datos del SIPRI confirman que el gasto militar mundial aumentó a un nivel superior al del último periodo de la guerra fría: cada minuto se gastan en el mundo 3,4 millones de dólares con objetivos militares, o sea 204 millones por hora o 4 900 millones de dólares diarios.

Todo lo anterior es solamente un estimado por defecto de esa loca carrera guerrerista, que provoca masacres no sólo porque conduce al uso creciente de la fuerza sino también porque consume recursos vitales necesarios para luchar contra la pobreza.

Manlio Dinucci




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miércoles, 22 de abril de 2015

Fidel Sánchez Gabriel: el personaje de Galeano / Luis Hernández Navarro






Fidel Sánchez Gabriel: el personaje de Galeano 


Fidel Sánchez Gabriel tiene 45 años de edad y 38 de vivir y trabajar de jornalero agrícola. Con sus manos y su conocimiento ha cultivado cientos de toneladas de las más diversas hortalizas y frutas. A pesar de que su extenuante labor ha generado incalculables riquezas, vive en la pobreza. Hoy es la voz de los trabajadores rurales de San Quintín, donde vive desde 1981.

Fidel nació en el municipio de San Juan Ixtepec, Oaxaca. Hijo de padres mixtecos, campesinos y jornaleros como él, conserva orgulloso su lengua original. Aprendió a hablar español en el trayecto a partir de los siete años, cuando, en 1977, la familia emigró de su comunidad a los campos agrícolas del noroeste del país. Aunque sólo pudo estudiar un año de primaria, la vida le ha enseñado múltiples oficios.

El primer destino familiar fue Villa Juárez, Sinaloa, donde se pizcaba tomate. De allí fueron a recoger algodón en San Juan de los Planes, Baja California Sur. Dormían al aire libre, apenas resguardados por unas palmas de dátiles, contando las estrellas. Fidel tiene a flor de piel el recuerdo de una noche en la que se despertaron sobresaltados cuando el piso comenzó a moverse. Al prender la lámpara de mano apareció una enorme víbora entre ellos. Como pudieron la mataron para seguir durmiendo.


Ni en ése ni en los otros campos de trabajo había módulo de salud ni medio de transporte regular ni escuela. Bebían, guisaban y se aseaban con el agua para riego agrícola. Los más pequeños pasaban los días sin educación escolar, jugando a las escondidas, a los carritos, a lo que inventaban. A los nueve años, Sánchez Gabriel jornaleó allí pizcando algodón en un costalito. Después, en Empalme, Sonora, caminaba kilómetros bajo el sol para llevarle a su padre el lonche de mediodía. A los 13 años comenzó a laborar en forma cosechando chile california, guajillo y calabazas.

En 1981 la familia se instaló en San Quintín. Un empresario les ofreció un espacio para levantar una vivienda rústica, sin tener que pagar renta, y les obsequió plásticos y madera. El nuevo hogar era un paso adelante. Sin embargo, tenía un grave inconveniente: la familia estaba a disposición del patrón.

Cuando a San Quintín llegó la trasnacional Canelos, mucha gente se fue a trabajar para allá. Los Sánchez Gabriel también. La empresa construyó galerones y cuarterías para sus trabajadores. Muy pronto, la inconformidad comenzó a crecer.

El 16 de septiembre de 1984 estalló un paro de jornaleros agrícolas organizado por la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC). El movimiento demandó aumento salarial y mejores prestaciones laborales. Duró apenas un día y medio y se levantó con un triunfo. Tiempo después se decretó en la misma compañía un segundo paro, también exitoso, por las mismas demandas que el primero. Sin embargo, los intentos de organizar un sindicato propio resultaron infructuosos, ante la complicidad de las autoridades laborales y los empresarios.

En 1985 Fidel escuchó que en Estados Unidos había mucho trabajo y hartos dólares. Junto a sus primos y tíos cruzó la frontera y llegó a Phoenix. Pero la migra andaba a todo lo que daba. Le tocaron dos corretizas. Corrió con suerte. No sucedió lo mismo con sus parientes, que fueron deportados. A los tres meses le ganó la nostalgia y regresó a San Quintín.

En 1986 la CIOAC decidió organizar a los jornaleros en forma a partir de la lucha por la vivienda. Fidel se unió al movimiento. Comenzó así una carrera ascendente dentro de la central: secretario de la colonia, secretario de acción sindical y secretario general regional.

