lunes, 31 de agosto de 2015

Felipe González : la impudicia de un político indecente / Marcos Roitman


(Ahora Catalunya..., este incansable rufián es que no para...  estimo que merece la pena releer el artículo, censurado en nuestro país, de Marcos Roitman. )




Para muchos, Felipe González es un ícono de la democracia española. Sin embargo, nada más alejado de la realidad. Su pasado es otro. Hoy se presenta al mundo como el abogado defensor de Leopoldo López, dirigente del partido Voluntad Popular, y del alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, elegido por la Mesa de Unidad Democrática (MUD). Ambos políticos venezolanos, imputados por participar y urdir la trama de golpe de Estado para derrocar al gobierno constitucional del presidente Nicolás Maduro.
Felipe González tiene una cara oculta. Tiene en su debe político urdir parte del proceso desestabilizador que culminó en el fallido golpe de Estado del 23-F en España, para crear un gobierno cívico-militar. También gestar la guerra sucia contra la izquierda abertzale y ETA. Siendo presidente de gobierno, entre 1983 y 1985 dio luz verde a la actuación de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). El resultado: 27 personas asesinadas y cientos de damnificados colaterales.

La historia de Felipe González está ligada indisolublemente a la evolución del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) desde los años 70 del siglo XX. La modernización política había desplazado a los viejos camisas azules y una generación de nuevos políticos tecnócratas asaltaban el poder. En este contexto, Franco nombraría en 1969 a su sucesor. El régimen tendría continuidad bajo la restauración monárquica. El elegido no sería el hijo de Alfonso XIII, don Juan, sino su nieto, Juan Carlos, saltándose la cadena sucesoria. El 20 de noviembre de 1975, Franco, tras 40 años de dictadura, moría en la cama. Su régimen sobrevivía. El 22 de noviembre de 1975 Juan Carlos I es coronado rey. En noviembre de 1976 las cortes franquistas aprueban convocar un referendo para la reforma política, a celebrarse el 15 de diciembre. Los actores de la modernización están en el poder. Adolfo Suárez preside el gobierno y una oposición tolerada se legitima. En febrero de 1977 se legaliza al PSOE y en abril del mismo año el Partido Comunista. Los interlocutores se reconocían, pero el itinerario había sido diseñado con el caudillo en vida. El objetivo, encontrar una salida negociada, redactar una ley de amnistía y punto final para salvaguardar a los dirigentes del régimen.




Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña, valedores de Franco, agradecidos por su papel en la lucha anticomunista, requerían una organización opositora fiable, capaz de negociar una vez muerto el dictador. Sus ojos se ponen en el PSOE. Partido con poca actividad durante la dictadura y considerado pro occidental. En esta estrategia, el Departamento de Estado estadounidense entra en contacto con un hombre oscuro, abogado laboralista y militante del partido: Felipe González. En poco tiempo pasaría a transformarse en una figura destacada de la transición. La operación contó con fondos y aval de los países señalados y la socialdemocracia internacional. Previamente, Felipe González y su equipo debía tomar las riendas del PSOE, en manos de la vieja guardia desde 1944. El momento idóneo, el 26 congreso, a celebrarse en la localidad francesa de Suresnes, en 1974. En dicho evento, Felipe González será nombrado secretario general, desplazando a Rodolfo Llopis. Dos años más tarde, en diciembre de 1976, el PSOE celebrará, en la clandestinidad, su 27 congreso en Madrid; radiado y televisado nadie será detenido. En ese instante, Felipe González, aclamado por el partido, se convierte en el hombre de Estados Unidos en España y el interlocutor de la socialdemocracia europea para América Latina. En 1982 su partido obtendrá mayoría absoluta, siendo elegido presidente de gobierno. Allí se quita su careta. En medio de la guerra contrainsurgente en Centroamérica, declara: Habría que ayudar a Estados Unidos a encontrar la dimensión positiva de su liderazgo en América Latina. Y de paso no sorprender nunca a la administración Reagan en las decisiones que tomara el Ejecutivo.



Su periplo por América Latina no tiene desperdicio. En su currículum debemos destacar la relación con el entonces miembro de la Junta Militar Argentina, almirante Eduardo Massera, para crear el partido Democracia Social, integrado a la Internacional Socialista. Maniobra que fracasó estrepitosamente, no sin antes González presentar a Massera como socialdemócrata. Dichos datos salieron a la luz en la causa instruida por el juez Garzón contra la dictadura Argentina. Publicitados por el equipo Nizkor y el periódico argentino La Nación. Durante la dictadura de Videla, Felipe González condecoró a varios militares. Entre otros, al almirante Rubén Franco, condenado posteriormente a 25 años de cárcel por participar en el secuestro y apropiación de hijos de desaparecidos, con la Gran Cruz de la orden del merito aeronáutico. Asimismo, no tuvo escrúpulos en convertirse en fiador para la venta de armas a las dictaduras latinoamericanas. Sólo en el Chile de Pinochet, entre morteros, lanzacohetes, ametralladoras, aviones de entrenamiento, helicópteros, en el año 1983, los beneficios superaron los 80 millones de dólares. No es de extrañar que pidiera la libertad de Pinochet con tanto ahínco tras su detención en Londres, sin olvidar que en los años 80 recomendó a Ricardo Lagos que fuese Pinochet el timonel de la transición. La visita de ministros de Pinochet a España para asesorar las privatizaciones, la reforma laboral y abrir las puertas a Telefónica, Iberdrola, Endesa, Repsol, Santander, BBVA, en Chile fue una constante. Financió la contra nicaragüense, apoyó el informe Kissinger y negó apoyo al FDR-FMLN en El Salvador. Tras su salida de la política se transformó en asesor de lobbys y empresas trasnacionales españolas, estadounidenses y europeas, entre otras de venta de armamento, obteniendo pingües beneficios. Además de asesorar empresarios latinoamericanos para esquilmar sus riquezas, entre los que destaca Carlos Slim.





Ahora se presenta como un demócrata comprometido con las libertades en América Latina. Nunca lo estuvo ni lo estará. Mientras cultiva su hobby, comprar y diseñar joyas, alienta la desestabilización de golpistas. No puede ser de otra forma. Siempre revoloteó en su nido. Estados Unidos se lo agradece. Su impudicia no tiene límite.

