lunes, 25 de enero de 2016

DISCURSO / Hegel





DISCURSO
 Pronunciado por Hegel el 22 de octubre de 1818
en la apertura del curso académico en Berlín



SEÑORES:

Pues que hoy vengo a ocupar por vez primera en esta Universidad el sillón de profesor de filosofía, al cual me ha elevado el real favor, permitidme que os diga en este discurso preliminar que considero como una circunstancia dichosa y envidiable para mí haber entrado en un más vasto campo de actividad académica y haberlo hecho en el momento actual. En lo que concierne al tiempo, parecen surgir circunstancias en medio de las cuales la filosofía puede esperar atraer la misma atención, verse rodeada del mismo amor que otras veces y hacer escuchar su voz, ha poco muda y silenciosa. De una parte, eran antes las necesidades del tiempo las que daban tan gran importancia a los mezquinos intereses de la vida diaria; eran, de otra, los intereses más elevados de la realidad, las luchas que tenían por objeto restablecer y libertar el Estado y la vida política en los pueblos las que se habían apoderado de todas las fuerzas del espíritu, de la energía de todas clases, así como de todos los medios exteriores; de modo que la vida interior del espíritu no podía obtener la calma y el descanso que exige. El espíritu del mundo, absorbido como estaba por la realidad y desgarrado exteriormente, no podía replegarse sobre sí mismo y gozar así de sí mismo en su propio elemento. Pero, puesto que este torrente de la realidad es ahora dividido, y que el pueblo alemán ha restablecido esa nacionalidad, que es el fundamento de toda vida real, ha llegado también el tiempo en que, al lado del gobierno del mundo exterior, se podrá ver elevarse en el Estado el libre reino del pensamiento. Y el espíritu ha manifestado ya su poder en cuanto sólo las ideas y lo que es conforme a las ideas puede hoy sostenerse, en cuanto sólo tiene valor aquello que puede justificarse ante la inteligencia y el pensamiento. Y este Estado, sobre todo, que me ha adoptado hoy, es el que debe a su preponderancia intelectual el haber adquirido una influencia legítima en el mundo político y real, y el encontrarse igual en importancia e independencia a los Estados que le exceden en poder material. Aquí es donde la ciencia se desenvuelve y engrandece como uno de los momentos esenciales de la vida del Estado. En esta Universidad, que es la Universidad del centro de Alemania, es donde la ciencia, que es el centro de toda la educación del espíritu, de toda ciencia y de toda verdad, la filosofía, quiero decir, debe encontrar su puesto verdadero y ser estudiada con más ardor. Pero, al lado de esta vida espiritual, que es el elemento fundamental de la existencia de un Estado, hemos visto comenzar ese gran combate en que los pueblos se han asociado a sus jefes para asegurar su independencia y la libertad del pensamiento, y para sacudir el yugo de una dominación violenta y extraña. Obra es ésta del poder interior del espíritu, en el cual se ha despertado la conciencia de su energía, y que en este sentimiento ha enarbolado su bandera y ha manifestado su poder en la realidad.




Debemos considerar como un bien inestimable que nuestra generación haya vivido y obrado en este sentimiento en que se hallan encontrados todo derecho, toda moralidad y toda religión. Por estas empresas vastas y profundas el espíritu se eleva a su dignidad, bórrase lo que hay de vulgar en la vida e insignificante en los intereses, y las opiniones y las miras superficiales son desnudas y desvanecidas. Este pensamiento serio es el que, apoderándose del alma, cimienta el verdadero terreno sobre el cual ha de alzarse la filosofía. Ella es imposible allí donde la vida es absorbida por los intereses y las necesidades cotidianas y donde dominan opiniones frívolas y vanas. En el alma que estas necesidades y opiniones han esclavizado, no hay ya lugar para esa actividad de la razón que indaga sus propias leyes. Pero estos pensamientos frívolos deben desaparecer, cuando el hombre es obligado a ocuparse en lo que hay de esencial en él y cuando las cosas han llegado a tal punto que toda otra ocupación es a sus ojos subordinada a ésta, o, por mejor decir, carece ya de valor para él. Sobre este trabajo, hemos visto principalmente concentrarse el pensamiento y la energía de nuestro tiempo, este núcleo, digámoslo así, es el que hemos visto formarse, cuyos desenvolvimientos ulteriores, políticos, morales, religiosos y científicos, han sido confiados a la generación actual.