Sánchez Gabriel participó en el PSUM y sus fusiones, el PMS y PRD. Pero a final de cuentas les dijo que no. No era lo suyo. Él quería estar en la lucha social. Finalmente se alejó del partido. Decidió entonces ir a Estados Unidos a trabajar. siempre de indocumentado, sin saber hablar inglés. Lo hizo durante 18 años. Permanecía entre siete y ocho meses y luego regresaba a San Quintín para estar con su familia. En varias ocasiones fue detenido y deportado, pero nunca se dio por vencido. Siempre encontró la forma de volver a entrar. Estuvo en California, Oregon, Washington, Florida y muchos otros estados más.

En 1997 participó en un paro de pizcadores de tomate de la Coalición de Trabajadores de Immokalee. Se dijo a sí mismo: “Yo soy pizcador de tomate, esta lucha es también mía. Aquí voy”. En Mattawa, Washington, después de trabajar en la recolección de la manzana volvió a dormir como tantas otras noches, contando las estrellas. Un año después, al lado de la Unión César Chávez, consiguió vivienda digna para sus compañeros. En 2008 regresó definitivamente a San Quintín para estar con su familia.

Al llegar Enrique Peña Nieto al poder sintió el golpe de las reformas estructurales. Se decidió a frenarlas. Trató de localizar a sus antiguos compañeros. No tuvo suerte. En cambio, se topó con el Frente Popular Revolucionario y encontró con ellos hartas coincidencias. También con la Alianza de Organizaciones por la Justicia Social.

La alianza tiene año y siete meses de vida. Él tenía un diagnóstico de la situación de los jornaleros agrícolas en San Quintín y una propuesta para resolver sus problemas, que coincidían con la alianza, así que se unió a ella. El 2 y 3 de junio de 2014 se movilizaron para resolver el problema del agua. Fue un ensayo general de lo que vendría un año después.

La alianza se volcó a concientizar y organizar a los jornaleros en las colonias. Luego emplazó al gobierno del estado a resolver sus demandas laborales. Los tomaron de locos. Decidieron preparar la huelga. A finales de febrero era un rumor a voces en todo el municipio lo que se avecinaba. La gente decía: “Ya no aguantamos. Queremos ir al paro. ¿O ya se vendieron?”

El 17 de marzo la hora del paro general llegó. Con su experiencia organizativa y de vida a cuestas, Fidel, el contador de estrellas, se volvió una voz imprescindible. Acusado por la patronal de pertenecer a una organización insurgente, él responde: “No tengo fisonomía de guerrillero. No traigo armas. Mi única arma son mis manos”. A su manera, él es, ya, uno de esos personajes que aparecen en obras de Eduardo Galeano como Memoria del fuego; uno de esos que, dignamente, junto a su pueblo, hacen la historia de nuestro continente.


Luis Hernández Navarro, periodista, es coordinador de opinión y editorialista del diario mexicano La Jornada




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lunes, 20 de abril de 2015

¿Ya se volvió obsoleto el dinero? / Anselm Jappe





¿Ya se volvió obsoleto el dinero? 


Los medios y las instancias oficiales ya nos están preparando: muy pronto, va a desencadenarse una nueva crisis financiera mundial, y será peor que la de 2008. Se habla abiertamente de « catástrofes » y de « desastres ». Pero, ¿qué pasará después? ¿Cómo viviremos después del derrumbe a amplia escala de los bancos y las finanzas públicas? Argentina ya vivió esto en 2002. Posteriormente, pagando el precio de un empobrecimiento en masa, la economía argentina pudo recuperarse un tanto : pero, en este caso, se trataba de un solo país. Actualmente, todas las finanzas europeas y norteamericanas se encuentran a punto de hundirse juntas, sin salvador posible.




¿En qué momento el crack de las bolsas dejará de ser una noticia que descubrimos en los medios para volverse perceptible al pasear en la calle? Respuesta: cuando el dinero haya perdido su función habitual. O bien haciéndose raro (deflación), o bien circulando en cantidades enormes pero desvalorizadas (inflación). En ambos casos, la circulación de mercancías y servicios se hará más lenta, quizás hasta pararse por completo. Quienes poseen mercancías u ofrecen servicios ya no encontrarán a nadie con capacidad de pagarlos con dinero creíble, lo que les permitiría comprar a su vez otras mercancías o servicios. Por lo tanto, los conservarán para ellos mismos. Veremos tiendas llenas, pero sin clientes, fábricas en perfectas condiciones pero sin nadie para trabajar, y también escuelas donde los profesores dejarán de presentarse, después de llevar meses sin recibir sueldos. Entonces, nos daremos cuenta de una verdad tan evidente que ya no la veíamos: no existe ninguna crisis en la producción misma. La productividad en todos los sectores aumenta continuamente. Las superficies cultivables de la tierra pueden alimentar a toda la población del mundo, mientras los talleres y las fábricas producen incluso mucho más de lo que es necesario, deseable y sustentable. Las miserias del mundo no se deben, como en la Edad Media, a catástrofes naturales, sino más bien a una especie de hechizo que separa a los hombres de sus productos.