Marcos Roitman



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sábado, 29 de agosto de 2015

Ferlosio, Morán, Gramsci...




(Sociedad de consumo) ¡Ese intenso y vicioso placer de embelesarme largamente con la frente apoyada en el cristal de los escaparates de las ferreterías, soñándome comprador de tantas fascinantes cosas: herramientas, masillas, accesorios, herrajes, aparatos, pegamentos, que este cliente fingido para el caso forzosamente necesitaría… hasta que al cabo me aparto despertando a la tal vez melancólica evidencia de que siendo el que creo que soy cuando no sueño no me hacen ni puta falta para nada!”

(Rafael Sánchez Ferlosio)





En año tan tardío como 1982, el editor de Ruedo Ibérico, José Martínez, escribió: “La Universidad de Verano (Menéndez Pelayo) es una gran puta con la que todos nos hemos acostados”. Aunque no sea exacto ese “todos”, la afirmación del tan veterano opositor y ácrata confirma el atractivo del “primer comedero intelectual de España”.

(Gregorio Morán, “El cura y los mandarines”)





"Ocupan la posición de adjudicadores de premios y castigos"


(Gramsci)


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jueves, 27 de agosto de 2015

Samuel Beckett bajo influencia / John Banville





Samuel Beckett bajo influencia 

El escritor irlandés John Banville analiza la perdurable fascinación que sentía Beckett por la pintura de Cézanne o Poussin y de qué manera otros artistas, como Caspar David Friedrich, pudieron inspirarlo para crear una de las obras más innovadoras del siglo XX.



Si bien los grandes escritores modernistas del siglo XX se caracterizaban por su erudición artística, Samuel Beckett era más erudito que la mayoría. Leía profusamente en media decena de lenguas y conocía casi toda la literatura occidental, desde los clásicos hasta sus contemporáneos. También sentía un profundo amor por la música, sobre todo la de Schubert, y era un pianista entusiasta. Pero era la pintura lo que más pasión le generaba, y el interés que le despertaba era, según las palabras de su biógrafo, James Knowlson, “muy serio y perdurable”.

En ese terreno Beckett era, como en todo, exhaustivo. Knowlson sugiere que su capacidad de detectar hasta las afinidades más sutiles entre pinturas de diferentes autores y períodos indica que tenía una memoria fotográfica. Su amigo, el pintor Avigdor Arikha, dijo, según cuenta Knowlson, que Beckett “podía pasar una hora frente a una sola pintura, observarla con intensa concentración, saborear sus formas y colores, leerla, absorber hasta su más mínimo detalle”.

Dada esa capacidad de concentración, no es extraño que pasara buena parte de su tiempo en las grandes galerías, en especial en los primeros años. Hasta solicitó –sin éxito– un empleo como curador asistente en la National Gallery de Londres, y cuando vivió en la ciudad durante casi dos años tras la muerte de su padre, en 1933, la National era un lugar que visitaba de forma habitual. Se encontraba en Londres para someterse a un tratamiento prolongado con el famoso psiquiatra W.R. Bion, y sin duda la tranquilidad de las galerías de Londres –además de la National estaban la Tate, la V&A, la Wallace Collection y Hampton Court– y la belleza de las pinturas constituían un bálsamo para su alma atormentada.

Le gustaban en particular Poussin y los maestros holandeses de la Edad de Oro, además de, por supuesto, Caspar David Friedrich, cuya pequeña pintura “Dos figuras contemplando la luna” fue una de las fuentes de inspiración para Esperando a Godot. Por momentos, sin embargo, Beckett el innovador e iconoclasta artístico daba muestras de una violenta impaciencia ante la seguridad y el aplomo de pintores a los que tenía en gran estima. En 1934, después de ver los Cézanne de la colección de la Tate, le escribió a su amigo Thomas MacGreevy, que se convertiría luego en director de la National Gallery de Dublín: “Qué alivio el Mont Ste. Victoire después de tanto paisaje antropomórfico: van Goyen, Avercamp, los Ruysdael, Hobbema, hasta Claude…”, en relación con cuyo trabajo el de Cézanne está “vivo como lo están un regazo o un puño”.

En ese momento, Beckett buscaba con desesperación una salida del impasse artístico en el que estaba atrapado y del que no empezaría a escapar hasta la famosa revelación –en el muelle Dun Laoghaire una noche tormentosa al final de la guerra, que se describe a medias en La última cinta de Krapp (en realidad, como Beckett le insistió a Knowlson que aclarara, no fue en Dun Laoghaire sino en la habitación de su madre donde experimentó la “revelación”)–, cuando por fin comenzó a “escribir las cosas que siento”.

“Comprendí que Joyce había avanzado todo lo posible en la dirección del mayor conocimiento, en el control del propio material. Siempre estaba sumándole cosas; no hay más que ver sus pruebas para comprobarlo. Comprendí que mi camino estaba en el empobrecimiento, en la falta de conocimiento y en la eliminación, en restar más que en sumar.”

Como bien destaca Knowlson, “al definir lo que veía como el reconocimiento de Cézanne de que el paisaje no tenía relación alguna con el hombre, que el hombre le era por completo ajeno (Beckett) definía un punto de vista que tenía una emocionante similitud con el suyo...” En otra carta a MacGreevy, Beckett escribió:

“Lo que siento en Cézanne es precisamente la ausencia de una relación que estaba muy bien para Rosa o Ruysdael, para quienes el modo animista era válido, pero que habría resultado falsa en él, dado que percibía su inconmensurabilidad no sólo con vida de un orden tan diferente como el paisaje, sino hasta con la vida de su propio orden, hasta con la vida (…) como algo que operaba en él.”
La realidad de esa “inconmensurabilidad” general, del lugar del hombre como figura en un paisaje –una mera figura en un paisaje hostil o por lo menos indiferente– era que, como descubrió esa noche en el muelle en la tormenta o por la tarde en la habitación de su madre, tenía que encontrar una forma de afirmarse en su trabajo con pleno reconocimiento de la amarga ironía implícita en ese esfuerzo de afirmación.