En cuanto a nosotros, nuestra tarea y nuestra misión consisten en desenvolver, imprimiéndoles en forma filosófica, esos elementos esenciales que los tiempos modernos han visto reproducirse con una fuerza y una juventud nuevas. Ese rejuvenecimiento del espíritu que se ha manifestado primeramente en la acción y en la vida política, va manifestándose ahora en las necesidades más serias e importantes aún de la vida moral y religiosa, en esa ansia de indagaciones sólidas y en esa curiosidad filosófica que ha penetrado en las relaciones de la vida. La necesidad más seria es la de conocer. Es aquella por la cual el ser espiritual se distingue del ser puramente sensible, y por esto es la necesidad más profunda del espíritu, y, por lo tanto, una necesidad universal. A las preocupaciones serias de nuestro tiempo se debe su aparición con la señal distintiva del espíritu alemán. En las otras naciones se cultiva siempre la filosofía, o, mejor dicho, se encuentra siempre en ellas su nombre. Pero, si el nombre subsiste, el sentido y la cosa han cambiado o desaparecido, de modo que no están en él sino en el estado de recuerdo o de presentimiento. En Alemania es en donde se ha refugiado esta ciencia y en ella es en donde vive. A nosotros ha sido confiada la custodia de esta luz divina y es un deber para nosotros rodearla de nuestros cuidados, alimentarla e impedir así que lo que el hombre posee más elevado, la conciencia de su esencia, se extinga. Sin embargo, aún en Alemania, esos hábitos superficiales y vulgares que prevalecieron anteriormente a este renacimiento del espíritu, han echado tales raíces, que hay hoy todavía quienes afirman y pretenden demostrar que no hay conocimiento de la verdad, que Dios, la esencia del mundo y del espíritu, es un ser inconcebible e incomprensible. Se debe, en su opinión, atenerse a la religión, y ésta debe atenerse a la creencia, al sentimiento, a un presentimiento oscuro de su objeto y no aspirar a un conocimiento racional de la verdad. Según ellos, el conocimiento no tendrá por objeto lo absoluto, Dios, ni lo que hay de verdadero y absoluto en la naturaleza y en el espíritu, sino el ser negativo, pues que pretenden que lo que puede ser conocido no es lo verdadero sino lo falso, es decir, el ser contingente y perecedero; que lo que constituye el objeto de la ciencia es el elemento exterior o histórico, las circunstancias accidentales en medio de las cuales esa pretendida verdad se ha manifestado, y que aun tales indagaciones no deben ser sino puramente históricas, es decir, indagaciones que se limiten a estudiar, con ayuda de la erudición y de la crítica, el lado exterior de los hechos; porque, en cuanto al contenido y el sentido interno de estos hechos, no debemos, dicen, preocuparnos. Han ido tan lejos como Pilatos, el procónsul de Roma, que, oyendo a Cristo pronunciar la palabra verdad, le preguntó: “¿Qué es la verdad?” como quien sabe a qué atenerse en este punto, como quien sabe, quiero decir, que no hay conocimiento de la verdad. Y así, este abandono de la indagación de la verdad, que en todo tiempo ha sido mirado como señal de un espíritu vulgar y estrecho, es hoy considerado como el triunfo del talento. Antes, la impotencia de la razón iba acompañada de dolor y de tristeza. Pero pronto se ha visto a la indiferencia moral y religiosa, seguida de cerca de un modo de conocer superficial y vulgar, que se arroga el nombre de conocimiento explicativo, reconocer francamente y sin emoción, esa impotencia y cifrar su orgullo en el olvido completo de los intereses más elevados del espíritu. En nuestros días, la filosofía crítica ha venido a prestar su apoyo a esta doctrina en cuanto pretende haber demostrado que nada podemos saber de lo eterno y lo absoluto. Este pretendido conocimiento se ha atribuido, no obstante, el nombre de filosofía y nada ha alcanzado mayor éxito cerca de los talentos y caracteres superficiales, nada que acojan con más entusiasmo que esta doctrina de la impotencia de la razón, por la cual su propia ignorancia y nulidad adquieren importancia y vienen a ser como el fin de todo esfuerzo y de toda aspiración intelectual. Que el conocimiento de la verdad nos es rehusado y que lo que nos es dado a conocer es el ser contingente y fenomenal; ved la doctrina que ha hecho y que hace siempre ruido y que tiene hoy, como quien dice, en filosofía, vara alta. Se puede decir que nunca, desde el tiempo en que ha comenzado a alcanzar un rango distinguido, en Alemania, se había presentado la filosofía bajo un aspecto tan vergonzoso, porque jamás una doctrina tal, un tal abandono del conocimiento racional, había alcanzado proporciones tales ni se había mostrado con igual arrogancia. Y es ésta una doctrina que, de un periodo que ya no existe, se ha arrastrado hasta nuestros días, digámoslo así, a pesar de estar en oposición con un sentimiento más profundo de la verdad y de las necesidades sustanciales del espíritu moderno. Por mi parte, saludo e invoco la aurora de este espíritu, del cual sólo he de ocuparme, porque sostengo que la filosofía tiene un objeto, un contenido real, y este contenido es el que quiero exponer a nuestra vista. Apelo sobre todo al espíritu de la juventud, porque ella es la época feliz de la vida en que aún no se ha extraviado el hombre en los fines limitados de la necesidad exterior, en que puede ocuparse libremente en la ciencia, y amarla con un amor desinteresado, en que el espíritu, en fin, no ha tomado aún una actitud negativa y superficial frente a frente de la verdad, ni se ha perdido en indagaciones críticas, hueras y ociosas. Un alma aún sana y pura experimenta la necesidad de alcanzar la verdad en cuyo reino la filosofía habita, el cual funda y del cual participamos cultivándola. Todo cuanto hay de verdadero, de grande y de divino en la vida, obra es de la idea, y el objeto de la filosofía consiste en aprehender la idea en su forma verdadera y universal. En la naturaleza, la obra de la razón está encadenada a la necesidad; pero el reino del espíritu es el reino de la libertad. Todo cuanto forma el lazo de la vida humana, todo cuanto tiene valor para el hombre, tiene una naturaleza espiritual y este reino del espíritu no existe sino por la conciencia de la verdad y del bien, es decir, por el conocimiento de la ideas.




Me atrevo a desear y a esperar que me será dado ganar y merecer vuestra confianza recorriendo el camino en que vamos a entrar. Pero lo que hoy os pido es confianza en la ciencia y fe en la razón. El amor a la verdad y la fe en el poder de la inteligencia, son la primera condición de la indagación filosófica. El hombre debe tener el sentimiento de su dignidad y estimarse capaz de alcanzar las más altas verdades. Nada se pensará demasiado grande de la magnitud y el poder de la inteligencia. La esencia oculta del universo no tiene fuerza que pueda resistir al amor a la verdad. Ante ese amor, el universo debe revelarse y desplegar todas las riquezas y profundos misterios de su naturaleza.

G.W.F. HEGEL

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