Lo que ya dejó de funcionar, es la “interfaz” que se impuso entre los hombres y lo que producen: el dinero. En la modernidad, el dinero se volvió la “mediación universal” (Marx). La crisis nos confronta con la paradoja fundadora de la sociedad capitalista: en ella, la producción de bienes y servicios no es un fin, sino sólo un medio. El único fin es la multiplicación del dinero, es invertir un euro o un dólar para conseguir dos. Y cuando este mecanismo se descompone, es toda la producción “real” que sufre y hasta puede bloquearse por completo. Así que, como el Tántalo del mito griego, nos encontramos frente a riquezas que, al momento de querer agarrarlas, se alejan: sólo, porque no podemos pagarlas. Esta renuncia forzada siempre ha sido el destino del pobre. Pero ahora, y es algo inédito, nos puede pasar a todos, o casi. La última palabra del mercado es dejarnos morir de hambre en medio de montañas de alimentos que se pudren, sin que nadie pueda tocarlas.




Sin embargo, los críticos del capitalismo financiero nos aseguran de que las finanzas, el crédito y las bolsas de valores no son más que verrugas sobre un cuerpo económico sano. Una vez que haya estallado la “burbuja”, habrá turbulencias y quiebras, pero al final será una sangría saludable y se podrá volver a iniciar con una economía real más sólida. ¿De veras? Hoy, conseguimos casi todo pagando. Es el caso, más específicamente, pero no exclusivamente, de la mayoría de la población que vive en las ciudades y que no podría ni alimentarse con su propia producción, ni calentarse con sus propios recursos, ni tener luz, ni curarse, ni desplazarse de manera autónoma. Ni siquiera durante tres días. Si el supermercado, la compañía de luz o el hospital dejaran de aceptar un dinero “bueno” (por ejemplo una moneda extranjera fuerte, y no los billetes impresos por el banco nacional, ya completamente desvalorizados), o si ya no hubiera mucho, llegaríamos muy pronto al desamparo más completo. De estar lo suficientemente numerosos y listos para la “insurrección”, todavía podríamos asaltar el supermercado o conectarnos directamente a la red eléctrica. Pero una vez que la tienda deje de ser abastecida y que la central eléctrica se pare por no poder pagar sus trabajadores y proveedores, ¿qué haremos? Podríamos organizar un sistema de trueque, nuevas formas de solidaridad e intercambios directos: hasta sería una magnífica ocasión para renovar el “vínculo social”. Pero, ¿quién puede creer que lo lograremos en poco tiempo y a larga escala, en medio del caos y los pillajes? Regresaremos todos al campo, dicen algunos, para tener acceso directo a las materias primas. Qué pena que durante tantos años la Comunidad Europea haya pagado a los campesinos para cortar sus árboles frutales, arrancar sus viñedos y sacrificar a su ganado... Después del derrumbe de los países de Europa del Este, millones de personas sobrevivieron gracias a algún pariente que vivía en el campo y tenía una pequeña hortaliza. ¿Quién podría decir lo mismo en Europa occidental o Norteamérica?




Quizás no lleguemos a estos extremos. Pero, incluso un derrumbe parcial del sistema financiero nos confrontaría con las consecuencias de este hecho: nos encontramos atados de pies y manos con el dinero, ya que se le encomendó la tarea exclusiva de asegurar el funcionamiento de la sociedad. Dicen que el dinero existió desde los primeros momentos de la historia. Pero, en las sociedades precapitalistas, tenía un papel meramente marginal. Sólo en las décadas más recientes hemos llegado al punto de que cada manifestación de la vida (o casi) pasa por el dinero. Ahora, este se ha infiltrado en los rincones más profundos de la existencia individual y colectiva. Sin el dinero que hace circular las cosas, somos como un cuerpo privado de sangre.