La paradoja, sin embargo, es que, a su manera, Beckett era un paisajista de la vieja escuela. No suele destacarse la inteligencia y la ternura con que Beckett escribe sobre la naturaleza. Hasta en los pasajes de humor negro de Watt, la novela que publicó después de la guerra y que probablemente sea el primero de sus trabajos que la “revelación” estructura, hay partes de extraordinaria belleza y hasta de encantadora simplicidad como este, en el cual el misterioso caballero de “exquisito delantal de género verde”, que hace una “breve declaración” de veintiséis páginas de corrido, parece abandonar la confiable diversidad de la naturaleza, pero logra plasmar el ciclo de las estaciones con el afectuoso detallismo de un Hobbema o un Ruysdael, o hasta de un Brueghel:

“Los crocus y el alerce reverdeciendo cada año una semana antes que los demás y las pasturas rojas de placentas de oveja no comidas y los largos días de verano y el heno recién segado y la paloma por la mañana y el cuclillo por la tarde y la codorniz al crepúsculo y las avispas en el dulce y el olor del tojo y el aspecto del tojo y las manzanas cayendo y los niños caminando en las hojas muertas y el alerce poniéndose marrón una semana antes que los demás y las castañas cayendo y los vientos aullando y los cascos sobre el camino y el cartero escuálido silbando Las rosas florecen en Piacardía y la lámpara común de aceite y por supuesto la nieve y sin duda el aguanieve y dios te bendiga el barro y cada cuatro años la debacle de febrero y las interminables lluvias de abril y los crocus y luego todo el maldito asunto volviendo a empezar.”

Podrían encontrarse peroratas similares y hasta de una ternura más triste incluso en los últimos trabajos más austeros. En momentos en que defendía el severo minimalismo de su amigo el pintor holandés Bram van Velde, en su propio trabajo producía algunas de las celebraciones más exuberantes del mundo natural, como en las tres novelas de la trilogía y en piezas como De un trabajo abandonado. Incluso sobre el final, luego de los estudios áridos y deshumanizados de la década de 1970, volvió, en Compañía, al mundo primaveral de su infancia al pie de las montañas de Dublín y, en la belleza sobrecogedora de Mal visto mal dicho, al paisaje invernal nevado en torno de su cabaña en el campo en Ussy sur Marne. En esos trabajos, el mundo animal y vegetal se presenta con brillante economía de recursos:

“Y que corderos. Ni rastros de retozo. Manchas blancas en la hierba. Lejos de las ovejas distraídas. Inmóviles. Luego un apartamiento momentáneo. Luego inmóviles otra vez. Pensar que hay vida inmóvil en esta época. Suavemente suavemente.”
Ni el propio Cézanne podría haberlo hecho mejor.

(c) John Banville
Traducción: Joaquín Ibarburu


martes, 25 de agosto de 2015

Dices tú de puertas giratorias: Goldman Sachs – OTAN Corp. / Manlio Dinucci





Goldman Sachs – OTAN Corp. 


Goldman Sachs, el banco de negocios más poderoso del mundo, acaba de contratar al ex secretario general de la coalición militar más poderosa de la historia: la OTAN. Aunque algunos sólo querrán ver en ello una especie de “jubilación dorada”, los hecho nos muestran que no es la primera vez que algo así se produce: Goldman Sachs y la OTAN ya mantuvieron una “fructífera” colaboración durante la guerra contra Libia.

Después de haber sido secretario general de la OTAN (bajo las órdenes de Estados Unidos), desde 2009 hasta 2014, Anders Fogh Rasmussen acaba de ser contratado como consultante internacional por Goldman Sachs, el banco de negocios más poderoso de Estados Unidos.

Es prestigioso el curriculum de Rasmussen. Como primer ministro de Dinamarca (de 2001 a 2009), se dedicó a «la ampliación de la Unión Europea y de la OTAN contribuyendo a la paz y la prosperidad en Europa». Como secretario general de la OTAN, representó a la alianza atlántica en su «pico operativo con 6 operaciones en 3 continentes», entre ellas las guerras contra Afganistán y Libia. Además, «en respuesta a la agresión rusa contra Ucrania, reforzó la defensa colectiva a un nivel sin precedentes desde el fin de la guerra fría».

También apoyó la «Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP)» (también conocido como Área de Libre Comercio Transatlántico o TAFTA, según sus siglas en inglés. NdT.) entre Estados Unidos y la Unión Europea, base económica de una «comunidad transatlántica integrada».

Rasmussen presenta por lo tanto aptitudes inestimables para Goldman Sachs, cuya estrategia es simultáneamente financiera, política y militar. Después de años de trabajo en Goldman Sachs, los dirigentes y consultantes de este enorme banco estadounidense han ido a ocupar puestos claves en el gobierno de Estados Unidos y en los de otros países. Entre ellos se encuentran Mario Draghi –quien fue gobernador del Banco de Italia y ahora es presidente del Banco Central Europeo (BCE)– y Mario Monti –designado en 2011 como jefe del gobierno italiano por el presidente Napolitano.

Así que nada tiene de sorprendente que Goldman Sachs se suba las mangas para participar en las guerras de la OTAN. Por ejemplo, en la guerra contra Libia, donde primeramente se apropió –provocando pérdidas ascendentes al 98%– de fondos públicos por un monto de 1 300 millones de dólares, fondos que el gobierno libio le había confiado en 2008. En 2011, Goldman Sachs participó también en el saqueo de los fondos soberanos libios (estimados en unos 150 000 millones de dólares) que Estados Unidos y la Unión Europea «congelaron» en el momento de la guerra. Actualmente, para administrar a través del control del Central Bank of Libya los fondos provenientes de las nuevas exportaciones de petróleo, Goldman Sachs se dispone a desembarcar en Libia en el marco de la operación que Estados Unidos y la OTAN ya tienen proyectada, bajo la bandera de la Unión Europea y la «conducción italiana».
Basándose en una lúcida «teoría del caos», se explota la situación de caos provocada por las guerras contra Libia y Siria, instrumentalizando y canalizando hacia Italia y Grecia –dos de los países más débiles de la Unión Europea– el trágico éxodo de migrantes que huyen de esas guerras. Este éxodo sirve como arma de guerra sicológica e instrumento de presión económica para demostrar la necesidad de realizar una «operación humanitaria de paz» cuyo verdadero objetivo es ocupar militarmente las zonas estratégica y económicamente más importantes de Libia. Al igual que la OTAN, Goldman Sachs contribuye activamente a la estrategia de Washington, que quiere disponer de una Europa sometida a Estados Unidos.

Después de haber contribuido, mediante la estafa de los préstamos subprimes, a desatar la crisis financiera, que posteriormente se extendió a Europa desde Estados Unidos, Goldman Sachs especuló sobre la crisis europea aconsejando «a los inversionistas sacar provecho de la crisis financiera en Europa» [1].




Según investigaciones debidamente documentadas en 2010-2012 por medios como Der Spiegel, el New York Times, la BBC y Bloomberg News, Goldman Sachs también “disfrazó”, mediante complejas operaciones financieras –como «préstamos camuflados» bajo condiciones draconianas y venta de «títulos tóxicos estadounidenses»– el verdadero monto de la deuda griega. En este caso, Goldman Sachs maniobró con más habilidad que Alemania, el Banco Central Europeo y el FMI, que no han sabido esconder el yugo que pusieron al cuello de Grecia.

Al reclutar a Rasmussen, con la red internacional de relaciones políticas y militares que este personaje ha tejido durante sus 5 años como secretario general de la OTAN, Goldman Sachs refuerza sus posibilidades de influencia y de penetración.

Manlio Dinucci



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lunes, 24 de agosto de 2015

Un pecio de Ferlosio




(¿Causalidad o casualidad?) Contra más cachivaches vienen juntando los hombres para comunicarse, menos parece que tengan que decirse los unos a los otros. Aunque también es posible que nunca hayan tenido mucho que decirse y sólo ahora la sobra de medios los pone en evidencia”.

Rafael Sánchez Ferlosio


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sábado, 22 de agosto de 2015

Claves internacionales de Podemos: la delgada línea floja. / Ángeles Díez





 Claves internacionales de Podemos: la delgada línea floja. 


Son muchos los sectores sociales que, embargados por la esperanza de que algo cambie en el panorama político del Estado Español o fascinados por la irrupción performativa de un look juvenil, justifican las variaciones en el discurso del líder de Podemos afirmando que se trata de habilidad política para ganar votos, es decir, de meros recursos discursivos necesarios para competir y ganar en el campo electoral. Así, renegar de las relaciones con Venezuela, ponerse una kipá, símbolo judío, en Jerusalén, justificar la no participación en la marcha contra la base militar de la OTAN en Rota, o, más recientemente, declarar su intención de entrevistarse con el embajador de Estados Unidos, son vistos por los miembros y simpatizantes de Podemos como un camino necesario hacia la conquista del parlamento, contradictorio sólo en la superficie, y coherente con el objetivo último de ganar las elecciones. Otros consideran que los cambios de discurso, especialmente en relación con Venezuela, son una traición a los ideales iniciales que defendían los promotores de Podemos. Finalmente, hay quienes estiman que los nuevos posicionamientos internacionales del partido de Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias muestran la verdadera realidad de una fuerza política creada ad hoc sobre una estructura ideológica que, frágil y posmoderna, permite estos virajes en función de la coyuntura.


Para analizar cuánto hay de cierto o de equivocación en estas opiniones, así como para caracterizar un hecho mediático-social como Podemos en uno de sus aspectos más sintomáticos (su posicionamiento internacional), es necesario partir de las acciones objetivas que les dan sentido, es decir, que nos permiten comprender el por qué (los fines) y el cómo (los medios) de este partido. Considerando los hechos, tenemos una formación política cuyos promotores analizaron previamente la situación del mercado electoral y encontraron un vacío susceptible de ser llenado. Las movilizaciones masivas del 15 de mayo de 2011, las distintas mareas (movilizaciones sectoriales), las marchas por la dignidad, la desafección política que mostraban los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), todo apuntaba a una creciente deslegitimación del sistema político y de sus estructuras administrativas. El diagnóstico más superficial estableció que las demandas sociales se dirigían mayoritariamente a un sistema político incapaz, ya en esos momentos, de dar una mínima respuesta que aplacara la “indignación” social. Los casos de corrupción, la transferencia de la deuda privada al Estado, dando lugar a su quiebra técnica, el paro galopante y la falta de expectativas dirigían el descontento social de forma recurrente hacia el sistema político.





Para el grupo promotor de Podemos se planteó un fin nítido desde el inicio, es decir, desde el mismo momento en que se vislumbró la oportunidad de incursionar en la arena electoral: capitalizar el descontento social convirtiéndolo en triunfo electoral.

Ese objetivo quedó claramente expuesto y fue reiterado constantemente por su secretario general, Pablo Iglesias: “Nuestro objetivo es ganar”, repitió una y otra vez. Sus precocinadas y estereotipadas intervenciones buscaron la sintonía con los espectadores de las tertulias, estableciendo analogías con el deporte rey, el fútbol (58). La identificación con Diego Pablo Cholo Simeone, el entrenador del Atlético de Madrid, le permitió manejar una construcción de sentido simple y ya interiorizada, adaptada al medio televisivo, a saber, un equipo con menos recursos que los demás, con menos estrellas futbolísticas, que se plantea ganar partido a partido, y que entona el lema “sí se puede” y, en definitiva, despierta ilusión por ganar.


Cuando el líder mediático de la nueva formación apareció en público tras el éxito electoral en las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014, algunos se sorprendieron de su cara compungida diciendo “no es suficiente… nosotros queremos ganar”. En ese momento estaba expresando de forma sencilla lo que tantas veces había repetido como tertuliano en los shows televisivos: ganar, ganar, ganar…. ¿Ganar qué? La puesta en escena, los recursos simbólicos, todo al servicio de un objetivo que en ese momento se trasladaba de las elecciones europeas a las generales del Estado español. En el blog de Pablo Iglesias -es imposible distinguir si se trata de un blog personal o del de su partido- se afirmaba tras las elecciones europeas: “Esto es sólo el principio”, “por ahora nosotros no hemos cumplido nuestro objetivo de superarles” (59), “Podemos no nació para ocupar un papel testimonial. Nacimos para ir a por todas”, “nuestro objetivo es ganar las elecciones y gobernar” (60). El entrevistador Jordi Évole afirmó que el secretario general de Podemos, tras las elecciones europeas, "nos dijo una cosa con la que yo flipé: que si no ganaba las elecciones (generales) se iba, que había venido a ganar y que, si no ganaba y se quedaba de diputado cuatro años, igual le veían como uno de la ‘casta’" (61). 