Pero el dinero sólo es “real” cuando es la expresión de un trabajo efectivamente realizado y del valor en el cual se representa este trabajo. Por lo demás, el dinero no es más que una ficción, basada exclusivamente en la confianza mutua de los actores - una confianza que puede llegar a evaporarse, tal como lo estamos viendo actualmente. Asistimos a un fenómeno que la ciencia económica no había previsto: no la crisis de una moneda y de la economía que ésta representa, creando así una ventaja para otra moneda más fuerte. El euro, el dólar y el yen están todos en crisis, y los pocos países a los cuales las agencias evaluadoras todavía atribuyen un AAA, no tendrán la capacidad suficiente como para salvar a la economía mundial. Ninguna de las recetas económicas propuestas está funcionando. En ninguna parte. El mercado libre no funciona mejor que el Estado, la austeridad no sirve más que la reactivación mediante la demanda, el keynesianismo no más que el monetarismo. El problema se ubica en un nivel más profundo.



Asistimos a una desvalorización del dinero en cuanto tal, a la pérdida de su papel, a su obsolescencia. No por una decisión consciente por parte de una humanidad por fin cansada de lo que ya Sófocles llamaba “la más funesta de las invenciones humanas”, sino por un proceso no controlado, caótico y extremadamente peligroso. Es algo así como quitarle su silla de ruedas a alguien después de haberlo privado del uso de sus piernas durante mucho tiempo. El dinero es nuestro fetiche: un dios que nosotros mismos hemos creado, del cual creemos que dependemos y al cual estamos dispuestos a sacrificar todo con tal de aplacar su ira.


¿Qué hacer? No hacen falta los vendedores de recetas alternativas: economía social y solidaria, sistemas de intercambios locales, monedas alternativas (como monedas fundantes), ayuda mutua ciudadana... En el mejor de los casos, esto sólo podría funcionar en algunos pequeños nichos, mientras alrededor lo demás sigue funcionando. Por lo menos, hay algo seguro: no es suficiente “indignarse” frente a los “excesos” de las finanzas y la “codicia” de los banqueros. Aunque ésta existe efectivamente, no es la causa, sino la consecuencia del agotamiento de la dinámica capitalista. La sustitución del trabajo vivo – única fuente de valor que, bajo la forma-dinero, es la finalidad exclusiva de la producción capitalista – por tecnologías que no crean valor, llegó a secar casi por completo la fuente de la producción de valor. Obligado por la presión de la competencia a desarrollar nuevas tecnologías, el capitalismo ha cortado la rama sobre la cual estaba sentado. Este proceso, que desde un principio es parte de su lógica fundamental, ha rebasado en las últimas décadas un umbral crítico. La no rentabilidad del uso del capital no ha podido ser ocultada sino a través de una expansión cada vez más masiva del crédito, que es un consumo anticipado de las ganancias esperadas para el futuro. Ahora, hasta esta prolongación artificial de la vida del capital parece haber agotado todas sus posibilidades.

Por lo tanto, debemos plantearnos la necesidad – pero al mismo tiempo constatar la posibilidad, la oportunidad – de salir de un sistema basado en el valor y el trabajo abstracto, el dinero y la mercancía, el capital y el salario. Este salto hacia lo desconocido puede asustar, incluso a quienes no dejan de denunciar los crímenes de los “capitalistas”. Por el momento, prevalece la cacería de los malos especuladores. Aunque no podamos sino compartir la indignación frente a las ganancias de los bancos, hay que subrayar que dicha actitud se queda muy por debajo de una crítica del capitalismo como sistema. No es de sorprenderse si Obama y Georg Soros dicen entender esta indignación. La verdad es mucho más trágica: si los bancos caen y empiezan a darse quiebras en cadena, si dejan de distribuir dinero, estamos en peligro de hundirnos todos con ellos, pues desde hace mucho tiempo se nos ha privado de la posibilidad de vivir de una forma que no sea gastando dinero. Sería bueno volver a aprenderlo. Pero, ¡quién sabe a qué “precio” esto ocurrirá!

Nadie puede decir honestamente que sabe cómo organizar la vida de decenas de millones de personas cuando el dinero habrá perdido su función. Por lo menos sería bueno admitir que ahí está el problema. Quizás, así como se perfila un después del petróleo, es tiempo de prepararnos para lo que vendrá después del dinero.




Anselm Jappe es autor de varios libros, entre los cuales Guy Debord (Barcelona, Anagrama, 1998), Les aventures de la marchandise (París, Denoël, 2003) y últimamente Crédito a muerte : la descomposición del capitalismo y sus críticos (Logroño, Pepitas de calabaza, 2011). Ha sido miembro del Grupo Krisis, al cual se debe el Manifiesto contra el trabajo