Partiendo de este objetivo explícito y sin dobleces cobran sentido las idas y venidas, las ambigüedades, los silencios y las declaraciones de la dirección de Podemos en materia internacional. Es la razón instrumental puesta al servicio de unos fines previamente definidos por el “líder carismático”. Este fin será el que determine los medios necesarios para lograrlo y el que articule todos los recursos técnicos y humanos disponibles (redes sociales, herramientas informáticas, organizaciones sociales, movimientos vecinales…). La racionalidad se supedita a un único objetivo, ganar las elecciones generales, y articula y dota de sentido a la acción política de Podemos, incluida la internacional.



La visita a Jerusalén y el escudo de la ignorancia
Una de las acciones más controvertidas de la estrella de Podemos, Pablo Iglesias, fue la visita a Israel. En el marco del viaje de una delegación de parlamentarios de la Izquierda Unitaria europea, realizado con la intención de evaluar los daños causados en Gaza por la agresión israelí, el parlamentario que acaparó la mayor atención fue el secretario general de Podemos. La visita de un grupo de europarlamentarios a Gaza se convirtió por arte mediático en la visita de Pablo Iglesias. A quien se negó la entrada en Gaza fue, según los medios, al parlamentario de Podemos y la imagen y las declaraciones que inundaron todos los medios internacionales fueron también las suyas.


Aparentemente, la posición de Podemos respecto al conflicto israelí-palestino era, en correspondencia con la imagen de radicalidad construida por los sectores conservadores, favorable a la posición palestina. Aparentemente también, las declaraciones de Pablo Iglesias reforzaban esta construcción. Sin embargo, la estrella de Podemos apareció con una kipá en el muro de las Lamentaciones en el Jerusalén ocupado y ante el gran revuelo que causó en los medios palestinos y de solidaridad (62) alegó “desconocer” el significado de este símbolo judío.


La ambigüedad calculada es parte sustancial de la dirección del partido que, a pesar de ser acusado de “radical de izquierdas” por los sectores más reaccionarios del espectro político, no ha realizado ninguna declaración que avale esta imagen de radicalidad y siempre se ha movido en el ámbito de lo políticamente correcto. En el caso del conflicto palestinoisraelí, las declaraciones se han centrado en la legalidad y el respeto de los derechos humanos, como han hecho la mayor parte de los partidos y gobiernos conservadores. Sin embargo, algunas declaraciones de Pablo Iglesias, de sus círculos, así como del partido nodriza de Podemos (Izquierda Anticapitalista) en relación con las llamadas “revoluciones árabes”, han dejado traslucir, para quien haya querido verlo, un alineamiento con la posición la comunidad internacional.





La trayectoria personal de Pablo Iglesias nunca ha estado marcada por su solidaridad con la causa palestina, ni en su condición de alumno ni en la de profesor interino. En esa visita llegó a comparar a los palestinos con la resistencia de los judíos en el gueto de Varsovia, contradiciendo así sus declaraciones sobre la no equidistancia en relación al conflicto: "Los que estamos con los héroes judíos que defendieron el gueto de Varsovia con cócteles molotov tenemos que estar con el pueblo palestino" (63). Aunque de nuevo es una afirmación que parece favorable a la causa palestina, la realidad es que el complemento de la oración principal, sobre el que recae la acción, son los judíos, a los que además trata de héroes, mientras que en la oración subordinada el complemento no es la resistencia palestina sino el pueblo palestino. Por supuesto que Pablo Iglesias omitió en todas sus declaraciones hablar de la ocupación israelí y del derecho internacional a la resistencia en situaciones de ocupación. Apoyar el boicot a Israel mientras no se cumplan las resoluciones de Naciones Unidas no significa necesariamente denunciar la ocupación, las torturas, los encarcelamientos masivos, el apartheid… En esta misma línea es sin duda relevante que poco antes el Círculo de Científicos de Podemos rechazase apoyar el boicot a Israel utilizando la misma argumentación que las autoridades españolas que apoyan al Estado sionista.


Por otro lado, hay que tener en cuenta que el partido que dio cobertura al nacimiento de Podemos y cuya militancia fue obligada a disolverse después del triunfo de la estructura vertical defendida por Pablo Iglesias, Izquierda Anticapitalista, tomó posición a favor de las intervenciones imperialistas, por ejemplo en Libia. Fueron significativas las declaraciones de Esther Vivas, en tanto que portavoz de Izquierda Antcapitalista, en apoyo de la supuesta “revolución del pueblo” contra Gaddafi y de la mano de la afirmación de que la izquierda anticapitalista tenía que luchar para que nuestros gobiernos suministrasen a los rebeldes, sin imponerles condiciones, armas y los fondos de la fortuna de Gaddafi en el extranjero (64). 




América Latina y el estigma de Venezuela
A finales de septiembre de 2014 dirigentes de Podemos emprendieron su primera gira internacional tras la obtención de cinco eurodiputados por el nuevo partido. El viaje tenía como destino Bolivia, Ecuador y Uruguay. En este periplo de apenas una semana -tiempo más bien escaso para un intercambio profundo de experiencias pero sin duda suficiente para un objetivo puramente publicitario- sorprendió que Venezuela se cayera de la agenda.
A pesar de las campañas iniciales, y por distintas razones, ni Bolivia ni Ecuador ni Uruguay tienen tan mala prensa ni son tan furibundamente agredidos por los medios y sus periodistas. En el caso de Bolivia, su presidente es tratado con desprecio e incluso racismo, pero no se nos presenta como un líder peligroso. En el caso del presidente de Ecuador, Rafael Correa, su habilidad para desenvolverse con los periodistas españoles, su atractivo mediático y los datos exitosos de sus medidas económicas lo han resguardado de la estigmatización.

Por otro lado, el presidente Correa expresó públicamente su sintonía y apoyo a la dirección y propuestas de Podemos. Uruguay es un país muy pequeño, con poco más de tres millones de habitantes, poco significativo para los “intereses españoles” y con un presidente sencillo y bonachón. Estos tres países podían funcionar en el imaginario de la ciudadanía como la representación más próxima a la publicidad electoral de Podemos: gobernar a favor de los pueblos.
Respondiendo al objetivo propagandístico y mediático con el que fue diseñado este viaje, Venezuela tenía que quedar necesariamente fuera del programa. 
No es casualidad que para los medios masivos, de cualquier ideología, sea Venezuela el objetivo de todos los ataques. Desde el mismo momento en que Hugo Chávez ganó las elecciones convirtiéndose en presidente, Venezuela inició un proceso de radical transformación en su vida interna y en las relaciones con los países latinoamericanos. La integración regional tomó un impulso sin precedentes con la creación del ALBA, la CELAC y Petrocaribe. Así, Venezuela lidera un proyecto complejo y diverso de carácter soberanista, es decir, de independencia nacional y regional. La guerra mediática contra el gobierno venezolano tiene alcance global y, una vez que Estados Unidos parece haber aliviado la presión sobre Cuba, Caracas se convierte en el objetivo prioritario. Hace tiempo que la opinión pública ha sido ya moldeada con un rechazo agresivo hacia Venezuela.

Desde el punto de vista de la razón instrumental que orienta todas las acciones de Podemos (el triunfo electoral), Venezuela no podía figurar en la agenda de Podemos. 
En la entrevista que hizo Berto Romero a Jordi Évole, el periodista de La Sexta que había entrevistado a su vez a Pablo Iglesias, Évole le dijo que habían sugerido a Iglesias que el encuentro se realizase en Venezuela. El dirigente de Podemos respondió: “Hombre, me va a traer problemas porque la asociación Podemos-Venezuela o Pablo Iglesias-Venezuela no nos va muy bien, porque el estigma que tiene Venezuela es muy potente” (65). Parece claro que Venezuela no da votos a Podemos sino todo lo contrario. El esfuerzo por el distanciamiento ha sido constante. Y todo ello a pesar de que la mayoría de los dirigentes venezolanos ven el ascenso de Podemos como una oportunidad para corregir una política española beligerante contra su país. Parece difícil que, en el supuesto de un gobierno de Podemos, la dirección del partido emprenda una aproximación o intente modificar el estigma que es dominante entre sus bases y electores. De modo que no es tan evidente que dicho distanciamiento sea tan sólo instrumental.
De hecho, la respuesta de Pablo Iglesias a la esposa del golpista venezolano Leopoldo López, de gira por Europa para recabar apoyos para su marido y contra el gobierno de Venezuela, se encuadró dentro de la aceptación del estigma. Lilian Tintori le pidió ayuda a Pablo Iglesias y éste le contestó que le remitiese la documentación de su caso (66). La seguridad con la que Tintori afirmó que pronto contaría con el apoyo del secretario general de Podemos estaba sustentada, no sólo en el tipo de respuesta que obtuvo, sino en el conocimiento del lastre que para Podemos suponía el vínculo precedente con el gobierno venezolano.
En el recorrido latinoamericano los dirigentes de Podemos transmitieron un discurso dirigido a rebajar cualquier rasgo revolucionario de los gobiernos visitados. Manifestaron que no se trataba de copiar, sino de ver cómo se puede “gobernar de otra forma”, e insistieron en “el crecimiento económico” de esos países. Así, el mensaje de esas visitas fue: no son países peligrosos, ni siquiera revolucionarios. Han conseguido redistribuir y crecer gobernando de otra forma. La gira cumplió sobradamente los objetivos publicitarios deseados (67). Incluso incorporó un nuevo valor añadido: el de un virtual “presidente de Gobierno” reuniéndose con otros presidentes.




El amigo americano: las bases dan trabajo
La intervención norteamericana en la política española ha sido un hecho corroborado por diversas investigaciones, una de las más contundentes de las cuales es la de Joan Garcés titulada Soberanos e intervenidos (68). Si esa intervención está ampliamente documentada para el período de la transición, en estos momentos un velo de ignorancia parece ocultar las más claras evidencias.
Apenas pudimos conocer que en 2013 el embajador estadounidense, Alan D.
Solomont, recomendó un pacto PP-PSOE para salir de la crisis moral en la que había entrado España con la corrupción. Sin duda un desliz que dejaba traslucir el interés y la influencia de Estados Unidos en la sombra. De nuevo aparentemente, el posicionamiento de Podemos respecto a la potencia imperial es coherente con una ideología que ofrece al gran público lo que quiere oír al tiempo que las acciones se dirigen hacia lo que interesa al partido. En general, y como quiera que en relación con Estados Unidos cualquier declaración es comprometida, la estrategia es “el regate”. En una entrevista concedida a la Cadena SER, y al ser preguntado directamente por su posición respecto de la OTAN, afirmó que si fuera presidente del gobierno intentaría sacar a España de la Alianza, pero que en cualquier caso convocaría un referéndum para que “España decidiera”. Como hizo Felipe González en su día, el secretario general de Podemos hace gala de un discurso bipolar que trata de conciliar el patriotismo españolista con la razón de Estado y la subordinación a los intereses extranjeros. Cuando los discursos se elaboran a golpe de encuesta y de estudios de opinión no es tan fácil contentar a todos. De ahí la bipolaridad que marea tanto a los analistas que no pueden encontrar la coordenada que da coherencia a las declaraciones. Detectado el nerviosismo internacional respecto a las que serán las directrices políticas de Podemos en materia de relaciones exteriores, en una entrevista realizada tras el triunfo electoral de Syriza, Pablo Iglesias afirmó que alguien del partido ya había hablado con el embajador de Estados Unidos y que él lo haría próximamente. Esta bipolaridad de los discursos, dependiente del contexto en el que se producen, se decanta habitualmente en situaciones concretas, cuando se trata de llevar a cabo algún tipo de acción; entonces son los círculos los que tienen total independencia para, por ejemplo, apoyar o no una marcha antimilitarista contra las bases militares. El Círculo Podemos Rota rechazó la invitación a participar en la XXIX Marcha a Rota argumentando que la base naval estadounidense generaba puestos de trabajo y que no existía ninguna alternativa “real” para sustituirla (69).

De modo que el posicionamiento respecto de las bases y la OTAN está en la misma línea lógica que explica los encuentros con las asociaciones de militares, con la Asociación Unificada de Militares Españoles (AUME) y con la Asociación de Militares de Tropa y Marinería (AMTM) (70). El interés de estas reuniones estriba en recoger las demandas relacionadas con las condiciones laborales. Nada que ver con cuestiones relativas a la soberanía e independencia del ejército español. Se concibe a los militares como si fueran trabajadores en un sector concreto de la economía sin prestar atención ni al papel ni a los objetivos de los ejércitos. Menos atención se presta a las voces de colectivos de militares que, como Anemoi, plantean propuestas democráticas y republicanas, y alertan sobre el carácter golpista y subordinado del ejército español.




Grecia suma votos: nosotros como Syriza
En el mitin de cierre de campaña de Syriza, de todos los parlamentarios europeos que fueron invitados y de dirigentes de partidos de izquierda ideológicamente próximos, fue el secretario general de Podemos quien salió al estrado a hacerse la foto con Alexis Tsipras. En su breve intervención apareció de nuevo la clave del patriotismo que, en la coyuntura actual, y para todos los países del sur de Europa, funciona como recurso aglutinador de la mayoría del electorado, tanto de derecha como de izquierda: “Nadie va a hacer los deberes por los griegos y nadie va a hacer los deberes por los españoles”, “tanto Samaras como Rajoy son vicepresidentes de Merkel”, “este país se merece un presidente griego, patriota, que defienda los derechos de la gente y que negocie con sentido común con los poderes financieros, y ese será Alexis Tsipras" (71).
Aunque la imagen de Syriza construida por los medios masivos es la de un partido de izquierdas, poco saben los futuros votantes de Podemos acerca del significado de ser de izquierdas en Grecia. En cualquier caso, el mensaje que se traslada con mayor fuerza es el de “un partido ganador”. El relato de lo nuevo, la juventud y el cambio se impone frente a cualquier otro imaginario. El patriotismo, la negociación y el poder de los votos aglutinan a cualquier ideología dirigida a desplazar a los que están.
Se puede concluir que las declaraciones y acciones de la dirección de Podemos en el ámbito internacional tratan de buscar su homologación como “partido de Estado”, es decir, están dentro de lo políticamente correcto. Independientemente de las acciones futuras, la probabilidad que se desprende de los discursos actuales apunta hacia una opción conservadora, garante de la institucionalidad en la que se inscribe y de la legalidad internacional, con el único valor añadido de un relevo generacional y un mejor posicionamiento de cara a futuras negociaciones con la troika.

El objetivo de ganar las elecciones establece el eje sobre el que se articulan las relaciones internacionales del nuevo partido y su dirección, así como las acciones que se desprenden de ellas. Esta razón instrumental produce una inversión entre medios y fines: los medios pasan a ser fines que a la vez son medios de otros fines que sucesivamente devienen medios en una cadena teleológica que no tiene término y en la que se pierden los fines últimos. Es decir, las elecciones, que son concebidas como un medio (instrumento) para tener poder, se convierten en fines en sí mismas y después nuevamente en medios para construir un partido, y el partido en medio para llegar al gobierno y el gobierno en un medio para… Existe, pues, una gran coherencia entre las declaraciones relativas a la política internacional de Podemos y las de ámbito nacional si las analizamos desde la perspectiva del juego electoral. Reglas y poderes fácticos son los elementos que realmente definen el sentido de la política. De ahí que llegar al gobierno no signifique tomar el poder y que no parezca probable que dependa de la voluntad de la dirección de Podemos modificar sustancialmente su posicionamiento internacional.

Ángeles Díez Rodríguez



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jueves, 20 de agosto de 2015

Gregorio Morán, “El cura y los mandarines”





“Posiblemente la más popular de las canciones españolas de los años cuarenta se decía “Santander” y era un bolero. La letra iba preñada de declaraciones sobre sus virtudes y los bellos recuerdos… “Santander es la novia del mar”, donde “las estrellas se van, pero vuelven después, en tu cielo a brillar”. La música, pegadiza y eficaz, la había compuesto el pianista Enrique Peiró, pero quien la haría popular era un cantante delgado, con bigote y cara de hambre; la misma que se le ponía entonces a mucha gente cuando se retrataba.

Se hacia llamar Jorge Sepúlveda. Nombre artístico del valenciano Luis Sancho Monleón, sargento del derrotado ejército republicano, que había salido del campo de concentración de Albatera y tras intentarlo en muchos trabajos logró al fin uno que iba a transformar su vida. Cantante de música ligera. Cambió de nombre, cambió de identidad, y nunca más, hasta su muerte, nadie recordó, ni él quería, ese pasado con muchas ganas de pasar y dejarlo atrás. Santander fue su canción, la suya y la de casi toda España durante muchos años, hasta el punto que memoria y melodía, y hasta Jorge Sepúlveda, se unían en el recuerdo de una época.

Porque coinciden muchas cosas que hacen de Santander una singularidad dentro del mundo bronco, grisaceo y nada deslumbrante del primer franquismo. Primera y principal, Santander es la última capital del norte de España en dejar de ser republicana, hecho de singular significación tratándose de una ciudad levítica y muy conservadora, sin universidad (la de Verano había sido y volvería a ser un remedo para mandarines) y con un peso de la tradición que se manifiesta tanto en su economía –dominada por las grandes familias de los Quijano, Botín, Bustamante…- como en su cultura, del novelista e industrial del jabón José María de Pereda, el erudito don Marcelino Menéndez Pelayo, auténtico creador del canon neocatólico, expresión que entonces designaba la versión más reaccionaria del pensamiento de la Iglesia.

Pero Santander, que aún se designaba “La Montaña”, o la “Mar de Castilla”, con ecos del conservadurismo francés más maurrasiano y una incipiente clase burguesa que miraba a Inglaterra a través del puerto de Plymunt, se declaró republicana tras el levantamiento del 18 de julio de 1936 y así se mantendría hasta vísperas de la caída del norte de la península.




Fue importante Santander durante la guerra; un lugar insólito que recogía las últimas ínfulas del nacionalismo vasco en franca derrota –el famoso pacto entre el PNV y los fascistas italianos, del verano de 1937, tendrá lugar en Santoña, a 48 kilómetros de Santander capital-, cita obligada también de los mineros asturianos tratando de impedir el aislamiento republicano en una Asturias donde los franquistas sólo habían consolidado su capital, Oviedo, pero quedaba el puerto de Gijón. Y por último, el concentrado de todos los eventuales enemigos del Frente Popular y la República de Azaña, retenidos en un barco anclado en el puerto, el “Alfonso Pérez”, que acabaría convirtiéndose en legendario proveedor de legitimidad franquista, o por mejor decir, antirrepublicana, porque allí serán asesinadas dos centenares de personas, entre linchadas y fusiladas, en sangrienta venganza por los bombardeos franquistas sobre la ciudad.

Porque la verdad sea dicha es que Santander, como La Montaña –entonces no se había inventado la novedad de denominarla Cantabria-, siempre fue considerada ciudad monárquica. No por nada la monarquía fijó allí su residencia de verano en La Magdalena desde que a Alfonso XIII le regalaron la mansión, en la época que la reina Victoria Eugenia, una sajona, introdujo los salutíferos baños de mar, tan detestados hasta entonces por las clases altas españolas, que preferían el balneario a cualquier otra bondad de la naturaleza. En Santander “las chicas bien” jugaban a los bolos y tenía fama de lugar con gentes de carácter avieso, poco dado a la simpatía, hasta tal punto que solía narrarse a los foráneos aquella conversación en el Paseo de Pereda: “No sé por qué Fulano me ha retirado el saludo, si nunca le he hecho ningún favor”.

Gregorio Morán, “El cura y los mandarines”



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martes, 18 de agosto de 2015

¿Por qué nos conviene estudiar la revolución rusa? / Josep Fontana




¿Por qué nos conviene estudiar la revolución rusa?


(…) Para los millones de europeos en 1917 estaban combatiendo en los campos de batalla, y que habían descubierto ya que esa guerra no se hacía en defensa de sus intereses, la imagen de lo que estaba pasando en Rusia era la de un régimen que había liquidado la guerra de inmediato, que había repartido la tierra a los campesinos, que otorgaba a los obreros derechos de control sobre las empresas y que daba el poder a consejos elegidos que debían ejercer de abajo arriba.

El nuevo emperador de Austria-Hungría, Carlos I, le escribía el 14 de abril de 1917 al Kaiser: "Estamos luchando ahora contra un nuevo enemigo, más peligroso que las potencias de la Entente: contra la revolución internacional". Carlos -que, por cierto, fue beatificado en 2004 por el papa Woytila- había sabido entender la diferencia que representaba lo que estaba pasando en Rusia: se había dado cuenta de que aquel era un enemigo "nuevo", que no había que confundir con lo que significaban las revueltas, manifestaciones y huelgas que se habían producido, y seguían produciéndose en aquellos momentos, en Austria y Alemania.

Porque es verdad que en los dos países se estaban produciendo tantos movimientos de protesta que hicieron nacer entre los bolcheviques rusos la ilusión, totalmente equivocada, de que la revolución se podía extender fácilmente en la Europa central. No llegó a haber una revolución ni siquiera en Alemania, que era donde parecía más inminente. Pero el miedo de que pudiera producirse fue lo que explica que a principios de noviembre de 1918 los jefes militares alemanes decidieran que habían de acabar la guerra para poder destinar las fuerzas a aplastar la revolución. Fueron los militares los que, ante la necesidad de satisfacer las exigencias que el presidente norteamericano Wilson ponía para negociar la paz, destituyeron el emperador y optaron por pasar el poder a un gobierno integrado por socialistas, con la condición, pactada previamente entre los jefes del ejército y el del Partido socialista, Friedrich Ebert, que "el gobierno cooperará con el cuerpo de oficiales en la supresión del bolchevismo".

Los temores de los militares tenían suficiente fundamentos, ya que parecía que si en algún lugar podía repetirse la experiencia soviética era en la Alemania de noviembre y diciembre de 1918, cuando en Baviera y Sajonia se proclamaban "repúblicas socialistas", y en Berlín se reunía un congreso de los representantes de los Consejos de trabajadores y de soldados de Alemania donde, entre otras cosas, se reivindicaba que la autoridad suprema del ejército pasara a manos de los consejos de soldados y que se suprimieran los rangos y las insignias. La gran victoria de Friedrich Ebert fue conseguir que el congreso de los consejos aceptara la inmediata elección de unas cortes constituyentes, que permitieron asentar un gobierno de orden y desvanecieron la amenaza de una vía revolucionaria.




Mientras tanto los Freikorps, unos cuerpos paramilitares de voluntarios reclutados por los jefes del ejército, que estaban integrados por soldados desmovilizados, estudiantes y campesinos, dirigidos por tenientes y capitanes, y que actuaban con el apoyo del ministro de Defensa, el socialista Gustav Noske, hacían el trabajo sucio de liquidar la revolución. Comenzaron reprimiendo a sangre y fuego un intento prematuro de revuelta que tuvo lugar en Berlín el 5 de enero de 1919, y que terminó con el asesinato de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburgo, y siguieron luego disolviendo violentamente los consejos de trabajadores y de soldados y liquidando la república soviética de Baviera. No se suele destacar lo suficiente la importancia que tuvo este movimiento contrarrevolucionario que se extendió por Alemania, Austria, Hungría y los países bálticos, con la estrecha colaboración de unos dirigentes políticos que estaban movidos por un terror obsesivo de la revolución rusa. Quizás os sirva para valorarlo saber que estos cuerpos llegaron a contar entre 250.000 y 400.000 miembros.

La revolución quedó así aislada en Rusia, lo que no preocupaba demasiado. Ingleses y franceses se cansaron pronto de apoyar a los ejércitos blancos que luchaban contra los soviéticos y lo dejaron correr, preocupados por reacciones como la revuelta de los marineros de la flota que los franceses habían enviado el mar Negro. Lo que realmente les preocupaba era la posibilidad de que el ejemplo soviético se extendiera a sus países: temían sobre todo el contagio. (…)


Josep Fontana





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